Capítulo 9
La realidad las espera en el resort con la delicadeza de un camión sin frenos.
Apenas cruzan el acceso principal del complejo a bordo del coche de alquiler, Abril distingue una figura que corre hacia ellas desde la zona de recepción.
Durante una fracción de segundo, su mente activa todas las alarmas al borde de un ataque de nervios: piensa en un incendio en las villas, una intoxicación masiva con el cáterin o una llamada de última hora del ex de la novia.
El corazón se le acelera a mil por hora, pero entonces reconoce el estilo inconfundible de la carrera desgarbada, caótica y carente de cualquier tipo de aerodinámica.
Teo, su socio y hermano postizo atraviesa la explanada como si huyera de un tsunami invisible, agitando un brazo por encima de la cabeza mientras sostiene el móvil con la otra mano con una torpeza digna de comedia. Su expresión es un poema.
—¡Abril! ¡Por fin! Llevo llamándote desde que los dinosaurios poblaban la tierra y… —La frase se le muere en la boca en cuanto se da cuenta de que su socia no viene sola.
Los ojos de Teo saltan de Abril a Vanessa con la velocidad de una pelota de ping-pong.
Vuelven a Abril. Regresan a Vanessa. Se detienen un segundo en el sutil desajuste de la blusa de Abril y luego en el labial sospechosamente difuminado de la heredera.
Abril reconoce de inmediato esa mirada: es la misma cara que pone cuando pilla el último trozo de tarta de chocolate o cuando cree haber resuelto un misterio digno de Sherlock Holmes. Mal asunto.
—Esto… —empieza Teo, estirando el cuello, visiblemente descolocado pero con el radar del cotilleo encendido a máxima potencia.
Vanessa, haciendo gala de esa sangre fría que tanto desquicia y atrae a Abril, carraspea.
—Yo voy a ver si todo sigue en pie con los invitados. No quiero que se nos descontrole nada antes de tiempo —anuncia Vanessa, calmada. De cara a la galería, es la jefa perfecta; de cara a Abril, es pura provocación.
—Seguro que sí, controlarlo todo es tu especialidad —responde Abril, clavándole una mirada cargada de segundas intenciones.
Sus ojos se encuentran apenas un instante. Es un cruce breve, un parpadeo que para Teo o cualquier despistado parecería pura cortesía profesional, pero que entre ellas es como un cable de alta tensión.
—Nos vemos luego —dice Vanessa, y ese tono aterciopelado arrastra una promesa sutil que hace que a Abril se le erice la piel de la nuca.
—Claro —responde ella, tragando saliva e intentando que su voz suene tan fría como el hielo de un mojito.
Vanessa se aleja hacia los jardines principales con pasos seguros sobre sus tacones, la espalda recta, marcando un balanceo de caderas criminal y con el pelo moviéndose ligeramente con la brisa del atardecer.
Teo la sigue con la mirada, con los ojos casi fuera de las órbitas, hasta que la silueta de la heredera desaparece tras unos setos perfectamente podados.
Después, gira lentamente la cabeza hacia Abril, con la sonrisa de un depredador que acaba de arrinconar a su presa.
Ella ya sabe la que se le viene encima y se cruza de brazos, preparándose mentalmente para el tercer grado.
—Ni se te ocurra —advierte Abril antes de que él articule una palabra.
—Dime que no… —insiste Teo, dándose una palmada en el pecho.
—Teo.
—Dime… que… no… te… has… tirado a la jefa del imperio hotelero en un coche de alquiler —chilla al final de la frase.
Abril cierra los ojos con fuerza y junta las manos delante del rostro como si rezara a todos los santos.
—Por favor. Por favor. Por favor —suplica Teo, bajando la voz a un susurro que resulta todavía más ridículo—. Dime que nuestro contrato no pende de un orgasmo de alta cuna.
Abril se lleva una mano a la cara, frotándose la sien mientras nota que las mejillas le arden más que si se hubiera expuesto al sol de julio sin protección.
—Ay, Teo, de verdad. ¿Tenemos que hacer esto ahora? Alimenta tu imaginación en otro momento.
—¿Entonces es verdad? —Teo se inclina hacia delante, con los ojos como platos.
—¿Es que tienes quince años? —le espeta Abril, elevando una ceja y dándole un sutil empujón para que espabile.
—¡Te la has tirado! —El grito de Teo resuena por media recepción, rebotando en las paredes de mármol y atrayendo la mirada horrorizada de un botones que pasa cargado con maletas de Louis Vuitton.
Abril reacciona por puro instinto. Se lanza sobre él, le agarra del cuello de la camisa y le tapa la boca con la palma de la mano, siseando como un gato enfadado cerca de su oreja.
—¿Estás completamente ido de la cabeza? Baja los decibelios o la próxima boda que organicemos será tu funeral, Teo. Nos van a oír hasta en la península.
—Mmmmfff —protesta él, agitando las manos y bizqueando mientras intenta zafarse del agarre de su socia.
—Vuelve a gritar algo así y te juro por el cáterin de tres estrellas Michelin que te corto los huevos y los sirvo como canapés —amenaza ella con una sonrisa tan angelical como peligrosa.
Teo traga saliva muy despacio cuando Abril por fin lo suelta. Se limpia la boca con el dorso de la mano y se recoloca la ropa, visiblemente intimidado.
—Eso ha sonado tremendamente sincero. Me ha dolido hasta a mí.
—Porque era una declaración de intenciones —confirma Abril, fulminándolo con la mirada mientras se acomoda el bolso—. Así que borra esa sonrisita de hiena que te gastas.
Él la observa unos segundos en silencio, analizando el brillo culpable en los ojos de su amiga. Después cruza los brazos sobre el pecho y niega con la cabeza, soltando un silbido.
—Madre mía, Abril. En qué jardín te has metido… Y mira que el jardín es de cinco estrellas y gran lujo, pero vaya lío.
—Ni una palabra más sobre esto. Tabula rasa —le ordena ella, apuntándole con el dedo índice a un milímetro de la nariz.
—Madre mía —repite Teo, incapaz de contener el impulso de picarla—. Es que me la imagino a ella con esa cara de corregir balances y a ti con tu vena de sargento…
—¡Teo!
—¡Qué! Que soy tu socio, tu confidente y el que te sujeta el pelo cuando te da el pánico escénico. Esto puede complicarnos el trabajo de una forma brutal. Si la cosa sale mal, nos echan a los leones. O peor, a la madre de la novia.
—No va a salir mal —replica ella, aunque por dentro tiembla.
—Sí.
—No.
—Sí.
Abril le dedica una mirada asesina de esas que congelan el infierno. Teo, que valora su vida, levanta ambas manos en señal de rendición.
—Vale, vale. Me callo. Sello los labios. Pero que conste que estás jugando con fuego, amiga mía. Esa mujer no es un rollo de una noche de verano cualquiera; es un volcán con agenda integrada. Y esta boda ya es un polvorín con la novia histérica y la señorita influencer .
Lo último consigue borrar de golpe el rastro de calor del cuerpo de Abril. Teo tiene más razón que un santo, y la presión en su pecho aumenta.
—Tenemos cosas más importantes de las que preocuparnos ahora mismo. Al tajo. —Empieza a caminar a paso ligero hacia la zona de las villas de la organización mientras Teo se ve obligado a trotar para mantenerle el ritmo.
—A ver, anímame con datos —la anima él.
—La decoración exterior de la ceremonia ya está en camino. Los proveedores me han confirmado la hora exacta por WhatsApp.
—Bien, un tanto para nuestro equipo.
—Los muebles llegan esta tarde, y hay que supervisar la colocación uno a uno para que encajen al milímetro con el diseño del plan. No quiero que nadie se siente donde no le toque el sol de espaldas.
—Hecho. Yo me encargo de los cargadores si hace falta. ¿Qué más?
—Y dentro de dos horas y media… —Abril se detiene en seco frente a la puerta de su oficina, girándose hacia él con una mueca de cansancio—. Tenemos la reunión con toda la familia Almenara en pleno.
Teo deja escapar un largo silbido.
—Eso sí que da miedo. Vamos, que supera a cualquier catástrofe natural. Que Dios nos pille confesados y con los gráficos bien impresos.
—Gracias por el inestimable apoyo moral —responde Abril con ironía, aunque una pequeña sonrisa asoma en sus labios al ver la cara de circunstancias de su amigo.
—Para eso me pagas el cincuenta por ciento, para recordarte que esto es una locura deliciosamente controlada —bromea él, dándole un codazo suave en el brazo antes de entrar.
*
Dos horas después, en la sala de juntas privada del resort, Abril se arrepiente profundamente de haber sido tan optimista.
La reunión es un auténtico campo de minas.
El aire acondicionado ruge a toda potencia, pero es incapaz de enfriar el ambiente, cargado con las emociones de la familia y una tensión eléctrica flotando entre dos personas concretas.
Abril ocupa una de las cabeceras de la mesa.
A su lado, Teo y Elsa actúan como sus escuderos silenciosos.
Frente a ellos se despliega el clan en todo su esplendor: Emilia Casals con su postura de reina madre, la novia Luisa hiperventilando de forma sutil, Bruno el novio poniendo cara de estar en un funeral, Candela ajustando el trípode, y Vanessa…
Vanessa está sentada justo enfrente de Abril, luciendo unas gafas de ver de montura fina que le dan un aire de profesora sexy absolutamente letal para la cordura de la organizadora.
—Quiero volver a revisar la cubertería una vez más —suelta Luisa sin anestesia. Abril mira el reloj: han pasado exactamente treinta segundos desde que se han sentado. Un nuevo récord mundial de insatisfacción nupcial.
—La revisamos ayer con todo detalle, Luisa —responde Abril, entrelazando los dedos sobre la mesa y forzando una sonrisa de catálogo de ortodoncia. Mantén la calma, se repite mentalmente—. Elegiste el modelo de plata envejecida con motivos florales.
—Ya, pero quiero verla otra vez. He estado mirando Pinterest esta mañana y ahora no estoy convencida del todo. Me da vibras demasiado... rústicas —insiste la novia, cruzando los brazos y hundiéndose en su silla.
—Luisa, cielo, el diseño está cerrado y combina con los manteles... —intenta mediar Elsa con voz de ángel conciliador.
—Otra vez, por favor. Quiero estar segura —machaca la novia, implacable.