Tú no eres parte del guion Capítulo 24
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Capítulo 24

Olivia

Fue un beso diferente a todos los anteriores. No había ternura ahora, solo hambre pura y desenfrenada.

Sus labios se movieron sobre los míos con una urgencia que me robó el aliento; su lengua invadió mi boca con una posesión total que me hizo gemir contra él.

Sus manos se enredaron en mi cabello, inclinando mi cabeza para tener mejor acceso, y yo respondí con la misma desesperación, agarrando sus hombros, clavando mis uñas en su piel, necesitando más, siempre más.

Ethan se apartó brevemente, jadeando, con los ojos brillando de una manera salvaje, primitiva.

—Dios, Olivia —gruñó, y su voz sonó tan baja, tan ronca, que sentí un escalofrío de pura excitación recorrer mi espalda—. Te deseo como no te imaginas.

No tuve tiempo de responder. Sus labios volvieron a los míos, pero esta vez descendieron, trazando un camino de fuego por mi mandíbula, mi cuello, mordisqueando mi clavícula con una intensidad que me hizo arquear la espalda.

Sus manos se movieron con urgencia, quitándome el vestido que aún llevaba puesto, dejándome solo en el bikini que había usado durante el día.

—Preciosa —murmuró contra mi piel, y sus manos recorrieron mi cuerpo con una reverencia que contrastaba con la brutalidad de sus besos—. Joder, eres perfecta.

Sus dedos encontraron los lazos de mi bikini y los deshicieron con una destreza que hablaba de experiencia, pero que a mí solo me excitó más.

Cuando me desvistió por completo, quedé expuesta ante él, desnuda bajo la luz de la luna, y por un segundo sentí un ataque de timidez que intenté cubrir con mis brazos.

Ethan me detuvo, cogiendo mis muñecas suavemente, pero con firmeza.

—No te escondas de mí —ordenó, y su voz era un susurro ronco—. Quiero verte. Toda.

Y me miró. Realmente me miró, con una intensidad que hizo que mi piel se erizara, que mi corazón se acelerara hasta límites insospechados. Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo, desde mis pechos hasta mi vientre, hasta el vértice entre mis piernas.

La expresión de hambre pura, de adoración casi reverente que vi en su rostro, me hizo sentir más deseada, más hermosa de lo que nunca me había sentido.

—Ethan... —Suspiré, y ni siquiera sabía qué estaba pidiendo, solo sabía que necesitaba más, que necesitaba todo de él.

Él respondió a mi súplica no verbal. Se inclinó sobre mí y sus labios encontraron mi cuello de nuevo, besando, mordisqueando, chupando con una intensidad que sabía que dejaría marcas, pero que en ese momento me importaba un comino.

Sus manos recorrieron mi cuerpo, acariciando mis pechos, pellizcando mis pezones hasta que gemí en voz alta, sin importarme ya el silencio que deberíamos guardar.

—Dios, los sonidos que haces —gruñó Ethan contra mi piel—. Me vuelves loco.

Sus besos descendieron, trazando un camino de fuego por mi esternón, mi abdomen, mi ombligo. Sentí su aliento cálido sobre mi piel sensible, y entonces comprendí adónde se dirigía. Un escalofrío de anticipación me recorrió de pies a cabeza.

—Ethan, no... —Protesté débilmente, aunque mi cuerpo se ofrecía a él completamente.

—Shhh —murmuró, y sus manos separaron mis piernas con una suavidad que no disimulaba la determinación implacable—. Déjame saborearte. Llevo días soñando con esto.

Y entonces su lengua encontró mi centro, y mi mundo explotó.

Fue una sensación tan intensa, tan abrumadora, que mi espalda se arqueó violentamente del colchón y un gemido estrangulado escapó de mi garganta.

Ethan actuó con urgencia, sin suavidad ni calma. Fue salvaje, desenfrenado, absolutamente voraz. Su lengua me recorrió con movimientos firmes y deliberados, encontrando cada punto sensible, cada rincón de placer que ni siquiera yo conocía.

Succionó mi clítoris con una intensidad que me hizo ver estrellas, introdujo sus dedos en mi interior con una precisión que me hizo gritar su nombre, y todo el tiempo mantuvo ese ritmo implacable, esa hambre animal que me estaba llevando al borde del abismo en cuestión de segundos.

—Ethan... Dios... voy a... —balbuceé, con las manos enredadas en sus cabellos, sujetándolo contra mí, necesitando más, siempre más.

Él gruñó contra mí, la vibración de su voz añadiendo otra capa de sensación a la tormenta que sentía construyéndose en mi interior. Aumentó el ritmo, sus dedos moviéndose dentro de mí al mismo tiempo que su lengua trabajaba mi clítoris con una perfección que me resultaba casi dolorosa.

—Déjate ir —ordenó, levantándose brevemente para mirarme a los ojos—. Quiero sentirte correr contra mi boca. Ahora, Olivia.

Y esas palabras, dichas con esa voz ronca y dominante, fueron mi perdición.

La tensión que se había estado acumulando en mi interior estalló con una violencia que me dejó sin aliento, sin pensamiento, sin nada excepto la oleada tras oleada de placer que recorría mi cuerpo en espasmos descontrolados.

Grité, realmente grité, aunque Ethan debió de preverlo porque su mano subió para cubrir mi boca mientras su lengua seguía moviéndose, prolongando mi orgasmo hasta límites insoportables, hasta que estuve convulsionando bajo él, agarrando las sábanas con fuerza, con lágrimas de alivio y éxtasis corriendo por mis mejillas.

Cuando finalmente se apartó, estaba jadeando, temblando, completamente deshecha. Ethan se limpió la boca con el dorso de la mano, mirándome con una expresión de pura satisfacción masculina, de hambre aún no saciada.

—Dios, eres hermosa cuando te corres —dijo, y su voz sonó tan ronca, tan afectada, que sentí un nuevo escalofrío de excitación recorrer mi cuerpo a pesar del orgasmo devastador que acababa de experimentar.

Pero no me dio tiempo a recuperarme. Ethan se incorporó sobre la cama y se quitó el bañador de un tirón, revelándose completamente desnudo ante mí.

Mi boca se secó al verlo. Era perfecto. Cada centímetro de él era puro músculo definido, piel dorada y su erección.

.. Dios, su erección se alzaba gruesa y larga contra su abdomen, y la sola vista de él me hizo sentir un nuevo tirón de deseo en mi vientre, a pesar de que aún estaba recuperándome del orgasmo anterior.

—Necesito estar dentro de ti —dijo Ethan, y fue más una declaración de guerra que una petición—. Dime que quieres esto, Olivia. Dime que me quieres ahora.

—Sí —susurré, y mi voz sonó desesperada, necesitada—. Sí, Ethan, por favor... te necesito dentro de mí. Ahora.

No necesitó más invitación. Se posicionó entre mis piernas, tomando mis caderas con sus manos fuertes y levantándolas ligeramente. Sentí la punta de su erección presionando contra mi entrada, caliente, dura, insistente, y por un segundo sentí un destello de nerviosismo ante su tamaño.

—Relájate —susurró Ethan, notando mi tensión—. Voy a hacerte sentir tan bien, Olivia. Voy a follarte como te mereces. Duro. Profundo. Hasta que no recuerdes nada excepto mi nombre.

Y entonces me penetró.

El dolor fue mínimo, apenas un estiramiento intenso que duró segundos antes de convertirse en pura sensación de placer.

Ethan entró en mí con un movimiento firme y decidido, llenándome por completo, estirándome de una manera que se situaba justo en el límite entre el dolor y el éxtasis.

Ambos gemimos al unísono, un sonido gutural de satisfacción mutua que resonó en la habitación.

—Joder, estás tan apretada —gruñó Ethan, con los dientes apretados, con los músculos de su cuello tensos por el esfuerzo de contenerse—. Tan perfecta. Tan mía.

Se quedó inmóvil por unos segundos, permitiéndome adaptarme a su tamaño, y yo podía sentir cada pulso de su erección dentro de mí, cada latido de su corazón. Era la sensación más íntima, más posesiva que había experimentado jamás.

Y entonces comenzó a moverse.

No fue suave y tampoco lento. Fue exactamente lo que había prometido: duro, profundo, brutal. Ethan me penetró con una fuerza que me hizo deslizarme hacia arriba en la cama, agarrándome a sus hombros para no perder el contacto.

Cada embestida era profunda, certera, golpeando exactamente el punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.

—Ethan... Dios... más fuerte... —Gemí, y ni siquiera reconocí mi propia voz, ronca, desesperada, pidiendo más.

Él respondió a mi súplica. Aumentó el ritmo, convirtiéndose en una máquina de placer, cada embestida más fuerte que la anterior.

La cama crujía bajo nosotros con un sonido rítmico que se mezclaba con nuestros gemidos, con el sonido de nuestra piel chocando, de nuestros cuerpos uniéndose con una fuerza animal.

Me penetró desde ángulos diferentes, levantando mis piernas sobre sus hombros para entrar más profundo, haciéndome gritar de placer cuando alcanzó un punto sensible que ni siquiera sabía que existía.

Sus manos recorrieron mi cuerpo con urgencia, pellizcando mis pezones, acariciando mi clítoris, añadiendo capas sobre capas de sensación hasta que sentía que mi cabeza iba a estallar.

—Córrete —ordenó Ethan, y su voz sonó desesperada, fuera de control—. Quiero sentir cómo te corres, Olivia. Quiero sentir cómo me aprietas cuando llegas al orgasmo.

Sus palabras, tan crudas, tan directas, me empujaron al borde. Sentí la tensión acumulándose de nuevo, más fuerte esta vez, más intensa. Ethan continuó su asalto implacable, sus embestidas volviéndose erráticas, más profundas, desesperadas.

—Ethan... voy a... —Jadeé, con las uñas clavándose en su espalda.

—Ahora —gritó él—. Ahora, Olivia.

Y exploté.

Mi segundo orgasmo fue aún más intenso que el primero.

Mi cuerpo se convulsionó violentamente, mis músculos internos se contrajeron alrededor de su erección con fuerza, y grité su nombre una y otra vez, sin importarme quién pudiera escucharnos, sin pensar en nada excepto en la oleada tras oleada de placer absoluto que me estaba destrozando por dentro.

Ethan gruñó, un sonido profundo y animal, y sentí cómo se tensaba sobre mí, cómo sus embestidas se volvían descontroladas, profundas, desesperadas.

Con una última embestida brutal, se hundió en mí hasta el fondo y se quedó inmóvil, jadeando mi nombre contra mi cuello mientras sentía su liberación caliente inundándome por dentro.

Durante largos segundos, nos quedamos así, entrelazados, jadeando, temblando.

El sudor de nuestros cuerpos se mezclaba, nuestras respiraciones agitadas se sincronizaban lentamente.

Ethan no se retiró de inmediato. Se quedó dentro de mí, besando mi cuello, mi mandíbula, mis labios con una ternura que contrastaba salvajemente con la brutalidad de nuestro encuentro.

Cuando finalmente se deslizó fuera de mí, fue para tomarme en sus brazos y girar nuestras posiciones, quedando yo acurrucada contra su pecho, con mi cabeza apoyada sobre su hombro, escuchando los latidos de su corazón que poco a poco volvían a la normalidad.

Estábamos en silencio, simplemente respirando el mismo aire, disfrutando de la proximidad, del calor compartido. Ethan me abrazó con fuerza, con una posesión que me hizo sentir segura, protegida, querida. Luego inclinó la cabeza y depositó un beso suave, casi reverente, sobre mi frente.

—Buenas noches, Olivia —susurró, y su voz sonó más suave, más vulnerable de lo que nunca le había escuchado.

Me apoyé más contra su pecho, sintiendo el ritmo constante de su respiración, el calor reconfortante de su cuerpo. Estaba agotada, satisfecha, completamente en paz por primera vez en años. Pero mi mente no podía dejar de trabajar, de reflexionar sobre lo que acababa de suceder.

Mientras escuchaba el corazón de Ethan bajo mi oreja, mientras sentía sus brazos fuertes rodeándome con una ternura que me hacía querer llorar, me di cuenta de algo que me aterrorizaba y me emocionaba con la misma intensidad.

Esto no era solo sexo. Esto no era solo una aventura de verano.

Esto era algo más profundo, algo que había estado buscando toda mi vida sin saberlo.

Ethan había derribado cada muro que yo había construido a mi alrededor, había visto más allá de la estrella de cine, más allá de la imagen pública, hasta llegar a la mujer real que había debajo. Y, aun así, me deseaba. Me quería.

La pregunta que daba vueltas en mi cabeza, mientras el sueño comenzaba a reclamarme con suavidad, era si yo sería lo suficientemente valiente para arriesgarme a quedarme.

Para arriesgarme a creer que podía existir algo real entre nosotros, algo que sobreviviera cuando regresáramos a la realidad de Nueva York, de mi mundo, de su mundo.

Pero por ahora, solo por esta noche, decidí dejar de pensar. Solo quería quedarme aquí, en sus brazos, sintiéndome querida, viva, finalmente en casa.

Con esa última certeza flotando en mi conciencia, dejé que el sueño me llevara, envuelta en el calor de Ethan, en la promesa tácita de que mañana volvería a despertar a su lado.

Y por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de lo que vendría después.