Tú no estabas en mi lista
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Capítulo 1
El aire acondicionado del coche de alquiler funciona al límite de sus capacidades, resoplando como un asmático en plena maratón, pero ni siquiera así logra disipar por completo la sensación pegajosa del verano ibicenco que se cuela a través de los cristales.
El sol de julio cae sobre la isla con intensidad, transformando el asfalto en una cinta brillante que parece derretirse bajo el peso del calor, entre pinares perfumados, acantilados abruptos y los destellos ocasionales del Mediterráneo que asoman como promesas lejanas.
Vanessa Almenara mantiene ambas manos sobre el volante mientras avanza por la carretera serpenteante.
Conduce un vehículo de alquiler porque el suyo, un magnífico Porsche que responde a la primera, sigue aparcado en península.
Aunque, pensándolo bien, esa circunstancia le resulta extrañamente apropiada.
Lleva años sintiéndose exactamente igual que ese coche genérico: una herramienta útil, eficiente, con el depósito lleno y siempre disponible cuando alguien la reclama.
Y alguien siempre la reclama. Dios sabe que sí.
Sus empleados, cuando las inversiones amenazan con derrumbarse; su padre, cuando surge una crisis en cualquiera de los hoteles de la cadena familiar; su madre, cuando intuye que la familia podría hacer el ridículo ante la alta sociedad.
Y ahora, Luisa. Su querida hermanita pequeña, la dramática oficial del clan, que ha decidido casarse por todo lo alto en el resort más exclusivo de la empresa familiar, y Vanessa ha tenido que dejar su vida en pausa para ejercer de pastora de una novia al borde de la histeria.
Vanessa exhala mientras observa cómo el azul intenso del mar aparece entre los árboles.
A veces se pregunta cuándo fue la última vez que tomó una decisión pensando únicamente en sí misma.
¿Un viaje espontáneo? ¿Un capricho? No consigue recordarlo.
Quizá porque nunca ocurrió. Desde pequeña aprendió que algunas personas nacen para ser el pilar de estructuras enteras.
Mientras otros se permitían el lujo de equivocarse, improvisar o incluso romperse en pedazos, ella se convertía en la infalible e inquebrantable Vanessa Almenara.
Resulta agotador, sí, pero también es peligrosamente adictivo. Porque cuando toda tu identidad gira alrededor de ser necesaria, terminas olvidando quién eres cuando nadie te necesita.
El sistema de manos libres interrumpe sus pensamientos mientras la pantalla del salpicadero se ilumina con el nombre de la generala en jefe: Emilia Casals. Vanessa cierra brevemente los ojos y aprieta los labios.
—Por supuesto. Tardabas en aparecer, mamá —murmura para sí misma, pulsando el botón de aceptar—. Mamá —dice, modulando su mejor voz de «tengo todo bajo control».
—¿Dónde estás? —responde Emilia sin preámbulos, con esa urgencia que parece implicar que el apocalipsis ha comenzado en las Baleares. Ni un saludo, ni un «¿qué tal el vuelo?».
Vanessa dibuja una sonrisa irónica y ajusta el volante.
—Buenos días para ti también, mamá. Qué alegría escucharte.
—Vanessa, no estoy para sarcasmos —replica Emilia con ese tono inconfundible que usaba cuando su hija tenía diez años y osaba pestañear fuera de tiempo—. ¿Estás ya en tu habitación?
—Estoy llegando al resort, sí —contesta Vanessa, mientras el coche toma una curva y el mar se abre más amplio ante sus ojos.
—Perfecto. Necesito que vayas a la oficina de eventos y le pongas las pilas a la organizadora. Tu hermana ha vuelto a tener una crisis de ansiedad. Y ya le ha pasado tres veces esta mañana, Vanessa. ¡Tres!
—¿Por qué? —pregunta Vanessa, conteniendo un suspiro—. ¿Los manteles no tienen el corte exacto que ella pide?
—Peor. Dice que el menú tiene demasiadas opciones y que la variedad le genera dudas. ¡Y encima cree que las flores no hablan de boda! ¡Como si las hortensias tuvieran sentimientos! Esta mañana ha llamado histérica preguntando si el encaje del vestido le da madurez. ¡Por el amor de Dios!
Vanessa se masajea el puente de la nariz con los dedos de una mano.
—Mamá, solo faltan dos semanas para la boda. Es normal que Luisa tenga los nervios a flor de piel.
—Precisamente por eso estoy preocupada —insiste Emilia con un suspiro dramático digno de un culebrón—. La prensa del corazón estará pendiente de cada detalle, y los invitados VIP ya están organizando los amarres de sus yates. No podemos permitirnos ni el más mínimo desastre.
Ahí está. Bingo. La verdadera preocupación de mamá. No es el corazoncito de Luisa, sino el qué dirán en las revistas de sociedad. Vanessa siente la típica punzada de frustración, pero la engulle bien rápido.
—No va a pasar nada malo, mamá —afirma. Aunque ni ella misma se lo cree—. Hablaré con Luisa en cuanto baje del coche y pondré en su sitio a la organizadora. Descuida.
—Gracias, hija. Menos mal que tú eres la sensata. Controla la situación.
La llamada termina tan abruptamente como empezó. Vanessa suelta el aire, sintiendo el cansancio. Controlar, controlar, controlar. A veces odia esa palabra.
Cuando la entrada de S'Estel aparece finalmente frente a ella, disminuye la velocidad.
El resort, joya de la corona de su familia, emerge majestuoso entre jardines perfectamente esculpidos, muros de piedra blanca y una vegetación mediterránea exuberante.
Las piscinas infinitas se funden visualmente con el azul de la cala en un espejismo de lujo.
Cualquier mortal se quedaría fascinado ante semejante paraíso, pero Vanessa solo ve contratos de mantenimiento, nóminas y, ahora, un nido de problemas nupciales.
—¿Por qué me meteré en estos líos? —se queja.
Aparca en la zona preferente y, antes de que pueda apagar el motor, el móvil vibra con un mensaje interno del hotel.
Vanessa suelta una risita.
—Fantástico. Si es que este día mejora por momentos.
Sale del coche y el calor sofocante de Ibiza la envuelve, pegándose a su piel perfumada y a su impecable traje de lino.
Camina a paso firme atravesando la terraza principal.
Los empleados le abren paso saludándola con respeto.
Ella apenas asiente; tiene la mente trabajando a mil revoluciones por minuto.
Las hortensias eran el eje del altar. El diseño estaba cerrado desde marzo.
Si esa tal organizadora de eventos no ha sabido gestionar a los proveedores —aunque está segura de que Luisa ha tenido algo que ver con sus putas dudas—, se va a enterar de quién es Vanessa Almenara.
Empuja las puertas de cristal de la zona administrativa y camina decidida hacia la oficina acristalada del fondo, con los tacones repicando contra el suelo de mármol. La puerta está entreabierta y, justo cuando se dispone a entrar como un torbellino, una voz la frena en seco.
Es una voz melódica, un pelín canalla y extraordinariamente tranquila.
—No me cuentes milongas. Lo que me importa ahora es que necesito una alternativa en esta mesa antes de que caiga el sol. Y no, la opción de «no hay flores» no existe en mi vocabulario. Así que mueve tu puto culo.
Vanessa se asoma al umbral de la puerta.
Dentro de la estancia, una mujer sostiene el teléfono móvil con una soltura envidiable.
Tiene el pelo deliciosamente despeinado, dejando a la vista un cuello largo y tentador.
Lleva una camisa blanca y unos pantalones de un tono verdoso que se ajustan a unas curvas que harían pecar a un santo.
A su lado, un hombre más joven, rubio y con cara de estar viviendo un thriller psicológico, apunta cosas en una tableta con frenesí.
—Teo, apunta —ordena la morena sin inmutarse lo más mínimo.
—Dispara —responde el tal Teo, tecleando a la velocidad de la luz.
—Si el proveedor de Mallorca nos vuelve a joder la existencia, llamamos a Menorca. Y si Menorca nos falla, saltamos a Valencia. No me voy a quedar sin altar por un capricho de última hora.
—¿Y si en Valencia tampoco nos dan una solución? —pregunta Teo con una ceja alzada.
—Nos plantamos en el sur de Francia y traemos un camión si hace falta. Moveré Roma con Santiago, pero esa novia no va a llorar por unas malditas hortensias.
Vanessa carraspea, cruzándose de brazos en el umbral. El chico rubio, levanta la vista y, al reconocerla, abre los ojos como platos, enderezándose al instante como si acabara de entrar el mismísimo inspector de hacienda.
Sin embargo, la morena se gira despacio.
Muy despacio. Clava sus ojos, de un marrón cálido e increíblemente expresivo, en los de Vanessa.
Lejos de asustarse o palidecer al ver a la heredera del imperio hotelero, la mujer la recorre con una mirada lenta, descarada y preñada de una curiosidad chispeante.
Una sonrisa ladina y asimétrica aparece en sus labios.
—Te llamo luego, Rober. Ha entrado una urgencia bastante más interesante —dice la morena, colgando el teléfono sin apartar los ojos de Vanessa.
La temperatura ambiente parece haber subido cinco grados de golpe, y no es precisamente por el verano ibicenco.
—Vanessa Almenara —se presenta la heredera, dando un paso al frente y extendiendo la mano con toda la frialdad de la que es capaz, intentando camuflar el extraño vuelco que le acaba de dar el estómago.
La morena acorta la distancia, rompe su espacio personal con confianza, y le estrecha la mano.
—Abril Vives —responde la mujer —La causante de que tu madre esté hiperventilando ahora mismo, supongo. Un placer.
Vanessa arquea una ceja, descolocada por el tuteo y el descaro.
—Entiendo que tenemos una crisis monumental con el proveedor floral. Y mi familia no tolera los imprevistos en un evento de este calibre, señorita Vives.
— Teníamos un problema —corrige Abril con una tranquilidad pasmosa, volviendo a sonreír—.
Ahora mismo se nos ha abierto una oportunidad fantástica para mejorar el diseño inicial.
Y por favor, llámame Abril. Lo de «señorita Vives» me hace sentir como una monja, y te aseguro que estoy muy lejos de serlo.
Teo suelta un bufido de diversión y murmura por lo bajito: «Doy fe». Abril lo fulmina con la mirada.
Vanessa parpadea, tratando de recuperar su habitual máscara de hierro. La mujer es inmune a su apellido, a su dinero y a su mirada de pocos amigos. Vaya, vaya.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensa solucionar que la mitad del altar esté vacío? Las hortensias blancas eran el núcleo decorativo.
—Las hortensias blancas eran un aburrimiento soberano, digámoslo todo —suelta Abril con un gesto dramático de la mano mientras expande unos bocetos sobre la mesa—.
Eran la opción fácil. Lo que vamos a hacer es meter orquídeas salvajes locales.
He hablado con un productor de la isla hace veinte minutos.
Tienen existencias, el color es vibrante, resisten el calor de julio sin marchitarse y le darán al altar un toque mediterráneo, salvaje y sofisticado.
Un diseño que grita Ibiza, lujo y personalidad por todas partes. Justo lo que esta boda necesita.
Vanessa se acerca a la mesa, quedando a escasos centímetros de Abril, y aunque el aroma a jazmín de su perfume la golpea de lleno — nublándole las ideas por un instante—, se obliga a mirar los bocetos.
—Es un cambio arriesgado a dos semanas de la boda —comenta Vanessa, aunque la brillantez de la propuesta y la seguridad que emana de Abril la están convenciendo a pasos agigantados.
—El riesgo es mi segundo apellido —replica Abril, inclinándose hacia ella. Sus ojos se clavan en los labios de Vanessa durante una fracción de segundo antes de volver a su mirada—. Y te aseguro que sé perfectamente lo que hago. Solo necesito que confíes en mí. ¿Serás capaz?
El desafío está lanzado. Teo, carraspea con entusiasmo exagerado, y empieza a retroceder hacia la salida.
—Bueno... yo creo que mi presencia aquí es tan útil como un cenicero en una moto.
Me voy a revisar los correos de los DJ, que seguro que alguno quiere pinchar Paquito el Chocolatero, y no quiero que Luisa le dé un infarto.
Os dejo con vuestras… negociaciones —dice el chico, guiñándole un ojo a Abril antes de cerrar la puerta.
Cuando se quedan a solas, el silencio adquiere una dimensión peligrosa. Abril da un paso más, reduciendo la distancia. Vanessa nota que el pulso se le dispara de un modo ridículo. No está acostumbrada a que nadie la mire así, como si pudieran leer a través de sus trajes caros.
—Diría que está agotada por el viaje —suelta Abril de pronto—. Así que… mejor déjeme el trabajo a mí.
Vanessa se tensa, cruzándose de brazos.
—No me conoces de nada para hacer afirmaciones sobre mi estado. Y por si no ha quedado claro, yo soy en quien más confía Luisa.
—No me hace falta un mapa para ver ciertas…
cosas —insiste la organizadora—. Has entrado aquí dispuesta a morder para solucionar los problemas de los demás.
Así que te aconsejo que relajes esos hombros.
Las orquídeas van a funcionar. La boda será un éxito.
Y no hace falta que otra persona se ocupe de mí trabajo.
Vanessa se queda sin palabras. Una carcajada pequeña, involuntaria y extrañamente liberadora se le escapa de los labios.
Abril ensancha su sonrisa, con los ojos iluminados por un brillo juguetón.
—Vaya, resulta que la famosa hermana sabe sonreír —le dice, con un guiño de ojo—.
En unas horas te enseñaré la muestra. Pero ahora, hazme caso: pídete un mojito bien cargado y prohíbele a tu familia que te llame durante un buen rato.
Te va a gustar delegar. Y, sobre todo, que yo me encargue de esto.
Vanessa da un paso atrás, necesitando recuperar el oxígeno que la cercanía de Abril le está robando.
—Muy bien. Yo misma comprobaré en persona si esas orquídeas son tan maravillosas como afirmas. Sino, seré yo quien tenga que llevar el control de esta boda.
Vanessa sale de la oficina, con el corazón golpeándole el pecho y las mejillas extrañamente encendidas.
Ha ido a Ibiza dispuesta a controlarlo todo, pero en apenas diez minutos de reloj, Abril Vives se ha cruzado en su camino como el único factor imprevisto en esa misión.