Tú no eres parte del guion Capítulo 20
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Capítulo 20

Olivia

El sábado llegó antes de lo que esperaba. Y eso ya era preocupante.

Porque significaba que llevaba dos días pensando demasiado en Ethan Cole. Demasiado.

Intenté convencerme de que era por la comida con Rachel, por supuesto que era por Rachel.

La mujer había conseguido enviarme cuatro mensajes en Instagram en menos de cuarenta y ocho horas. Cuatro. Y ninguno tenía sentido.

El primero era una fotografía de Ethan cuando tenía ocho años disfrazado de pirata. El segundo era una receta. El tercero era una foto de un perro.

Y el cuarto simplemente decía: «No hagas caso a Ethan. Siempre ha sido demasiado serio».

Yo ya adoraba a aquella mujer.

Estaba terminando de colocarme unos pendientes cuando sonó el telefonillo.

Mi corazón reaccionó antes que mi cerebro. Y eso era profundamente irritante.

— Ridículo —murmuré. Pero aun así sonreí.

Cogí el bolso, me puse las gafas de sol y la gorra, y me recogí el pelo en una coleta baja. Mi habitual disfraz para intentar moverme por Nueva York sin llamar demasiado la atención.

No siempre funcionaba, pero ayudaba.

Bajé en el ascensor, atravesé el elegante vestíbulo del edificio y entonces lo vi.

Ethan estaba apoyado junto a su coche. Llevaba vaqueros oscuros, camisa azul remangada y gafas de sol, y su aspecto era relajado, como si hubiera nacido para protagonizar anuncios de coches deportivos.

Levantó la cabeza al verme acercarme y sonrió. Dios, aquella sonrisa…

Antes de que pudiera decir nada, se acercó y ocurrió algo completamente inesperado.

Me quitó las gafas de sol, después la gorra, y finalmente soltó la goma que sujetaba mi coleta, haciendo que el cabello cayera sobre mis hombros.

Parpadeé completamente desconcertada. Ethan retrocedió un paso para observarme y después asintió satisfecho.

—Así estás mejor.

Me guiñó un ojo y noté inmediatamente cómo se calentaban mis mejillas.

—Ahora pueden reconocerme.

—¿Y?

—Ethan...

Él abrió la puerta del coche.

—Si vas a salir a la calle con miedo de que alguien te reconozca, entonces deberías quedarte encerrada en casa.

Fruncí el ceño.

—Qué dramático.

—Como Rapunzel en una torre.

—No soy Rapunzel.

—Tienes el pelo para ello.

—Ethan.

—Y probablemente mejores diálogos.

No pude evitar reírme. Porque era imposible discutir con él cuando estaba de ese humor.

—Eres imposible.

—Eso ya me lo han dicho.

Me hizo un gesto hacia el asiento del copiloto.

—Sube.

Entré en el coche y mientras rodeaba el capó para sentarse al volante, me descubrí observándolo.

Caminaba con aquella seguridad tranquila tan suya, sin esfuerzo, sin arrogancia, de manera natural. Y una idea que me pareció absurda apareció en mi cabeza.

Si hubiera querido, podría haber sido actor sin ninguna dificultad. Tenía el aspecto, la presencia y el carisma. Habría encajado perfectamente como galán en cualquier comedia romántica. Y probablemente habría roto más corazones de los que ya rompía sin proponérselo.

Cuando se sentó al volante, me obligué a mirar por la ventanilla. Por pura dignidad.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Mentira.

—No estaba pensando nada.

—Mentira otra vez.

Arrancó el coche y sonrió para sí mismo, como si supiera exactamente que estaba ganando aquella discusión imaginaria.

—Te advierto una cosa.

Lo miré.

—¿Qué?

—Rachel.

—¿Qué pasa con Rachel?

—Es intensa.

—Ya me he dado cuenta.

—No. No te has dado cuenta.

—Sí.

—No.

—Sí.

Negó con la cabeza.

—Olivia, puede aparecer con cualquier cosa.

—Me cayó muy bien.

—Eso es precisamente lo preocupante.

Solté una carcajada.

—Creo que nos llevaremos perfectamente.

—Lo sé.

—¿Y?

—Que ahora sois dos.

—Pobrecito.

—Exacto.

Sonreí, y por alguna razón, aquella conversación consiguió relajarme. Como siempre ocurría cuando estaba con él.

Durante unos minutos hablamos del trabajo. De los rodajes, de la película de Daniel Blake, y entonces apareció inevitablemente el tema de los rumores. Otra vez.

—Siguen insistiendo —dije.

—¿Con Daniel?

—Sí.

Resoplé.

—No se rinden.

—Los titulares venden.

—Ya.

—¿Siguen diciendo que hay algo entre vosotros?

—Constantemente.

Negué con la cabeza.

—Seguirán hasta que se cansen.

Ethan permaneció en silencio unos segundos, y después dijo:

—O hasta que te vean con alguien en una relación de verdad.

Giré la cabeza lentamente hacia él, frunciendo el ceño.

Ethan seguía mirando la carretera como si no acabara de soltar aquella frase. Esperé, pero no añadió nada más.

Ni una explicación, ni una sonrisa, ni una broma. Nada. Y por alguna razón tampoco pregunté. Simplemente volví la vista hacia la ventanilla, observando el paisaje, mientras una sensación extraña se instalaba en mi pecho.

El resto del trayecto transcurrió en un silencio tranquilo, lleno de pensamientos que ninguno de los dos parecía dispuesto a compartir. Y cuanto más nos alejábamos de Manhattan, más hermoso se volvía el paisaje.

Hasta que finalmente apareció el océano. Azul, inmenso y brillante bajo el sol. Y poco después vi la casa.

Una preciosa vivienda junto a la costa, con amplios ventanales, terraza de madera y vistas directas al mar.

—Vaya.

Ethan sonrió.

—Sí.

—Es preciosa.

—Rachel está convencida de que vive en un anuncio de verano.

—¿Y no es así?

—Un poco.

Antes de que pudiera decir nada más, la puerta principal se abrió y Rachel salió disparada hacia nosotros. Literalmente.

—¡Olivia!

Me eché a reír, porque aquella mujer tenía exactamente la misma energía que en la videollamada. Quizá más. Muchísima más.

Y antes de que pudiera reaccionar, ya me estaba abrazando como si nos conociéramos desde hacía años.

—Qué alegría verte.

—Yo también me alegro de verte —dije, sonriendo.

—Eres todavía más guapa en persona.

—Rachel...

—¿Qué?

—Han pasado tres segundos.

—Y ya tengo razón.

Detrás de ella escuché a Ethan suspirar.

—Este va a ser un día muy largo.

Rachel me pasó un brazo por los hombros.

—Ignóralo.

—Lo intento.

—Perfecto.

Y juntas entramos en la casa, mientras Ethan nos seguía con expresión resignada. Como un hombre que acababa de comprender que había perdido completamente el control de la situación.

Y quizá lo había perdido mucho antes de darse cuenta.

La casa era exactamente como imaginaba que sería. Acogedora, luminosa, llena de vida y completamente distinta a mi ático.

No porque fuera más grande, ni más lujosa ni más impresionante, sino porque allí había algo que el mío no tenía. Sensación de hogar.

Se notaba en cada rincón. En las fotografías apoyadas sobre los muebles, en las mantas dobladas sobre el sofá, en las plantas de la terraza, en el olor a comida recién hecha que llenaba toda la casa.

Rachel me llevó directamente a la cocina.

—Quiero que sepas una cosa.

—Me das miedo cuando empiezas así.

—Hoy he cocinado desde las siete de la mañana.

Parpadeé.

—¿Desde las siete?

—Sí.

—Rachel...

—No acepto críticas.

—Ni siquiera he probado nada.

—Por eso mismo.

Solté una carcajada. A mi lado, Ethan dejó las llaves sobre la encimera.

—Lleva dos días hablando de este almuerzo.

—Porque es importante.

—¿Por qué?

Rachel me señaló.

—Porque vienes tú.

Noté cómo me ardían ligeramente las mejillas.

—Eso es muy amable.

—No es amabilidad.

—¿No?

—No, cariño. Es la verdad.

—Tía.

—¿Qué?

—Vas a asustarla.

—Imposible.

Y dicho aquello, me agarró del brazo, como si me conociera desde hacía años, y me enseñó el resto de la casa.

El salón, la biblioteca, la terraza, la habitación donde Ethan había vivido durante parte de su adolescencia, y aquello resultó ser un error. Porque Rachel encontró una caja.

Y cuando Rachel encontraba una caja llena de recuerdos, el mundo entero estaba condenado.

—Oh, esto es maravilloso.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Ethan ya parecía resignado. Yo estaba encantada. Rachel sacó una fotografía. Después, otra. Y otra más.

—Mira esto.

Cogí la imagen y tuve que taparme la boca para no reírme.

—Dios mío.

Ethan cerró los ojos.

—No.

—¿Es Ethan?

—Lamentablemente.

La fotografía mostraba a un Ethan de unos trece años, con aparato dental, el pelo demasiado largo y una camiseta imposible de describir sin cometer un delito contra la moda.

—Eras adorable.

—Gracias por humillarme.

—No te estoy humillando.

—Lo estás disfrutando.

—Muchísimo.

Rachel me dio otra fotografía.

—Esta es mejor.

—Rachel...

—Calla.

Miré la imagen y esta vez sí me eché a reír. Porque aparecía cubierto de barro de pies a cabeza. Completamente irreconocible.

—¿Qué ocurrió?

Rachel parecía feliz, demasiado feliz.

—Intentó construir una rampa para bicicletas.

—Tenía catorce años.

—Y terminó atravesando un charco enorme.

—Fue un accidente.

—Claro.

—Lo fue.

—Por supuesto.

Yo seguía riéndome, y Ethan me lanzó una mirada que no estaba segura de si debería haberme intimidado, o excitado.

—No ayudas.

—Lo siento.

—Mentira.

—Un poco.

Rachel dio una palmada.

—¡Y aún no hemos llegado a la adolescencia!

—Dios mío.

—Exacto.

—Voy a marcharme.

—No te atreverás.

—Estoy valorándolo.

—Siéntate.

Y sorprendentemente obedeció. Lo que provocó mi siguiente carcajada. Porque nunca imaginé que Ethan Cole obedeciera órdenes tan fácilmente.

—Tu tía tiene superpoderes.

—Llevo treinta y cinco años diciéndolo.

Rachel parecía encantada.

—Por fin alguien inteligente.

La comida fue incluso mejor.

La mesa estaba puesta junto a unos enormes ventanales desde los que se veía el mar. La brisa entraba suavemente y se veían las olas rompiendo a lo lejos.

Y por primera vez en mucho tiempo me sentí completamente relajada de verdad.

Sin cámaras, sin periodistas, sin rumores, sin fotógrafos escondidos detrás de algún arbusto. Solo una comida normal.

Y aquello seguía siendo algo extraordinario para mí.

Rachel me sirvió una segunda ración antes siquiera de terminar la primera.

—Rachel...

—Necesitas comer.

—Estoy comiendo.

—Más.

—Eso ha sonado amenazador.

—Lo era.

Ethan negó con la cabeza.

—Bienvenida a mi infancia.

—Ahora lo entiendo todo.

—¿Verdad?

—Muchísimas cosas.

Rachel sonrió satisfecha, y después empezó a contar historias, muchas historias.

Historias de Ethan cuando era pequeño, de cuando tenía siete años, de cuando tenía diez, de cuando tenía quince. Y cada una parecía más vergonzosa que la anterior.

—Era un niño muy serio.

—No era serio.

—Lo eras.

—No.

—Sí.

—No.

Me reí. Porque aquella discusión era exactamente igual que todas las que teníamos nosotros. Y entonces Rachel sonrió.

—Aunque la única persona que conseguía sacarlo de quicio era Chloe.

—Ah.

—Chloe es maravillosa.

Asentí.

—Eso parece.

—Durante años todo el mundo pensó que acabarían juntos.

Miré a Ethan.

—¿Sí?

Rachel asintió.

—Todo el mundo.

—Absolutamente todo el mundo.

—Casa con jardín.

—Sí.

—Dos o tres hijos.

—Correcto.

—Y unos cuantos perros.

—Por supuesto.

No pude evitar sonreír, porque sinceramente la imagen encajaba bastante bien.

—¿Y por qué nunca pasó?

Rachel abrió la boca, pero Ethan respondió primero.

—Porque a Chloe le gustas más tú que yo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

Me eché a reír.

—¿En serio?

—Completamente.

—Vaya.

Sonreí, y después dije:

—O sea que no sois pareja porque os gustan las mismas mujeres.

Rachel soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta. Yo también empecé a reír, pero entonces miré a Ethan y el aire pareció desaparecer de repente.

Porque él no estaba riéndose. Me estaba mirando directamente con una intensidad extraña y difícil de interpretar.

Sus ojos parecían más oscuros, más serios. Y por una fracción de segundo, una idea completamente absurda cruzó mi cabeza.

No podía ser. No podía gustarle de verdad. No, imposible. Absolutamente imposible.

El calor subió inmediatamente a mis mejillas, así que hice lo único que podía hacer. Cambiar de tema rápidamente.

—Rachel, la comida está increíble.

Ella sonrió inmediatamente.

—Lo sabía.

Ethan bajó la mirada hacia su plato y la tensión desapareció.

Al menos por fuera, porque por dentro… Por dentro, mi corazón seguía comportándose como un completo idiota.

Y aquello empezaba a convertirse en un problema muy serio.