Tú no eres parte del guion Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Y aun así sigues aquí.

Aquello hizo que el color regresara a sus mejillas, y mi sonrisa desapareció lentamente.

Porque de pronto volví a fijarme en ella. En sus ojos, en su boca, en la forma en que se mordía el labio cuando se ponía nerviosa.

Y aquel detalle estuvo a punto de acabar conmigo.

La música volvió a suavizarse y comenzó a sonar otra bachata, más lenta y más íntima, y esta vez, cuando la atraje hacia mí, ninguno protestó.

Mi brazo rodeó su cintura, el suyo descansó sobre mi hombro, y por un instante pareció que el resto del mundo desaparecía.

Solo ella. Solo nosotros. Solo aquella sensación de cercanía que cada vez resultaba más adictiva.

—No me mires así.

Su voz fue apenas un susurro. Bajé la vista.

—¿Así cómo?

Olivia tragó saliva, y aquello llamó inmediatamente mi atención.

—Como si fueras a comerme.

Una sonrisa apareció lentamente en mis labios, porque aquella mujer no tenía ni idea del efecto que provocaba.

Me incliné ligeramente hacia ella hasta que mis labios quedaron muy cerca de su oído, y sentí cómo se estremecía.

—El problema, Olivia...

Mi voz salió más grave de lo habitual. Más baja y más ronca.

—Es que creo que no te importaría demasiado.

Noté inmediatamente su respiración alterarse y el modo en que sus dedos se tensaban sobre mi hombro.

Lentamente levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron otra vez. Sin bromas, sin risas, sin escapatoria. Solo aquella tensión que llevaba días creciendo y que ambos parecíamos incapaces de ignorar ya.

Entonces sonrió. Una sonrisa leve, de esas nerviosas a la par que preciosa. Y comprendí que, si seguía mirándola mucho más tiempo, no iba a poder detenerme.

Y quizá... Quizá ya no quería hacerlo.

No supe quién dio el primer paso, solo supe que un segundo estaba mirándola y al siguiente la estaba besando.

El ruido del bar desapareció. La música. Las conversaciones. Las risas. Todo.

Porque Olivia estaba entre mis brazos y, por primera vez desde que la había conocido, dejé de intentar convencerme de que aquello era una mala idea.

Su mano subió lentamente hasta mi nuca, y cuando me devolvió el beso, sentí que algo dentro de mí terminaba de rendirse por completo.

No fue un beso precipitado ni desesperado. Fue peor, mucho peor.

Fue lento y suave. Como si ambos hubiéramos estado pensando en ello durante demasiado tiempo.

Como si lleváramos días acercándonos poco a poco a aquel instante sin atrevernos a cruzar la última línea. Hasta ahora.

Cuando nos separamos apenas unos centímetros, Olivia seguía con los ojos cerrados, respirando despacio, y aquella imagen estuvo a punto de acabar conmigo.

Porque era preciosa, ridículamente preciosa. Mucho más de lo que cualquier fotografía podría mostrar.

Abrió los ojos, y me encontré con aquella mirada verde que llevaba días apareciendo en mis pensamientos.

—Hola —murmuré.

Una sonrisa sutil apareció en sus labios.

—Hola.

No pude evitar reír, y ella también. Y aquella risa compartida rompió parte de la tensión. Solo parte, porque seguía ahí.

Vibrando entre nosotros. Más intensa que nunca.

—Creo que eso no ha sido muy amistoso.

Olivia soltó una carcajada.

—No. Creo que no.

—Bien.

—¿Bien? —preguntó con el ceño fruncido.

—Porque ya estaba cansado de fingir.

La sonrisa desapareció lentamente de sus labios, no por incomodidad, sino por algo más sincero.

—Yo también.

Aquella confesión me golpeó directamente en el pecho, y por un instante me quedé mirándola. Como si quisiera memorizar cada detalle.

La forma en que la luz dorada del local iluminaba su pelo, la curva de su sonrisa, el brillo de sus ojos. Todo. Absolutamente todo.

—Me estás mirando otra vez.

—Lo sé.

—Ethan...

—¿Sí?

—Sigues haciéndolo.

Sonreí.

—No parece molestarte demasiado.

Sus mejillas se tiñeron de rosa inmediatamente, y aquello provocó una sensación peligrosamente satisfactoria dentro de mí.

—Eres imposible.

—Eso me dicen mucho.

—Empiezo a entender por qué.

—Y aun así sigues aquí.

Su sonrisa regresó, dulce y tímida, y tan bonita que me hizo olvidar cualquier respuesta inteligente.

Por suerte para mí, la música cambió en ese momento.

Una bachata lenta comenzó a sonar por los altavoces, y varias parejas ocuparon la pequeña pista improvisada junto a la barra.

Olivia siguió la dirección de mi mirada.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Lo que estás pensando.

—No sabes lo que estoy pensando.

—Claro que lo sé.

—Imposible.

—Quieres volver a sacarme a bailar.

Sonreí.

—¿Ves cómo sí lo sabes?

Ella negó con la cabeza.

—No.

—Sí.

—Ethan...

—Olivia...

—Eres agotador.

—Y tú, preciosa.

Aquello volvió a hacerla sonrojar, y cada vez que ocurría, me costaba más recordar cualquier intención de comportarme como una persona razonable.

Le tendí la mano.

—Ven.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Ethan...

—Solo una canción.

—Eso dijiste antes.

—Y funcionó.

—No exactamente.

—Funcionó perfectamente.

Olivia me observó unos segundos, después suspiró y colocó su mano sobre la mía.

—Voy a arrepentirme.

—Probablemente.

—Al menos eres sincero.

La llevé hasta la pista y en cuanto mis manos volvieron a encontrar su cintura, sentí la misma descarga que antes. Solo que ahora era peor. Porque ya sabía cómo se sentía besarla. Y eso convertía todo lo demás en algo mucho más peligroso.

La atraje un poco más cerca, ella levantó la vista y nuestros ojos se encontraron otra vez.

—Esto empieza a ser un problema.

—¿El qué?

—Tú.

Olivia soltó una risa suave.

—Eso es muy ofensivo.

—Y completamente cierto.

—No soy un problema.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

Terminó riéndose y apoyó la frente contra mi hombro durante un instante. Aquel gesto sencillo me afectó mucho más de lo que debería, porque transmitía confianza, comodidad, algo íntimo. Algo que iba mucho más allá de la atracción.

Deslicé una mano por su espalda, despacio, y sentí cómo se estremecía ligeramente.

Mi respiración se volvió más lenta y pesada, porque cada vez resultaba más difícil ignorar lo que aquella mujer despertaba en mí.

No era solo deseo, aunque Dios sabía que también estaba eso. Era algo más. Algo que aparecía cuando sonreía.

Cuando se reía. Cuando hablaba de libros. Cuando intentaba fingir que era más fuerte de lo que realmente se sentía.

Algo que me hacía querer estar cerca, seguir escuchándola, seguir descubriendo quién era.

La canción terminó, pero ninguno se movió inmediatamente. Seguimos allí. Balanceándonos apenas, como si ninguno quisiera romper el momento.

Hasta que Olivia levantó la cabeza y sonrió.

—Creo que tu tía va a ser insoportable cuando se entere.

Solté una carcajada.

—No tienes ni idea.

—¿Tan grave será?

—Rachel va a organizar una boda antes del desayuno.

—Dios mío.

—Exacto.

Olivia se echó a reír y yo me descubrí pensando algo que probablemente debería haberme asustado, pero no lo hizo.

Porque mientras la observaba reír bajo las luces cálidas del bar, solo podía pensar una cosa. Que aquella había sido, sin ninguna duda, la mejor decisión impulsiva que había tomado en mucho tiempo.

Y que, por primera vez desde que la conocí, no tenía ninguna intención de alejarme de ella.