Tú no eres parte del guion Capítulo 23
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Capítulo 23

Olivia

El trayecto de vuelta a casa de Rachel se me hizo eterno y al mismo tiempo demasiado breve.

Mi mano seguía entrelazada con la de Ethan desde que abandonamos el bar, y cada vez que sus dedos apretaban ligeramente los míos, sentía un escalofrío que recorría mi espina dorsal hasta instalarse en la boca de mi estómago.

El coche avanzaba por carreteras secundarias iluminadas únicamente por la luz de la luna y los faros del vehículo, y el silencio que compartíamos no era incómodo, sino cargado de una electricidad palpable que hacía que mi piel se erizara en anticipación.

Ethan conducía con una mano, la otra ocupada en acariciar mi palma con movimientos lentos y deliberados que me volvían loca. No habíamos hablado mucho desde que nos besamos en la pista de baile. No hacía falta.

Algo había cambiado irremediablemente entre nosotros, y ambos lo sabíamos. Ya no había marcha atrás posible, ni tampoco quería que la hubiera.

Cuando aparcamos frente a la casa, el edificio se alzaba contra el cielo nocturno en completa oscuridad, salvo por alguna luz tenue que se filtraba desde el interior.

Rachel debía de haberse acostado hacía ya un buen rato. Ethan apagó el motor y durante unos segundos nos quedamos allí sentados, simplemente respirando el mismo aire, con nuestras manos todavía unidas sobre el cambio de marchas.

—Está todo en silencio —murmuró Ethan, girándose hacia mí. Sus ojos brillaban con una intensidad que hacía que mi corazón se acelerara desenfrenadamente—. No hagamos ruido, no queremos despertar a Rachel.

Asentí en silencio, con la garganta demasiado seca para articular una sola palabra. Él sonrió levemente, ese gesto arrogante y a la vez terriblemente atractivo que había empezado a reconocer como exclusivamente suyo, y salió del coche.

Yo lo seguí, y cuando cerré la puerta con cuidado de no hacer ruido, ya estaba a mi lado, cogiendo mi mano de nuevo.

Sus dedos se entrelazaron con los míos con fuerza, casi posesivamente, y comenzó a caminar hacia la entrada lateral de la casa.

La brisa nocturna era cálida, pero yo temblaba.

No de frío. De pura anticipación. De ese nudo de nervios y deseo que se había instalado en mi vientre desde el momento en que sus labios habían encontrado los míos en aquel bar.

Ethan abrió la puerta con cuidado, girando la llave en la cerradura con movimientos pausados y silenciosos.

El interior de la casa estaba sumido en una penumbra tranquila, iluminada apenas por la luz de la luna que entraba por las ventanas.

Podía distinguir las formas de los muebles, el pasillo que se extendía hacia las habitaciones, el silencio absoluto que solo se veía interrumpido por el suave tic tac de algún reloj antiguo.

Mi corazón golpeaba contra mis costillas con tanta fuerza que temía que se pudiera escuchar en toda la casa.

Ethan cerró la puerta tras nosotros y se volvió hacia mí.

En la penumbra, su silueta se veía imponente, dominante.

Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal de una manera que me hizo contener la respiración.

Sin decir palabra, tomó mi mano de nuevo y comenzó a guiarme por el pasillo.

Sus pasos eran silenciosos sobre el suelo de madera, y yo intentaba imitar su sigilo, pero cada crujido bajo mis pies me parecía ensordecedor.

Pasamos junto a la cocina, al salón, y seguimos avanzando hacia el fondo de la casa, donde sabía que estaban las habitaciones.

La mano de Ethan estaba cálida, firme, segura.

Cada paso que dábamos aumentaba la tensión en mi interior.

Sabía a dónde nos dirigíamos, pero al mismo tiempo no podía creer que esto estuviera realmente sucediendo.

Que yo, Olivia Bennett, la mujer que llevaba años construyendo muros impenetrables a su alrededor, estuviera siguiendo a este hombre hacia su habitación en mitad de la noche, con la única certeza de que no quería estar en ningún otro lugar del mundo.

Llegamos al final del pasillo y Ethan se detuvo frente a una puerta de madera oscura.

Giró el pomo lentamente y empujó, revelando una habitación iluminada por la luz de la luna que entraba por una ventana abierta.

Podía ver la silueta de una cama grande, una cómoda, una silla.

El olor a mar y a algo terriblemente masculino, terriblemente él, me envolvió de inmediato.

Pero no entré de inmediato. Me quedé parada en el umbral, con Ethan a mi lado, y sentí que el pánico y el deseo luchaban por dominar mi sistema nervioso. Me volví hacia él, mirándolo directamente a los ojos incluso en la penumbra.

—¿Por qué paramos en tu habitación? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente aguda, nerviosa, a pesar de mis intentos por mantener la compostura.

Ethan me miró con una expresión que no logré descifrar completamente en la oscuridad, pero que parecía mezclar diversión con algo más profundo, más intenso.

—No tenemos habitación de invitados —respondió, manteniendo su voz en un susurro bajo—. Rachel la convirtió en la biblioteca que siempre quiso. Así que... tendrás que dormir aquí.

Sus palabras cayeron entre nosotros como una sentencia y una promesa simultáneas. Abrí los ojos con horror, aunque en el fondo sabía que mi reacción era más teatral que real. La idea de dormir en la misma cama que él me aterrorizaba y me excitaba en igual medida.

—No —dije, negando con la cabeza vehementemente—. No, no puedo... dormiré en el sofá. No hay problema, de verdad. Prefiero el sofá.

Ethan negó con firmeza, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío.

—No voy a permitir que una estrella de cine como tú duerma en un sofá —dijo, y había un tono de voz que no admitía discusión—. Olivia, no pienso dejarte dormir en el sofá.

—Pero...

No me dejó terminar. Se inclinó hacia mí y sus labios encontraron los míos en un beso que me robó el aliento y cualquier intento de protesta. Fue un beso breve pero intenso, lleno de promesas y de una posesión que hizo que mi cuerpo entero se estremeciera.

Cuando se separó, estaba jadeando ligeramente, con las manos temblando y la mente completamente en blanco.

—Vamos —susurró contra mis labios, y su aliento cálido me hizo cerrar los ojos por un segundo.

Entramos en la habitación y él cerró la puerta tras nosotros con un clic suave que resonó en mi cerebro como el disparo de salida de una carrera. Ethan se movió hacia la cómoda, abrió uno de los cajones y sacó una camiseta blanca grande, de algodón gastado. Se volvió hacia mí y me la tendió.

—Ponte esto —dijo simplemente—. Es lo más cómodo que tengo.

Cogí la prenda entre mis manos, sintiendo la suavidad del tejido y el ligero olor a jabón y a él que impregnaba la tela. Tragué saliva, consciente de que mi garganta estaba terriblemente seca, de que mi corazón latía tan rápido que sentía mareos.

—¿Dónde... dónde me cambio? —pregunté, y odié cómo sonaba mi voz, insegura, temblorosa.

Ethan sonrió. Incluso en la penumbra pude ver el destello de sus dientes, la curva peligrosa de su boca. Se acercó un paso más, invadiendo completamente mi espacio personal.

—Aquí mismo —respondió, y su voz tenía un timbre ronco que me puso la piel de gallina—. No voy a morderte, Olivia.

Y entonces, sin apartar sus ojos de los míos, comenzó a desvestirse. Se desabrochó la camisa lentamente, botón por botón, revelando su torso definido a la luz de la luna.

Se quitó la prenda y la dejó caer sobre la silla cercana.

Mis ojos recorrieron su pecho, sus abdominales, la línea oscura de vello que desaparecía bajo el cinturón de sus pantalones.

Era perfecto. Absolutamente perfecto. Cada músculo estaba definido con precisión escultórica; cada línea de su cuerpo parecía diseñada para volverme loca.

Luego se desabrochó el cinturón. El sonido del cuero al deslizarse hizo que contuviera la respiración. Se bajó los pantalones y los dejó a un lado, quedándose únicamente con el bañador que llevaba debajo, que parecía más un bóxer ajustado que dejaba poco a la imaginación.

Mi rostro se incendió de calor, y supe que me había puesto roja como un tomate, agradeciendo la penumbra que ocultara mi rubor.

Ethan sonrió, como si pudiera leer mis pensamientos, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando en mí. Y sin decir palabra, se giró y se metió en la cama, dejando las sábanas abiertas a un lado como una invitación silenciosa.

Me quedé allí de pie, paralizada, con la camiseta en las manos, sintiendo cómo mi cuerpo temblaba de nerviosismo y deseo. La situación me superaba. Estaba en la habitación de Ethan, a punto de ponerme su ropa, a punto de meterme en su cama. Era demasiado real, demasiado íntimo, demasiado peligroso.

—Debería dormir en el sofá —repetí, aunque mi voz carecía de convicción.

Ethan se apoyó sobre un codo, mirándome desde la cama con una expresión que me hizo sentir como si fuera la única mujer en el mundo.

—No me obligues a meterte en la cama, Olivia —dijo, y había una advertencia y una promesa en sus palabras.

Arqueé una ceja, intentando mantener alguna apariencia de dignidad y de control sobre la situación.

—No te atreverías —dije, desafiándolo, aunque mi voz salió más como un susurro que como una afirmación segura.

La sonrisa que Ethan me dedicó entonces fue pura provocación. Se levantó de la cama con una agilidad felina y, antes de que pudiera reaccionar, ya estaba frente a mí. En un movimiento fluido, me levantó en brazos.

—¡Ethan! —solté un leve grito de sorpresa, tapándome inmediatamente la boca con la mano para no despertar a Rachel.

Él rio suavemente, un sonido vibrante que sentí contra su pecho donde yo estaba apoyada. Sin esfuerzo aparente, me llevó hasta la cama y me recostó sobre el colchón con una suavidad que contrastaba con la fuerza de sus brazos.

Antes de que pudiera incorporarme, ya estaba sobre mí, con sus manos a cada lado de mi cabeza, su cuerpo suspendido sobre el mío sin tocarme aún, pero cerca, tan cerca que podía sentir el calor irradiando de su piel.

Nuestros ojos se encontraron en la penumbra. El tiempo pareció detenerse. Podía ver la luna reflejada en sus pupilas, podía sentir su respiración agitada mezclándose con la mía.

Y entonces, sin previo aviso, sin dar tiempo a que mi cerebro procesara lo que estaba sucediendo, Ethan se lanzó sobre mí y sus labios encontraron los míos en un beso que me destruyó por completo.