Tú no eres parte del guion Capítulo 18
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Capítulo 18

Ethan

Había abierto el mismo correo electrónico siete veces. Siete. Y seguía sin saber qué demonios decía.

Lo observé. Parpadeé. Volví a leer la primera línea. Después la segunda. Y cuando llegué a la tercera, me di cuenta de que mi cerebro había decidido abandonar cualquier intento de colaboración. Otra vez.

Suspiré. Me recosté en la silla. Miré por la ventana de mi despacho. Nueva York seguía exactamente donde la había dejado. Impresionante. Caótica. Inmensa. Y completamente incapaz de distraerme de una mujer de ojos verdes.

Una mujer que llevaba instalada en mi cabeza desde el día anterior. Lo cual era un problema. Un problema considerable. Porque normalmente yo era bueno concentrándome. Muy bueno.

Era una de las razones por las que mi empresa funcionaba. Podía pasar horas trabajando sin distraerme. Sin perder el hilo. Sin dejarme arrastrar por cosas irrelevantes.

Pero Olivia Hart estaba demostrando tener un talento especial para arruinar años de disciplina.

Miré el reloj. Treinta y dos minutos.

Treinta y dos minutos con el mismo correo abierto. Treinta y dos minutos sin avanzar una sola línea. Treinta y dos minutos pensando en una sonrisa. Fantástico. Absolutamente fantástico.

Me pasé una mano por la cara y el problema fue que aquello solo empeoró las cosas.

Porque en cuanto cerré los ojos, recordé el momento exacto en el que nos despedimos.

El roce accidental. La cercanía. La forma en que me había mirado después. Y aquella sonrisa. Dios. Aquella sonrisa.

No importaba cuántas veces intentara concentrarme. Siempre volvía a ella.

A la librería. Al café. A Rachel, convirtiendo mi dignidad en cenizas durante una videollamada. Y a Olivia riéndose.

Porque llevaba demasiado tiempo sin escuchar una risa que me gustara tanto.

La puerta del despacho se abrió sin llamar. Por supuesto. Solo una persona hacía eso.

—Tienes cara de haber dormido fatal.

Ni siquiera levanté la vista.

—Buenos días, Chloe.

—Oh, no.

—¿Qué?

—Ha dicho «buenos días» como una persona educada. Eso significa que está enamorado.

Levanté la cabeza.

—No estoy enamorado.

—Perfecto. Ya hemos llegado a esa fase.

—¿Qué fase?

—La de negarlo desesperadamente.

Entró en el despacho con un café en una mano y una carpeta en la otra. Se sentó frente a mí. Y sonrió.

Esa sonrisa. La que siempre significaba problemas.

—Cuéntamelo todo.

—No hay nada que contar.

—Ethan.

—Chloe.

—Ethan.

—Chloe.

—Voy a seguir repitiéndolo hasta que hables.

—Eso suena agotador.

—Tengo energía de sobra.

La observé. Y comprendí inmediatamente que no iba a librarme. Otra vez.

—Tomamos un café.

—Ajá.

—Y conoció a Rachel.

—¿Conoció a Rachel?

—Por videollamada.

Chloe dejó la carpeta sobre la mesa. Despacio. Demasiado despacio.

—¿Tu tía Rachel?

—Solo conozco una.

—Dios mío.

—Sí.

—Dios mío.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—¿Tu tía la conoció?

—Sí.

—¿Y sobreviviste?

—Por poco.

Chloe soltó una carcajada.

—Esto es maravilloso.

—No lo es.

—Lo es muchísimo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Y el sábado comemos con ella.

—No me puedo creer que haya ocurrido tan rápido.

—No está ocurriendo nada.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Y yo también.

—Chloe.

—Ethan.

Suspiré. Porque aquello empezaba a resultar familiar. Demasiado familiar.

—Solo somos amigos.

—Claro.

—Nos estamos conociendo.

—Por supuesto.

—No hay nada más.

—Naturalmente.

—¿Por qué eres así?

—Porque alguien tiene que divertirse aquí.

Me lancé hacia el respaldo de la silla.

—Olivia y yo somos de mundos completamente distintos.

Por primera vez, ella dejó de bromear. Solo un poco.

—Eso es una tontería.

—No lo es.

—Lo es.

—Chloe...

—No.

Se inclinó hacia delante.

—Tú ves fama.

—Porque es famosa.

—Y ella ve a Ethan.

Aquello me hizo callar. Porque una parte de mí sabía exactamente lo que quería decir.

Desde el principio, Olivia me había tratado como si fuera simplemente yo. No el dueño de una empresa. No alguien que pudiera ofrecerle algo. Simplemente yo.

Y era extraño lo mucho que aquello importaba.

—Aun así...

—No.

—Chloe.

—No.

—No funcionaría.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Argumento impresionante.

—Lo sé.

Ella sonrió.

—La verdad es que te da miedo.

—No me da miedo.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

La miré. Ella me sostuvo la mirada. Y después sonrió lentamente. Como si acabara de tener una idea. Lo cual era una señal terrible.

—Te lo advierto.

—No me gusta cómo empieza eso.

—O te la ligas tú...

—Chloe.

—O me la ligo yo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—Estás loca.

—Muchísimo.

—No vas a ligarte a Olivia.

—¿Y quién va a impedírmelo?

—Olivia.

—Eso ha sonado ofensivo.

—Porque lo era.

—Pues te aseguro que podría conquistarla.

—No.

—Sí.

Negó con la cabeza teatralmente.

—Y además estoy convencida de que podría hacerla ver estrellas mucho mejor que tú.

Me quedé mirándola.

—¿Qué demonios te pasa?

—Nada.

—Nada.

—Absolutamente nada.

—Chloe.

—Solo digo que quizá debería darle una oportunidad a una pelirroja encantadora.

—Estás delirando.

Ella elevó las cejas. Y entonces comprendí exactamente lo que estaba haciendo.

—Oh, Dios mío.

—¿Qué?

—Lo estás haciendo a propósito.

—¿El qué?

—Intentar ponerme celoso.

La sonrisa que apareció en su cara fue inmediata.

—Me encanta.

—No.

—Sí.

Se levantó, recogió la carpeta y caminó hacia la puerta.

—Celoso de Daniel Blake.

—No estaba celoso.

—Y ahora celoso de mí.

—No estoy celoso de ti.

—Esto va a ser divertidísimo.

—Chloe.

—Nos vemos luego, Romeo.

Y desapareció antes de que pudiera responder.

La puerta se cerró, y el silencio regresó al despacho.

Me quedé observándola durante unos segundos. Después negué con la cabeza. Porque estaba completamente loca. Absolutamente. Sin remedio. Y aun así... Había algo que no podía quitarme de encima.

El sábado. Volvería a verla el sábado. Y cuanto más lo pensaba, más claro tenía que jamás debería haber permitido aquella videollamada.

Rachel había sido demasiado rápida. Olivia, demasiado encantadora. Y yo demasiado idiota para detener ninguna de las dos cosas.

Volví a mirar el correo intentando recuperar la concentración. Esta vez de verdad.

Leí la primera línea. La segunda. La tercera. Y entonces el teléfono vibró. Automáticamente miré la pantalla. Y mi corazón reaccionó antes que mi cerebro. Porque el nombre que apareció hizo que todo lo demás dejara de importar.

Olivia.

Una sonrisa apareció en mi cara antes incluso de abrir el mensaje. Y aquello ya era una respuesta bastante preocupante.

Porque significaba que Chloe iba a disfrutar muchísimo cuando se enterara. Por suerte, no pensaba contárselo. Jamás.

Abrí la conversación. Y leí.

Olivia: ¿Tu tía ha sobrevivido a la emoción de conocerme?

Me reí. Literalmente. Solo. En mitad del despacho. Como un imbécil.

Miré la pantalla unos segundos antes de responder.

Ethan: Creo que no.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Olivia: ¿Tan grave es?

Ethan: Me ha enviado tres mensajes esta mañana.

Olivia: Eso no parece tan terrible.

Ethan: Los tres tenían tu nombre.

La burbuja apareció de inmediato.

Olivia: Oh, Dios mío.

Ethan: Uno decía literalmente: «No la estropees».

La respuesta tardó unos segundos. Y cuando llegó, me hizo sonreír todavía más.

Olivia: Me cae bien tu tía.

Ethan: Eso es porque aún no la conoces lo suficiente.

Olivia: Creo que tú tampoco la conoces lo suficiente.

Solté una carcajada, porque aquello sonaba exactamente a algo que Rachel diría.

Me apoyé contra el respaldo de la silla. Olvidándome completamente del correo. Otra vez.

Ethan: No deberías ponerte de su lado.

Olivia: Ya es demasiado tarde.

Ethan: Traidora.

Olivia: Lo siento.

Ethan: No lo sientes.

Olivia: No mucho.

Negué con la cabeza todavía sonriendo. Y de pronto me di cuenta de algo.

Llevábamos apenas unos minutos escribiéndonos. Y ya me sentía más relajado que durante toda la mañana. Era extraño. Muy extraño. Porque normalmente hablar con alguien requería energía. Atención. Esfuerzo.

Con Olivia no. Parecía fácil. Natural. Como respirar.

Ethan: ¿No deberías estar trabajando?

La respuesta llegó enseguida.

Olivia: Técnicamente, sí.

Ethan: ¿Técnicamente?

Olivia: Estoy escondida en mi camerino.

Ethan: Eso no cuenta como trabajar.

Olivia: Estoy leyendo un guion.

Ethan: ¿Y lo estás leyendo?

Olivia: No.

Sonreí.

Ethan: Entonces no estás trabajando.

Olivia: No me juzgues.

Ethan: Estoy juzgándote muchísimo.

Olivia: Qué decepción.

Ethan: Tengo estándares.

Olivia: Dice el hombre que tarda treinta minutos en leer un correo.

Me quedé inmóvil. Completamente inmóvil. Mirando la pantalla. ¿Cómo demonios...?

Ethan: ¿Cómo sabes eso?

La respuesta tardó un poco más. Y cuando llegó, tuve que volver a reírme.

Olivia: Porque apostaría dinero a que llevas toda la mañana intentando concentrarte y no lo consigues.

Me pasé una mano por la cara. Maldita sea. Porque había acertado. De lleno.

Ethan: Empiezo a pensar que eres peligrosa.

Olivia: Eso me han dicho alguna vez.

Ethan: Lo creo.

La conversación se ralentizó unos segundos. No de forma incómoda. Simplemente tranquila.

Y cuando volvió a aparecer un mensaje suyo, el tono había cambiado ligeramente. Solo un poco.

Olivia: Gracias por ayer.

Leí aquellas tres palabras varias veces. Despacio. Porque algo en ellas parecía más importante de lo que debería.

Ethan: No tienes que darme las gracias.

Olivia: Sí las tengo.

Esperé. Y llegó otro mensaje.

Olivia: Necesitaba una tarde normal.

Aquello me hizo detenerme. Porque entendí exactamente lo que quería decir. Más de lo que ella imaginaba.

Miré por la ventana. Pensando en la forma en que había sonreído en la cafetería. En cómo parecía relajarse cuando nadie la observaba. En cómo se olvidaba durante unos minutos de ser Olivia Hart.

La estrella. La actriz. La mujer que aparecía constantemente en todas partes. Y simplemente era Olivia.

Ethan: Me alegro de haber ayudado.

Pasaron unos segundos. Después apareció otro mensaje.

Olivia: Lo hiciste.

Y algo en mi pecho se tensó. Extrañamente. Porque aquella frase sonaba sincera. Completamente sincera.