Capítulo 16
Olivia
Había aprendido hacía años que la mejor forma de desaparecer era esconderme entre libros.
No importaba cuántas portadas protagonizara. No importaba cuántas personas supieran mi nombre. No importaba cuántos fotógrafos esperaran delante de un restaurante. Las librerías seguían siendo uno de los pocos lugares donde podía respirar. Por eso estaba allí. Otra vez.
En la misma librería donde me había cruzado con Ethan Cole por primera vez. Y el simple hecho de pensarlo ya hizo que algo se agitara dentro de mí. Intenté ignorarlo. No funcionó.
Últimamente, nada funcionaba demasiado bien. Ni las entrevistas. Ni los estrenos. Ni las sesiones de fotos. Ni siquiera el trabajo.
Porque cada vez que abría el móvil, encontraba la misma historia repetida de veinte formas distintas.
Daniel Blake. Daniel Blake y Olivia Hart. Olivia Hart y Daniel Blake. El supuesto romance secreto. La supuesta relación escondida. Las supuestas citas clandestinas. Las supuestas miradas cómplices. Las supuestas tonterías inventadas por gente con demasiado tiempo libre.
Daniel había concedido una entrevista dos días antes. Había sido claro. Rotundo. Directo.
— Olivia es la protagonista de mi próxima película y una amiga. Nada más. Fin.
No parecía una declaración difícil de entender. Pero al parecer sí lo era. Porque la prensa había decidido que aquello confirmaba exactamente lo contrario.
Resoplé. Pasé una página. Y volví a concentrarme en el libro que tenía entre las manos.
Era una recopilación de poesía americana clásica. Uno de esos volúmenes antiguos con páginas ligeramente amarillentas y olor a papel envejecido. Mi favorito.
Había abierto por casualidad un poema de amor de Edgar Allan Poe. No era precisamente optimista. Pero tenía algo hermoso. Algo melancólico. Algo que hablaba de amar a alguien incluso después de perderlo.
Y, por alguna razón, aquella tristeza elegante siempre conseguía calmarme.
Leí una línea. Luego otra. Y durante unos minutos logré olvidarme de fotógrafos. De titulares. De Daniel. De mi madre. De todo.
Hasta que escuché una voz masculina detrás de mí. Una voz profunda. Tranquila. Familiar.
—«Porque la luna nunca brilla sin traerme sueños…».
Me quedé inmóvil. Porque reconocí aquella voz antes incluso de procesar las palabras.
Mi corazón dio un leve salto. Me giré despacio. Y allí estaba Ethan.
Camisa oscura. Vaqueros. Aspecto relajado. Como si hubiera salido de una revista dedicada exclusivamente a hombres peligrosamente atractivos.
Estaba mirando la página por encima de mi hombro. Cuando nuestras miradas se encontraron, sonrió. Y yo sentí un leve estremecimiento. Otra vez.
Empezaba a odiar que aquel hombre tuviera ese efecto sobre mí.
—¿Conoces a Poe? —dije.
—Mi madre adoraba ese poema.
Su sonrisa cambió ligeramente. Se volvió más suave. Más nostálgica.
—Era su favorito.
Bajé la mirada hacia el libro.
—Es precioso.
—Lo era para ella.
—¿Ya no es tu favorito?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Durante un segundo pensé que quizá había sido demasiado personal.
Pero Ethan no pareció molesto. Solo tranquilo. Como si hubiera aprendido a convivir con ciertos recuerdos.
—Mi madre y mi padre murieron cuando yo tenía doce años.
Mi pecho se encogió inmediatamente.
—Lo siento mucho.
Y lo sentía de verdad. Porque algo en sus ojos me hizo comprender que aquella herida nunca terminaba de desaparecer.
Él asintió. Después se giró hacia una estantería cercana. Buscó durante unos segundos. Sacó otro libro. Más grueso y más antiguo, y me lo entregó.
—Prueba este.
Miré la portada.
—Walt Whitman.
—Página ochenta y seis.
Fruncí el ceño.
—¿Página ochenta y seis?
Él sonrió. Una sonrisa lenta y peligrosa.
—Confía en mí.
Luego me guiñó un ojo y se alejó. Así. Sin más. Como si acabara de lanzar una bomba emocional y no fuera asunto suyo.
Lo observé marcharse entre las estanterías. Demasiado alto. Demasiado atractivo. Demasiado consciente de sí mismo.
Abrí el libro, busqué la página y encontré un poema sobre el amor. Sobre encontrar en otra persona algo que hace que el mundo parezca distinto.
No necesitaba leer muchas líneas para entender por qué lo había elegido. Era hermoso. Sincero. Íntimo.
Sentí calor en las mejillas y entonces levanté la vista. Buscándolo. Como una idiota.
Lo encontré varios pasillos más allá, en la sección de novela policíaca, hojeando un libro. Intentando aparentar normalidad sin conseguirlo. Porque yo seguía sintiendo mi corazón demasiado rápido.
Cerré el poemario y fui hacia él.
—¿También era el favorito de tu madre?
Ethan levantó la vista. Luego observó el libro. Y sonrió.
—No.
—¿No?
—Ese es el poema que mi padre envió a mi madre para conseguir su primera cita.
Mi respiración se detuvo un instante. Solo uno, pero suficiente. Porque de pronto aquel libro ya no parecía un libro. Parecía un mensaje. Y no estaba segura de qué hacer con eso.
—Eso es increíblemente romántico.
—Mi padre lo era.
—¿Y tú?
Sus ojos grises se clavaron en los míos.
—Todavía no lo sé.
Sentí cómo aumentaba el calor en mis mejillas.
Y maldije internamente a todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Porque estaban colaborando demasiado con aquella conversación.
Ethan bajó la mirada al libro que yo sostenía.
—Por cierto.
—¿Sí?
—En cuanto a las fotos.
—¿Qué fotos?
—Las tuyas con Daniel Blake.
Cerré los ojos. Brevemente.
—Dios mío.
—Hacéis buena pareja.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Eso dicen.
—No somos pareja. Te dije que no hay nada entre nosotros.
—Ya.
—De verdad que no.
—Te creo.
—No hay absolutamente nada entre nosotros.
—Olivia...
—Nada.
—Vale.
—Y después de esas fotos y de las nuestras he llegado a leer artículos donde aseguran que tengo dos amantes al mismo tiempo.
Eso consiguió hacerle reír. Una risa auténtica. Profunda. Y peligrosamente atractiva.
—¿Dos?
—Dos.
—Vas fuerte.
—No tengo ni uno.
Entonces ocurrió algo extraño. Porque la sonrisa desapareció ligeramente de su rostro. Y me observó. De una forma distinta.
Más intensa. Más seria. Más difícil de interpretar.
Tragué saliva.
—¿Por qué me miras así?
Su respuesta llegó despacio. Como si la hubiera pensado antes de decirla.
—Porque una mujer como tú debería estar quitándose a los hombres de encima.
Mi corazón se volvió completamente inútil.
—¿Porque soy famosa?
Él negó con la cabeza. Sin apartar la mirada.
—No.
Mi respiración se quedó suspendida.
—Entonces, ¿por qué?
La sonrisa regresó lentamente.
—Porque eres preciosa.
Mi corazón dejó de funcionar. Directamente.
—Ethan...
—Y habría que ser muy gilipollas para no querer conocerte y tenerte en su vida.
Me quedé sin palabras. Completamente. Por primera vez en mucho tiempo. Y eso era decir mucho.
Porque normalmente siempre tenía una respuesta. Siempre. Pero no esta vez.
Porque Ethan no parecía consciente del efecto que acababa de provocar. O quizá sí lo era. Y simplemente lo estaba disfrutando. Lo cual resultaba peligrosamente atractivo.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Él seguía observándome. Yo seguía intentando recordar cómo funcionaba la respiración. Una tarea sorprendentemente complicada de repente.
Entonces Ethan levantó ligeramente el libro que sostenía en la mano.
—Ya tengo el mío.
Parpadeé.
—¿Qué?
Sonrió.
—Mi libro.
Miré la portada. Una novela negra. Ni siquiera había visto cuál era. Porque había estado demasiado ocupada intentando sobrevivir a aquella mirada.
—Ah.
—Sí.
Silencio. Otra vez. Y maldita fuera. Porque ya no era incómodo. Era peor.
Era esa tensión extraña que aparecía cuando dos personas eran demasiado conscientes de la presencia del otro.
Ethan inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Tienes tiempo para un café?
Mi corazón decidió que aquel era un momento perfecto para intentar escapar de mi pecho.
—¿Ahora?
—Normalmente, los cafés funcionan mejor cuando están calientes.
No pude evitar sonreír.
—Eso tiene bastante sentido.
—Intento ser una persona razonable.
—No estoy segura.
—Es justo.
Volví a mirarlo. A sus ojos. A aquella sonrisa tranquila. A la facilidad con la que parecía estar allí. Presente. Sin expectativas. Sin juegos. Sin segundas intenciones evidentes.
Y quizá precisamente por eso terminé respondiendo.
—Sí.
Su sonrisa se amplió solo un poco, pero suficiente para que mi estómago hiciera cosas extrañas.
—Perfecto.
Nos dirigimos hacia el mostrador. Yo llevaba tres libros. El poemario. Una novela histórica. Y otro libro que había cogido hacía veinte minutos y del que ya ni siquiera recordaba el título.
Porque Ethan había arruinado por completo mi capacidad de concentración.
Llegamos a la caja. Saqué la tarjeta. Y Ethan cogió los libros antes de que pudiera reaccionar.
—¿Qué haces?
—Comprarlos.
—Ya veo esa parte.
—Entonces estamos avanzando.
—Ethan.
—Olivia.
—Puedo pagar mis propios libros.
—Lo sé.
—Entonces...
—Yo también puedo pagarlos.
La cajera intentó ocultar una sonrisa. Sin éxito.
—No es necesario.
—Tampoco es necesario que me dejes invitarte al café.
Fruncí el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Lo observé unos segundos y comprendí algo.
No iba a ganar. No porque él fuera más terco. Sino porque parecía divertirse demasiado.
—Eres imposible.
—Eso me dicen mucho.
Terminó de pagar. Recogió la bolsa. Y salimos juntos a la calle.
Nueva York estaba preciosa aquella tarde. El aire era fresco. Las aceras estaban llenas de gente. Los taxis amarillos seguían moviéndose como si participaran en una competición secreta. Y, por primera vez en días, me descubrí caminando sin mirar constantemente a mi alrededor.
Sin preocuparme de quién me reconocía. Sin pensar en titulares. Sin pensar en Daniel. Sin pensar en mi madre. Solo caminando.
Y era una sensación extrañamente agradable. Entramos en una cafetería pequeña a unas calles de distancia.
Nada lujosa. Nada exclusiva. Simplemente acogedora. Madera oscura. Música suave. Aroma a café recién hecho.
Nos sentamos junto a una ventana. Y durante unos segundos observé a Ethan mientras hablaba con la camarera. Porque había algo en él que seguía desconcertándome.