Tú no estabas en mi lista Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Teo se deja caer contra el respaldo de su asiento con un bufido sutil y los ojos en blanco, como pidiendo que caiga un meteorito directo a la sala.

Elsa cierra los ojos un instante, respirando hondo.

Abril, tragándose el orgullo y el cansancio, asiente con la cabeza mientras despliega el catálogo digital en la pantalla gigante con un golpe de teclado más sonoro de lo necesario.

—Por supuesto, faltaría más. Vamos a revisarlo todo de nuevo —concede Abril con un tono que roza el sarcasmo, ganándose un sutil puntapié de Teo por debajo de la mesa para que se controle.

Candela, ajena al drama, continúa grabando con su móvil a escasos centímetros de la cara de su amiga.

—Chicos, saludad a la cámara —pide entusiasmada la influencer , moviendo el brazo para enfocar a Abril—.

Estoy documentando todo el proceso real.

Creo que el próximo reel va a llamarse «Cómo preparar tu boda de lujo y no quedarte calva en el intento».

Mis seguidoras se están volviendo locas con el salseo.

—Original el título. Muy poético —murmura Teo por lo bajo, ganándose una mirada cómplice de la creadora de contenido.

—Te he oído, Teo, y que sepas que el engagement está por las nubes gracias a ti —replica Candela, guiñándole un ojo de forma juguetona.

—Era mi humilde intención, monada —responde él con una sonrisa pícara.

Abril carraspea con fuerza para cortar el flirteo de su socio y se centra en los bocetos digitales, señalando la pantalla con un puntero láser.

—A ver, centrémonos. Seleccionamos esta cubertería de alta gama porque sus líneas limpias contrastan con la exuberancia de los centros de mesa. Mirad cómo resalta con la simulación de la iluminación nocturna. Es elegante, sofisticada y grita Ibiza por los cuatro costados.

Luisa entorna los ojos, se acerca a la pantalla, frunce el ceño y saca su propia tableta para comparar. Pasa una imagen. Pasa otra. Abril contiene un suspiro tan largo que teme quedarse sin oxígeno.

—No sé... sigo notando algo raro —duda Luisa.

—¿Qué exactamente? Si me das un detalle técnico, lo ajustamos ahora mismo en el render —insiste Abril, inclinándose hacia delante, apoyando los antebrazos. Al hacer el movimiento, su mirada choca inevitablemente con la de Vanessa.

La heredera la está observando por encima de la montura de sus gafas. Después se humedece los labios con una lentitud exasperante, sosteniendo un bolígrafo entre los dedos con un ritmo rítmico que a Abril le evoca imágenes muy poco aptas para una reunión familiar.

—No lo sé. Es una intuición. Mi sexto sentido me dice que la plata no vibra con mi aura —suelta Luisa, rompiendo el hechizo hipnótico.

Teo mira al techo de la sala, buscando una grieta por la que escapar.

—Fantástico. El aura de los tenedores —murmura.

—¿Perdón? ¿Has dicho algo, Teo? —interviene Luisa, girándose hacia él con la ceja levantada.

—Nada, nada, que el diseño es fantástico —se corrige Teo a la velocidad de la luz, poniendo cara de santo.

—Teo —le advierte Abril con una mirada afilada que promete.

Durante los siguientes veinte minutos, la reunión se convierte en una tortura china de detalles minuciosos.

Cada vez que Abril levanta la vista para cambiar de diapositiva, se topa con los ojos de Vanessa.

La ejecutiva juega al despiste: se muestra impecable, asiente cuando su madre habla, toma notas en su bloc, pero en cuanto el resto de la mesa se distrae con las quejas de Luisa, le lanza a Abril miradas ardientes, cargadas de recuerdos en el coche.

Abril hace un esfuerzo sobrehumano por no trabarse al hablar, sintiendo un calor abrasador que le recorre la espalda.

—Yo sigo pensando que deberíamos cambiar toda la vajilla por una con ribetes dorados —vuelve a la carga Luisa, golpeando la mesa con el dedo.

Abril nota cómo un tic nervioso empieza a nacerle en el ojo izquierdo. Vuelve a concentrarse en la novia, respirando hondo tres veces.

—¿Hay algún motivo real para cambiarlo a días del evento, Luisa? —pregunta Abril.

—Porque soy la novia y quiero que todo sea inolvidable —responde Luisa con una terquedad digna de estudio.

—Esa no es una razón para desmontar un trabajo de meses que ya funciona y está pagado —replica Abril, plantándole cara con toda la autoridad de su profesión.

—Es mi boda y se hace lo que yo diga —afirma Luisa—. Ya deberías de tenerlo claro.

El ambiente en la sala se tensa tanto que el zumbido del aire acondicionado parece el preludio de una explosión. Teo se encoge en su sitio y Elsa se prepara para intervenir, hasta que una voz grave y pausada resuena desde el extremo opuesto de la mesa, cortando el aire como un cuchillo afilado.

—A mí me parece que la organización tiene toda la razón y que la vajilla y los cubiertos son perfectos tal y como están —sentencia Antonio Almenara, el patriarca, haciendo acto de presencia con su imponente autoridad natural.

Todo el mundo se gira hacia él como si acabara de hablar el mismísimo Papa. Antonio, que ha permanecido callado y observando todo el rato con las manos entrelazadas sobre su vientre, mira fijamente a su hija pequeña.

—La plata está bien —repite con una convicción que no admite réplica.

Luisa abre la boca, indignada.

—Papá, pero es que el dorado...

—Está bien, Luisa —insiste él, clavándole una mirada severa pero tranquila.

—Pero...

—Luisa.

La novia se cierra la boca de golpe, cruzándose de brazos con un mohín de desprecio pero acatando la orden.

Abril contempla al hombre con auténtica devoción.

Si no fuera porque está coladita por su hija mayor, le pediría matrimonio allí mismo.

Es la primera vez en toda la semana que ve a alguien frenar los caprichos de la novia con tanta elegancia.

Vanessa, al lado de su padre, asiente con una media sonrisa de orgullo, cruzando las piernas con un roce de tela que vuelve a distraer a Abril.

—Confío plenamente en el criterio de los profesionales que hemos contratado —continúa Antonio, mirando a Abril con respeto—.

Si seguimos cambiando el color de algo tres veces al día, nos volveremos locos todos, el cáterin servirá la comida fría y la boda será un desastre.

Y los Almenara-Casals no hacemos desastres.

Teo se lleva una mano al corazón, visiblemente emocionado, conteniendo una lágrima dramática. Elsa ahoga una carcajada tapándose la boca con la agenda. Abril siente una imperiosa necesidad de aplaudir.

—Además —añade el patriarca, levantándose y abotonándose la chaqueta—, mañana tenemos el almuerzo de ensayo en el club de playa. Creo que todos deberíamos irnos a descansar y recargar pilas. Despejad la mente.

Se produce un silencio milagroso y pacífico en la sala. Nadie osa rechistar.

—Entonces, queda aprobado el diseño actual —concluye Abril, cerrando la tableta con un alivio absoluto.

—Quedamos así —zanja Antonio, y por primera vez en todo el día, la reunión termina sin bajas civiles.

A medida que la sala empieza a vaciarse, Abril siente que se quita de encima un corsé de hierro.

Candela sale la primera, pegada a la pantalla de su móvil mientras narra el final de la reunión a sus «mis amores» de Instagram.

Bruno se evapora mascullando algo sobre una llamada de negocios urgente con Nueva York.

Emilia sale del brazo de su marido, discutiendo los detalles del menú de mañana en voz baja.

Luisa va detrás, arrastrando los pies y protestando como una adolescente.