Tú no eres parte del guion Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No era arrogante. No era presumido. No intentaba impresionarme. No parecía interesado en que yo supiera quién era. Y después de diez años rodeada de personas que constantemente intentaban obtener algo de mí...

Aquello era casi desconcertante.

—¿Qué?

Levanté la vista.

—¿Qué de qué?

—Me estabas mirando.

Sentí calor en las mejillas. Otra vez. Fantástico.

—No te estaba mirando.

—Claro.

—No.

—Vale.

—No me crees.

—Ni un poco.

La camarera dejó los cafés, y aproveché la interrupción para esconderme detrás de la taza.

Porque claramente mi dignidad había decidido tomarse el día libre.

Ethan sonrió. Luego tomó un sorbo. Y durante unos segundos nos quedamos en silencio. Un silencio cómodo. Extraño. Pero cómodo.

—Tu madre debía de ser especial.

La sonrisa de Ethan cambió, se volvió más suave. Más íntima.

—Lo era.

Esperé. Y él continuó.

—Era profesora.

—¿Sí?

Asintió.

—Literatura.

—Eso explica los poemas.

—Exacto.

Su mirada se perdió un instante en algún lugar lejano.

—Leía constantemente. Tenía libros por toda la casa. En el salón. En la cocina. En el dormitorio. Incluso en el baño.

Sonreí.

—Eso es adorable.

—Mi padre decía que algún día moriríamos aplastados por una montaña de novelas.

—¿Y ocurrió?

—Por suerte, no.

Reí. Y él también. Pero después la sonrisa se suavizó.

—Los echo de menos.

Aquella frase fue sencilla. Directa. Sin dramatismo. Y precisamente por eso me llegó tan hondo.

Porque reconocí ese tipo de dolor. El que no desaparecía. El que aprendías a llevar contigo.

—Lo sé.

Sus ojos se encontraron con los míos. Y durante un instante tuve la sensación de que entendía exactamente lo que quería decir. Porque la soledad también podía existir cuando la persona seguía viva.

—Mi tía Rachel me salvó.

La emoción en su voz fue inmediata. Visible.

—¿Sí?

Sonrió.

—Sí.

—Háblame de ella.

Aquello hizo que su sonrisa creciera.

—Es imposible resumir a Rachel.

—Inténtalo.

—Mandona.

—Eso no parece un cumplido.

—Porque todavía no has terminado de escuchar.

—Vale.

—Mandona. Protectora. Cariñosa. Incapaz de aceptar un no por respuesta.

—Suena peligrosa.

—Muchísimo.

—¿Y te crio ella?

Asintió.

—Desde los doce años.

Sentí un leve nudo en el pecho. Porque había algo precioso en la forma en que hablaba de ella. Algo que revelaba cuánto la quería.

—Tienes suerte.

Él me observó.

—Lo sé.

Y aquella respuesta tan sincera hizo que algo dentro de mí se encogiera. Porque yo nunca había tenido eso. Nunca.

Bajé la mirada hacia mi taza.

—Mi madre y yo no somos precisamente así.

—¿Quieres hablar de ello?

Normalmente, habría dicho que no. Normalmente, habría cambiado de tema. Normalmente, habría sonreído y fingido que todo iba bien. Pero Ethan tenía una forma extraña de escuchar. Como si realmente quisiera entender. Y antes de darme cuenta ya estaba hablando.

—Mi madre aparece cuando necesita dinero.

Su expresión no cambió. No juzgó ni se sorprendió. Simplemente escuchó.

—Cuando era pequeña, desaparecía durante semanas. A veces, meses. Y ahora...

Me encogí de hombros.

—Ahora llama cuando tiene problemas.

—Olivia...

—La última vez discutimos.

Mucho.

—Lo siento.

Solté una risa sin humor.

—Yo también.

—¿Crees que arreglaréis las cosas?

Tardé unos segundos en responder.

—No lo sé.

Y aquella era la verdad. La única verdad. Porque empezaba a cansarme. A cansarme de esperar algo que quizá nunca iba a ocurrir. A cansarme de desear una madre que no existía.

La mano de Ethan se movió ligeramente sobre la mesa. Como si quisiera acercarse. Como si quisiera tocar la mía. Pero no lo hizo. Y, extrañamente, aquel gesto contenido me emocionó más que si lo hubiera hecho.

Entonces sonó su teléfono. La pantalla se iluminó y vi el nombre de su tía Rachel. Arqueé una ceja. Y él cerró los ojos.

—Oh, no.

No pude evitar reírme.

—¿Qué pasa?

—Nada bueno.

Miró la pantalla. Luego a mí. Y volvió a la pantalla.

—Es mi tía.

—Contesta.

—No estoy seguro de querer hacerlo.

—Ethan.

—Olivia.

—Contesta.

Resopló. Y aceptó la llamada. Yo intenté concentrarme en mi café. Intenté. Porque fue imposible ignorar la conversación.

—Hola, tía Rachel.

Pausa.

—Sí. Estoy bien. Y ahora mismo, tomando café con Olivia Hart.

Hizo una pausa y lo vi cerrar los ojos.

—Sí, tía Rachel. Es en serio.

Mis labios empezaron a temblar. Porque ya intuía exactamente por dónde iba aquello.

—No.

Pausa.

—No, joder, no me pidas eso.

Tuve que taparme la boca para no reírme.

—Dios mío.

Más silencio.

—Me voy a arrepentir de esto el resto de mi vida.

Entonces abrió los ojos y me miró directamente. Con resignación absoluta.

—Mi tía quiere comprobar que de verdad estoy tomando café contigo.

Yo ya estaba riendo. Sin remedio.

—¿En serio?

—Completamente.

Apartó el teléfono. Luego volvió a acercarlo.

—Joder, tía, no me grites.

La carcajada escapó de mis labios. Y Ethan me señaló acusadoramente.

—No la animes.

—No estoy haciendo nada.

—La estás animando.

—Ni siquiera me conoce.

—Eso nunca ha detenido a Rachel.

Tuve que volver a taparme la boca para contener la risa. Porque la expresión de Ethan era absolutamente maravillosa. Parecía un hombre inteligente. Exitoso. Seguro de sí mismo. Capaz de dirigir una empresa.

Y, sin embargo, una simple llamada de su tía acababa de convertirlo en un adolescente resignado.

—Quiere que le haga una videollamada.

Aquello terminó de derrotarme.

—¿Qué?

—Lo que has oído.

—¿Para comprobar que existo?

—Exactamente.

—Tu tía es increíble.

—Mi tía es un peligro público.

No pude evitar sonreír.

Porque, sinceramente, me caía bien y todavía ni siquiera la conocía. Ethan negó con la cabeza.

—No tienes por qué hacerlo.

—¿El qué?

—Hablar con ella.

—No me importa.

—Olivia...

—De verdad.

Apoyé los codos sobre la mesa.

—Si tu tía quiere saludarme, no pasa nada.

—Te vas a arrepentir.

—No creo.

—Créeme.

—Hablo con seguidores por redes sociales constantemente.

—Rachel no funciona como una seguidora normal.

—Ah, ¿no?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tiene filtros.

Aquello me hizo reír. Y cuanto más hablábamos de ella, más curiosidad sentía.

Porque Ethan cambiaba cuando la mencionaba. Su voz se suavizaba. Sus ojos se iluminaban. Y había algo increíblemente bonito en eso. Algo que me recordaba todo lo que yo nunca había tenido.

—Haz la videollamada.

Él me observó unos segundos.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Suspiró.

Como un hombre que acababa de aceptar su destino.

—Vale.

Marcó. Esperó. Y entonces la pantalla se iluminó.