Capítulo 22
Ethan
Supe que estaba en problemas en el mismo instante en que Olivia se quitó el vestido que llevaba sobre el bikini.
No porque fuera una sorpresa, ya la había visto unos minutos antes en mi habitación.
O, mejor dicho, en mi habitación convertida temporalmente en escenario de una de las emboscadas más evidentes que Rachel había organizado jamás.
Pero aquello no ayudó, en absoluto, porque verla bajo la luz del sol era diferente.
El mar brillaba detrás de ella, la brisa movía suavemente su cabello castaño y durante un segundo me olvidé de respirar.
—¿Qué pasa?
Su voz me devolvió a la realidad y parpadeé.
—Nada.
—Mentira.
—Empiezo a pensar que pasas demasiado tiempo conmigo.
—Empiezo a pensar que eres incapaz de mentir.
Solté una carcajada y ella sonrió. Dios, aquella sonrisa, cada vez era peor. Porque cada vez me gustaba más.
La playa estaba casi vacía, era una de las ventajas de aquella zona. No había multitudes, ni fotógrafos y no había curiosos. Solo arena, mar y tranquilidad.
Y por primera vez desde que conocía a Olivia, pude verla completamente relajada de verdad. No pendiente de quién la observaba. Ni escondiéndose, ni vigilando constantemente su entorno. Simplemente disfrutando.
Corría hacia el agua, se reía, me lanzaba arena y después fingía indignación cuando yo le devolvía exactamente el mismo trato.
—¡Eso no vale!
—Claro que vale.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Eres insoportable.
—Y aun así sigues aquí.
Aquello la hizo callar, pero solo un instante. Y durante una fracción de segundo nuestras miradas se encontraron.
Una de esas miradas que duraban demasiado, que decían demasiado. De esas que ninguno de los dos parecía dispuesto a analizar.
Horas después terminamos sentados sobre una toalla observando el océano.
El sol empezaba a descender lentamente, tiñendo el horizonte de tonos dorados. Olivia apoyó los brazos sobre las rodillas y permaneció varios segundos observando las olas.
—Me gusta este lugar.
—Lo sé.
—No. Creo que no lo entiendes.
La miré, porque su voz había cambiado. Ahora era más suave, más sincera.
—Entonces explícamelo.
Sonrió ligeramente sin apartar la vista del mar.
—Aquí todo parece más sencillo.
Guardé silencio, y ella continuó.
—Cuando estoy en Nueva York siento que siempre hay ruido. Siempre. Trabajo, prensa, entrevistas, expectativas. Todo el mundo quiere algo. Y aquí... —Cerró los ojos el tiempo justo en el que respiró hondo—. Aquí puedo escucharme a mí misma.
Aquellas palabras me llegaron mucho más de lo que esperaba, porque entendía exactamente lo que quería decir. Más de lo que imaginaba.
Sin pensarlo demasiado, busqué su mano y la encontré. Sus dedos se entrelazaron con los míos con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo, como si llevara haciéndolo años.
Mi pecho se tensó ligeramente, ella ni siquiera pareció darse cuenta. Seguía mirando el horizonte.
—Me da paz.
Aquella frase fue casi un susurro, y algo dentro de mí se encogió.
Le pasé un brazo por los hombros, acercándola un poco más. Olivia apoyó la cabeza contra mí y durante unos segundos nos quedamos así, sin hablar, simplemente contemplando el mar.
Entonces incliné ligeramente la cabeza y deposité un beso suave sobre su sien. Un gesto sencillo, cariñoso y natural, pero cuando ella levantó la vista hacia mí, vi algo diferente en sus ojos.
Algo cálido. Algo que hizo que el resto del mundo desapareciera durante un instante. Y comprendí que ya era demasiado tarde para fingir que aquello era solo amistad. Demasiado tarde.
La cena llegó cuando el cielo ya estaba teñido de naranja y violeta.
Rachel había insistido en recomendarnos un restaurante junto a la playa y, por una vez, había acertado. Aunque jamás se lo reconocería.
Nos sentamos en una terraza con vistas al mar. Las luces colgaban sobre nuestras cabezas, la música sonaba suavemente de fondo y la conversación volvió a fluir con esa facilidad desconcertante que siempre aparecía cuando estaba con Olivia.
Pedimos carne a la brasa, patatas, verduras asadas y un postre enorme de chocolate que terminamos compartiendo.
—Esto debería estar prohibido —dijo, tras llevarse una cucharada a la boca.
—¿El qué?
—Lo bueno que está.
—Te veo emocionalmente afectada.
—Muchísimo.
—Lo entiendo.
—Gracias.
—Estoy aquí para ayudarte.
—Qué generoso.
—Lo sé.
Volvió a reír, y tuve que apartar la mirada durante un segundo. Porque empezaba a acostumbrarme demasiado a escuchar aquella risa. Y eso era peligroso. Muy peligroso.
Entonces su teléfono vibró, Olivia miró la pantalla y resopló.
—¿Qué pasa?
—Harper.
—Ah.
—Está completamente loca.
Sonreí.
—Deberías conocer a Chloe.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Chloe también está completamente loca.
Olivia soltó una carcajada.
—Lo peligroso es que congenien.
—No quiero saber por dónde va eso.
—Y acaben siendo pareja.
Me atraganté con el agua, literalmente. Ella empezó a reírse y yo comprendí que acababa de perder cualquier posibilidad de mantener la dignidad.
Otra vez.
El bar al que íbamos a ir a tomar una copa estaba a apenas unos metros de la playa.
Uno de esos locales abiertos al mar donde las ventanas permanecían completamente levantadas y la brisa nocturna entraba sin pedir permiso.
La música sonaba lo bastante alta para crear ambiente, pero no tanto como para impedir hablar, perfecto. Porque llevaba toda la noche disfrutando de escuchar a Olivia.
Nos sentamos en una mesa alta cerca de la terraza exterior. Desde allí podían verse las olas rompiendo contra la orilla, la luna reflejándose sobre el agua y las luces dispersas de otros locales a lo largo del paseo marítimo.
Olivia apoyó los codos sobre la mesa.
—Tengo que admitir algo.
—Eso suena peligroso.
—Rachel me cae increíblemente bien.
Solté una carcajada.
—Lo sabía.
—Es imposible no quererla.
—Eso es exactamente lo que ella pretende.
—Lo consigue.
—Siempre.
Olivia sonrió, y durante un instante me quedé observándola. Otra vez.
Últimamente me estaba ocurriendo demasiado, pero tampoco parecía tener intención de dejar de hacerlo.
El camarero dejó nuestras bebidas. Una cerveza para mí y un cóctel de frutas para ella.
—¿Sabes? —continuó Olivia—. Creo que tu tía me ha adoptado oficialmente.
—No creo.
—¿No?
—Creo que eso ocurrió antes incluso de que contestaras la videollamada.
Aquello la hizo reír. Y, Dios, aquella risa empezaba a convertirse en una auténtica debilidad.
—No exageres.
—Olivia.
—¿Sí?
—Rachel ya está pensando dónde sentarte en Navidad.
Su carcajada resonó por toda la terraza, y yo me descubrí sonriendo solo por escucharla.
Era absurdo, completamente absurdo, pero también completamente real.
Durante los siguientes minutos hablamos de todo y de nada. De películas, de libros, de viajes. De los lugares más extraños donde ella había rodado, y de algunos clientes imposibles que yo había tenido.
Y cuanto más avanzaba la conversación, más fácil resultaba olvidar cualquier diferencia entre nosotros.
Porque cuando Olivia se relajaba, simplemente era Olivia.
No una estrella de cine, ni una celebridad. Solo una mujer divertida, inteligente, irónica y condenadamente bonita. Muy bonita. Demasiado.
La música cambió y por los altavoces comenzó a sonar una bachata. Reconocí la canción inmediatamente. La voz de Romeo Santos era inconfundible.
«No te asombres si una noche entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía…».
—¿La conoces?
Ella escuchó unos segundos.
—Claro —sonrió.
—¿Te gusta?
—Mucho.
Sonreí.
—Perfecto.
Olivia me señaló inmediatamente.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—No hace falta.
—Olivia...
—No.
—Olivia.
—No.
—Olivia.
—No.
—Vale.
—Gracias.
Me levanté y le tendí la mano. Ella cerró los ojos.
—Eres insufrible.
—Lo sé.
—Lo haces a propósito.
—Siempre.
Olivia resopló, pero acabó colocando la mano sobre la mía, y mi corazón reaccionó de una forma bastante ridícula.
Solo por eso, por un simple contacto.
La llevé hasta la pequeña zona donde varias parejas estaban bailando. La canción era lenta, sensual, con ese ritmo que obligaba a acercarse.
Y cuando coloqué una mano en su cintura, supe inmediatamente que aquello era una mala idea.
Porque Olivia levantó la vista, nuestros ojos se encontraron, y de pronto me resultó imposible recordar por qué demonios intentaba comportarme.
—¿Ves? —murmuró.
—¿Qué?
—Ahora me arrepiento.
—Mentira.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Un poco.
—Mentira otra vez.
La atraje ligeramente hacia mí, lo suficiente para seguir el ritmo. Lo suficiente para notar su perfume, para volverme completamente incapaz de pensar en otra cosa.
«No te asombres si una noche entro a tu cuarto y nuevamente te hago mía…».
La canción continuó, y poco a poco el espacio entre nosotros desapareció. No porque yo la acercara ni porque ella lo hiciera. Simplemente ocurrió.
De forma natural, como tantas otras cosas entre nosotros.
«Eres mía (mía, mía). No te hagas la loca, eso muy bien ya lo sabías…».
—Bailas bien.
—Mi madre insistió.
—¿Clases obligatorias?
—Durante años.
—Ahora entiendo muchas cosas.
—¿Cómo cuáles?
—¿Por qué eres tan insoportablemente perfecto?
Solté una carcajada.
—Eso ha sonado bastante ofensivo.
—Lo era.
—Bien.
—Me alegra que lo entiendas.
Seguimos moviéndonos despacio, y cada vez que Olivia sonreía, o se reía, o levantaba la vista hacia mí, me costaba un poco más recordar cualquier razón lógica para mantener distancia.
Porque la realidad era bastante simple. Me gustaba estar con ella. Muchísimo.
La canción terminó y otra empezó inmediatamente. Una salsa esta vez. Más rápida y divertida.
Olivia abrió mucho los ojos.
—Ni se te ocurra.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Voy a pisarte.
—Sobreviviré.
—No sabes lo torpe que puedo llegar a ser.
—Lo averiguaré.
Ella negó con la cabeza, pero terminó riéndose. Y durante los siguientes minutos olvidamos cualquier tensión. Solo bailamos, nos reímos y bromeamos.
Olivia se equivocó varias veces, yo también. Ella me empujó cuando me burlé, yo le sujeté la mano para evitar que perdiera el equilibrio. Y acabamos los dos riéndonos como idiotas en mitad de la pista.
—No vuelvo a bailar contigo.
—Mentira.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Eres insufrible.