Capítulo 15 #2
—Y tú, desesperante.
—Lo sé.
Hubo un silencio. Uno de esos silencios cómodos que solo existen entre personas que se quieren desde hace mucho tiempo.
Y entonces Rachel volvió a ser Rachel.
—Por cierto.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—No importa.
—Quiero conocer a Olivia.
Solté una carcajada.
—Sabía que ibas a decirlo.
—Quiero una foto.
—Rachel.
—Dos fotos.
—Rachel.
—Quizá tres.
—Es imposible.
—No para mí.
Negué con la cabeza, riéndome. Porque algunas cosas nunca cambiaban. Y sinceramente, me alegraba que fuera así.
—Tengo que trabajar.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Adiós, tía Rachel.
—Piensa en lo que te he dicho.
—No lo haré.
—Mentira.
—Adiós.
—Adiós, cariño.
Colgué, y el despacho volvió a quedarse en silencio. Pero esta vez el silencio era diferente. Porque Rachel había conseguido algo que llevaba horas intentando evitar. Hacerme pensar.
Y eso era exactamente lo que no necesitaba. Porque cuanto más pensaba en Olivia...
Más difícil resultaba convencerme de que aquello no significaba nada.
Intenté trabajar, de verdad que lo intenté.
Abrí el documento, leí la primera frase, luego la segunda. Pero seguía sin poder mantener la cabeza en el trabajo, y sí en ella.
Porque Olivia ocupará mis pensamientos todo el tiempo.
Apagué la pantalla unos segundos. Me levanté, fui a por agua, volví, me senté, abrí el portátil otra vez, pero nada.
Miré el teléfono. Nada. Miré el techo. Tampoco ayudó.
— Perfecto —murmuré.
Volví a la pantalla. Diez minutos. Quince. Diecisiete. Otra vez diecisiete. Esa cifra parecía perseguirme hoy.
Y entonces, justo cuando estaba empezando a convencerme de que quizá necesitaba trabajar más y pensar menos, el teléfono vibró.
Lo cogí casi sin mirar. Pero lo miré. Y me quedé quieto. Era Olivia.
El corazón me dio un golpe absurdo en el pecho. Contesté demasiado rápido.
—¿Olivia?
Su voz llegó al otro lado con un cansancio evidente.
—Hola.
Solo esa palabra, y aun así lo cambió todo un poco.
—¿Estás bien? —pregunté.
Hubo un breve silencio, demasiado breve para ser casual.
—Depende de lo que entiendas por «bien».
Eso no era una buena respuesta. Ninguna buena respuesta empezaba así.
—He visto las noticias —dije.
—Sí.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—Lo sé.
Silencio. Y en ese silencio había demasiadas cosas. Demasiados titulares. Demasiadas interpretaciones. Demasiada gente opinando sobre algo que no había ocurrido.
—Es absurdo —dijo ella al final.
—Lo es.
—No hemos hecho nada.
—Lo sé.
—Solo hablamos.
—Lo sé.
—Tomamos una copa.
—Lo sé.
Su voz sonó ligeramente más desesperada.
—Y ahora parece que estoy en una especie de triángulo amoroso inexistente.
Aquello me hizo soltar una risa breve.
—La prensa tiene imaginación.
—Demasiada.
—Sí. He hablado con mi equipo —dijo.
—¿Y?
—Lucas está entrando en modo crisis.
Sonreí.
—Pero eso es normal en él —añadió.
—Me lo creo.
—Van a sacar un comunicado —añadió.
—Bien.
—Diciendo la verdad.
—Que no hay nada.
—Exacto.
Silencio.
—¿Estás enfadada? —pregunté.
—No.
—Olivia.
—No estoy enfadada contigo.
Aquello fue claro y honesto.
—Con el mundo quizá un poco.
—Eso lo entiendo.
—Es que…
—¿Qué?
—No quiero que esto afecte al trabajo.
—No lo hará.
—No lo sabes.
—Lo sé.
Su voz bajó un poco.
—A veces odio esto.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto.
—¿La fama? —pregunté.
—Todo.
Suspiró. Y podía imaginarla perfectamente.
De pie. Quizá frente a una ventana.
—Me gusta mi trabajo —dijo—. De verdad. Pero hay días en los que siento que no es mío.
Aquello me dejó callado, porque lo entendía. Más de lo que debería.
—La gente decide cosas por ti —continuó—. Inventan historias. Te colocan en lugares donde no has estado. Te convierten en versiones de ti misma que no reconoces.
Tragué saliva.
—Olivia…
—Y no puedo evitarlo.
Silencio. Y esta vez su voz fue más baja. Más íntima.
—A veces me gustaría ser un poco más anónima.
No supe qué responder. Porque cualquier cosa sonaba insuficiente. Así que no dije nada. Y eso, curiosamente, parecía lo correcto.
—Perdona —añadió después—. No debería decirte todo esto a ti.
—Puedes hacerlo.
—No es tu problema.
—No, pero…
Me detuve. Porque no sabía cómo terminar esa frase. Pero lo sentía.
—No pasa nada —dije al final.
—Sí pasa.
—Lo sé.
Otro silencio.
—Gracias por llamar —dije.
—Tenía que hacerlo.
—Aun así.
Hubo una pausa, y entonces su tono cambió ligeramente.
—¿Te has metido en un lío por mi culpa?
Solté una risa.
—No exactamente.
—Eso no suena a «no».
—Es un lío gestionable.
—Eso suena peor.
—Lo es, un poco.
La escuché suspirar. Y por primera vez en toda la conversación, sonó como si estuviera sonriendo.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—Eso ya lo has dicho tú.
—Y sigue siendo verdad.
Silencio. Pero ya no era incómodo. Era extraño. Como si estuviéramos compartiendo algo que no tenía nombre.
—Voy a dejarte trabajar —dijo finalmente.
—No estoy trabajando.
—Eso explica muchas cosas.
Me reí.
—Llámame si necesitas algo —añadí.
—Lo mismo digo.
Y entonces, antes de colgar, añadió:
—Ethan.
—¿Sí?
—De verdad… gracias.
No respondí inmediatamente. Porque no hacía falta.
—De nada —dije al final.
Y la llamada se cortó.
Me quedé mirando el teléfono, quieto, sin moverme, con el silencio del despacho otra vez alrededor. Pero ya no era el mismo silencio de antes. Porque ahora había una cosa clara. Y era peligrosa. Demasiado peligrosa.
Olivia no era solo una cena. No era solo una conversación. Y lo peor de todo… Era que yo ya lo sabía.