Tú no estabas en mi lista Capítulo 5
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Capítulo 5

Por supuesto que iba a ocurrir. El labio inferior de Vanessa es veneno dulce, e Ibiza arde en mitad de la noche cuando Abril decide mandar la cordura a tomar por saco y le come la boca.

No hay preámbulos. No hay un «¿estás segura?

», ni malditas estrategias de cortesía profesional que valgan.

Solo el impacto bruto de dos cuerpos que colisionan de una forma maravillosa.

La cena oficial ha terminado hace apenas diez minutos, Abril ni siquiera se detiene a pensar en la logística de la que todavía tiene que encargarse, ni en los invitados rezagados que apuran los gin-tonics en las camas balinesas.

Solo importa el sabor a vino blanco afrutado, el calor asfixiante de la noche y la urgencia salvaje de una boca que lleva deseando morder desde que vio a Vanessa bajar por la pasarela de madera como una auténtica diosa esmeralda.

Vanessa ahoga un gemido contra los labios de Abril.

Lejos de apartarse o de apelar a su sagrado apellido familiar, reacciona con la ferocidad de quien lleva años midiéndose; metida en una jaula de cristal.

Sus manos, se entierran de inmediato en el pelo oscuro de Abril, pegándose a ella hasta que su vestido choca contra la pared. El contraste es una delicia.

El espacio es minúsculo, apenas iluminado por el reflejo titilante de las luces que se cuelan por las rendijas.

Abril introduce la lengua con una osadía descarada, profunda, saboreando la rendición absoluta de la ejecutiva.

Vanessa se separa apenas un milímetro, con la respiración rota y los labios hinchados y brillando.

Sus ojos oscuros, fijos en los de Abril, son dos pozos de gasolina esperando una cerilla.

—Nos vamos a meter en un lío de tres pares de narices…—murmura Vanessa, con una voz tan grave y rota que a Abril se le contrae el bajo vientre con una violencia dolorosa.

—Creo que llegamos un poco tarde —responde Abril con una sonrisa canalla que muere en cuanto vuelve a estampar sus labios contra los de la mujer, devorándola otra vez, devorándose mutuamente.

La necesidad ya no es negociable; es un incendio forestal que avanza a favor del viento.

Las manos de Abril bajan de forma instintiva por la silueta de Vanessa, recorriendo la caída impecable de la seda esmeralda.

El tacto es un escándalo. Sube por la cadera, contorneando la cintura estrecha, hasta que sus dedos tropiezan con la gloriosa inmensidad de la espalda descubierta.

La piel de Vanessa está hirviendo, húmeda por el bochorno de la isla y la excitación latente.

Al notar el contacto directo de los dedos de Abril en su carne desnuda, Vanessa arquea la columna con un espasmo de placer, apretando los muslos contra las piernas de la morena.

Abril baja el ritmo del beso muy despacio, transformándolo en una tortura de mordiscos lentos que se trasladan por la mandíbula de la heredera.

Siente los latidos del corazón de Vanessa desbocados en su yugular, como un animal atrapado.

Con movimientos torpes por la prisa, Abril busca la cremallera del vestido, pero no hay nada; el diseño se sostiene de forma milagrosa por un cruce de tiras finísimas en el cuello de la mujer.

Vanessa, adivinando sus intenciones, suelta una risa ahogada y guía las manos de Abril.

—Por aquí —le sisea Vanessa al oído, mordiéndole el lóbulo con ganas.

Abril no se lo piensa dos veces. Desliza las manos por debajo de la seda verde, rompiendo la barrera del tejido.

Su palma asciende por el muslo firme y liso de Vanessa, experimentando una descarga eléctrica en cada centímetro que conquista.

Sube más, devorando la distancia hasta que sus dedos tropiezan con la delicada y exigente barrera de un encaje finísimo.

Vanessa gime alto, un sonido desvergonzado que amortigua pegando su boca al cuello de Abril, dejando un rastro de besos voraces y marcas húmedas que van a ser muy difíciles de justificar ante el espejo por la mañana.

Fuera, el rumor constante del mar rompiendo contra las rocas de Cala Jondal parece acompasarse con las embestidas de sus respiraciones.

Abril presiona a Vanessa, encajando su pelvis mientras arranca un sollozo ahogado de la ejecutiva.

No hay ropa interior que resista semejante nivel de necesidad.

Los dedos de Abril apartan el tejido con decisión, buscando el centro neurálgico del desastre.

Cuando lo encuentra, el mundo se detiene y vuelve a estallar en mil pedazos. Vanessa está empapada, ardiendo, lista para el pecado.

Un gemido largo, trémulo y cargado de una necesidad acumulada durante días de miradas furtivas y tensiones no resueltas escapa de la garganta de Vanessa.

Sus dedos se clavan con fuerza en los hombros de Abril, arrugando su ropa sin contemplaciones, buscando un anclaje en mitad del huracán.

Abril introduce el primer dedo con una lentitud exasperante, deliberada, regodeándose en el espasmo húmedo con el que las paredes de Vanessa la reciben, abrazándola con una codicia casi dolorosa.

—Joder… —gime Vanessa, perdiendo por completo la compostura, el apellido y el orgullo de clase.

Echa la cabeza hacia atrás y la apoya contra la madera, exponiendo la línea elegante de su cuello, mientras sus caderas buscan de forma instintiva el contacto, exigiendo más ritmo, más presión, más de todo.

Abril la observa, con los ojos oscurecidos y la mandíbula apretada por su propio deseo.

Ver a la impecable Vanessa Almenara de esa forma, temblando bajo sus dedos y suplicando con el cuerpo, es el mayor afrodisíaco de la historia.

Suma un segundo dedo, aumentando la profundidad y el ritmo de las embestidas, mientras con el pulgar empieza a presionar su clítoris.

El roce es certero, rítmico, húmedo y jodidamente perfecto.

Cada movimiento de la mano de Abril arranca de Vanessa una sinfonía de suspiros, maldiciones entre dientes y jadeos desesperados que se pierden entre los ruidos de la noche ibicenca.

Al mismo tiempo, Vanessa desliza su mano con decisión entre los pantalones de Abril, colándose bajo la tela hasta encontrar su coño ya empapado.

Sus dedos se mueven con la misma hambre, frotando y penetrando con un ritmo que hace que Abril tiemble contra ella.

La seda verde del vestido de Vanessa se arruga y se amolda al vaivén de sus cuerpos, brillando con los destellos dorados que se cuelan desde el exterior, tiñendo la escena de un erotismo salvaje y elegante.

Vanessa abre más las piernas, entregándose al castigo delicioso que Abril le impone, pero sin dejar de follar a Abril con los dedos, hundiendo dos de ellos profundamente mientras su pulgar presiona el clítoris hinchado de la otra mujer.

Abril gime contra su cuello, perdiendo el control de su propio pulso al sentir cómo Vanessa la penetra con exigencia.

Abril curva los dedos dentro de ella, buscando el ángulo exacto que hace que esta doble las rodillas y clave las uñas en sus antebrazos con desesperación, al borde del colapso.

Vanessa responde acelerando el movimiento de su mano dentro de los pantalones de Abril, follándola con fuerza, curvando también sus dedos para rozar ese punto que sabe que la vuelve loca.

—No te atrevas a parar… —le ordena Vanessa con la voz rota, sin dejar de mover su muñeca entre las piernas de Abril.

—No pensaba hacerlo —responde Abril con la respiración entrecortada, acelerando el movimiento de su muñeca dentro de Vanessa al mismo tiempo que empuja las caderas contra la mano de la heredera, volviéndose más exigente.

El clímax las acecha a las dos como un animal hambriento.

Los gemidos de Vanessa se vuelven más cortos, una serie de espasmos rítmicos que delatan que está a punto de llegar, mientras sus dedos no dejan de follar a Abril con furia.

El cuerpo de Abril también se tensa, los músculos de su coño se contraen alrededor de los dedos de Vanessa.

Ambas mujeres se corren casi al mismo tiempo: Vanessa con un suspiro eterno, una sacudida violenta que la obliga a esconder la cara en el cuello de Abril, mordiéndole la piel de la clavícula para no gritar.

Abril estalla segundos después, gimiendo contra su piel mientras su orgasmo empapa los dedos de Vanessa.

Vanessa la sostiene, apretándola contra su pecho, dejando que el terremoto remita despacio, disfrutando del peso muerto del cuerpo de la ejecutiva, que se apoya en ella como si fuera su único refugio.

Sus manos siguen dentro de la otra durante unos segundos más, moviéndose perezosamente, prolongando los últimos espasmos.

Abril retira los dedos muy despacio del coño de Vanessa, arrancando un último estremecimiento a la morena, que suspira con los ojos cerrados, con las mejillas encendidas y el pelo oscuro pegado a la frente por el sudor.

Vanessa, aún con los dedos dentro de los pantalones de Abril, los saca lentamente, rozando a propósito el clítoris sensible y provocando un último jadeo.

Vanessa abre los ojos lentamente, y después le ofrece una enorme sonrisa.

—Me has destrozado el vestido… —murmura, aunque el tono carece de cualquier rastro de enfado. Luego, con voz ronca y satisfecha, añade—: Y yo te he despeinado un poco —bromea.

Abril se apoya contra la pared de enfrente, cruzándose de brazos con esa maldita sonrisa de suficiencia que a Vanessa le dan ganas de borrarle a besos otra vez. Lleva la camisa blanca arrugada y un par de mechones sueltos sobre la cara, pero sigue pareciendo la tía más sexy de esa isla.

—Te queda mejor así —bromea Abril, guiñándole un ojo.

Vanessa suelta una carcajada, se acerca a Abril, le planta un beso y luego se da la vuelta para abrir una rendija de la cortina, ojeando el panorama exterior para comprobar que el campo está despejado.

—Tengo que volver antes de que mi madre mande un equipo de búsqueda y captura con Candela retransmitiendo en directo —comenta Vanessa, recuperando su tono habitual.

—Yo iré en unos minutos para que no sospechen —responde Abril.

Vanessa sonríe por última vez antes de deslizarse fuera del almacén, desapareciendo entre las luces de la terraza con elegancia.

Abril se queda sola en la penumbra, apoyando la cabeza, disfrutando del olor que ha quedado impregnado en sus propias manos.

Mira sus dedos, y nota cómo el corazón le sigue latiendo a mil por hora.

Definitivamente, organizar la boda de los Almenara se ha convertido en una actividad de alto riesgo.

Y lo peor de todo, piensa con una sonrisa, es que está deseando volver a jugarse la vida.