Capítulo 28
Ethan
Llegué a su casa sin avisar.
No era lo habitual en mí, pero tampoco lo era todo lo que estaba pasando desde que Olivia había entrado en mi vida. El artículo, las fotos, su madre… y luego aquel hombre apareciendo de la nada diciendo que era su padre.
Había intentado llamarla varias veces. Sin respuesta.
Así que conduje. Y mientras lo hacía, solo podía pensar en una cosa: Olivia no estaba bien.
Cuando aparqué frente a la casa, el silencio de la calle me resultó inquietante. No había cámaras. No había periodistas todavía. Eso me dio una falsa sensación de calma.
Subí los escalones sin dudar y llamé al timbre. Nada. Volví a llamar. Y entonces, por fin, la puerta se abrió.
Olivia estaba allí. Descalza, con el pelo recogido de cualquier manera, ojeras leves, los ojos todavía hinchados de haber llorado o de no haber dejado de hacerlo. Llevaba una camiseta grande que le caía sobre un hombro.
Y aun así… seguía siendo ella. Solo que rota.
—Ethan… —dijo en voz baja, como si no estuviera segura de que yo fuera real.
No esperé permiso. Entré y la abracé. Sin preguntas. Sin distancia. Solo la abracé como si pudiera sujetarla entera antes de que se rompiera del todo.
Ella tardó un segundo en reaccionar… y luego se aferró a mí con fuerza, hundiendo la cara en mi pecho.
—He intentado llamarte —murmuré.
—No podía… —Su voz se quebró—. No podía hablar.
La llevé dentro de casa sin soltarla y la senté en el sofá conmigo a su lado, y dejé mi mano aún sobre la suya.
—Estoy aquí —le dije—. No tienes que explicarme nada si no puedes.
Pero ella sí quiso. Respiró hondo y entonces lo soltó.
—Daniel… es mi padre.
Me quedé quieto. No porque no la creyera. Sino porque no sabía cómo encajar esa frase en la realidad.
—¿Qué? —pregunté, bajo.
Olivia asintió, mirándome por fin a los ojos.
—Ha venido a casa. Dice que tuvo una relación con mi madre hace años. Que ella le dejó diciéndole que no tenía futuro. Y que no sabía que estaba embarazada.
Se pasó una mano por la cara, agotada.
—Mi madre me ha mentido toda mi vida, Ethan.
Sentí cómo la rabia me subía por dentro, lenta y peligrosa.
—Eso no está bien —dije simplemente.
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—No, no lo está.
Hubo un silencio, de esos que pesaban, y entonces continuó.
—Dice que quiere ayudarme. Que quiere arreglarlo todo. Que va a enfrentarse a ella y que… va a hacer que pague por lo que ha hecho.
La miré con atención.
—¿Y tú qué quieres?
Olivia bajó la mirada.
—No lo sé.
Esa respuesta me dolió más de lo que esperaba. Le apreté la mano.
—Sea lo que sea, no estás sola.
Ella me miró entonces, y vi el cansancio en su cara. No el físico. El otro. El que se acumula cuando todo lo que creías seguro desaparece.
—No deberías estar aquí —dijo de pronto.
Fruncí el ceño.
—¿Perdona?
Olivia se incorporó un poco, como si necesitara decirlo deprisa antes de arrepentirse.
—Ethan, esto… esto es un desastre. Mi madre ha sacado fotos, ha filtrado cosas, ahora aparece un hombre diciendo que es mi padre… y tú estás en medio de todo eso.
Tragó saliva.
—Van a ir a por ti. Los periodistas. Van a querer saber quién eres, qué haces conmigo, cuánto tiempo llevamos, todo. Y tú no tienes por qué cargar con esto.
La miré fijamente y entendí lo que estaba haciendo incluso antes de que terminara la frase.
Se estaba apartando antes de que el mundo la obligara a hacerlo.
—No —dije.
Ella parpadeó.
—No entiendes.
Me acerqué más a ella.
—Sí que entiendo.
Su respiración se cortó un poco.
—Estás intentando protegerme alejándome de ti —continué—. Como si eso fuera a arreglar algo.
Olivia bajó la mirada otra vez.
—Es lo más lógico.
Solté una risa breve.
—No me importa lo lógico.
Le levanté la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarme.
—Me importas tú.
Sus ojos brillaron.
—Ethan…
No la dejé terminar. La besé.
No fue un beso impulsivo. Ni urgente. Fue firme. Intencionado. Como una forma de anclarla a mí cuando todo lo demás parecía querer empujarla lejos.
Cuando me separé, seguía con la frente apoyada en la suya.
—No me voy a ninguna parte —dije en voz baja.
Ella cerró los ojos un segundo, como si eso le doliera.
—No puedes decir eso…
—Sí puedo.
Me quedé mirándola.
—Y no es por pena, Olivia. Ni por obligación. Es porque me he enamorado de ti.
El silencio que siguió fue absoluto. Ni la casa se atrevía a hacer ruido.
Ella abrió los ojos despacio.
—No lo hagas más difícil…
Negué con la cabeza.
—No estoy haciendo nada difícil. Estoy siendo honesto —dije, y le acaricié la mejilla con el pulgar—. No voy a dejarte sola en esto. Ni ahora, ni cuando esto explote más, ni cuando tu madre siga intentando destruirte.
Olivia tragó saliva, y esta vez las lágrimas sí cayeron. Pero no se apartó. Se quedó ahí. Conmigo. Y eso, para mí, ya era una respuesta.
No la dejé quedarse quieta mucho tiempo. Me levanté.
—Vamos —dije.
Olivia me miró confundida.
—¿A dónde?
—A la cocina.
Frunció el ceño.
—¿Ahora?
—Sí.
La miré de reojo mientras abría la nevera.
—No has comido en todo el día, ¿verdad?
No respondió. Eso fue respuesta suficiente.
Empecé a sacar cosas sin pensar demasiado: pasta, verduras, algo de pollo. Nada complicado. Algo real.
Olivia se quedó apoyada en la puerta, observándome.
—No tienes que hacer esto —dijo en voz baja.
—Quiero hacerlo.
Silencio.
—Eres raro —añadió ella, casi sin querer.
Sonreí sin mirarla.
—Eso ya lo sabías.
La escuché moverse detrás de mí. Y luego su voz, más baja:
—He pensado en lo que he dicho antes.
Me giré. Olivia estaba de pie, con los brazos cruzados, más pequeña de lo que quería parecer.
—Lo de alejarnos —continuó—. Lo decía en serio, Ethan.
Dejé el cuchillo sobre la encimera.
—Y yo también.
Se tensó.
—No lo hagas más difícil.
Me acerqué despacio.
—No estoy complicando nada. Solo no te voy a dejar tomar esa decisión por miedo.
Olivia me miró como si estuviera agotada de luchar consigo misma.
—Todo lo que me rodea se rompe.
—Entonces me rompo contigo —dije sin dudar.
Eso la dejó callada. Y por primera vez en todo el día… dejó de discutir. Se acercó a mí. Y apoyó la cabeza en mi pecho.
—No sé cómo hacer esto —susurró.
La rodeé con los brazos.
—No tienes que saberlo ahora.
La besé en la coronilla.
—Solo quédate aquí conmigo esta noche.
Ella asintió muy despacio.
Y mientras volvía a encender los fogones, entendí algo con una claridad que no me gustó por lo intensa que era.
No iba a ser fácil. Pero tampoco iba a irme.