Tú no eres parte del guion Capítulo 25
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Capítulo 25

Ethan

Desperté con la luz de la mañana filtrándose suavemente por las cortinas entreabiertas, y durante unos segundos permanecí inmóvil, simplemente respirando el aire que olía a ella. A nosotros. A lo que habíamos compartido durante la noche.

Olivia dormía a mi lado, bocarriba, con el pelo castaño desparramado sobre la almohada como un halo salvaje. Su respiración era profunda, regular, y su boca entreabierta dejaba escapar suaves exhalaciones que me resultaban terriblemente enternecedoras.

La sábana había resbalado hasta su cintura, dejando al descubierto sus pechos, su vientre plano, la curva de sus caderas. La luz matutina dibujaba sombras doradas sobre su piel, resaltando cada curva, cada línea de su cuerpo desnudo.

La observé durante largos minutos, sin atreverme a moverme por miedo a romper aquel hechizo.

Estaba preciosa. No, preciosa era una palabra demasiado simple para describir lo que veía ante mí.

Era perfecta. Desde la forma en que sus pestañas oscuras descansaban sobre sus mejillas, hasta la curva de su cuello, donde aún podía ver la marca que había dejado anoche con mis besos.

Pensé en cómo se había entregado a mí, sin reservas, sin inhibiciones. En cómo su cuerpo había respondido a cada caricia, a cada beso, con una honestidad brutal que me había destrozado y reconstruido al mismo tiempo.

Recordé sus gemidos, la forma en que se había arqueado contra mí, la manera en que sus uñas se habían clavado en mi espalda como si temiera que fuera a desaparecer. Recordé su sabor, el modo en que se había corrido contra mi boca gritando mi nombre.

Y sentí cómo el deseo volvía a despertar en mi interior, lento pero inexorable, como una marea que no podía detener.

No pude resistirme más. Con extrema lentitud, para no despertarla todavía, extendí la mano y comencé a acariciar su espalda desnuda.

Mi palma recorrió la curva de su columna vertebral, el valle de su cintura, la suavidad de su piel que se erizó bajo mi tacto incluso en sueños.

Olivia se movió ligeramente, murmurando algo incomprensible, pero no despertó del todo.

Me incliné sobre ella y comencé a depositar besos suaves sobre su hombro, subiendo por su cuello, mordisqueando el lóbulo de su oreja.

Mis manos recorrieron su cuerpo con más confianza ahora, acariciando sus pechos, pellizcando sus pezones hasta que los sentí endurecerse bajo mis dedos.

Ella se movió de nuevo, esta vez con un gemido bajo que me indicó que estaba empezando a despertar, arrastrada desde el sueño por mis caricias.

Separé sus piernas con suavidad, pero con determinación, deslizando mi mano por su vientre hasta encontrar su centro. Ya estaba húmeda, caliente, lista para mí. Y sin darle tiempo a despertar completamente, sepulté mi rostro entre sus muslos y encontré su clítoris con mi lengua.

—Mmm... Ethan... —Gimió, arqueando la espalda, con las manos buscando a tientas mi cabeza para sujetarme.

Su sabor inundó mis sentidos, ese sabor salado y dulce a la vez que había soñado durante toda la noche.

Comencé a lamerla con movimientos firmes y deliberados, succionando su clítoris, introduciendo mi lengua en su interior, disfrutando de cada uno de sus gemidos entrecortados, de cada sacudida de su cuerpo.

—¿Qué... qué estás haciendo? —preguntó ella, finalmente despierta, con la voz ronca por el sueño y la excitación.

Levanté la vista hacia ella y sonreí, viendo su rostro sonrojado, sus ojos verdes brillando con una mezcla de sorpresa y deseo.

—Tomando un aperitivo antes del desayuno —respondí, y volví a mi tarea con renovada urgencia.

Olivia gritó cuando la penetré con mi lengua, cuando encontré el ritmo exacto que la volvía loca. Sus caderas se movían contra mi boca, pidiendo más, siempre más. Sentí cómo se acercaba al borde, cómo sus músculos se tensaban, cómo sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados.

—Ethan, por favor... —Suplicó, tirando de mi cabello—. Necesito... necesito que me folles... ahora...

No necesitó repetírmelo. Me incorporé sobre ella con un movimiento fluido y me posicioné entre sus piernas. La penetré de una sola embestida profunda, haciéndola gritar mi nombre con una intensidad que resonó en toda la habitación. Estaba increíblemente húmeda, apretada, perfecta.

La tomé desde atrás primero, haciéndola ponerse de rodillas mientras yo me posicionaba detrás de ella.

Agarré sus caderas con fuerza y comencé a embestirla con una intensidad salvaje, viendo cómo su cuerpo se movía al ritmo de mis embestidas, cómo su pelo caía sobre su rostro en desorden, cómo sus manos se aferraban a las sábanas buscando algo a lo que agarrarse.

—Dios, Ethan... más fuerte... —pidió, con la voz entrecortada—. Fóllame más fuerte...

Aumenté el ritmo, convirtiéndome en una máquina de placer, cada embestida más profunda que la anterior. La cama crujía violentamente bajo nosotros; el sonido de nuestra piel chocando llenaba la habitación. Luego la giré, queriendo verla, queriendo mirar esos ojos que me volvían loco.

La monté, dejándola sobre mí, y Olivia comenzó a moverse con una cadencia perfecta, cabalgándome con una intensidad que me dejaba sin aliento.

Sus pechos rebotaban frente a mi rostro y yo los atrapaba con mi boca, succionando sus pezones, mordisqueando su piel mientras ella gemía encima de mí, con las manos apoyadas en mi pecho, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás en éxtasis.

Pero no era suficiente. Anoche me había quedado con las ganas de algo. Quería verle la cara mientras la follaba. Quería mirar esos ojos verdes mientras la penetraba. Quería tenerla completamente a mi merced.

Me levanté de la cama con ella todavía envuelta en mis brazos, sin dejar de estar dentro de ella. Olivia dio un grito de sorpresa y se aferró a mi cuello, con las piernas rodeando mi cintura. La llevé hasta la pared más cercana y la empotré contra ella con suavidad, pero con firmeza.

—Anoche me quedé con las ganas de follarte así —gruñí contra su oído, comenzando a moverme dentro de ella con embestidas profundas y controladas—. De verte la cara. De mirar esos ojos mientras te penetro.

Olivia se sonrojó intensamente, con las mejillas encendidas de un rojo profundo, pero sus ojos... sus ojos brillaban con una excitación que me confirmó que también había deseado esto.

—Ethan... —Gimió bajito, casi un susurro—. Por favor...

—Por favor, ¿qué? —pregunté, deteniéndome un segundo solo para torturarla, para hacerla sentir mi ausencia.

—No pares... —Suplicó, moviendo sus caderas contra mí, intentando que reanudara el movimiento—. Por favor, no pares...

—¿Así? —volví a embestirla, fuerte, profundo, haciéndola gritar—. ¿O así? —otra embestida, más profunda todavía.

—Sí... así... Dios, sí... —balbuceaba ella, con las uñas clavándose en mis hombros.

La tenía completamente inmovilizada contra la pared, con sus piernas alrededor de mi cintura, con su espalda apoyada en la fría superficie. Podía ver cada expresión de su rostro, cada destello de placer, cada gesto de éxtasis. Y era la visión más excitante que jamás había presenciado.

—Eres mía, Olivia —gruñí, con las embestidas volviéndose desenfrenadas, descontroladas—. Dime que eres mía.

—Soy tuya... —Gimió, con los ojos brillando de lágrimas de éxtasis—. Solo tuya, Ethan...

—Joder, cómo me pones —dije, con la voz completamente deshecha—. Voy a correrme, Olivia. Córrete conmigo, preciosa.

Aumenté el ritmo hasta límites insospechados, empotrándola contra la pared con cada embestida, sintiendo cómo ella se tensaba, cómo sus músculos internos comenzaban a contraerse alrededor de mí. Estábamos ambos al borde, jadeando, sudando, completamente perdidos el uno en el otro.

—Ethan... voy a... —gritó ella.

—Ahora —ordené—. Córrete ahora.

Y explotamos juntos. Su cuerpo se convulsionó violentamente, sus músculos me apretaron con una fuerza que me arrancó mi propio orgasmo. Grité su nombre contra su cuello, empujando una última vez, profundamente, mientras me vaciaba en su interior con espasmos descontrolados.

Nos quedamos así durante largos segundos, respirando con dificultad, con nuestras frentes apoyadas la una contra la otra, con nuestros cuerpos todavía unidos y temblando. Podía sentir el corazón de Olivia martilleando contra mi pecho, podía sentir su respiración agitada mezclándose con la mía.

Cuando finalmente recuperé el aliento suficiente para hablar, cuando el mundo dejó de girar a mi alrededor, la miré directamente a los ojos. Estaban brillantes, empañados por las lágrimas del éxtasis, pero llenos de algo que me hizo sentir un nudo en la garganta.

—No voy a querer solo dos polvos contigo, Olivia —dije, y mi voz sonó más vulnerable de lo que pretendía, más sincera—. Quiero mucho más que esto.

La besé entonces, con una ternura que contrastaba con la brutalidad de nuestro encuentro, con una promesa implícita en cada movimiento de mis labios sobre los suyos.

Y cuando me separé, cuando la miré de nuevo a los ojos, sentí cómo ella me rodeaba con sus brazos, apretándome contra ella con una fuerza que me dijo todo lo que sus palabras no habían dicho todavía.

Ella también quería más. Lo sentí en la forma en que me abrazaba, en la manera en que enterraba su rostro en mi cuello, en el modo en que sus manos acariciaban mi espalda con una posesión que me hizo sentir... esperanzado.

Y por primera vez en mucho tiempo, mientras sosteníamos aquel abrazo en medio de la habitación iluminada por la mañana, no tuve miedo de lo que vendría después. Solo quería quedarme allí, con ella, y descubrir juntos qué significaba ese «mucho más» que ambos deseábamos.