Capítulo 4
El atardecer tiñe de oro líquido la costa de Cala Jondal, envolviendo la bahía en una luz tan espectacular y cálida que parece sacada de un filtro de Instagram premium.
Abril Vives recorre por cuarta vez el perímetro del chiringuito de lujo, taconeando con ritmo y los ojos bien abiertos, mientras el rumor de las olas le hace los coros.
A estas alturas de la tarde, ya sabe que todo va bien.
Lo sabe porque ha observado al milímetro cada estación del cáterin, desde las bandejas de ostras con hielo hasta las minitartas que brillan como joyas bajo los focos.
Ha controlado las cámaras frigoríficas —que están a la temperatura perfecta para que el champán no pierda el glamur—, las rutas de los camareros para evitar choques frontales, los manteles impolutos y la iluminación ambiental.
Incluso ha hecho reorientar los altavoces para que la música flote en el aire como una caricia pecaminosa.
Lo sabe también porque Teo ha pasado su radar minucioso y porque Elsa Muntaner —su otra mano derecha— con su vena cuadriculada, seguro que lo ha repasado tres veces más.
Pero ella sigue caminando, con la carpeta pegada al pecho y cara de inspectora.
No es que desconfíe de su gente; al contrario, adora a su equipo.
Es solo que, cuando a Abril le importa algo de verdad, se vuelve obsesiva. Y la noche de hoy importa muchísimo.
No es la boda oficial, ni mucho menos. Pero este es el pistoletazo de salida, el inicio de la locura.
Días intensos en los que S’Estel se va a convertir en el hormiguero de lo mejor de lo mejor.
Los primeros VIP han aterrizado en la isla esa misma mañana: tíos forrados, primas estiradas con maletas de Louis Vuitton, socios internacionales y un ejército de influencers listos para quemar el wifi.
Gente acostumbrada a la perfección y el pijerío.
Los Almenara no solo buscan emborrachar a sus invitados; están vendiendo poderío. Y Abril sabe que se la juega.
—Voy a soltar una burrada de las mías en tres, dos, uno… —anuncia una voz a sus espaldas.
Su socio se empareja con ella, luciendo su mejor sonrisa y sosteniendo una copa de agua con gas como si fuera un cubata.
—Eso no reduce mucho el margen de error, Teo —responde ella sin frenar el paso, estirando el brazo para enderezar una lámpara de mimbre que le parece torcida por dos milímetros.
—La novia está para que la encierren y tiren la llave —suelta él, bajando la voz.
Abril resopla, clavando los pies en la arena y fulminándolo con la mirada, aunque la comisura de los labios ya le tiembla.
—Teo… te van a oír.
—Que lo digo desde el máximo respeto, oye —se defiende él, levantando la mano libre en son de paz—. Pero es que lo de Luisa es de juzgado de guardia. Si la tía encuentra un fallo hoy con el despliegue que llevas, es que está completamente loca.
Abril se cruza de brazos, tratando de recuperar su fachada. Alrededor, los camareros se mueven sirviendo copas sin derramar una gota. Los primeros invitados ya andan descalzos, copeando con la brisa de cara.
—Haz el favor de comportarte y no saques la lengua a pasear —le reprende Abril, dándole un empujoncito con el codo—. No podemos permitirnos ni un solo desliz.
Teo pone los ojos en blanco, teatral como él solo.
—Vale, vale. Tienes razón. Pero admítelo… esto es un circo de tres pistas con billetes de quinientos euros.
Abril muerde su propio labio, intentando aguantar la carcajada, pero le es casi imposible.
—No pienso admitir absolutamente nada.
—Lo estás pensando. Se te nota en los hoyuelos, Vives —insiste él, dándole un trago a su agua.
—Que no.
—Que sí.
—¡Que te calles, Teo! —se ríe ella abiertamente, dándole un manotazo en el hombro.
—Me alegra comprobar que vuestra madurez sigue bajo mínimos históricos —irrumpe una tercera voz con un tono seco y calmado.
Elsa Muntaner aparece impecable, con una blusa blanca que no conoce las arrugas y un moño tan tirante que parece estirarle las ideas. Elsa es la eficiencia hecha persona; Abril pensaba que nadie en el mundo podía competir con su propio nivel de organización hasta que la contrató a ella.
—¿Buenas noticias? —pregunta Abril, girándose hacia ella.
—Excelentes —responde Elsa, deslizando el dedo por la pantalla de su tableta con una agilidad pasmosa—.
No ha fallado ni un solo nombre de la lista de convocados.
El transporte desde el aeropuerto ha funcionado como un reloj, las villas VIP están a tope y los socios de los Almenara están que se derriten con los detalles de bienvenida y la música acústica.
Dos de ellos me acaban de poner el cáterin por las nubes.
Teo suelta un silbido de admiración.
—Eso sí que es un milagro. Con la de arpías que hay sueltas por aquí, esperaba algún drama.
Elsa levanta la vista, contemplando cómo las primeras bombillas de verbena se encienden, mezclándose con tono rosado del cielo.
—Desde luego, esta boda va a dar que hablar en las revistas hasta el próximo verano.
Abril asiente despacio, recorriendo el lugar con la mirada.
—¿Cómo va el tema de los fotógrafos? —pregunta, entornando los ojos.
—Atados en corto en la zona de prensa —asegura Elsa—. Y a Candela le hemos puesto un par de camareros cerca para que no grabe donde no debe. Lleva dos horas haciendo stories y posando como si fuera la dueña de la isla.
—O sea, que el monstruo del postureo sigue vivo —comenta Abril.
—Para desgracia de mis nervios —remata Elsa, haciéndolas reír a las dos.
Agradece como nunca que Elsa haya podido llegar ese mismo día con todo el trabajo que tienen encima.
Abril se relaja un segundo y deja caer los hombros, pero de repente, el mundo real decide ponerse en pausa.
Alguien acaba de cruzar la entrada del bar y el murmullo de los invitados baja tres tonos de golpe, como si a todos se les hubiera olvidado de qué estaban hablando.
Abril gira la cabeza de forma magnética, sabiendo perfectamente a quién va a encontrar.
Vanessa Almenara baja por la pasarela de madera que conecta el hotel, y el panorama es para quedarse sin respiración.
Lleva un vestido largo de seda salvaje en color verde esmeralda que se le pega al cuerpo, marcando sus curvas.
La espalda va completamente al aire, mostrando una piel dorada por el sol que pide a gritos ser tocada, y una abertura infinita en la falda deja ver una pierna a cada paso que da.
Lleva el pelo suelto, alborotado por el viento, unas joyas minimalistas y un maquillaje sutil.
No necesita llamar la atención; la atención la persigue a ella. Incluso más que a la propia novia.
Abril traga saliva, sintiendo un calor pecaminoso subiendo por sus propias venas.
—Madre del amor hermoso… —murmura Teo a su lado, con la copa a mitad de camino a la boca—. Si no fuera gay, ya le estaba tirando los trastos.
—Cierra el pico —le sisea Abril, clavando las uñas en su carpeta, incapaz de desviar los ojos de la silueta verde.
—Si yo no he dicho nada… —protesta él con cara de santo.
La fiesta sigue su curso, aunque la temperatura ambiente ha subido diez grados para Abril.
Bruno, el novio, aparece un rato después luciendo una sonrisa, pero con cara de no enterarse de la misa la mitad; se nota que va flotando en su propia burbuja de felicidad ajena al coste por cubierto.
Luisa va a su lado: saluda, coloca a la gente para las fotos, da órdenes con la mirada y vigila el cotarro, mientras su novio la sigue como un perrito falto de cariño, haciendo una pareja extraña pero efectiva.
Abril vigila desde la distancia una de las barras secundarias.
De reojo, ve cómo Vanessa se acerca discretamente a Bruno, le entrega unos papeles doblados y le da una palmadita en el hombro antes de volver a desaparecer entre la multitud.
Otra vez apagando fuegos en la sombra sin que nadie le traiga a ella una mísera copa.
«Menuda familia de mierda», piensa sin poder evitarlo.
Al cabo de unos minutos, Bruno se sube a una pequeña tarima. Los invitados se callan, dejando solo el rumor de las olas. El novio se rasca la nuca, y arranca con el micrófono.
—Gracias a todos por venir a esta locura —dice él, haciéndose el simpático—. No me voy a enrollar porque Luisa me ha jurado por lo más sagrado que duermo en el sofá si me pongo sentimental.
Las risas estallan entre el público, aliviando el ambiente.
Bruno continúa con un discurso sencillo, agradeciendo el viaje a los invitados y asegurando que van a ser días inolvidables.
En cuanto termina, Emilia Casals le quita el micro de las manos, y el tono cambia al instante: pasamos de la cercanía al modo institucional «Imperio Almenara».
Suelta un discurso perfecto sobre los valores de la empresa, el orgullo de la familia y el éxito de la cadena hotelera, arrancando aplausos entusiastas de los socios entregados. Muy de postal y de revista.
Pero Abril pasa de la postal. Sus ojos van buscando otra cosa. Y encuentra a su objetivo cinco minutos después, completamente apartada del meollo, sentada en un taburete al final de la barra de la playa, de cara al mar oscuro y con una copa de vino blanco entre las manos.
Abril duda dos segundos. Tiene mil cosas que supervisar. Pero sus piernas, traidoras, ya se han puesto en marcha, hundiéndose en la arena en dirección a la barra.
—¿Está libre este pedacito de barra? —bromea Abril, apoyándose en el taburete contiguo.
Vanessa levanta la vista y, al verla, se le dibuja una sonrisa pequeña, de las que no usa para las fotos de los periódicos.
—Depende —responde Vanessa, ladeando la cabeza con una mirada juguetona—. De si vienes a traerme otra crisis de última hora o a salvarme de morir de aburrimiento.
—Qué mala fama me pones —protesta Abril, fingiéndose dolida mientras apoya los codos, quedando muy cerca de ella—. Una intenta ser simpática y me tratas así. Siento que mi orgullo acaba de terminar por los suelos.
—Será que ya te voy calando —replica Vanessa, dándole un sorbo a su vino sin quitarle los ojos de encima.
Abril se sienta del todo y el Mediterráneo se abre ante ellas como una boca de lobo oscura y preciosa.
—Oye, gracias por convencer a tu hermana con el tema de las luces —suelta Abril, mirándola de reojo—. Al final todo ha quedado perfecto.
Vanessa suelta una risa melodiosa.
—Todo sea por la «fiesta perfecta», ¿no? Ya conoces el lema de mis queridas madre y hermana —comenta Vanessa con una ironía brutal mientras traza círculos en el borde de su copa.
Abril sonríe, girándose a medias hacia ella.
—Voy a multar a la próxima persona que diga esa palabra en mi presencia.
—¿Perfecta? —Vanessa arquea una ceja, divertida.
—Esa misma. Es una tortura.
—Pues estás jodida. Porque en mi casa es una religión —Vanessa baja la mirada a su copa, y la sonrisa se le apaga un poco, dejando ver ese cansancio de fondo que Abril ya le conoce—. Van a ser días interminables.
—Me acabo de acordar que sólo llevamos tres. Qué horror.
—Por eso mismo… imagínate cómo tengo el cuerpo —admite Vanessa, y las dos se ríen a la vez.
—¿Siempre te ha tocado arreglar los desaguisados de todo el mundo? —lanza Abril, inclinándose un poquito más hacia ella.
Vanessa la mira de frente.
—¿Tan mal disimulo?
—Se te nota a la legua —confirma Abril, sin cortarse un pelo—. Te mueves y la gente acude a ti como si fueras el teléfono de emergencias.
—Vaya… —murmura Vanessa, pasándose los dedos por el pelo oscuro, un gesto que a Abril le parece terriblemente sensual—. No pensaba que fuera tan transparente.
—Pillo estas cosas a la primera —la provoca Abril, acercando su taburete un par de centímetros más, lo justo para que sus rodillas casi se rocen—. Pero tiene que ser agotador, la verdad.
—Es el papel de hermana mayor. Supongo —responde Vanessa.
—Yo creo que no está escrito en ningún contrato —insiste Abril—. Tú también tienes derecho a mandarlo todo a la mierda y a disfrutar del paisaje sin más.
Sus miradas se enganchan y la corriente eléctrica vuelve a saltar con la fuerza de un rayo.
La distancia se ha vuelto tan ridícula que Abril puede oler el perfume de Vanessa.
El aire a su alrededor le quema. Y justo cuando la cordura está a punto de saltar por los aires…
el pinganillo de la oreja de Abril se pone a pitar.
—Abril, ¿me recibes…? —la voz de Elsa entra con urgencia.
Abril cierra los ojos con fuerza, soltando una maldición interna.
—Dime, Elsa —responde, tocándose el auricular con fastidio.
—Tenemos un problemilla en cocinas. El proveedor del marisco se ha equivocado con los kilos de bogavante y faltan bandejas.
—Faltaría más… —gruñe Abril por lo bajo.
Vanessa la observa con una sonrisita de suficiencia y comprensión, ladeando la cabeza.
—¿Tenemos drama en el paraíso?
—Si Elsa insiste tanto, es que alguien va a morir degollado en breves —confirma Abril, levantándose del taburete a regañadientes.
—Pues corre a salvar vidas. No quiero ser yo la que te distraiga del deber —dice Vanessa, mirándola fijamente.
—Bueno… —Abril carraspea—. ¿Nos vemos luego?
Vanessa le sostiene la mirada un segundo eterno, con una intensidad oscura que promete incendiar la isla entera si se lo propone.
—Cuenta con ello —responde en tono sugerente—. Nos quedan días por aquí.