Capítulo 30
Olivia
Tres semanas. Eso era lo que había pasado desde que mi vida dejó de parecerse a algo estable.
Tres semanas desde el artículo, desde las fotos, desde que el mundo decidió que tenía derecho a opinar sobre mí como si yo no fuera una persona.
Tres semanas desde que Daniel Blake apareció en mi puerta diciendo que era mi padre.
Y, aun así, seguía sintiendo que todo había ocurrido ayer.
Aquel día, el aire de la mañana era demasiado frío para la estación en la que estábamos. O quizá era yo la que no terminaba de entrar en calor desde hacía semanas.
Ethan me apretó la mano mientras caminábamos hacia la entrada de la clínica. No dijo nada. No hacía falta.
Desde que habíamos decidido hacer la prueba de ADN, él había sido eso: presencia constante. Sin presión. Sin preguntas innecesarias. Solo estaba ahí.
La clínica era discreta. Demasiado blanca y demasiado silenciosa. Uno de esos lugares donde la vida cambia sin hacer ruido.
Daniel ya estaba dentro. Cuando lo vi sentado en la sala de espera, me di cuenta de que tenía las manos entrelazadas con fuerza. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía un guionista famoso ni un hombre seguro de sí mismo.
Parecía un hombre que tenía miedo. Se levantó en cuanto me vio.
—Olivia.
Mi nombre sonó distinto en su boca. Yo no supe qué decirle. Solo asentí.
Ethan se colocó ligeramente detrás de mí. No como barrera, pero casi. El tipo de protección que no empuja, pero tampoco deja pasar el mundo entero.
—Ya está hecho —dijo Daniel, con la voz baja—. Solo tenemos que recoger los resultados.
Asentí otra vez. No podía hablar mucho más.
Nos hicieron pasar a una sala pequeña. Una mesa. Tres sillas. Un sobre cerrado encima de la mesa como si dentro no hubiera papel, sino una sentencia.
El médico habló. Explicaciones técnicas. Porcentajes. Probabilidades. Yo apenas escuchaba. Solo miraba el sobre. Y pensaba en mi madre. En su voz. En todo lo que había sido mentira.
Cuando el médico terminó, hizo una pausa.
—¿Quién lo abre?
Nadie respondió al instante.
Daniel miró el sobre como si pudiera atravesarlo con la mirada. Ethan me miró a mí. Yo no me moví. Y entonces lo abrí.
El papel estaba demasiado quieto para lo que representaba. Leí la primera línea. Y el mundo cambió de forma.
Probabilidad de paternidad: noventa y nueve coma nueve por ciento.
No hubo drama ni música. Solo un silencio absoluto.
Sentí que me faltaba el aire durante un segundo. Y luego Daniel soltó una risa rota.
—Dios…
Se llevó una mano a la cara. Yo no podía moverme. No porque estuviera sorprendida. Sino porque algo dentro de mí acababa de encajar por primera vez en mi vida.
Ethan me apretó la mano.
—Olivia…
Y entonces me rompí. No de forma bonita ni controlada. Me derrumbé. Daniel se levantó primero y me abrazó. Yo no sabía cómo abrazar a un padre. Así que solo me dejé sostener.
—Lo siento —susurró él—. Lo siento por no haberte encontrado antes.
Y eso fue lo que me terminó de romper. Porque no era su culpa. Era la de ella. La de mi madre.
Cuando me separé, él ya estaba marcando un número en el móvil.
—¿A quién llamas? —pregunté, limpiándome las lágrimas.
Daniel me miró.
—Voy a empezar a arreglar esto.
No explicó más. Y eso, de algún modo, me dio miedo.
El coche avanzó por las calles de la ciudad en dirección al hotel donde se estaba celebrando una presentación de la película.
La película que seguía rodándose en medio de todo aquel caos.
Yo iba en el asiento trasero. Daniel delante. Ethan a mi lado. Nadie hablaba demasiado.
Hasta que Daniel rompió el silencio.
—Hoy voy a decirlo públicamente.
Me giré hacia él.
—¿Decir qué?
—Que eres mi hija.
Ethan tensó la mandíbula.
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo así?
Daniel asintió.
—No hay otra forma. Si no lo digo yo, lo dirán por mí con mentiras. Y ya han hecho demasiado daño.
Tragué saliva.
—Mi madre…
La palabra me salió amarga. Daniel no dudó.
—Tu madre ha desaparecido del mapa desde que le dejé claro que si seguía intentando manipularte o sacarte dinero, yo mismo me encargaría de que respondiera ante la justicia.
No dije nada, no podía. Ethan me miró de reojo.
—¿Y ha funcionado?
Daniel soltó una risa seca.
—Digamos que sí.
No pregunté más. Porque en el fondo… no quería saberlo.
La rueda de prensa estaba llena. Demasiada gente, flashes y ruido. Yo me quedé detrás del escenario con Ethan.
Daniel salió primero. Y habló sin rodeos, sin miedo.
—He venido a aclarar algo importante —dijo—. Olivia Hart es mi hija.
El murmullo fue inmediato. Yo sentí que el corazón se me subía a la garganta.
—No voy a permitir que se siga atacando su imagen ni su vida privada —continuó—. Y espero que los medios respeten esto como respetan mi carrera —hizo una pausa—. Y por extensión, respeten a su pareja.
Ethan se giró hacia mí. Yo abrí los ojos. Daniel continuó.
—Un hombre completamente ajeno a este mundo, que no tiene ninguna intención de participar en él. Solo estará donde tenga que estar: al lado de Olivia.
Yo sentí que me temblaban las piernas.
—Y no dará declaraciones. Nunca.
Silencio. Y entonces la sala explotó en preguntas. Pero Daniel ya había terminado.
Cuando todo terminó, salí del escenario casi sin aire. Y entonces lo vi.
Ethan estaba esperándome, sonriendo, como si nada pudiera con él. Corrí hacia él sin pensar y me abrazó fuerte.
—Eso ha sido una locura —murmuró él contra mi pelo.
Yo reí entre lágrimas.
—Mi vida entera es una locura ahora.
Él se separó solo lo suficiente para mirarme.
—Me ha gustado lo de «su pareja».
Volteé los ojos.
—Ha sido Daniel.
—Aun así.
Se inclinó y me besó. Un beso corto, pero intenso. Cuando se separó, susurró:
—Mi yerno.
Me reí.
—Está encantado contigo.
—Más le vale.
Más tarde, ya fuera del caos, nos quedamos solos unos minutos. Yo aún no había terminado de procesarlo todo. Daniel estaba dentro hablando con la prensa. Ethan me miró de pronto con una seriedad distinta.
—Hay algo que quiero preguntarte.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Él dudó solo un segundo. Y luego dijo:
—¿Tú me ves en tu futuro, Olivia?
Mi corazón se detuvo un instante.
—Ethan…
Él negó suavemente.
—Espera.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita pequeña. Me quedé completamente quieta.
—Era de mi madre —dijo—. Me dijo que si algún día encontraba a alguien que lo fuera todo… sabría que era para ella.
Abrió la caja y el anillo que vi era delicado. De oro antiguo, con una piedra pequeña, verde oscuro, como si reflejara algo familiar.
Me temblaron las manos.
—Ethan…
—Sé que es pronto —dijo rápido—. No estoy pidiéndote nada imposible. Solo, que no quiero perderte.
Tragué saliva.
—No vas a perderme.
Él me miró fijamente.
—No quiero esperar años para esto.
Yo respiré hondo. Y entonces dije la verdad sin pensar demasiado:
—Yo tampoco quiero esperar.
Silencio. Él suspiró, como si hubiera estado conteniendo el aire desde hacía semanas.
—Te quiero —dijo.
Y eso fue suficiente.
—Yo también te quiero —respondí—. Y algún día… sí. Quiero ser la señora Cole.
Él soltó una risa incrédula.
—No me lo creo.
—Créetelo.
Nos besamos otra vez. Esta vez, sin cámaras y sin ruido. Solo nosotros.
Nos separamos riendo. Yo aún tenía lágrimas en los ojos, pero eran distintas. Más reales.
—Harper va a explotar con esto —dije.
Ethan sonrió.
—Hablando de Harper…
Le miré.
—¿Qué?
Su sonrisa se volvió más traviesa.
—Me gusta el tatuaje que tiene en la espalda.
Me quedé en blanco.
—¿Cómo lo sabes?
Él se encogió de hombros.
—Digamos que entré en el despacho de Chloe sin llamar.
Abrí los ojos.
—No me digas que…
Él asintió.
—Sí.
Yo me llevé la mano a la cara.
—No puede ser.
Ethan se rio.
—Cariño… han tardado demasiado.
Yo negué, riendo también. Y por primera vez en semanas sentí que el mundo no se estaba cayendo. Solo estaba cambiando.
Y esta vez… no me daba miedo.