Capítulo 3
—¡Te digo que esos focos hacen que la piscina parezca una discoteca, Vanessa! —exclama Luisa, arrojando dramáticamente una servilleta de hilo sobre la mesa.
—Y yo te digo que, si seguimos cambiando el diseño de exteriores, lo único que vas a conseguir es que te dejen tirada —replica Vanessa, dándole un sorbo largo a su taza de café negro, rezando para que la cafeína le haga un efecto milagroso e inmediato.
—Por el amor de Dios, Luisa, otra vez no —murmura su padre desde el otro extremo, sin dignarse a bajar el periódico económico, donde parece haber encontrado un refugio mucho más interesante que el drama nupcial—. Llevamos tres variaciones de presupuesto solo esta semana. Déjalo ya.
—¿Cómo que «déjalo ya»? ¡Es mi boda! —Luisa abre los ojos muchísimo, al borde de otra crisis de ansiedad—. Exijo un mínimo de empatía, mi enlace tiene que ser perfecto. Nos estamos jugando la imagen de la familia.
—Y tienes toda la razón del mundo, mi vida —interviene Emilia Casals, enderezando aún más la espalda en la cabecera de la mesa, como una reina que valida el capricho de su infanta favorita—.
Faltaría más. En esta familia no hacemos cosas mediocres.
Si no te convence el reflejo al atardecer, se cambia y punto.
Vanessa pone los ojos en blanco, conteniendo un resoplido.
Sabe de sobra que el desayuno va a convertirse en un auténtico campo de batalla incluso antes de terminar de untar la tostada.
Lo sabe porque lleva toda la vida toreando en esa plaza.
La mesa está dispuesta en una de las terrazas privadas más exclusivas del resort S'Estel, a salvo del sol de justicia gracias a unos toldos color marfil que, sin embargo, no logran frenar el bochorno de la mañana.
El olor a café y frutas exóticas se mezcla con el aroma de los rosales del jardín.
El decorado perfecto para el postureo que a su madre tanto le fascina.
Para colmo de males, Candela Miret —la novia de uno de sus primos y autoproclamada reina del lifestyle patrio— revolotea alrededor de ellos como una mosca cojonera, aro de luz portátil en mano y el móvil pegado a la cara.
—A ver, yo creo que deberíais tener algo de fe en el trabajo de Abril —interviene Vanessa, y deja la taza sobre el plato—.
He estado revisando los informes de su empresa y es muy buena.
Ha subido como la espuma en el sector de lujo precisamente porque no deja un cabo suelto.
Si ella dice que la iluminación funciona, es que va a funcionar.
Las dos mujeres de su familia se giran hacia ella al unísono, como si Vanessa acabara de proponer que sirvan hamburguesas de un euro en el banquete principal.
Luisa arquea una ceja con escepticismo.
—Claro, y mi boda va a ser la primera en la que la cague seguro. No pienso jugármela por una organizadora que va de moderna.
—El caso es que le encuentres pegas a todo, Luisa.
Ese es tu verdadero problema —suelta Vanessa, cruzándose de brazos—.
Ayer era la intensidad de las luces, los cócteles personalizados porque te parecían «comunes» y después resulta que las hortensias no tenían sentimientos.
¿Hasta cuándo piensas estirar el chicle?
—¡Porque busco la excelencia, Vanessa! ¡La EX-CE-LEN-CIA! —protesta su hermana a gritos, dando un taconazo bajo la mesa.
—No, lo que estás buscando son problemas donde no los hay —la corta la hermana mayor con una sonrisa irónica—. Admítelo. Estás histérica y pagas las consecuencias con la primera que pasa por aquí.
—¿Y a ti qué mosca te ha picado para defender a esa mujer con uñas y dientes? —contraataca Luisa con una sonrisita maliciosa que a Vanessa le sienta como una patada en el estómago—. Ni que fuerais amigas de la infancia. Cualquiera diría que te ha hecho un descuento especial…
Vanessa nota cómo el calor de las mejillas se le dispara, pero por fortuna, es capaz de mantener la compostura.
—No me pongo de parte de nadie, Luisa. Intento aportar un gramo de cordura a este manicomio, que buena falta hace.
—¡Hola, mi gente bonita de las redes! —irrumpe Candela de golpe, metiendo el teléfono prácticamente entre el plato de fruta de Vanessa y su cara, exhibiendo una sonrisa de diseño odontológico—.
Aquí estamos, en directo, viviendo la tensión preboda de la familia Almenara-Casals en este paraíso idílico.
Vanessa, cariño, una pregunta súper rápida para mis seguidores que están living con el drama: ¿no te parece que estás un poquito distante con los preparativos de tu hermana?
Transmites una vibra un poco fría, ¿sabes?
Como de no implicarte emocionalmente en su felicidad.
Vanessa parpadea sorprendida, y tiene que hacer un gran esfuerzo para contener las ganas de quitarle el móvil y lanzarlo a la piscina.
—¿Te importa bajar esa cámara y dejarme desayunar en paz, Candela? No soy el contenido de tu canal de cotilleos.
—Oye, solo es una pregunta para conectar con la audiencia… —se defiende la influencer , haciendo un puchero ensayado para la pantalla.
—Pues conéctate con otra cosa —zanja Vanessa con una mirada que fulminaría a un regimiento—. No estoy para tonterías.
—Vanessa, por favor, no seas ordinaria con Candela —la reprende Emilia—. Está haciendo su trabajo y es como de la familia. Esta mañana estás atacando a todo el mundo.
Vanessa mira a su madre, luego a la mirada triunfante de Luisa y finalmente al piloto rojo del móvil de Candela.
Siente que ha agotado su paciencia para los próximos tres meses, y ni siquiera son las diez de la mañana.
Se levanta de la silla con un movimiento brusco, estirando su traje con un golpe de manos.
—Que os cunda el desayuno y el directo de Instagram. Me voy antes de decir algo que arruine la exclusiva de las revistas —suelta, girando sobre sus talones.
—Vanessa… —intenta llamarla su madre, pero ella ya le ha dado la espalda—. ¡No seas tan exagerada!
*
Vanessa Almenara camina a paso rápido por los senderos del hotel, echando chispas.
Y una hora más tarde, se felicita a sí misma por la espantada.
Le ha cundido el tiempo: tres llamadas con la central, una docena de correos electrónicos ventilados y dos marrones de mantenimiento solucionados.
Sesenta minutos de gloria sin oír las palabras «boda», «flores» o «redes sociales». Un auténtico milagro.
Avanza por la zona ajardinada que conecta con las villas privadas del complejo, disfrutando del silencio, cuando una voz cantarina la frena en seco.
—Empiezo a sospechar que te estás escondiendo de tu familia a propósito.
Vanessa se gira y, de forma totalmente absurda, el malestar que lleva en el estómago desde el desayuno se deshace de golpe.
Abril Vives avanza hacia ella por el sendero lateral, luciendo unas gafas de sol de pasta italiana apoyadas sobre el pelo oscuro y una carpeta de cuero bajo el brazo.
Lleva una camisa blanca entreabierta un botón más de lo estrictamente correcto y unos pantalones cortos de talle alto que le sientan de escándalo.
—¿Tan obvia soy? —pregunta Vanessa, esbozando una sonrisa sincera.
—Tu cara es un poema. —Abril se detiene a un par de pasos, ladeando la cabeza con una chispa de diversión en esos ojos marrones tan expresivos—. ¿Muchos heridos en el frente familiar?
—Si te digo que he estado a punto de ahogar a una influencer en un bol de yogur con chía, ¿me detendrías? —ironiza Vanessa, cruzándose de brazos.
Abril suelta una carcajada, sonora y tan contagiosa que a Vanessa se le escapa una sonrisa idéntica. Le gusta cómo se ríe esta mujer. Además de otras muchas cosas.
—Te guardaría el secreto, por supuesto —asegura Abril con un guiño descarado—. Escucha, voy a echar un vistazo a las villas VIP para comprobar que los rezagados tengan todo a pedir de boca. ¿Te vienes o prefieres volver con…?
—Voy contigo —se adelanta Vanessa, y busca dentro de su bolso. Cuando da con lo que quiere, su mirada hasta se ilumina—. Ibuprofeno. Entre la iluminación de la piscina y mi supuesta falta de sensibilidad emocional, me han dejado la cabeza como un bombo.
—Menos mal que he aparecido al rescate.
La sonrisa de Abril se ensancha, y Vanessa siente un calor repentino y juguetón instalado en el pecho.
Las villas privadas del resort son un escándalo: pequeñas edificaciones ibicencas rodeadas de buganvillas de un rosa eléctrico, con piscina propia y terrazas que se asoman al acantilado.
Mientras caminan, Vanessa se dedica a observar a Abril en su salsa.
La morena se mueve con una seguridad arrolladora.
Revisa los cerrojos de las suites, apunta detalles en su tableta, bromea con las camareras de pisos en un tono cercano pero respetuoso y soluciona un descuadre con el minibar de la Villa 4 en menos de dos minutos.
Tiene un magnetismo brutal trabajando. No es solo que sea buena; es que le pone pasión a lo que hace, y ver esa energía en directo resulta peligrosamente sexy.
—Ahora entiendo perfectamente por qué te has ganado la fama que tienes —comenta Vanessa mientras se detienen junto al borde de una de las piscinas individuales—. Tienes buen ojo para los detalles. Impresionante.
Abril levanta la vista de la tableta, entornando los ojos con una sonrisa pícara y descarada.
—Vaya, vaya... ¿Eso ha sido un piropo? Anótalo, Teo, dondequiera que estés.
—¿Siempre bromeas con todo? —le dice Vanessa—. Solo ha sido una observación profesional.
—Tarde. Porque ya me lo he creído —suelta Abril.
Entran en la suite principal de la última villa, un espacio diáfano con unas cristaleras gigantescas abiertas de par en par hacia el mar.
El Mediterráneo se despliega ante ellas como un lienzo infinito donde el agua y el cielo se confunden.
El sitio está en calma, aislado de todo el jaleo del edificio principal.
Por unos instantes, la boda de Luisa y las llamadas parecen quedarse fuera, en el felpudo.
—Este va a ser el epicentro de la fiesta previa para los invitados VIP —explica Abril, soltando la carpeta sobre una mesa baja de madera—. Quiero montar algo que sea elegante, pero con un rollo muy de la isla. Que la gente pueda olvidarse de las etiquetas un rato.
—Una combinación arriesgada para los amigos de mi madre, pero compro la idea —comenta Vanessa, dándole la espalda para acercarse a la barandilla de la terraza y mirar el horizonte.
—Confía en mí, sé cómo domar a las fieras de la alta sociedad —dice Abril, dándole alcance.
Se apoya en la barandilla, quedando a escasos centímetros de Vanessa—.
La idea es meter música en vivo, pero algo acústico, muy íntimo.
Una iluminación que imite los tonos dorados del sol cuando cae tras la roca y cócteles con hierbas ibicencas maceradas.
Espacios pequeños para que los corrillos hablen sin sentirse observados por los fotógrafos. ¿Qué te parece?
—Me parece que eres jodidamente buena en tu trabajo —confiesa Vanessa, girando el rostro hacia ella con una sonrisa sincera.
Abril se muerde el labio inferior, un gesto rápido que hace que a Vanessa se le contraiga el estómago.
—Menos mal. Al menos no defraudaré a una de las Almenara.
—Créeme, dudo que lo hagas —comenta Vanessa.
La complicidad entre las dos estalla en el aire de una forma casi palpable.
El tono estrictamente profesional se desvanece, dejando paso a una corriente eléctrica y mucho más divertida.
Comienzan a encadenar anécdotas absurdas de sus respectivas profesiones: Vanessa le cuenta las excentricidades de los jeques que se alojan en sus hoteles, y Abril contraataca con historias para no dormir de novias que pretendían hacer entrar a un caballo en el salón de bodas o cáterin que terminaron con los camareros bailando encima de las mesas.
Es fácil hablar con ella. Es insultantemente fácil reírse a su lado.
—Te juro que el tío insistió en que quería llegar al altar en parapente —está contando Abril entre risas, gesticulando de forma exagerada con las manos—. ¡En parapente! El viento cambió de golpe y el pobre hombre acabó empotrado contra el camión de los helados. Imagínate el cuadro de los invitados…
Vanessa deja de escuchar. Así, de golpe.
La voz de Abril se convierte en un murmullo de fondo porque sus ojos se han quedado fijos, como hipnotizados, en los labios de la morena.
Observa cómo se mueven, cómo se curvan con la risa y cómo brilla la comisura por el brillo de labios veraniego.
La atracción le mete un hachazo a su habitual autocontrol; están tan cerca que Vanessa puede ver los destellos dorados en el iris castaño de Abril.
Abril se detiene a mitad de la frase. La risa se le apaga, sustituida por una mirada intensa que baja directo a la boca de Vanessa.
—¿Sigues en este planeta? —pregunta Abril.
Vanessa parpadea, tratando de recuperar el aire que la cercanía de la otra le está robando, sintiendo un sutil rubor trepándole por el cuello.
—Sí, claro.
—Ya… —responde Abril con una sonrisa ladina y asimétrica, dando un paso más hacia ella—. Yo diría que te has perdido por el camino. A ver, examen sorpresa: ¿dónde aterrizó el novio volador?
Vanessa abre la boca, la vuelve a cerrar y acaba soltando una risa nerviosa.
—Lo sabía. Has suspendido, y con creces, señorita —bromea Abril, acortando los últimos centímetros. Ahora están a nada de tocarse. Vanessa nota los latidos de su propio corazón retumbándole en las orejas, y el estómago se le revoluciona. La mirada de Abril es un desafío en toda regla.
—Eso ha sido una emboscada. Con alevosía —protesta Vanessa.
La distancia se reduce a milímetros. El aire quema. Ninguna de las dos aparta la vista, suspendidas en un segundo eterno donde el beso parece la única consecuencia lógica.
Pero entonces, el tono de llamada del móvil de Vanessa restalla en el silencio como una bofetada de realidad. Las dos dan un respingo simultáneo, separándose un paso de golpe.
Vanessa saca el teléfono del bolso con un fastidio monumental. En la pantalla parpadea el nombre de su hermana. La eterna destructora de momentos perfectos.
—¿Fuego en el cuartel general otra vez? —pregunta Abril con una sonrisa, aunque en sus ojos todavía queda el rastro de la fogosidad de hace un instante.
—Mi hermana. Creo que esas dos palabras lo resumen todo —Vanessa suspira, pasándose una mano por la nuca.
Antes de deslizar el dedo para aceptar la llamada, Vanessa clava la vista en Abril una última vez. Solo un segundo. Lo justo para retener el magnetismo que la ha dejado con las piernas temblando. Y con su centro deliciosamente caliente.
—Me temo que mi hora de recreo se ha terminado —murmura, llevándose el aparato al oído con resignación.
Y mientras la voz histérica de Luisa empieza a taladrarle el tímpano al otro lado de la línea, Vanessa se deja embelesar de nuevo por la sonrisa de Abril Vives.