Tú no estabas en mi lista Capítulo 7
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Capítulo 7

Fingir resulta jodidamente agotador. Vanessa Almenara lo descubre exactamente cuarenta y tres minutos después de sentarse a desayunar con su familia en la terraza principal del resort.

Durante ese tiempo, clava una sonrisa corporativa en su rostro que ya le está empezando a dar agujetas en las comisuras de los labios, lanza comentarios vacíos y soporta una cháchara insufrible que gira, por millonésima vez, alrededor de flores, mantelerías, fotógrafos egocéntricos y vestidos con demasiadas capas de tul.

Mientras tanto, la mitad de su cerebro permanece atrapada en Abril y en su última despedida bajo la luna.

—¿Me estás escuchando, hija? —insiste Emilia Casals, dejando caer la taza de porcelana sobre el platillo.

La voz de su madre la arrastra de vuelta a la realidad con la sutilidad de un jarro de agua fría.

Vanessa parpadea varias veces, ajustando la vista a la luz cegadora de la mañana balear.

Emilia la observa desde el otro extremo de la mesa, impecable en su caftán de lino, con las cejas perfectamente depiladas arqueadas en un gesto de impaciencia que Vanessa se conoce al dedillo.

—Claro que te escucho, mamá —miente, enderezando la espalda y cruzando las piernas bajo la mesa.

—Ah, ¿sí? Entonces dime qué te acabo de preguntar —replica Emilia, cruzando los brazos sobre el pecho.

Vanessa baja la mirada hacia su taza de café, donde el líquido oscuro y frío parece juzgarla en silencio.

Desvía los ojos hacia su hermana Luisa, que destroza una tostada de aguacate con el tenedor como si estuviera apuñalando a un enemigo, y luego a su padre, metido detrás del periódico como si la crisis mundial fuera más segura que el berrinche de su esposa. Nadie va a salvarla.

—No tengo ni la más remota idea —admite Vanessa, dejando escapar un suspiro frustrado mientras se frota la sien.

Luisa resopla, tirando el tenedor sobre el plato.

—Increíble.

—De nada, hermanita. A mí también me alegra verte —suelta Vanessa con una ironía que muerde.

—Mamá te ha preguntado si prefieres los centros de mesa con peonías o con rosas inglesas —explica Luisa con esa vocecita condescendiente—. Que, por cierto, Abril dice que las rosas aguantan mejor el calor, pero a mí las peonías me parecen tan románticas…

Al escuchar el nombre, a Vanessa se le salta un latido en el pecho. Da un sorbo rápido a su café frío para disimular la repentina falta de aire.

—¿De verdad estamos teniendo un debate sobre flores a las nueve de la mañana? —pregunta Vanessa.

—Es el día más importante de mi vida —sentencia Luisa, inclinándose sobre la mesa con los ojos desorbitados.

—No, Luisa. Respirar es importante. Que el cáterin no envenene a los invitados es importante. Las flores solo sirven para que los alérgicos estornuden en mitad del banquete —responde Vanessa, mientras sus dedos tamborilean sobre el mantel.

—Hablas así porque estás más sola que la una y no te casas tú —contraataca su hermana con una sonrisa mordaz.

—Y le doy gracias a todo el santoral cada bendita mañana por ello —remata Vanessa, aunque en su interior siente una punzada extraña. Un calorcito rebelde que tiene nombre, apellidos y unos ojos marrón cálido que la dejan sin respiración.

Emilia deja el cuchillo de plata sobre la mesa y Vanessa se tensa al instante. Adiós a la tregua.

—Tu actitud empieza a preocuparme, hija —dice Emilia, clavándole una mirada que podría escanearle hasta el código de barras de su ropa interior—. Estás distante. Distraída. Y tú nunca te distraes.

«Será porque estoy harta de vuestras gilipolleces», quiere decir.

Sin embargo, Vanessa se obliga a forzar su mejor sonrisa, aunque los músculos de la cara le ruegan clemencia.

—Mi actitud es la de siempre, mamá. Pero no es fácil gestionar todo esto con el trabajo.

—No me digas —insiste Emilia, sin pestañear—. ¿Y qué trabajo es ese que te hace sonreírle a la pantalla del móvil a las doce de la noche en el porche? Porque anoche te vi desde mi ventana.

Vanessa se queda petrificada, y al segundo siente que el cuello le arde.

—Llevo una semana apagando los fuegos logísticos de esta familia, mamá —responde, bajando la voz a un susurro cortante—. Si tengo que contestar correos de madrugada para que los proveedores no nos jodan la boda, lo hago y ya está.

—De hecho. Es tu deber con la familia —zanja Emilia con frialdad.

—Exactamente —suelta Vanessa. Y la palabra le sabe amarga. Son demasiados años siendo el pilar, la hija perfecta que soluciona los desastres de los Almenara mientras los demás se dedican a discutir por el tono de las putas servilletas.

Por obra y gracia del destino, su teléfono vibra sobre la mesa en ese preciso instante. En la pantalla se ilumina el nombre de Abril. El estómago de Vanessa da un vuelco ridículo, una voltereta digna de una gimnasta olímpica.

—¿Algún problema? —pregunta Emilia, entrecerrando los ojos.

—No, no. Solo estoy supervisando temas de logística —miente Vanessa a la velocidad de la luz, levantándose de la silla y colgándose el bolso al hombro—. Tengo que irme. Disfrutad de las peonías.

*

Media hora después, Vanessa camina por el aparcamiento privado del resort sintiendo que acaba de escapar de una prisión de máxima seguridad.

Ve a Abril con unas gafas de sol de pasta blanca apoyadas sobre el pelo a modo de diadema, el traje más bonito del mundo y su eterna carpeta de cuero apretada contra el pecho. Al verla llegar, Abril se separa de la carrocería del coche, regalándole una sonrisa que podría desarmar ejércitos enteros.

La visión consigue que los muros de Vanessa caigan de golpe y una sonrisa auténtica le ilumine la cara.

—Buenos días —saluda Abril, arrastrando las palabras con una calidez que a Vanessa le eriza la piel. Se quita las gafas de sol con un movimiento lento, clavando sus ojos en ella—. Vaya…

—¿Qué? —pregunta Vanessa, deteniéndose a escasos centímetros. Su cuerpo reacciona de inmediato a la cercanía.

—Has sonreído de verdad —observa Abril, dándole un suave golpecito con la carpeta en el brazo—. Todo un milagro veraniego.

—No exageres —responde Vanessa, aunque siente que el calor de sus mejillas no es solo por el sol ibicenco. Se pasa una mano por el pelo, nerviosa—. Intento ser una jefa agradable.

—Una jefa… ya. ¿Y a qué se debe este derroche de simpatía? —pregunta Abril, rodeando el coche mientras sus ojos no se apartan de las caderas de Vanessa.

—A que acabo de sobrevivir a un tercer grado de mi madre y mi hermana —confiesa Vanessa, abriendo la puerta del copiloto con un bufido.

Abril suelta una carcajada sonora que resuena en todo el aparcamiento. El sonido es tan contagioso que Vanessa no puede evitar que la comisura de sus labios vuelva a subir.

—Eso lo explica todo —comenta Abril, subiéndose al asiento del conductor. En cuanto Vanessa se acomoda a su lado, arranca el motor.

El coche avanza por las carreteras del sur de la isla, flanqueadas por pinares mediterráneos y muros de piedra que deslumbran bajo el sol blanco.

El paisaje es idílico, pero Vanessa tiene la vista fija en las manos de Abril sobre el volante.

Manos firmes, seguras. Unos dedos largos que anoche la acariciaron antes de despedirse. Y que también han marcado su cuerpo.

—Esta mañana Teo me ha confirmado que los muebles llegan en dos horas —comenta Abril, cambiando de marcha.

—Menos mal. Una buena noticia entre tanto caos.

—He citado a tus padres y a Luisa esta tarde para que den el visto bueno —añade Abril con una sonrisita de suficiencia—. No vaya a ser que a tu hermana no le gusten las esquinas —bromea.

—Ay no. Me muero si pasa eso.

Vanessa suelta un gemido dramático, se tapa la cara con las manos y luego desbloquea el móvil para estamparle la pantalla casi en las narices a Abril.

—Mira esto.

Abril echa una mirada rápida de dos segundos mientras reduce la velocidad ante una curva.

—Vaya, vaya. Catorce mensajes de Luisa, cinco de tu madre, tres llamadas perdidas, dos audios que, seguro que duran más que un podcast, y… ¿eso es la foto de una servilleta? —pregunta Abril, estallando en una carcajada incontrolable.

—¡No te rías! —le recrimina Vanessa, golpeándole el hombro con suavidad, aunque también está muerta de risa—. Es una tortura psicológica. Han hecho una encuesta sobre si las velas deben o no oler a canela. ¡A canela! ¡EN PLENO JULIO!

—Lo siento, lo siento —dice Abril, aunque las lágrimas de la risa ya le asoman por los ojos.

Frena el coche en un arcén a la sombra de un gran pino y se gira por completo hacia ella, apoyando un brazo en el respaldo del asiento de Vanessa—.

Estoy intentando mantener el rigor profesional, juro que lo intento.

—Eres una pésima mentirosa —reprocha Vanessa, acortando la distancia entre ambas sin darse cuenta. Sus rostros quedan a un palmo. Puede ver las pequeñas pecas que el sol le ha dibujado a Abril en la nariz.

—Es que tu familia es un meme andante. Hacía mucho que no me encontraba con una boda así —admite Abril con un brillo de picardía en los ojos—. Pero reconócelo, tiene su parte divertida.

La risa de Vanessa se apaga poco a poco.

—Hace unos años habría dicho que sí —le confiesa a Abril, apoyando la cabeza en el cristal de la ventanilla—. Nunca imaginé que organizar una boda familiar acabaría siendo una pesadilla donde mi único papel es ser el escudo de todos.

Abril deja de reír. Su expresión se vuelve blanda, despojada de toda burla.

—Estoy segura de que te quieren, Vanessa. A su manera desquiciada, pero te quieren.

—Puede ser… —concede Vanessa, cerrando los ojos—. Pero como yo no soy la «hija perfecta»… se lo consienten todo a Luisa.

Abril se queda en silencio durante unos latidos. El motor del coche ronronea de fondo. Extiende una mano y, con una lentitud deliberada que hace que a Vanessa se le acelere el pulso, le retira un mechón de la cara. Sus dedos rozan la mejilla de Vanessa, dejando un rastro de fuego.

—Pues tienen la vista muy desviada —declara Abril—. Porque yo creo que sí eres la hija perfecta. Pero no por lo que resuelves, sino por cómo te dejas la piel por ellos sin pedir nada a cambio.

A Vanessa se le corta la respiración. Nadie le ha dicho nunca algo así. En el mundo de los negocios la aclaman, su familia la necesita, pero nadie la observa de verdad. Como si importara la persona y no el resultado.

—No me conoces tanto —susurra Vanessa, clavando sus ojos en los labios de Abril, que están a una distancia peligrosamente tentadora.

—Lo suficiente para saber que eres un bombón de licor —responde Abril con una sonrisa—. Dura por fuera, pero en cuanto se te muerde un poco… eres una delicia.

—Eres insoportable —admite Vanessa.

Abril sonríe, pero en lugar de avanzar, baja la mano y rodea la muñeca de Vanessa con los dedos.

—Pienso hacer que esta boda sea perfecta solo para que tú dejes de fruncir el ceño, Almenara. Yo me encargaré de amortiguar los golpes.

Vanessa observa la mano de Abril sobre su muñeca. Podría soltarse, debería mantener las distancias profesionales, pero en lugar de eso, gira la mano y entrelaza sus dedos con los de ella.

—Más te vale.

La finca del interior de la isla a la que Abril se ha dirigido para echar un vistazo a la decoración exterior de la boda, es un oasis de paz que huele a tierra mojada, lavanda y azahar.

Se trata de un vivero rústico donde los senderos de grava crujen bajo sus pies mientras caminan entre hileras de plantas aromáticas y maceteros de barro.

Sin embargo, la visita es un torbellino de productividad.

Abril se mueve por el terreno como una diva en su escenario, gesticulando con las manos, tocando las texturas de las plantas y dando órdenes con una seguridad arrolladora que a Vanessa la pone cachonda.

Vanessa la sigue de cerca, aportando su ojo clínico para los negocios: descarta opciones horteras que Luisa habría elegido en un ataque de histeria y aprueba las propuestas más elegantes con un entusiasmo que no puede ocultar.

—A ver, jefa, mira esto —dice Abril, atrapando a Vanessa por la cintura para atraerla hacia una pérgola cubierta de buganvillas—.

Imagina la entrada del cóctel con esto y unos faroles de cerámica artesanal colgados.

Luz cálida, tú con un vestido que me quite el sentido…

digo, que quite el sentido a los invitados.

Vanessa siente el calor de las manos de Abril en su cintura incluso a través de la tela. Se le escapa una risa nerviosa.

—Te está gustando demasiado provocarme —le suelta, dándole un golpecito en el pecho con una muestra de tela que tiene en la mano.

—¿A mí? Qué va. Yo solo cumplo con mi contrato —responde Abril, dando un paso más hacia ella, acorralándola sutilmente contra uno de los pilares de madera de la pérgola—. Pero admite que se te ilumina la cara cada vez que te doy la razón.

—No es verdad. Es que soy eficiente.

—Claro, eficiente —repite Abril, bajando la mirada a sus labios.

—Profesional —añade Vanessa, con el corazón golpeándole las costillas.

—Por supuesto. Muy profesional —concede Abril, acortando los últimos centímetros de distancia.

—Y objetiva —remata Vanessa, incapaz de apartar los ojos de los de Abril.

—Sin duda alguna. Toda una roca —susurra Abril, y ambas estallan en una risa floja, rompiendo el hechizo pero no la tensión.

Vanessa echa la cabeza hacia atrás, riéndose con ganas, liberando toda la adrenalina contenida. Abril se queda mirándola, embobada por el sonido de su risa.

—¿Seguro que no quieres mandar a la porra los hoteles de tu familia y venirte a organizar eventos conmigo? Haríamos un equipo fantástico —propone Abril con un brillo audaz.

—Ni en tus mejores sueños. Bastante tengo con aguantarte en esta boda —bromea.

—Serías fantástica. Mandas muy bien, y a mí me gusta que me dominen… a veces —suelta Abril con una picardía tan directa que a Vanessa le da un vuelco el corazón.

—No tientes a la suerte —advierte Vanessa, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento desesperado por mantener el control.

—Lo disfrutaríamos. En todos los sentidos —añade Abril, bajando la voz a un tono puramente pecaminoso.

El tiempo se detiene en el vivero. El olor a pino y el calor sofocante de Ibiza parecen concentrarse en el espacio que las separa. La mirada de Abril es una invitación directa al desastre, y Vanessa comprende, que sus defensas están completamente derretidas.