Capítulo 17
Olivia
Lo primero que vi fue una frente. Después, un ojo. Luego, media nariz. Y finalmente, el rostro completo de una mujer morena muy atractiva.
—¡Por fin!
Ethan cerró los ojos.
—Hola, tía Rachel.
—No te hablo a ti.
La mujer apartó a Ethan de la pantalla con una facilidad sorprendente. Y entonces me vio. Sus ojos se abrieron. Mucho. Muchísimo.
—Dios mío.
No pude evitar sonreír.
—Hola.
—¡Hola!
Durante un segundo me observó como si estuviera verificando que era real. Y después sonrió. Una sonrisa enorme y cálida.
—Eres Olivia Hart.
—Eso parece.
—Dios mío.
Ethan dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Ya hemos empezado.
—¡Cállate, Ethan!
Volví a reír. Y Rachel señaló la pantalla.
—¿Ves? Ya me cae mejor que tú.
—Eso no era difícil.
—Ni un poco.
Aquello consiguió que las dos nos riéramos. Y por primera vez en mucho tiempo sentí algo extraño. Normalidad. Simple normalidad.
Como si no estuviera hablando con alguien que conocía mi nombre por las películas.
Como si simplemente estuviera charlando con la tía de un hombre que me gustaba.
El pensamiento apareció tan rápido que me dejó inmóvil. Que me gustaba. Dios.
No. No iba a pensar en eso ahora.
—Tengo que decirte algo —anunció Rachel.
—Adelante.
—Eres mucho más encantadora de lo que imaginaba.
Noté cómo mis mejillas se calentaban.
—Gracias.
—Y mucho más guapa.
—Rachel...
—Estoy siendo sincera.
—Tía.
—¿Qué?
—La estás avergonzando.
Ella lo ignoró completamente.
—¿Te trata bien?
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Ethan.
—Ah.
La sonrisa volvió a escapárseme.
—Sí.
—Bien.
—Rachel.
—¿Qué?
—No estamos en una entrevista policial.
—Todavía.
—Dios mío.
Volví a reír. Y algo en el rostro de Rachel se suavizó. Me observó durante un instante. Con una ternura inesperada.
—Gracias por hacer reír a mi sobrino.
La sonrisa desapareció un poco de mis labios. Porque aquella frase había salido del corazón. Se notaba.
—No creo que sea mérito mío.
—Créeme.
—Rachel...
—Lleva demasiado tiempo trabajando más de la cuenta.
—Tía.
—Demasiado tiempo solo.
El silencio que siguió fue leve. Pero suficiente. Porque vi la forma en que Ethan apartaba la mirada. Y comprendí que aquello era importante. Más importante de lo que parecía.
Rachel sonrió.
—Bueno. Ya que estamos todos aquí...
—No.
—Ni siquiera he terminado la frase.
—Porque ya sé cuál es.
—Perfecto. Así ahorramos tiempo.
Yo estaba disfrutando muchísimo de aquello. Probablemente, demasiado.
—Olivia.
—¿Sí?
—Me gustas.
Parpadeé.
—Gracias.
—Y ya que me gustas...
Ethan cerró los ojos.
—No.
—¿Por qué no la traes a comer el sábado?
Me quedé inmóvil. Él también.
—Rachel.
—¿Qué?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Ese no es un argumento válido.
—Es perfectamente válido.
—No lo es.
—Sí.
—No.
—Sí.
Volví a reír. Porque era exactamente igual que hablar con Ethan. Y de pronto comprendí de dónde había aprendido aquella obstinación. Rachel me señaló.
—¿Tú qué opinas?
Los ojos grises de Ethan se clavaron inmediatamente en mí. Como si quisiera impedirme responder. Lo cual, por supuesto, me hizo querer responder todavía más.
—Bueno...
—Olivia.
—¿Sí?
—Piénsalo bien.
—Lo estoy pensando.
—No lo suficiente.
—Creo que sí.
Rachel sonrió como una villana de película.
—Me caes cada vez mejor.
Miré a Ethan. Su expresión era una mezcla entre resignación y desastre inminente. Y, por alguna razón, me pareció adorable. Absolutamente adorable.
—Estaría encantada de ir.
Rachel dio una palmada.
—¡Perfecto!
—Traidora.
—Gracias, Ethan.
—No te estaba dando las gracias.
—Lo sé.
—Lo sabes perfectamente.
—Sí.
Las dos nos reímos. Y Ethan pareció aceptar definitivamente que había perdido aquella batalla.
—Entonces queda decidido —anunció Rachel—. Os espero el sábado.
—Rachel...
—No.
—Rachel.
—No.
—Rachel.
—No.
—Increíble.
—Lo sé.
Luego volvió a mirarme. Y su sonrisa se volvió más cálida. Más sincera.
—Estoy deseando conocerte en persona, Olivia.
Y aquello me emocionó más de lo que debería. Porque no recordaba la última vez que alguien me había dicho algo así sin esperar nada a cambio.
—Yo también.
Y lo decía de verdad.
Rachel asintió satisfecha. Luego miró a Ethan. Y su expresión cambió completamente. Se volvió tierna. Protectora. Familiar.
—Te quiero mucho, mi niño.
Vi a Ethan cerrar los ojos inmediatamente.
—Dios mío.
—Te quiero.
—Tía...
—Mucho.
—Vale.
—Muchísimo.
—Adiós, Rachel.
Ella soltó una carcajada.
—Yo también te quiero.
Y colgó. El silencio duró apenas un segundo.
Porque en cuanto desapareció la llamada, yo empecé a reír. Y Ethan me señaló.
—No te rías.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—No.
—Lo sabía.
Seguí riéndome. Y él terminó haciéndolo también. Negando con la cabeza. Como si estuviera acostumbrado. Como si aquella locura formara parte natural de su vida.
Y sinceramente... Me gustó.
Cuando finalmente conseguimos calmarnos, Ethan se pasó una mano por el pelo.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por la encerrona.
—No ha sido ninguna encerrona.
—Claro que lo ha sido.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Sonreí.
—Empiezo a entender por qué eres así.
—¿Así cómo?
—Testarudo.
—Eso es ofensivo.
—Es genético.
—Ahora mismo te pareces demasiado a mi tía.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igualmente.
La sonrisa volvió a aparecer en sus labios. Y durante unos segundos ninguno dijo nada. Simplemente nos miramos. Y aquel silencio... Aquel silencio fue distinto. Más suave. Más íntimo. Más peligroso. Porque me gustó demasiado.
Muchísimo más de lo que debería. Y eso empezaba a convertirse en un problema. Uno muy serio.
Porque cada minuto que pasaba con Ethan hacía más difícil recordar todas las razones por las que aquello no era una buena idea.
Y era más fácil imaginar cómo sería seguir viéndolo.
El sábado. La semana siguiente. Y después. Lo cual era una idea terrible. Absolutamente terrible. Por desgracia... Mi corazón parecía no estar de acuerdo.
Lo cual era una idea terrible. Absolutamente terrible. Por desgracia... Mi corazón parecía no estar de acuerdo.
Terminamos el café hablando de cosas mucho más sencillas. Libros. Películas. Nueva York. Los lugares que más nos gustaban de la ciudad. Y cuanto más tiempo pasaba, más extraña me parecía toda la situación. Porque normalmente las conversaciones tenían un peso.
Una expectativa. Un objetivo. Algo. Con Ethan, no. Simplemente hablábamos. Y era agradable.
Cuando miré el reloj, me sorprendió descubrir cuánto tiempo había pasado.
—Vaya.
Ethan siguió mi mirada.
—¿Qué pasa?
—Llevo aquí mucho más de lo que pensaba.
—¿Eso es bueno o malo?
Lo pensé. Y sonreí.
—Bueno.
Algo brilló en sus ojos. Solo un instante. Pero lo vi. Y por alguna razón mi corazón volvió a hacer cosas raras. Otra vez. Empezaba a convertirse en una costumbre preocupante.
Salimos de la cafetería juntos. La tarde estaba llegando lentamente a su fin. Las luces comenzaban a encenderse. La ciudad adquiría ese brillo dorado que siempre me había parecido mágico.
Nueva York tenía muchos defectos. Muchísimos. Pero había momentos como aquel en los que era imposible no enamorarse de ella. Caminamos despacio. Sin prisa. Como si ninguno tuviera demasiadas ganas de llegar al momento de despedirse. O quizá aquello solo me estaba ocurriendo a mí.
Aunque algo me decía que no. Porque Ethan tampoco parecía apresurado.
Llegamos a una esquina. Y ambos supimos inmediatamente que era el final.
Al menos por hoy. La sensación fue extraña.
Como cuando terminabas un libro que te estaba gustando mucho y sabías que tendrías que esperar para seguir leyendo.
—Entonces...
Metí las manos en los bolsillos del abrigo.
—Entonces.
Sonrió. Dios. Aquella sonrisa.
—El sábado.
Asentí.
—El sábado.
—Pasaré a recogerte.
—Perfecto.
—¿A las doce?
—Me parece bien.
Silencio. Y de pronto ninguno parecía saber cómo terminar aquella conversación.
Lo cual resultaba bastante absurdo. Éramos dos adultos. No dos adolescentes. Y aun así...
—Bueno.
—Sí.
—Supongo que...
—Sí.
Los dos nos reímos al mismo tiempo. Y eso solo empeoró las cosas.
—Esto está siendo increíblemente ridículo.
—Un poco.
—Bastante.
—Vale.
—Vale.
Dios mío. Quería desaparecer. O besarlo. O ambas cosas. Preferiblemente en ese orden.
No. No. Definitivamente no.
Mi cerebro todavía funcionaba. Más o menos.
Ethan abrió ligeramente los brazos.
—¿Nos despedimos como personas normales?
—Eso estaría bien.
—Perfecto.
Me acerqué y él hizo lo mismo. Fue un gesto simple. Natural. Un beso en la mejilla. Nada más. Nada menos. O al menos esa era la teoría.
Porque en el último segundo ambos giramos la cabeza ligeramente. Al mismo tiempo. Y el roce quedó demasiado cerca. Muchísimo, demasiado cerca. La comisura de sus labios rozó apenas mi piel. Solo un instante. Menos de un segundo. Pero mi cuerpo reaccionó como si hubiera durado una eternidad.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. El corazón acelerándose. El aire desapareciendo de mis pulmones. Y cuando nos separamos... Todo fue peor.
Porque Ethan seguía allí. Muy cerca. Demasiado cerca. Y me estaba mirando.
Dios. Me estaba mirando con una intensidad que me dejó completamente inmóvil.
Sus ojos grises parecían más oscuros bajo la luz de la tarde. Más profundos. Más peligrosos.
Durante una fracción de segundo tuve la sensación de que iba a decir algo. O hacer algo.
Algo que cambiaría completamente aquella tarde. Pero no ocurrió. Simplemente seguimos mirándonos. Y aquello ya era suficientemente devastador.
—Nos vemos el sábado.
Su voz sonó más grave de lo habitual. O quizá fue mi imaginación.
—Sí.
Mi voz tampoco sonó exactamente normal. Fantástico. Él sonrió. Una sonrisa sutil. Y después dio un paso atrás.
—Cuídate, Olivia.
—Tú también.
Lo observé alejarse y odié lo mucho que me gustó hacerlo.
Porque incluso caminando tenía una seguridad tranquila que resultaba ridículamente atractiva. Demasiado atractiva. Muchísimo.
Cuando desapareció entre la gente, seguí allí unos segundos. Intentando recuperar el control de mi sistema nervioso. Sin éxito. Absolutamente ninguno.
— Esto es una locura.
Me puse en marcha. Y apenas había recorrido media manzana cuando sonó mi teléfono. Ni siquiera necesité mirar la pantalla. Sabía perfectamente quién era.
—Hola, Harper.
—¿Qué ha pasado?
Parpadeé.
—¿Perdón?
—¿Qué ha pasado?
—¿Por qué asumes que ha pasado algo?
—Porque te conozco desde hace quince años.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Tu voz.
Suspiré.
—Odio que seas periodista.
—Y yo adoro que seas incapaz de mentirme.
Sonreí, porque tenía razón. Como siempre. Maldita sea.
—Me he encontrado con Ethan.
Silencio. Un silencio muy corto. Demasiado corto.
—Oh.
—Harper.
—Oh.
—Harper.
—Oh.
Cerré los ojos.
—Por favor.
—Cuéntamelo todo.
—No hay nada que contar.
—Olivia.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
—Hemos hablado.
—Ajá.
Tomando un café.
—Ajá.
—Conocido a su tía por videollamada.
Silencio.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—¿La tía ya está involucrada?
—Harper...
—Dios mío.
—No empieces.
—¿La tía te ha gustado?
—Sí.
—¿Y tú le has gustado a ella?
—Creo que sí.
—Perfecto.
—No.
—Sí.
—No.
—Olivia.
—¿Qué?
—Esto va muy rápido.
—No va a ninguna parte.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
—Harper.
—Olivia.
Suspiré. Porque discutir con ella era tan inútil como discutir con Rachel. Y eso resultaba profundamente preocupante.
—Me ha invitado a comer el sábado.
Hubo exactamente tres segundos de silencio. Después:
—Voy a ser la madrina de vuestro primer hijo.
Me atraganté con mi propia saliva.
—¿Qué?
—Lo que has oído.
—Estás completamente loca.
—Probablemente.
—Definitivamente.
—Aun así.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Me llevé una mano a la frente.
—Solo voy a conocer a su tía.
—Claro.
—Eso es todo.
—Por supuesto.
—Harper.
—Olivia.
—No pienso tener hijos con un hombre con el que he tomado un café.
—Todavía.
—Voy a colgar.
—Ese hombre te gusta muchísimo.
Mi silencio me traicionó.
—Ajá.
—No hagas eso.
—Lo estás haciendo tú sola.
—Ni siquiera has intentado negarlo.
—Porque eres imposible.
—Porque tengo razón.
Resoplé. Y ella soltó una carcajada triunfal.
—Escúchame bien.
—Miedo me das.
—Ese hombre te va a poner el mundo patas arriba.
—Qué exagerada eres.
—Y probablemente te va a dejar las piernas temblando.
—¡Harper!
Su carcajada resonó al otro lado del teléfono.
—Lo siento.
—No lo sientes.
—Ni un poco.
—Lo sabía.
Seguía riéndose. Y yo también terminé haciéndolo. Porque era imposible no hacerlo.
—Estás fatal.
—Lo sé.
—Muy fatal.
—Lo sé.
—Te quiero.
Aquello suavizó inmediatamente mi sonrisa.
—Yo también te quiero.
—Llámame después de la comida del sábado.
—Harper...
—Necesitaré todos los detalles.
—Adiós.
—Primer hijo.
—Adiós.
—Madrina.
—¡Adiós!
Colgué. Y el silencio regresó. Pero esta vez era distinto. Más ligero. Más cálido. Más peligroso.
Guardé el teléfono y seguí caminando. La ciudad seguía brillando a mi alrededor.
Los coches. Las luces. La gente. Todo exactamente igual. Y, sin embargo, yo me sentía diferente. Porque no podía dejar de pensar en Ethan.
En su sonrisa. En sus ojos. En la forma en que hablaba de sus padres. En la ternura con la que hablaba de Rachel. En aquel casi beso. En aquella mirada. Y en la sensación extraña que aparecía cada vez que estaba cerca de él.
Una sensación que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
Resoplé negando con la cabeza. Harper estaba loca. Completamente loca. Rematadamente loca. Y lo del primer hijo era una absoluta barbaridad.
Una ridiculez. Una exageración monumental. Sonreí sola mientras caminaba. Porque mi mejor amiga siempre había estado loca de atar. Y porque, por primera vez en mucho tiempo, la idea del sábado consiguió que mi corazón acelerara el paso.
No por miedo. Ni por ansiedad. Ni por obligación. Sino por algo mucho más sencillo.
Porque estaba deseando volver a verlo.