Tú no estabas en mi lista Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Vanessa, sin embargo, se toma su tiempo.

Recoge sus papeles con una lentitud sospechosa, alinea los bolígrafos en su estuche innecesariamente y se recoloca las gafas una y otra vez.

Busca excusas para quedarse rezagada. Exactamente igual que Abril, que se entretiene doblando unos planos que ya estaban perfectamente guardados.

Teo y Elsa se despiden con un gesto, captando la jugada al vuelo.

Teo le guiña un ojo a Abril antes de salir, ganándose una mirada de «te voy a matar» por parte de su socia.

Cuando la pesada puerta de roble se cierra y se quedan completamente solas en la enorme sala, el silencio se vuelve casi sólido.

Abril levanta la vista y se encuentra con ella.

Vanessa camina lentamente rodeando la mesa, con pasos felinos y elegantes, hasta detenerse a escasos centímetros de la organizadora.

La distancia es tan corta que Abril puede oler su perfume caro.

Es una mirada larga, peligrosa, cargada de una electricidad que amenaza con fundir los plomos del resort.

Una conversación entera sin decir una sola palabra.

—Buen trabajo sosteniendo el tipo ante mi hermana, Vives —dice Vanessa con voz áspera, con ese tono grave que a Abril le derrite las rodillas.

—Es mi trabajo. Aunque tu padre me ha salvado la vida —responde Abril, apoyando la cadera contra la mesa, intentando parecer más segura de lo que está mientras el corazón le golpea las costillas.

Vanessa sonríe ligeramente, una curva de labios pícara y perversa que Abril ya ha saboreado.

Da un paso más, reduciendo el espacio personal a la nada.

Estira una mano y, con una lentitud tortuosa, le recoloca a Abril un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja.

Sus dedos rozan la piel del cuello, dejando un rastro de fuego a su paso.

—A mi padre le gusta la eficiencia. A mí… me gustan otras cosas de ti —susurra Vanessa, inclinándose un poco, con los ojos fijos en los labios de Abril—. Mañana en el club de playa va a ser difícil mantener las distancias si sigues mirándome así.

Abril siente un vértigo espantoso, de esos que te empujan al abismo y te hacen disfrutar de la caída. Le atrapa la muñeca a Vanessa, deteniendo el juego de sus dedos, pero sin soltarla.

—¿Así cómo? Si mal no recuerdo, la que no ha dejado de devorarme con la mirada por encima de las gafas has sido tú. Casi haces que confunda los tenedores de pescado con los de carne.

Vanessa suelta una risa baja, magnética, y se libera del agarre solo para rozar con el pulgar la barbilla de Abril.

—Hasta mañana. Intenta soñar con la vajilla... o conmigo. Lo que prefieras.

Da media vuelta y se marcha hacia la salida con ese andar soberbio que vuelve loca a Abril.

El eco de sus tacones se pierde por el pasillo del hotel.

Abril se queda inmóvil unos segundos, tocándose el cuello donde aún nota el calor de los dedos de la heredera, intentando recuperar el aire que se le ha escapado.

De repente, un golpe seco y juguetón aterriza en su trasero, sobresaltándola.

—¡Ay! —protesta Abril, dándose la vuelta con rapidez y los puños levantados.

Es Teo, que se ha vuelto a colar en la sala con una sonrisa de oreja a oreja y cara de duendecillo travieso.

—Tú a boxes a descansar ahora mismo, que tienes las revoluciones pasadas de rosca. Mañana nos espera el club de playa y te quiero con los reflejos al cien por cien para esquivar a la suegra —le dice, guiñándole un ojo con guasa.

Abril lo fulmina con la mirada, aunque la risa termina venciéndola.

—Un día de estos te voy a despedir, Teo. Te lo juro por mis carpetas de colores.

—No lo harás. Sin mí, esta boda sería un aburrimiento y tú no tendrías a nadie que te recuerde lo mucho que te mola el peligro —responde él con total confianza, dándole una palmadita en el hombro.

Elsa asoma la cabeza por la puerta, recogiendo su bolso.

—Yo me marcho antes de que esto termine en un crimen pasional o laboral. No quiero tener que declarar ante la guardia civil —anuncia con humor, despidiéndose con la mano antes de desaparecer por el pasillo.

—Cobarde —le grita Teo con indignación fingida.

—Inteligente, más bien —se ríe la voz de Elsa a lo lejos.

Abril niega con la cabeza, sonriendo mientras contempla a sus amigos.

Sin embargo, a medida que camina sola hacia su villa bajo la luz dorada y espectacular del atardecer ibicenco, esa sonrisa se va desvaneciendo.

Repasa mentalmente cada segundo de la reunión: el roce accidental de sus rodillas por debajo de la mesa, la tensión insoportable de sus miradas, el juego prohibido.

Teo tiene toda la puñetera razón. Está jugando con fuego en mitad de un almacén de fuegos artificiales.

Pero mientras siente la brisa cálida del Mediterráneo en la cara, se da cuenta de que el calor de Vanessa es demasiado tentador como para dar un paso atrás.

La boda de los Almenara sigue su curso hacia el desastre o el éxito, pero su propia historia con la heredera amenaza con desbordarlo todo.

Y por primera vez en su cuadriculada vida, Abril empieza a pensar que, tal vez, quemarse va a valer totalmente la pena.