Tú no estabas en mi lista Capítulo 2
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Capítulo 2

—Como siga así, me dan las uvas…

Dos horas después de su encontronazo con Vanessa, Abril Vives todavía no logra concentrarse en una mísera línea de la agenda.

Esa falta de foco la saca de sus casillas, sobre todo porque ella se jacta de ser una profesional cuadriculada, fría y con el control absoluto sobre sus hormonas y su agenda.

Sentada frente a la mesa principal de su oficina temporal en S’Estel, repasa por cuarta vez el cronograma del fin de semana, rotulador fluorescente en mano, aunque bien podría estar leyendo un manual de astrofísica.

A su lado, Teo aporrea el teclado de su portátil con el ceño fruncido, concentrado en unas cifras que parpadean en la pantalla. Sobre la madera se amontonan planos de Cala Jondal, muestras en tonos tierra, listados de proveedores y varios diagramas.

Abril juguetea con el rotulador, haciéndolo girar entre los dedos con un tic nervioso.

Su mente, traicionera, insiste en hacer un bucle y regresar al mismo maldito instante: a unos ojos deliciosos que le han impuesto respeto, a una voz aterciopelada y a una mujer en toda regla.

Se pregunta, mientras da un golpecito rítmico con el tacón contra el suelo, qué habrá detrás de esa fachada tan rematadamente perfecta.

—Llevas leyendo la misma página desde hace cinco minutos —suelta Teo sin levantar la vista de la pantalla.

Abril se yergue de golpe, carraspeando para disimular.

—Estoy revisando el orden de los aperitivos, Teo. Trabajo, ¿te suena?

—Claro, claro. Trabajo —replica él, y esta vez sí cierra el portátil, apoya los codos en la mesa y le regala una sonrisa de oreja a oreja—.

Y por eso llevas cinco minutos con el rotulador destapado apuntando al mismo renglón.

A ver, que nos conocemos. Estás revolucionada desde que la heredera del imperio cruzó esa puerta y no te atrevas a negármelo.

Abril deja caer el rotulador sobre la mesa, cruzándose de brazos mientras se reclina en su silla de oficina.

—No estoy revolucionada. Estoy siendo meticulosa.

Los Almenara no son unos cualquiera. Llevamos cinco años partiéndonos el lomo, organizando desde comuniones de los hijos de futbolistas hasta fiestas privadas de ricachones para hacernos un nombre.

Si clavamos esta boda, jugaremos en la Champions de los eventos de lujo.

Así que no pienso permitir que un error tonto o una distracción… inoportuna, tire por tierra mi empresa.

Teo se ríe, echándose hacia atrás en su silla y entrelazando las manos tras la nuca.

—Ah. Así que admites que la distracción con apellido Almenara es un peligro. ¿Ves cómo mi radar no falla? Te ha hecho tilín la morena del Porsche.

—¡Por supuesto que no! —protesta Abril, lanzándole una goma de borrar que él esquiva con un movimiento rápido y una carcajada—. Es una mujer atractiva. Fin de la descripción. Además, involucrarse con la familia de un cliente es la regla número uno del manual de cómo arruinar tu negocio.

—Bueno, técnicamente ella no es la novia, es la hermana —matiza Teo, guiñándole un ojo de forma descarada—.

Aunque reconozco que un drama sáfico con la dueña del hotel a dos semanas del bodorrio le daría un picante maravilloso a mi monótona existencia.

Recuerda la crisis hormonal que tuviste en 2018 con la arquitecta de aquel festival...

—¡Eres un imbécil integral, Teo! —Abril resopla, sintiendo el calor subirle por el cuello mientras se revuelve el pelo oscuro—.

Aquello fue un accidente. Y esto es estrictamente profesional.

Vanessa Almenara es una mujer muy seria, muy estirada y con demasiadas responsabilidades encima como para fijarse en ella.

Así que vuelve a tus presupuestos y déjame en paz.

—A tus órdenes, capitana —Teo atrapa al vuelo una carpeta que Abril le arroja, y reabre su ordenador—. Pero que sepas que la tensión que se respiraba aquí hace dos horas… saldrá por alguna parte.

Abril bufa y clava la vista en los bocetos, intentando convencerse de que su socio desvaría.

Aunque, muy en el fondo, sabe que Vanessa la ha revolucionado.

Un poquito al menos. Ella, que es experta en calar a los novios histéricos y a las suegras mandonas a la primera palabra, no ha sabido por dónde hincarle el diente a esa mujer.

*

La reunión arranca una hora más tarde en una de las terrazas privadas de S'Estel, a salvo de las miradas de los huéspedes.

El Mediterráneo ruge de fondo como una inmensa postal azul y plateada bajo el sol de la tarde, y la brisa marina menea con pereza las hojas de las palmeras.

Sobre la mesa, Abril despliega los bocetos actualizados y las tabletas con los nuevos diseños, manteniendo la espalda recta y su mejor sonrisa de «aquí no ha pasado nada».

Frente a ella se sienta Luisa Almenara, mordiéndose una uña con desesperación mientas tamborilea los dedos de la otra mano contra la mesa.

A su derecha, con las piernas cruzadas y una elegancia que debería estar prohibida, se encuentra Vanessa.

Su mera cercanía vuelve a provocar en Abril ese estúpido cosquilleo en el estómago que se obliga a sepultar.

—¡No, no y no! ¡No me gusta nada! —exclama Luisa de pronto, apartando la tableta de un manotazo dramático que casi hace volar un vaso de agua con gas y un toquecito de limón.

Abril entrelaza los dedos sobre la mesa, manteniendo la calma y la voz en un tono que envidiaría el mismísimo Dalai Lama.

—¿Qué parte concreta de la nueva propuesta no te encaja, Luisa? Si me detallas qué te preocupa, podemos arreglarlo ahora mismo.

—¡Es que es todo! ¡La nueva, la vieja, y la de más allá!

—Luisa se cruza de brazos, hundiéndose en el asiento con un berrinche digno de una niña de cinco años.

«La Champions Abril, ¿recuerdas?»—. Se supone que esto tiene que ser el evento del año.

Mi madre va a mirar cada rincón con lupa buscando un fallo para recordármelo el resto de mi vida.

Y lo que veo me parece sacado de una verbena de pueblo, Abril.

¡De una verbena con farolillos y sangría barata!

Abril nota cómo la vena del cuello empieza a latirle con fuerza, pero antes de que pueda abrir la boca, capta de reojo un movimiento.

Vanessa Almenara acaba de cerrar los ojos con fuerza, pellizcándose el puente de la nariz en un gesto de resignación.

«Vaya, también está harta», se dice Abril, y comprende al instante la situación que tiene a su alrededor: esa pataleta no es nueva.

Vanessa llevará meses, quizá años, lidiando con los dramas de su hermana, tal vez con los de toda esa familia.

—Podemos variar los focos, reducir la intensidad de los baños de luz sobre la piedra o utilizar micro-luces cálidas integradas en la vegetación y que queden perfectos con el altar y el resto de la decoración —explica Abril, inclinándose sobre los bocetos para señalar los puntos técnicos.

—¡No va a servir de nada! —insiste Luisa, pasándose las manos por la cara, descolocando su peinado perfecto—. Sé lo que no quiero, ¡y no lo veo aquí!.

Las siguientes dos semanas prometen ser un billete directo al manicomio. Abril ya lo tiene claro.

Durante la media hora posterior, Luisa se dedica a rechazar sistemáticamente cada propuesta con un desespero creciente.

Que si las estaciones de los cócteles de bienvenida son demasiado tradicionales, que si los centros de mesa quitan visibilidad, que si las sillas de bambú parecen vulgares...

Nada da la talla para esa perfección irreal que exige el apellido de su madre.

—Hay que cambiar el cáterin de la bienvenida —exige la novia, golpeando la mesa con los nudillos—. Esos cócteles parecen... comunes.

Abril respira hondo por la nariz, exhalando despacio mientras aprieta el bolígrafo con tanta fuerza que hasta Teo siente que está a punto de romperlo.

—Luisa, son combinaciones exclusivas creadas por uno de los mejores mixólogos de Europa, adaptadas a los gustos que nos pasaste en primavera. No tienen nada de comunes. Y creo que ya es demasiado tarde para darnos el gusto de empezar de cero. ¿No crees?

Vanessa, que ha permanecido en un silencio sepulcral durante todo el torbellino, baja la mirada hacia sus propias manos. Y poco después, la tensión estalla cuando Luisa empuja los papeles, con los ojos vidriosos y al borde de las lágrimas.

—Si esto sale mal, no lo perdonaré —dice, y mira a su hermana—. Tiene que ser perfecto…

—No va a salir mal, te lo garantizo —intenta tranquilizarla Abril.

—¡Es que tú no entiendes la presión que tengo encima! ¡No lo entiendes! —solloza Luisa, perdiendo los papeles por completo.

—Luisa. Mírame —interviene Vanessa.

Luisa se gira hacia su hermana, hipnotizada. Vanessa se inclina hacia delante, estira el brazo y envuelve el puño tenso de su hermana con su mano, acariciándola.

—Respira profundo —pide Vanessa con dulzura.

Abril solo se imagina ahorcando a Luisa—.

Llevas meses drenando tu energía en cada detalle de esta boda.

Está todo pensado al milímetro. Va a salir bien, de verdad.

Mamá siempre va a encontrar un pero, da igual si traemos orquídeas de la Luna o si pinchamos música celestial; la conoces tan bien como yo.

Pero su nivel de exigencia no mide tu valor, ni significa que hayas fallado.

Nadie espera que seas perfecta, Luisa. Solo tú. Relájate.

«Dios mío. Gracias».

Luisa parpadea, tragándose el llanto, y tras unos segundos de silencio, suelta una risita floja y nerviosa.

—Es verdad… Mamá es capaz de criticar hasta el agua de las fuentes.

—Pues claro —confirma Vanessa con una sonrisa cálida que le transforma por completo las facciones—. Así que deja de torturarte. Abril sabe perfectamente lo que hace y yo estoy aquí para vigilar que nadie te amargue el día.

Abril se queda de piedra, observando la escena sin poder apartar los ojos de Vanessa.

Esa faceta protectora, ese instinto de escudo desinteresado la atrae de inmediato.

Y basta con mirar a esa mujer a los ojos para descubrir que Vanessa lleva toda la vida sosteniendo los pedazos de los demás sin que nadie se preocupe por lo que ella pueda pensar.

Y eso, para el manual de resistencia de Abril Vives, resulta jodidamente atrayente.

A partir de ahí, la reunión va como la seda.

Con Luisa más calmada, las firmas de los anexos se suceden rápido.

Abril retoma la palabra, gesticulando con las manos sobre las animaciones digitales para explicar los últimos ajustes técnicos de la zona del altar.

Sin embargo, a mitad de una frase, levanta la vista de la tableta y se topa con los ojos de Vanessa, que la observa con una fijeza descarada y analítica, cortándole la respiración a mitad de palabra.

—Las orquídeas se… se distribuirán en cascadas asimétricas para… para potenciar la luz natural de la caída del sol —balbucea Abril, perdiendo el hilo por primera vez en su impecable trayectoria profesional.

Teo levanta una ceja. Encantado.

Vanessa humedece sus labios despacio, desviando por un segundo la mirada hacia la boca de Abril mientras esta habla, antes de volver a clavar sus ojos en los de la organizadora.

A Abril se le seca la boca al instante. El calor de Ibiza de repente parece un chiste comparado con el incendio que amenaza con desatarse en esa mesa.

—¿Vanessa? ¿Te parece bien que los camareros recorran así las mesas? —pregunta Abril, tratando de salvar los papeles.

Vanessa parpadea, sacudiendo la cabeza sutilmente como quien despierta de un trance, y esboza una sonrisa pícara y culpable.

—Perdona… me he distraído un momento con la explicación. Pero confío en tu criterio. Seguro que es perfecto. ¿Verdad que sí, Luisa?

Su querida hermanita, asiente.

Abril contiene el aire. Sabe de sobra que Vanessa no ha escuchado una santa palabra, lo cual, viniendo de la mujer controladora que conoció por la mañana, es una victoria —y un peligro— monumental.

Cuando la reunión se da por concluida, Luisa se despide con un par de besos apresurados y se marcha hacia la zona del spa.

Abril empieza a recoger las tabletas y las carpetas, queriendo parecer ocupada.

Vanessa, al otro lado de la mesa, imita el gesto, guardando su bloc de notas en el bolso de marca.

—Has estado increíble con tu hermana —suelta Abril, rompiendo la marcha mientras alinea unos folios con un golpe contra la mesa.

Vanessa detiene sus movimientos y levanta la vista, sorprendida.

—Gracias. Supongo que es la costumbre. Llevo el papel de mediadora grabado a fuego en el ADN familiar.

—No, no ha sido solo mediación —corrige Abril, dando un paso alrededor de la mesa—. Se nota a la legua que la quieres con locura y que sabes desactivar sus bombas mejor que nadie. Y menos mal, porque si no acabaría loca —bromea.

—Necesario, pero cansado —confiesa Vanessa—. Pero supongo que no sé funcionar de otra manera. ¿Tú tienes hermanos que te saquen de quicio?

Abril sonríe de medio lado, apoyando una mano en el respaldo de la silla de hierro.

—Qué va, hija única. Aunque a Teo lo tengo adoptado como hermano y socio a partes iguales, y te aseguro que me da los mismos dolores de cabeza, a mí y a nuestra otra socia. La diferencia es que yo sí sé mandar a la porra a la gente cuando me satura. Deberías probarlo algún día. Alivia un montón.

Vanessa suelta una risa corta.

—Lo tendré en cuenta. Aunque admito que ver cómo manejas el caos de mi familia con esa seguridad… es bastante impresionante. Tienes un don para los detalles.

El olor a jazmín del perfume de Abril y el aire salino se mezclan entre las dos.

Las miradas se enganchan de tal forma que romper el contacto visual parece requerir un esfuerzo sobrehumano.

Abril nota cómo el corazón le da un vuelco salvaje contra las costillas y, por primera vez en mucho tiempo, experimenta un ramalazo de auténtico vértigo.

No le teme al volumen de trabajo de la boda, ni a las exigencias de Emilia Casals.

Le teme a la velocidad con la que Vanessa Almenara está derribando sus barreras profesionales sin mover un solo dedo.

Mientras observa cómo la heredera se da la vuelta y se aleja por el sendero de la terraza con su caminar elegante y pausado, Abril traga saliva, apretando una carpeta contra su pecho.

Mantener la distancia laboral durante las próximas dos semanas va a ser, sin duda alguna, el mayor desafío de toda su puñetera vida.

Y lo peor de todo es que tiene la clara sospecha de que ya ha empezado a perder la batalla.