Tú no eres parte del guion Capítulo 27
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Capítulo 27

Olivia

La casa estaba en silencio, un silencio extraño y pesado. Como si las paredes estuvieran esperando algo. O a alguien.

Yo seguía sintiéndome vacía y rota. Todavía podía ver aquellas fotografías. Las de la playa. Las de Ethan. Las de nosotros besándonos. Y, sobre todo, aquellas imágenes tomadas a través de una ventana.

Aquella invasión. Aquella traición. Cada vez que pensaba en ello, me costaba respirar.

Había intentado distraerme ordenando la cocina, luego el salón. Después había puesto una serie en la televisión sin prestar atención a una sola palabra.

Nada funcionaba. Mi cabeza seguía regresando al mismo lugar.

A mi madre. A todo el daño que había sido capaz de causar. Y a Ethan. Porque no había dejado de pensar en él desde que me había dejado en casa esa mañana.

En la forma en que me había besado antes de marcharse, en cómo me había abrazado cuando me faltaba el aire. En la preocupación que había visto en sus ojos.

Una parte de mí quería llamarle, otra parte pensaba que debía alejarlo de todo aquello.

Porque yo era un desastre, y él no merecía acabar atrapado en mi desastre.

El sonido del timbre me sobresaltó. Miré el reloj y comprobé que Daniel había tardado menos de lo que esperaba.

Me levanté lentamente y de repente estaba nerviosa. Porque una cosa era hablar con él por teléfono. Y otra muy distinta tenerlo allí. En mi casa. Esperando al otro lado de la puerta.

Respiré hondo y abrí.

Daniel Blake estaba allí. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa azul remangada hasta los antebrazos. Nada que recordara al productor poderoso que aparecía en revistas y alfombras rojas.

Parecía simplemente un hombre preocupado.

Cuando nuestros ojos se encontraron, su expresión se suavizó inmediatamente.

—Hola, Olivia.

—Hola.

Por un instante, ninguno de los dos supo qué hacer. Daniel levantó una pequeña bolsa de papel.

—He traído comida.

No pude evitar arquear una ceja.

—¿Comida?

—Cuando las cosas van mal, siempre compro comida.

Miró la bolsa.

—No sé por qué.

—¿Funciona?

—Normalmente no.

Aquello me arrancó una pequeña sonrisa, la primera sincera en horas. Y pareció aliviarle.

—Bien.

Asintió.

—Ya he conseguido una sonrisa. Es mejor de lo que esperaba.

Me aparté para dejarle pasar y Daniel entró en la casa observándolo todo con curiosidad. Como si quisiera memorizar cada rincón, cada detalle.

No le di importancia en aquel momento, pensé que simplemente estaba distraído.

Nos sentamos en el salón, él dejó la bolsa sobre la mesa. Había café, pasteles y una cantidad indecente de chocolate.

—Veo que vienes preparado.

—Me dijeron que el chocolate ayuda.

—¿Quién?

—Internet.

Solté una pequeña carcajada.

—Gran fuente de información.

—Exactamente.

Durante unos segundos permanecimos en silencio, hasta que Daniel apoyó los antebrazos sobre las rodillas y me miró fijamente.

La sonrisa desapareció y algo cambió en su expresión. Algo serio. Algo importante.

—¿Cómo estás?

La pregunta era sencilla, pero sentí las lágrimas amenazando otra vez.

—He estado mejor.

Daniel asintió lentamente.

—Lo imagino.

Bajé la mirada.

—No entiendo cómo ha podido hacerme esto.

—Yo sí.

Levanté la cabeza.

—¿Sí?

Daniel suspiró. Parecía estar escogiendo cuidadosamente cada palabra.

—He conocido a personas como tu madre.

Aquello me hizo fruncir el ceño.

—¿Personas como ella?

—Personas que convierten el rencor en su forma de vida.

Su mandíbula se tensó.

—Personas incapaces de soportar que alguien sea feliz.

Algo en su voz me llamó la atención. Era demasiado personal, demasiado intenso. Como si no estuviera hablando de una desconocida. Como si hablara de alguien a quien conocía muy bien.

—Daniel...

Él me observó en silencio.

—Hay algo que necesito contarte.

Noté cómo el corazón empezaba a acelerarse.

—¿Sobre qué?

Su mirada permaneció fija en la mía.

—Sobre tu madre.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Qué pasa con ella?

Daniel guardó silencio unos segundos. Y cuando volvió a hablar, su voz sonó diferente. Más baja y más vulnerable.

—La conocí hace muchos años.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Mucho antes de que tú nacieras.

Sentí cómo el aire parecía desaparecer poco a poco del salón. Porque de repente comprendí que aquella conversación no tenía nada que ver con el artículo.

Ni con los fotógrafos, ni con el escándalo. Iba de algo mucho más grande. Mucho más importante.

Y la forma en que Daniel me estaba mirando hizo que un presentimiento imposible comenzara a abrirse paso en mi interior.

Uno que todavía no era capaz de comprender.

Uno que estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.

—Creo que soy tu padre, Olivia.

Me quedé inmóvil en el sofá, incapaz de apartar la vista de Daniel.

El salón parecía haberse quedado sin aire, sin sonido, sin tiempo. Solo existía aquella frase flotando entre nosotros. «Creo que soy tu padre, Olivia».

Parpadeé una vez. Dos. Tres. Esperando que las palabras cobraran algún sentido diferente.

No lo hicieron.

—No... —Susurré finalmente—. No puede ser.

Daniel me observó con una mezcla de tristeza y ternura que me desarmó por completo.

—Eso mismo pensé yo cuando empecé a sospecharlo.

Negué con la cabeza.

—Mi madre me dijo que mi padre había muerto.

La frase salió rota, dolorida. Porque, de repente, comprendía algo horrible. No estaba llorando por descubrir que mi padre estaba vivo. Estaba llorando porque acababa de descubrir que mi madre me había mentido durante toda mi vida.

Daniel soltó un suspiro pesado.

—Tu madre y yo tuvimos una relación hace muchos años.

Bajó la mirada unos segundos antes de continuar.

—Yo todavía estaba intentando abrirme camino como guionista. Apenas tenía dinero. Apenas tenía contactos. Apenas tenía nada.

Sonrió sin humor.

—Y ella estaba convencida de que nunca llegaría a ningún sitio.

Sentí un nudo formándose en mi garganta.

—¿Qué pasó?

—Un día simplemente se marchó.

Su voz sonó tranquila, pero percibí el dolor bajo cada palabra.

—Me dijo que yo jamás tendría futuro. Que estaba cansada de esperar a que ocurriera algo que nunca iba a pasar.

Se encogió de hombros.

—Y desapareció.

Guardó silencio un instante.

—No volví a verla.

Noté cómo las lágrimas empezaban a acumularse de nuevo en mis ojos.

—¿Y nunca supiste que estaba embarazada?

Daniel negó lentamente.

—Jamás.

Su voz se quebró por primera vez.

—Si hubiera sabido que existías... Dios, Olivia...

Se pasó una mano por el rostro.

—No la habría dejado ir tan fácilmente.

Aquello me destrozó. Porque no parecía estar fingiendo. Ni actuando. Ni intentando manipularme. Parecía un hombre que acababa de descubrir que le habían robado más de treinta años junto a su hija.

—Habría querido estar ahí —continuó—. Habría querido verte crecer. Llevarte al colegio. Estar en tus cumpleaños. Escuchar tus problemas. Ayudarte cuando las cosas se pusieran difíciles.

Su mandíbula se tensó.

—Habría querido ser tu padre.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control y me llevé una mano a la boca.

—La odio.

Mi voz apenas era audible.

—La odio tanto...

Daniel se levantó inmediatamente. Y antes de que pudiera apartarme o decir nada, me rodeó con los brazos. Me dejé abrazar. Porque llevaba demasiado tiempo sosteniéndolo todo yo sola.

—Me mintió —sollocé contra su pecho—. Toda mi vida.

Sentí su mano acariciándome el pelo.

—Lo sé.

—Me hizo creer que estabas muerto.

—Lo sé.

—¿Por qué haría algo así?

Daniel cerró los ojos.

—Porque algunas personas prefieren destruirlo todo antes que admitir que se equivocaron.

Apoyé la frente contra su hombro y lloré. Lloré por la niña que había sido. Por todos aquellos cumpleaños. Por todas aquellas veces que había imaginado cómo habría sido tener un padre. Por todas las preguntas que nunca tendrían respuesta.

Daniel me sostuvo durante todo ese tiempo. Sin prisas, sin interrupciones, como si estuviera intentando recuperar treinta años perdidos en un solo abrazo.

—Déjame encargarme de esto —dijo finalmente.

Levanté la cabeza y vi que sus ojos oscuros brillaban con una determinación que me recordó muchísimo a Ethan.

—Voy a hacer que se arrepienta de todo lo que te ha hecho.

—Daniel...

—También de haberme apartado de tu vida.

Después se inclinó y besó mi frente. Fue un gesto sencillo, pero me rompió por dentro. Porque nunca antes un padre me había besado la frente.

Y aquel simple gesto me hizo comprender cuánto había echado de menos algo que jamás había tenido.

En ese momento la puerta principal se abrió.

—¡Olivia! ¡He venido armada con café, donuts y amenazas de muerte dirigidas a tu madre!

La voz de Harper resonó por toda la casa. Me giré justo cuando aparecía en el salón. Se detuvo en seco al ver a Daniel. Después me miró. Después volvió a mirar a Daniel. Y arqueó una ceja.

—Vale. Necesito aclarar una cosa.

Señaló alternativamente a Daniel y a mí.

—¿De verdad tienes algo con Ethan y también con Daniel Blake?

Parpadeé. Daniel parpadeó. Harper cruzó los brazos.

—Porque si es así, quiero que sepas que eres oficialmente mi heroína.

No pude evitar soltar una carcajada entre lágrimas.

—¡No!

—¿Segura?

—Harper...

—Porque, sinceramente...

—Harper.

—Eso sería legendario.

Me tapé la cara con ambas manos.

—Acabo de descubrir que mi padre está vivo.

Harper frunció el ceño.

—¿Cómo?

Su sonrisa desapareció de golpe.

—¿Cómo que tu padre está vivo?

—Pues eso.

—Pero la bruja de tu madre dijo toda la vida que estaba muerto.

Asentí.

—Lo sé.

Harper abrió mucho los ojos.

—Madre mía...

Miró a Daniel. Luego volvió a mirarme. Luego otra vez a Daniel.

—Espera.

Sus labios comenzaron a separarse lentamente.

—No.

Daniel sonrió.

—Sí.

Harper señaló directamente hacia él.

—¿Tú?

—Yo.

—¿Tú eres el padre?

—Parece ser que sí.

Harper soltó una palabrota tan sonora que hizo que yo volviera a reírme.

—Estoy alucinando.

Se dejó caer en un sillón.

—Estoy absolutamente alucinando.

Daniel soltó una breve carcajada.

—Créeme. Yo también.

Harper negó con la cabeza.

—Sabía que esa mujer era mala, pero esto…

Me señaló.

—Te juro que siempre pensé que ella misma mató a tu padre.

Daniel resopló.

—Pues estoy vivo. Pero ojalá hubiera muerto.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—Porque habría sido la única forma de que esa mujer me alejara de mi hija.

Aquello hizo que Harper se quedara callada por primera vez en toda su existencia.

Duró aproximadamente tres segundos.

—Vale.

Se incorporó de golpe.

—Necesito la exclusiva de esta historia.

Gemí.

—Harper...

—Olivia, esto me consigue premios periodísticos.

—No voy a vender mi vida.

—Ya, pero déjame soñar.

Daniel sonrió.

—En realidad, sacar esto a la luz podría beneficiarnos.

Tanto Harper como yo lo miramos.

—¿Cómo?

—Muy sencillo —se acomodó en el sofá—. Tu madre hizo todo esto por despecho.

—Eso ya lo sabemos.

—Sí, pero ahora podemos demostrarlo.

Harper empezó a sonreír, y esa sonrisa me dio miedo. Mucho miedo.

—Continúa.

—Yo la llamé hace unos días.

Me sorprendí.

—¿La llamaste?

—Sí. Porque sospechaba que eras mi hija.

Noté cómo el corazón me daba un vuelco.

—Y después de esa llamada aparece este artículo.

Harper abrió los ojos.

—Madre mía.

Daniel sonrió.

—Exacto.

—Eso la convierte automáticamente en la villana.

—Correcto.

—Y nadie volverá a creer nada de lo que diga.

—Exacto.

Harper dio una palmada.

—Me encanta este plan.

Yo negué con la cabeza.

—No quiero que esto se nos vaya de las manos.

Daniel me miró con una ternura que hizo que algo dentro de mí se calmara.

—Hija...

La palabra me golpeó directamente en el pecho.

—Deja que yo me encargue.

Sentí cómo las lágrimas amenazaban con volver.

—Daniel...

—Deja que cuide de ti como no lo hizo tu madre.

Y por primera vez desde que había empezado aquella pesadilla... Asentí. Simplemente asentí.

Porque estaba cansada. Porque dolía demasiado. Porque quería creer que alguien iba a protegerme por una vez.

Daniel volvió a abrazarme y me permití apoyarme en él. Entonces escuché la voz de Harper.

—Qué bonito.

Levanté la vista y ella se estaba secando una lágrima imaginaria.

—De verdad. Me vais a hacer llorar.

Suspiró dramáticamente.

—Pero no se me olvida que me tienes que contar absolutamente todo lo que ha pasado con Ethan Cole.

Cerré los ojos porque sabía que venía ahora. Lo sabía.

—Harper...

—¿Te empotró contra la pared?

Me puse roja al instante.

—¡Harper!

Daniel soltó una carcajada.

—Soy su padre.

Se levantó del sofá.

—Y no necesito escuchar eso.

—Querido Daniel...

Harper señaló hacia mí.

—Te has perdido historias buenísimas con los exnovios de tu hija.

—No quiero saberlo.

—Todos eran pésimos.

—Harper.

—En serio, horribles.

Daniel empezó a caminar hacia la puerta.

—No continúes.

—Te aseguro que yo le habría dado más placer que cualquiera de esos idiotas.

—¡Harper!

—Menos mal que por fin ha encontrado al empotrador perfecto.

Me tapé la cara con un cojín.

—Quiero morir.

—Porque no hay más que verle la cara.

Daniel soltó otra carcajada.

—No pienso participar en esta conversación.

—Que sí, que ha llorado.

Harper me señaló.

—Pero tiene el cutis de haber follado y disfrutado.

—¡Harper!

—¿Qué? Estoy siendo objetiva.

Daniel negó con la cabeza mientras abría la puerta.

—Voy a hundir a esa bruja.

Se volvió hacia mí, y durante un instante desapareció el productor famoso. El hombre admirado por medio Hollywood. El ganador de premios. Solo quedó un padre. Mi padre.

Se acercó y besó mi frente una vez más.

—No te preocupes.

Su voz fue suave, firme y segura.

—Yo me encargo de todo.

Tragué saliva y asentí.

—Y después...

Sonrió.

—Tenemos mucho tiempo que recuperar.

Observé cómo se marchaba, cómo cruzaba la puerta, cómo desaparecía al final del camino. Y durante varios segundos me quedé allí sentada, pensando.

Porque había visto a Daniel Blake cientos de veces. En estrenos. En entrevistas. En galas. En revistas. Había escuchado su voz en documentales. Había leído artículos sobre él. Había coincidido con él en fiestas y eventos. Y durante todos aquellos años... Yo había creído que mi padre estaba muerto.

Cuando en realidad había estado ahí. Tan cerca. Todo el tiempo.