Capítulo 26
Olivia
Me apoyé unos segundos contra el azulejo de la ducha, dejando que el agua caliente resbalara por mi piel mientras intentaba ordenar mis pensamientos.
La noche anterior parecía un sueño.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las risas en la playa, el restaurante junto al mar, el bar, el baile, el beso que había cambiado algo entre nosotros. Y después, la sensación de despertar aquella mañana junto a Ethan, envuelta en una paz que no recordaba haber sentido jamás.
Él estaba frente a mí, bajo el agua, con una sonrisa tranquila que me hizo sonreír a mí también.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En que esto parece demasiado bueno para ser verdad.
Su expresión se suavizó.
—Pues acostúmbrate.
Noté cómo mi corazón daba un vuelco.
Ethan me apartó un mechón mojado de la cara y apoyó la frente contra la mía. Aquel gesto sencillo me afectó mucho más de lo que debería. Porque no era solo deseo. Era algo mucho más peligroso.
Algo que empezaba a parecerse demasiado a la felicidad.
Cuando bajamos a la cocina, ya vestidos y bastante más despejados, encontramos a Rachel sentada junto a la isla central con una taza de café entre las manos.
Levantó la vista al escucharnos entrar y sonrió. Una sonrisa enorme. Porque Ethan y yo seguíamos cogidos de la mano.
—Buenos días, tortolitos.
Sentí cómo me ardían las mejillas. Ethan ni siquiera se molestó en soltarme.
—Buenos días, tía.
—Siéntate, Olivia.
Rachel ya estaba colocando platos sobre la mesa. Tortitas, fruta, zumo, huevos, bacon y café recién hecho. El aroma inundaba toda la cocina.
—No hacía falta que prepararas nada —dije.
—Claro que hacía falta. Habéis tenido un día muy intenso.
La forma en que pronunció la palabra «intenso» hizo que Ethan pusiera los ojos en blanco.
Yo me limité a mirar mi taza.
—Entonces —continuó Rachel mientras servía café—. ¿Qué tal fue la playa?
—Perfecta —contesté.
—Nos lo pasamos muy bien —añadió Ethan.
Rachel apoyó los codos sobre la mesa.
—Quiero detalles.
—Fuimos a la playa, nadamos, paseamos...
—Cenamos en el restaurante de la costa —continuó Ethan.
—¿Y después?
—Tomamos algo.
—¿Y después?
Ethan suspiró.
—Bailamos.
Rachel sonrió como un gato satisfecho.
—Y después bailasteis en la cama.
Me atraganté con el café, literalmente. Ethan bufó.
—¡Tía Rachel!
—¿Qué?
—Las paredes de esta casa siempre fueron de papel.
Rachel soltó una carcajada.
—Lo dice porque me escuchaba a mí con el vibrador cuando era adolescente.
—¡Por Dios!
—No te pongas dramático.
Yo quería desaparecer allí mismo, convertirme en humo. Y Rachel seguía riéndose.
—Además, Olivia, no te pienses que ha traído chicas aquí constantemente.
—Tía...
—Porque eres la primera que entra en esa habitación.
Mi cabeza giró lentamente hacia Ethan.
—¿La primera?
Él parecía estar valorando seriamente lanzarse por la ventana. Rachel seguía disfrutando demasiado.
—La primera.
Noté cómo me ardían todavía más las mejillas, y por alguna razón, aquello me emocionó. Más de lo que debería. Mucho más.
El desayuno continuó entre bromas, historias vergonzosas sobre la adolescencia de Ethan y amenazas constantes de muerte por parte de este.
Por primera vez en muchísimo tiempo me sentí parte de algo. De una familia, aunque no fuera la mía.
Rachel me hizo prometer que volveríamos a vernos pronto.
—Y no dentro de seis meses.
—Volveremos —aseguró Ethan.
—Más te vale.
Ella sonrió, y entonces sonó una notificación.
Rachel cogió el móvil sin dejar de sonreír por algo que Ethan acababa de decir, pero la sonrisa desapareció por completo.
La sangre abandonó su rostro y sus ojos se abrieron de golpe.
—Rachel —dijo Ethan al verla—. ¿Qué pasa?
Ella levantó la vista y me miró. Aquella mirada me heló la sangre, porque vi preocupación. Auténtica preocupación.
—Rachel... —Susurré—. ¿Qué ocurre?
Antes de que pudiera responder, mi propio móvil vibró sobre la mesa. Era un mensaje de Harper.
Lo abrí, y sentí que el mundo se detenía.
Harper: Juro que voy a matar a tu madre. Y espero que se pudra en el infierno después de esto.
Debajo había un enlace. Lo pulsé y deseé no haberlo hecho nunca.
La página pertenecía a una de las revistas más crueles del país. Una de esas publicaciones capaces de destruir vidas con tal de vender unos miles de ejemplares más.
El titular ocupaba media pantalla.
«La doble vida de Olivia Hart: ¿Dos hombres, dos camas y una gran mentira?».
Debajo aparecían fotografías. Ethan y yo en la playa, mirándonos, sonriendo, cogidos de la mano. Después, cenando. Después, bailando. Después, besándonos.
Y entonces llegaron las imágenes que hicieron que me faltara el aire.
Fotografías tomadas desde el exterior de la casa. Desde una ventana. Imágenes privadas, íntimas, que jamás deberían haber existido.
Las manos empezaron a temblarme. Seguí bajando y encontré las declaraciones. Las declaraciones de mi madre, más concretamente.
«Yo sin nada que comer mientras ella utiliza a hombres importantes para mantenerse en lo más alto del mundo del cine».
«Primero ese famoso guionista. Ahora este pobre chico».
«No es más que un entretenimiento para ella».
«Olivia siempre ha sabido manipular a la gente».
Las palabras se mezclaron ante mis ojos. No podía respirar. Literalmente, no podía respirar.
Sentía el pecho comprimido, como si alguien estuviera aplastándome los pulmones.
—Olivia.
Escuché la voz de Ethan muy lejos.
—Olivia, mírame.
Sus brazos me rodearon. Intenté hacerlo, intenté respirar, pero no podía. No podía. No podía.
—Respira —insistió él.
El pánico me consumía y las lágrimas comenzaron a caer. Entonces Rachel apareció frente a mí.
Se agachó y me sujetó las mejillas con ambas manos.
—Olivia.
Su voz era firme, tranquila y segura.
—Escúchame.
Intenté hacerlo.
—No pienses en nada más. Solo en mi voz. ¿De acuerdo?
Asentí temblando.
—Inspira.
La obedecí.
—Eso es. Muy bien. Ahora despacio. Poco a poco. Respira conmigo.
Seguí su ritmo. Una vez. Dos. Tres. Hasta que el aire volvió a entrar en mis pulmones. Hasta que dejé de sentir que me estaba ahogando.
Y entonces rompí a llorar.
—No puedo creer que haya hecho esto.
La voz me salió rota.
—No puedo creer que mi propia madre haya hecho esto.
Rachel me abrazó.
—Lo sé.
—¿Cómo puede una madre hacer daño así a su hija?
Nadie respondió. Porque no había respuesta. Porque ninguna explicación justificaba algo así.
—¿Cómo sabía dónde estaba?
Rachel intercambió una mirada con Ethan.
—Tal vez contrató a un detective privado.
Aquella posibilidad me revolvió el estómago. Y justo entonces volvió a sonar mi móvil.
Cuando vi el nombre de Daniel Blake en la pantalla, el corazón se me hundió.
Porque aquello significaba que todo el mundo ya lo había visto. Todo el mundo.
Durante varios segundos me quedé mirando el nombre de Daniel en la pantalla. No quería responder.
No porque no quisiera hablar con él, sino porque tenía miedo. Miedo de que aquella llamada fuera la confirmación definitiva de que todo estaba perdido.
La película. Mi carrera. Mi reputación. Ethan. Todo.
Las manos me temblaban tanto que casi dejé caer el teléfono. Ethan se acercó inmediatamente. Su mano encontró la mía y la apretó con fuerza. Como si quisiera recordarme que no estaba sola.
Nunca me había sentido tan agradecida por un simple gesto.
Cogí aire y deslicé el dedo por la pantalla.
—¿Daniel?
—Olivia.
Su voz sonó seria, demasiado seria. Mi estómago se encogió.
—Acabo de enterarme de todo.
Cerré los ojos. Aquellas palabras fueron como un golpe. Porque significaba que la noticia ya estaba corriendo como la pólvora.
Que todo el mundo la había visto. Que ya no había forma de detener aquello.
—Lo siento —susurré, y se produjo un breve silencio.
—¿Por qué te disculpas?
La pregunta me pilló desprevenida.
—Porque... porque esto va a afectar a la película.
—Olivia.
Su tono se endureció.
—Escúchame atentamente.
Tragué saliva.
—Tengo un contacto en una revista. Me llamó hace veinte minutos. Dice que tu madre contactó directamente con el periodista que ha publicado esa basura.
Sentí una punzada de dolor. Incluso después de verlo escrito. Incluso después de leer aquellas declaraciones. Escucharlo en voz alta seguía resultando insoportable.
—Al parecer llevaba días siguiéndote. Esperando conseguir algo. Algo jugoso. Algo que pudiera vender.
Apreté los ojos con fuerza. La humillación me quemó por dentro.
—No lo entiendo.
Mi voz salió casi en un susurro.
—No entiendo cómo ha podido hacerme esto.
Nadie respondió durante varios segundos. Ni Daniel, ni Rachel, ni Ethan. Porque ninguno de ellos tenía una respuesta.
Porque no existía una respuesta lógica para la crueldad de esa mujer.
—Necesito verte —dijo finalmente Daniel y abrí los ojos.
—¿Qué?
—Necesito hablar contigo.
—Daniel...
—En persona.
Algo en su voz me hizo incorporarme un poco. Porque no sonaba como una conversación profesional. Sonaba personal. Preocupada y humana.
—Puedo ir a la oficina esta tarde.
—No.
Fruncí el ceño.
—¿No?
—Iré yo.
Miré a Ethan. Él me observaba atentamente sin soltar mi mano. Esperando, protegiéndome como había hecho toda la mañana.
—Daniel...
Respiré hondo.
—Si después de esto la productora no quiere contar conmigo para la película...
Él me interrumpió inmediatamente.
—Ni se te ocurra terminar esa frase.
Parpadeé.
—Ese papel es tuyo. Y de nadie más.
Sentí que las lágrimas regresaban. Porque después de aquella mañana necesitaba escuchar algo bueno. Aunque fuera una sola cosa.
—Pero necesito hablar contigo. Hay cosas que debes saber.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué cosas?
—Esta tarde. Por teléfono no.
Miré la pantalla durante un instante sin entender nada. Sin saber qué estaba ocurriendo exactamente.
—De acuerdo.
—Iré a tu casa. Y cuando llegues... Intenta no dejarte ver demasiado. La prensa estará volviéndose loca ahora mismo.
Asentí, aunque él no podía verme.
—Vale.
—Nos vemos esta tarde.
La llamada terminó y el silencio que quedó después resultó ensordecedor.
Nadie habló durante unos segundos. Yo seguía mirando la pantalla apagada como si pudiera encontrar respuestas allí, como si todo aquello pudiera tener algún sentido. Pero no lo tenía. Nada de aquello tenía sentido.
Rachel fue la primera en moverse. Se acercó a mí y me abrazó con fuerza y con cariño.
Con ese tipo de abrazo que una persona solo daba cuando sabía que alguien estaba roto.
—Lo siento muchísimo, cariño.
Aquellas palabras terminaron de destrozarme y volví a llorar escondiendo el rostro contra su hombro.
—Gracias.
—No tienes que darme las gracias.
—Sí.
Porque nadie había estado ahí por mí de aquella forma. Ni mi madre. Nadie me había consolado así en años.
Rachel acarició mi cabello.
—Vas a superar esto.
—No lo sé.
—Sí lo harás.
La seguridad de su voz era absoluta, y por primera vez aquella mañana quise creerla.
Una hora después estaba sentada en el coche de Ethan, regresando a Nueva York.
El viaje que dos días antes me había parecido emocionante ahora se sentía interminable.
Miré por la ventanilla. Los árboles, las carreteras, el cielo despejado. Todo parecía irreal, como si estuviera observando la vida de otra persona.
Ethan conducía en silencio, con una mano sobre el volante y la otra descansando sobre la mía. Sin apartarse ni un segundo.
Y aquello era precisamente lo que más daño me hacía. Porque cuanto más me cuidaba, cuanto más cariño me demostraba, más miedo sentía.
Miedo de arrastrarlo conmigo. Miedo de que aquella historia acabara destruyéndole.
La prensa era despiadada, pero mi madre era peor. Y Ethan no merecía convertirse en objetivo de ninguno de los dos.
Giré ligeramente la cabeza y lo observé. Su perfil, su mandíbula, la concentración en sus ojos, la forma en que seguía sujetando mi mano, como si tuviera miedo de que desapareciera.
El pecho me dolió porque comprendí algo. No quería perderlo, y precisamente por eso empezaba a plantearme que quizá debía alejarme.
Antes de que fuera demasiado tarde. Antes de que todo explotara. Antes de que él terminara pagando por mis problemas.
Noté un nudo formándose en mi garganta. Ethan debió percibirlo porque me miró de reojo.
—¿Qué pasa?
Negué con la cabeza.
—Nada.
—Olivia.
Su voz fue suave, pero firme.
—No me mientas.
Sonreí débilmente.
—Estoy cansada.
No parecía convencido, pero tampoco insistió, simplemente levantó mi mano y depositó un beso sobre mis nudillos.
Un gesto sencillo, y, sin embargo, sentí que algo se rompía dentro de mí. Porque me supo a despedida.
Una despedida que él ni siquiera sabía que existía.
Cuando llegamos frente a mi edificio, el corazón me latía con fuerza.
Había periodistas, no demasiados, pero suficientes. Esperando, observando, buscando. Ethan maldijo en voz baja.
—Sabía que iban a aparecer.
Yo cerré los ojos unos segundos. Ya había empezado. La pesadilla acababa de comenzar.
—Entraremos por el garaje.
Asentí sin discutir, no tenía fuerzas para hacerlo.
Cuando el coche se detuvo definitivamente, Ethan se giró hacia mí. Sus ojos encontraron los míos y durante unos segundos ninguno habló. Porque había demasiadas cosas entre nosotros.
Demasiadas emociones. Demasiadas preguntas.
Él fue quien rompió el silencio.
—No vas a enfrentarte a esto sola.
Sentí que las lágrimas amenazaban de nuevo.
—Ethan...
—No. Déjame terminar.
Su mano subió hasta mi mejilla.
—No me importa lo que diga esa revista. No me importa lo que diga tu madre. No me importa lo que publique nadie. Estoy aquí. ¿Me oyes? Estoy aquí.
Mi corazón se rompió un poco más. Porque precisamente eso era lo que me aterraba.
Que siguiera estando. Que siguiera acercándose. Que siguiera importándome cada vez más. Y que cuando todo terminara, acabara herido por mi culpa.
Me incliné hacia él y apoyé la frente contra la suya.
—Gracias.
Su mano se cerró sobre mi nuca y entonces me besó.
Fue un beso breve, suave y cariñoso. Nada parecido a los de las últimas horas.
Y quizá por eso dolió tanto. Porque tuvo algo de promesa. Y algo de despedida.
Cuando nos separamos, él apoyó la frente contra la mía.
—Llámame cuando llegue Daniel.
Asentí.
—Lo haré.
Pero mientras salía del coche y caminaba hacia el ascensor privado del edificio, una idea seguía repitiéndose una y otra vez en mi cabeza. Una idea horrible. Una idea que cada vez parecía más lógica.
Si quería proteger a Ethan...
Tal vez tendría que romper su corazón antes de que mi mundo destruyera el suyo.