Capítulo 6
—¿En qué lío me he metido?
Vanessa Almenara descubre que existen errores imposibles de subsanar, taras en los contratos de la vida que ninguna cláusula de rescisión puede salvar.
Durante años, ha resuelto entuertos financieros complejos que mantenían en vilo a juntas de accionistas enteras y ha apaciguado los delirios de grandeza de su madre, Emilia, evitando que fracturaran la dinastía Almenara-Casals ante la prensa.
Siempre ha creído, a pies juntillas, que basta con analizar la situación y destinar los recursos adecuados para reconducir cualquier barco.
Sin embargo, en las últimas veinticuatro horas, el barco de su cordura… ha naufragado con todo el equipo a bordo.
Frente al tocador, Vanessa se observa con detenimiento en el espejo mientras se ajusta una americana ligera sobre un vestido negro de corte sencillo, pero peligrosamente ceñido.
Sus dedos tiemblan de forma casi imperceptible al alisarse la solapa.
Por fuera, ofrece la misma imagen de siempre.
Por dentro, es un polvorín a punto de estallar.
Sobre la encimera de mármol del baño, su teléfono vibra con una insistencia desquiciante.
Tiene tres mensajes de su madre exigiendo revisar la cubertería, dos de Luisa llorando porque quiere cambiar el color de las flores —otra vez— y uno de Candela intentando sonsacarle cotilleos.
Vanessa ni siquiera desbloquea la pantalla.
Deja caer la mano sobre el mármol y respira hondo.
Si alguien descubriera lo que pasó después de la cena, el escándalo social desataría un auténtico tsunami en la isla.
—Al menos, si muero hoy, moriré con una sonrisa de oreja a oreja tras un orgasmo de la hostia.
Apaga las luces principales y sale al exterior.
Mientras avanza por los senderos empedrados e iluminados por antorchas de diseño hacia el restaurante privado del resort, sus tacones clavan un ritmo firme contra el suelo.
Va buscando desesperadamente escusas profesionales que le sirvan como escudo para lo que se le viene encima.
El reservado del restaurante permanece abierto en exclusiva para el equipo de organización.
Son casi las once de la noche y la música chill-out llega amortiguada desde las camas balinesas de la playa.
Sobre la larga mesa de madera de iroko descansan tres portátiles abiertos que proyectan un resplandor azulado sobre carpetas desordenadas, tazas de café ya frías y varios teléfonos móviles.
Al cruzar el umbral, los ojos de Vanessa van directos, como un imán, a la punta de la mesa.
Abril está allí, junto a Elsa y Teo. Los tres levantan la vista al escuchar el repiqueteo de sus tacones.
Durante un segundo eterno, la corriente de aire de la sala parece congelarse.
Abril es la primera en reaccionar. Se incorpora despacio, deslizando las manos por los muslos de su pantalón oscuro en un gesto puramente inconsciente para limpiarse el sudor de las palmas, mientras sus ojos recorren la silueta de la ejecutiva con una fijeza descarada y apreciativa.
A Vanessa se le eriza hasta el último vello del cuerpo.
—Gracias por venir tan tarde —dice Abril, y su voz, habitualmente segura, suena un punto más grave y rasgada.
—¿Qué ha pasado exactamente para que tenga que venir a estas horas? —pregunta Vanessa. Camina con paso decidido hacia la mesa, desabrochándose el botón de la americana y dejando su bolso de firma sobre una silla vacía.
Elsa intercambia una mirada rápida y cargada de pesadumbre con Abril antes de teclear con fuerza en su pantalla.
—Que el desgraciado de Javier Robles está intentando jugárnosla —suelta Elsa sin tapujos, y al ver que Vanessa arquea una ceja, rectifica—: Es nuestro rival más directo. Y ha decidido que jugar limpio está pasado de moda.
—¿Perdón? —Vanessa frunce el ceño, cruzándose de brazos—. Explícate, por favor.
Teo resopla con evidente frustración, pasándose una mano por el pelo revuelto y dejando caer un bolígrafo sobre el teclado.
—La versión fina es esa. La real es que ese mamón ha llamado directamente a la empresa que fabrica el mobiliario de diseño exclusivo que Abril reservó para la ceremonia.
El tío se ha enterado de que son las piezas centrales de la decoración y ha intentado sobornarlos.
Les ha ofrecido una burrada de dinero y un contrato de exclusividad a largo plazo con sus propios eventos si cancelan nuestro pedido para que no lleguemos a tiempo a la boda de tu hermana.
Y los proveedores están mareando la perdiz y reteniendo el envío hasta ver si aceptan el trato.
Vanessa arquea ambas cejas, apoyando las yemas de los dedos sobre la mesa.
—¿En serio ocurren estas cosas en el mundo de las bodas? Pensaba que vuestro sector era un camino de rosas, no una película de gánsteres.
Abril dibuja una sonrisa de medio lado. Una sonrisa canalla que, por cierto, revoluciona las hormonas de Vanessa sin apenas inmutarse.
—Te sorprendería lo que la gente es capaz de hacer por un contrato de seis cifras y el estatus de lujo, Vanessa.
Los golpes bajos y las puñaladas traperas están a la orden del día.
Si nos quitan esos muebles, estamos jodidos.
No hay diseños de esa gama en toda España.
Por eso te hemos llamado. Tu hermana y tu madre todavía no saben nada.
A Vanessa le entra un escalofrío. Después, aparta la mirada hacia los papeles extendidos.
—Un momento… —dice Vanessa de repente, entornando los ojos al leer el nombre de la empresa en la pantalla de Elsa—. ¿La empresa manufacturera es Forniture d'Autore?
—Esa misma —asiente Abril, mirándola con curiosidad—. ¿Te suena de algo?
Vanessa esboza una sonrisa gélida, calculadora y sumamente satisfecha. Se echa hacia atrás en la silla, cruzando las piernas con elegancia.
—Me suena a que ese tal Javier Robles es un aficionado.
Vamos a ver… El director general de operaciones de esa firma es Matteo Rossi.
Casualmente, Matteo trabajó durante cinco años como jefe de compras para nuestra división hotelera en Europa antes de dar el salto al diseño de mobiliario.
Le debo la mitad de los contratos de remodelación de nuestros resorts y él nos debe el puesto actual porque mi padre le firmó una recomendación de oro.
Y para colmo, seguimos siendo uno de sus mayores clientes corporativos a nivel internacional.
Abril, Elsa y Teo se la quedan mirando con los ojos como platos. Teo suelta una carcajada, dejándose caer hacia atrás en su asiento con los brazos tras la nuca.
—¡Toma ya! El cabrón de Javier ha ido a pinchar en el hueso equivocado.
—Teo, un respeto —le reprende Abril de inmediato, lanzándole una mirada de advertencia.
—¿Qué? Solo digo la verdad. El apellido Almenara anula sobornos mejor que una orden del mismísimo Papa —protesta él, encogiéndose de hombros con fingida inocencia.
Vanessa no pierde el tiempo y estira la mano hacia su teléfono móvil. Sus dedos vuelan sobre la pantalla buscando en su agenda personal.
—Dejádmelo a mí. Voy a recordarle a Matteo lo mucho que le gustará seguir haciendo negocios con los Almenara y lo poco conveniente que es que escuche ofertas de advenedizos. Conseguiré que esos muebles salgan a primera hora de la mañana.
El trabajo se prolonga durante otra hora más.
Llamadas cruzadas en un perfecto italiano por parte de Vanessa, cuya voz firme e implacable exige prioridad absoluta al otro lado de la línea.
Matteo, al principio dubitativo por las presiones internas, acaba capitulando entre disculpas al comprender que jugársela a la primogénita de los Almenara y el desastre de la boda significaría el veto inmediato en todos los hoteles de la cadena.
Elsa redacta a toda prisa los anexos de conformidad y, finalmente, llega el correo de confirmación con el código de seguimiento de la carga.
—¡Hecho! —grita estirando los brazos con triunfo.
Sin embargo, a pesar del éxito, Vanessa descubre con una punzada de alarma que su atención se queda secuestrada por detalles absurdos y pecaminosos: la forma en que los dedos de Abril tamborilean sobre la mesa al ritmo de sus pensamientos, el movimiento de su garganta al tragar un sorbo de agua o la pequeña arruga que se forma entre sus cejas cuando analiza un documento.
Su cerebro se ha aliado con sus hormonas para convertirse en su peor enemigo.
Desde luego. Abril levanta la cabeza de golpe y sorprende a Vanessa mirándole fijamente los labios.
—Aquí están los albaranes de entrega firmados y confirmados. Tu hermana ya no pondrá el grito en el cielo —bromea Abril.
Vanessa revisa los documentos con una mirada rápida.
—Perfecto. Pero quiero que sepáis que no nos podemos permitir ni un solo error más… —sentencia Vanessa, y los mira a todos—. Porque no voy a poder contener todos los incendios.
Salvo que sean los provocados por Abril Vives.
Todos relajan los hombros, estirando los músculos cansados tras el maratón nocturno.
Pero el verdadero peligro está bajo la mesa, cuando Abril le acaricia la pierna y una descarga eléctrica recorre la columna de Vanessa, inmovilizándola al instante.
Siete un calor denso y traicionero ascender por su vientre.
El contacto se prolonga durante cinco segundos eternos mientras Elsa y Teo recogen sus mochilas charlando sobre qué van a pedir en el desayuno del día siguiente.
Vanessa nota cómo el corazón le golpea las costillas con una fuerza salvaje. La reunión concluye cerca de las dos de la madrugada. Y la boda sigue adelante. Sin embargo, al salir al exterior, Abril se adelanta unos pasos y se coloca a su lado en el sendero iluminado.
—Estáis haciendo un buen trabajo —le asegura Vanessa.
—Pues si no llega a ser porque tú nos has salvado…
—Para eso estoy ¿no? —responde Vanessa, esbozando una sonrisa.
Juntas, llegan al porche de la villa de Vanessa. La fachada de piedra refleja la luz plateada de la luna, otorgando al rincón un aire íntimo y completamente apartado del resto del complejo.
—Supongo que aquí nos despedimos.
—Supongo que sí —responde Abril, imitando su postura, sin el menor amago de dar la vuelta.
El peligro real es el impulso absurdo de dar un paso al frente y devorarle la boca.
Y entonces, Abril lo hace. Da un paso decidido, luego otro, borrando el espacio personal que las separa.
Vanessa debería retroceder; su mente racional le grita que recuerde lo que implica mezclar los negocios con lo personal.
Y más en la boda de su hermana. Debería ser la Almenara implacable. Pero no se mueve ni un milímetro.
Porque cuando Abril la besa, el ruido del mundo exterior se extingue por completo. Sus labios se acoplan, y la lengua de Abril da un sutil toque de aviso que hace que Vanessa ahogue un gemido en su garganta, agarrando instintivamente las solapas de la chaqueta de la castaña.
—Esto es una pésima idea —susurra Vanessa, con los ojos cerrados y la frente apoyada en la de Abril, rendida a la evidencia.
—Probablemente —admite Abril, rozándole la comisura de los labios antes de apartarse—. Pero ya es muy tarde para bajarse de este barco.
Abril se da la vuelta y se aleja por el sendero, dejando a Vanessa sola en el porche, con los labios encendidos, el pulso a mil por hora y la intuición de que la próxima vez, no va a poder resistirse a ir más allá.
Otra vez.