Capítulo 29
Olivia
La cocina quedó en silencio cuando Ethan apagó los fogones, pero el aire entre nosotros seguía cargado de esa electricidad que habíamos aprendido a reconocer. Estaba agotada, destrozada por todo lo que había descubierto sobre mi madre, sobre Daniel, sobre mi propia vida construida sobre mentiras.
Pero cuando Ethan se giró hacia mí con aquella mirada que parecía ver directamente mi alma, sentí que el mundo dejaba de girar por unos segundos.
—Ven aquí —dijo, y no fue una petición.
Fue una orden envuelta en ternura.
Di dos pasos hacia él, tambaleándome ligeramente, y sus brazos me atraparon con una fuerza que me hizo sentir, por primera vez en días, que no me iba a desmoronar.
Su mano se deslizó por mi espalda, subiendo hasta enredarse en mi pelo, y cuando tiró suavemente de él para inclinar mi cabeza hacia atrás, jadeé.
—Necesito sentir que estás aquí —murmuró contra mi cuello, con la voz ronca—. Realmente aquí, Olivia. No huyendo, no protegiéndote de mí.
—Ethan... Intenté protestar, pero sus labios cortaron cualquier objeción.
Fue un beso diferente a todos los anteriores.
Había desesperación en él, pero también una promesa inquebrantable.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con urgencia, levantándome la camiseta por encima de la cabeza, dejándome desnuda frente a él, excepto por las bragas.
Me sentí expuesta, vulnerable, pero cuando sus ojos recorrieron mi piel, vi solo adoración en su mirada.
—Eres perfecta —dijo, y la sinceridad de su voz me hizo estremecer.
Me levantó en brazos con una facilidad que me dejó sin aliento y me llevó hasta el dormitorio.
Me depositó sobre la cama con una suavidad que contrastaba con el hambre que veía en su rostro.
Se quitó la camiseta de un tirón, revelando ese torso que había memorizado en mis sueños, y luego se desabrochó los pantalones.
—Te deseo —dije, y mi voz sonó extraña, desesperada—. Dios, Ethan, te deseo tanto…
Se inclinó sobre mí y sus labios encontraron mi mandíbula, mi cuello, descendiendo hasta mis pechos. Capturó un pezón entre sus dientes, tirando suavemente, y arqueé la espalda con un gemido que resonó en la habitación.
Su mano descendió por mi vientre, encontrando el borde de mis bragas, y las deslizó por mis piernas con una lentitud torturadora.
Estaba desnuda ante él, completamente abierta, y en lugar de sentir vergüenza, sentí poder. Poder porque sabía que mi deseo lo volvía loco. Podía ver la tensión en sus músculos, la forma en que su respiración se había vuelto entrecortada.
Ethan se posicionó entre mis piernas, separándolas con sus manos, y cuando su lengua encontró mi centro, mi mundo explotó.
No fue suave ni delicado. Fue voraz, desenfrenado, absolutamente salvaje.
Su lengua me recorrió con movimientos firmes y deliberados, succionando mi clítoris, introduciéndose en mi interior, devorándome como si fuera su última comida.
—Ethan... Dios... —Gemí, con las manos enredadas en su cabello, sujetándolo contra mí, necesitando más, siempre más.
Sentía la construcción del placer en mi interior, una tensión que se acumulaba en oleadas cada vez más intensas. Cuando introdujo dos dedos en mí, curvándolos para encontrar ese punto que me volvía loca, grité su nombre sin importarme quién pudiera escuchar.
—Córrete, pequeña —ordenó, y su voz vibró contra mí, añadiendo otra capa de sensación—. Quiero sentir cómo te corres contra mi boca.
Y obedecí. Mi orgasmo me golpeó con una violencia que me dejó sin aliento, convulsionando bajo él, con las piernas temblando y la visión nublada por las lágrimas del éxtasis.
Ethan continuó lamiendo, prolongando cada espasmo hasta que tuve que empujarlo suavemente, demasiado sensible para soportar más.
Pero no había terminado.
Me incorporé sobre los codos, mirándolo con una determinación que hizo que sus cejas se arquearan. Estaba arrodillado entre mis piernas, con la boca brillante, con los ojos oscuros de deseo, y nunca había visto nada más erótico en mi vida.
—Ahora me toca a mí —dije, y mi voz sonó ronca, dominante.
Lo empujé suavemente para que se recostara sobre la cama, y él obedeció, aunque pude ver la sorpresa en sus ojos.
Me arrodillé entre sus piernas, tomando su erección en mi mano.
Era gruesa, caliente, perfecta, y cuando la acaricié de base a punta, Ethan dejó escapar un gemido gutural que me hizo sentir poderosa.
Lo tomé en mi boca lentamente, saboreando el sabor salado de su piel, la suavidad de su punta contra mi lengua.
Ethan jadeó, con las manos buscando algo a lo que agarrarse, finalmente enredándolas en las sábanas.
Comencé a moverme, subiendo y bajando, usando mi mano para acariciar lo que no podía alcanzar con la boca, succionando con fuerza, haciendo que sus caderas se elevaran del colchón buscando más contacto.
—Joder, Olivia... —Gruñó, con la voz completamente deshecha—. Eso es... Dios es perfecto.
Lo sentí tensarse, sentí cómo se acercaba al borde y, justo cuando estaba a punto de llegar, me aparté. Él abrió los ojos, confundido, frustrado, pero yo ya me estaba posicionando sobre él.
—Quiero sentirte dentro de mí —dije, y guie su erección hasta mi entrada.
Bajé lentamente, dejándome llenar por completo, estirándome de una manera que se situaba justo entre el dolor y el éxtasis. Ambos gemimos al unísono, y cuando estuve completamente sentada sobre él, tuve que detenerme un segundo para recuperar el aliento.
Ethan tomó mis caderas con sus manos fuertes y comenzó a guiar mis movimientos.
Subí y bajé, encontrando un ritmo que nos volvía locos a ambos.
Sus ojos no se apartaban de los míos, y en ellos vi todo lo que había estado negándome a ver: amor, devoción, una promesa de permanencia que me aterrorizaba y me emocionaba por igual.
Me giré, poniéndome a cuatro patas, y él se posicionó detrás de mí.
Cuando me penetró de una sola embestida profunda, grité contra la almohada.
Sus manos apretaron mis caderas mientras se movía con una intensidad brutal; cada embestida era más profunda que la anterior, y golpeaba justo el punto que me hacía ver estrellas.
—Eres mía —gruñó, con la voz ronca y descontrolada—. Dime que eres mía, Olivia.
—Soy tuya —gemí, con la voz entrecortada—. Solo tuya, Ethan. Siempre.
Cambiamos de posición. Me puso de espaldas, levantando mis piernas sobre sus hombros, y me penetró con una fuerza que me dejó sin aliento. Podía ver su cara, la tensión de sus músculos, el sudor que perlaba su frente, y era la visión más erótica que jamás había presenciado.
Luego me levantó de la cama, sin dejar de estar dentro de mí, y me empujó contra la pared.
El frío de la superficie contrastaba con el calor de nuestros cuerpos, y cuando comenzó a moverse de nuevo, con embestidas profundas y controladas que me hacían sentir cada centímetro de su posesión, sentí que mi segundo orgasmo se acercaba rápidamente.
—Mírame —ordenó, con la voz desesperada—. Quiero ver tus ojos cuando te corras.
Lo miré. Realmente lo miré, dejando que viera todo lo que sentía, todo el miedo y la esperanza y el amor que estaba empezando a florecer en mi interior.
Y cuando estallé, cuando mi cuerpo se convulsionó alrededor de su erección, él gritó mi nombre y se hundió profundamente, vaciándose en mí con espasmos descontrolados.
Nos quedamos así, jadeando, con nuestras frentes apoyadas la una contra la otra, con nuestros cuerpos todavía unidos y temblando. El silencio de la habitación solo se veía interrumpido por nuestras respiraciones agitadas.
Ethan se apartó suavemente, pero no me soltó. Me llevó de nuevo a la cama, me acurrucó contra su pecho y durante largos minutos permanecimos en silencio, simplemente respirando el mismo aire, disfrutando de la proximidad.
—No voy a dejarte —dijo finalmente, rompiendo el silencio con una voz ronca pero firme—. Te lo dije antes y te lo repito ahora. Me he enamorado de ti, Olivia. De verdad. Y no pienso irme a ningún lado.
Sentí un nudo en la garganta, una mezcla de emoción y terror.
—Esto no era parte del guion —susurré, con la voz temblorosa.
Ethan sonrió, esa sonrisa arrogante y tierna a la vez que había empezado a adorar.
—Es lo que tienen las buenas historias —respondió, acariciando mi mejilla con el pulgar—. Siempre hay un giro sorprendente que deja a todos con la boca abierta.
Me besó entonces, con una ternura que me hizo querer llorar.
Fue un beso lento, profundo, lleno de promesas que no necesitaban palabras.
Y mientras sus labios se movían sobre los míos, mientras sus manos acariciaban mi espalda con una posesión que me hacía sentir segura, tuve un pensamiento que me golpeó con la fuerza de una revelación.
También me había enamorado de él.
No de forma gradual, no con cautela. Había caído de cabeza, sin red, sin paracaídas, de una manera que me aterrorizaba y me liberaba al mismo tiempo.
Ethan había derribado cada muro que había construido a mi alrededor, había visto más allá de la estrella de cine, más allá de los escándalos y las mentiras, hasta llegar a la mujer real que había debajo.
Y, aun así, me elegía. Aun así, se quedaba.
Mientras me aferraba a él, mientras enterraba mi rostro en su cuello e inhalaba su olor reconfortante, supe que mi vida había cambiado irrevocablemente. No sabía qué vendría después, no sabía cómo enfrentarnos a mi madre, a los periodistas, a todo el caos que nos esperaba fuera de esa habitación.
Pero por primera vez en mi vida, no quería huir. Quería quedarme. Quería luchar. Quería construir algo real con este hombre que había llegado sin aviso y se había negado a irse.
Y mientras el sueño comenzaba a reclamarme, envuelta en el calor de Ethan, en la promesa de su abrazo, una sola certeza resonaba en mi mente: esto, lo que teníamos, era real. Y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para protegerlo.