Capítulo 15
Ethan
Supe que algo iba mal antes siquiera de ver las fotos.
Chloe entró en mi despacho sin llamar. Como llevaba haciendo desde hacía años. Y con la misma expresión que utilizaba cada vez que estaba a punto de disfrutar de una conversación a mi costa.
—No me gusta esa cara.
Dejé el portátil sobre la mesa. Ella sonrió. Peor. Mucho peor.
—Buenos días para ti también.
—¿Qué has hecho?
—Yo nada.
—Entonces, ¿qué has encontrado?
Chloe dejó una taza de café frente a mí. Después se sentó y sacó el móvil.
—Antes de enseñarte esto, quiero que sepas que pienso disfrutar muchísimo de tu sufrimiento.
—Qué tranquilizador.
—Lo sé.
—Chloe.
—Ethan.
—Ve al grano.
Su sonrisa se amplió. Y eso nunca era buena señal.
—¿Recuerdas a Olivia Hart?
La miré fijamente.
—Si sigues viva cuando termine esta conversación, será un milagro.
—Lo recordaré.
Giró la pantalla hacia mí y allí estaba. Una fotografía. Olivia y Daniel Blake saliendo juntos de un restaurante.
Parpadeé una vez. Dos. Tres. Leyendo automáticamente el titular. Después, otro. Y otro. Sentí algo extraño. Incómodo. Desagradable. Demasiado rápido. Como si alguien hubiera apretado un interruptor dentro de mí.
—Ah.
Chloe me observó.
—Ah.
—Eso es todo.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada.
—Chloe.
—Nada.
Seguí mirando la pantalla. Olivia sonriendo. Daniel hablando. Los dos caminando juntos. Los dos tomando algo. Los dos compartiendo una conversación que parecía cómoda. Natural y cercana.
Y aquello no debería haberme importado. No tenía ningún motivo para importarme. Ninguno. Absolutamente ninguno.
—Parece simpático.
La frase salió antes de que pudiera detenerla. Chloe levantó una ceja.
—¿Daniel Blake?
—Sí.
—Es uno de los guionistas más famosos del mundo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—No has hecho una pregunta.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí.
Desgraciadamente, lo sabía. Y también sabía algo más. Sabía exactamente qué me estaba pasando. Por eso estaba intentando ignorarlo.
—Parece simpático —repetí.
—Ajá.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de decir «ajá».
—No.
—Chloe.
—Ethan.
Suspiré. Porque aquella mujer llevaba demasiados años conociéndome. Y era imposible engañarla.
—No estoy celoso.
Ella se quedó completamente inmóvil. Después apoyó lentamente los codos sobre la mesa.
—No he dicho que lo estuvieras.
Maldición.
—Porque no lo estoy.
—Claro.
—No lo estoy.
—Por supuesto.
—Chloe.
—Ethan.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
Y cuanto más intentaba defenderme, más evidente resultaba.
—Solo digo que los medios exageran.
—Eso es verdad.
—Y que una cena no significa nada.
—También es verdad.
—Y que probablemente solo estaban trabajando.
—Tiene sentido.
—Exacto.
—Entonces, ¿por qué llevas cinco minutos mirando la misma fotografía?
La miré. Ella sonrió. Victoria absoluta.
—Te odio.
—No.
—Un poco sí.
—Tampoco.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla. Frustrado. Porque estaba siendo ridículo. Completamente ridículo.
Había compartido una cena con Olivia. Una única cena. Ni siquiera una cita oficial. Y ahora estaba analizando fotografías de ella con otro hombre como un adolescente idiota.
—Esto es absurdo.
—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo.
Apoyé una mano sobre los ojos.
—No tendría que importarme.
—Probablemente.
—No la conozco.
—La conoces un poco.
—Muy poco.
—Lo suficiente.
—No.
—Sí.
La conversación continuó exactamente igual durante varios segundos. Hasta que ambos terminamos riéndonos. Porque discutir con Chloe era como intentar discutir con una pared muy sarcástica.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó ella.
—Miedo me da preguntarlo.
—Que no creo que estés enfadado.
—No lo estoy.
—Lo sé.
—Bien.
—Creo que estás decepcionado.
Aquello consiguió que la sonrisa desapareciera. Porque era diferente. Y porque quizá se acercaba más a la verdad.
No estaba enfadado. No exactamente. Simplemente... Había imaginado algo. Una posibilidad.
Y aquellas fotografías me habían obligado a recordar que Olivia tenía una vida completa fuera de mí. Una carrera. Un mundo. Personas. Relaciones. Historias.
Y que yo apenas ocupaba un rincón diminuto en todo aquello.
—Es una tontería.
—Sí.
—Gracias por tu apoyo.
—Para eso están las amigas.
Solté una carcajada.
Negando con la cabeza. Después volví a mirar la pantalla. Una última vez.
Olivia sonreía en la fotografía. Parecía feliz. Relajada. Cómoda. Y por encima de cualquier otra cosa, aquello fue lo que más me sorprendió. Porque la reconocí.
Reconocí la expresión. La misma que había visto durante nuestra cena. La misma que aparecía cuando olvidaba durante unos segundos quién era. Cuando dejaba de ser Olivia Hart. Y simplemente era Olivia.
Apagué la pantalla de golpe.
—Tengo trabajo.
Chloe se levantó. Todavía sonriendo.
—Claro que sí.
—Lo digo en serio.
—Y yo.
Se dirigió a la puerta. Pero antes de salir se giró. Solo una vez.
—Por cierto.
—¿Qué?
—Si de verdad no te importa...
Ya sabía lo que venía.
—No sigas.
—...no habrías mirado esas fotos doce veces.
—Vete.
—Trece.
—Fuera.
—Catorce.
Cogí una carpeta. Ella desapareció por la puerta riéndose. Y yo me quedé solo. Otra vez.
Con el despacho. Con el trabajo. Con el silencio. Y con una sensación incómoda instalada en mitad del pecho.
Una sensación que tenía mucho que ver con Olivia.
Y mucho menos que ver con Daniel Blake de lo que estaba dispuesto a admitir.
Conseguí trabajar exactamente diecisiete minutos. Diecisiete. Los conté.
Porque después de diecisiete minutos mi teléfono empezó a sonar. Y no necesité mirar la pantalla para saber quién era. Rachel. Por supuesto.
La mujer tenía un talento sobrenatural para aparecer justo cuando menos necesitaba escucharla. O justo cuando más. Dependiendo del día.
Contesté.
—Hola, Rachel.
—¿Has visto las fotos?
Cerré los ojos.
—Buenos días para ti también.
—No me cambies de tema.
—Ni siquiera ha pasado un minuto.
—Ethan.
—Rachel.
—Las fotos.
—Sí.
—Las has visto.
—Sí.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿Qué piensas?
Me masajeé el puente de la nariz. Porque aquello iba a ser una conversación larga. Lo sabía. Ella lo sabía. Todo el mundo lo sabía.
—Pienso que dos personas cenaron juntas.
Silencio.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Claro que sí.
—No.
Aquello continuó unos segundos más. Exactamente igual que siempre. Hasta que Rachel soltó un suspiro exageradamente dramático.
—Te he criado mejor que esto.
—Técnicamente, no.
—Detalles sin importancia.
Sonreí. Porque aquello sí era cierto.
Rachel llevaba utilizando el argumento de haberme criado desde hacía años. Y sinceramente, tenía bastante derecho.
Después de todo, había sido ella quien me había recogido cuando el mundo se vino abajo.
Ella, quien había aprendido a ser adulta mientras intentaba que yo siguiera siendo un niño.
Ella, que había renunciado a media vida para asegurarse de que yo tuviera una.
—No parece muy preocupada.
—¿Por qué iba a estarlo?
—Porque todo internet cree que Olivia sale con Daniel Blake.
Rachel guardó silencio unos segundos. Después dijo algo que no esperaba.
—¿Y tú lo crees?
Aquello me pilló desprevenido. Porque la respuesta era sencilla. No. No lo creía. Ni siquiera después de ver las fotografías. Ni siquiera después de leer los titulares.
Había algo en todo aquello que no encajaba. Algo artificial. Forzado. Como si alguien hubiera decidido escribir una historia antes de comprobar si existía.
—No.
Rachel pareció satisfecha.
—Yo tampoco.
—¿Y eso?
—Porque la conozco.
Solté una carcajada.
—No conoces a Olivia.
—He visto entrevistas.
—Eso no es conocer a alguien.
—Mira quién habla.
Tuve que reconocer que tenía razón. Un poco.
—Además —continuó—, he visto cómo te mira ella.
La frase me dejó inmóvil.
—¿Perdón?
—Lo que has oído.
—Rachel.
—¿Qué?
—No me mira de ninguna forma.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Y yo.
Me dejé caer contra el respaldo de la silla.
Porque aquella conversación estaba empezando a resultarme peligrosamente incómoda.
—Solo hemos cenado una vez.
—Dos.
—Una.
—La otra fue accidental.
—Sigue sin contar.
—Para ti quizá.
—Tía Rachel.
—Ethan.
Suspiré. Y escuché cómo ella sonreía al otro lado de la línea. Porque sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Y porque estaba disfrutando muchísimo.
—¿Sabes qué creo?
Mala señal. Muy mala.
—No.
—Creo que tienes miedo.
—No tengo miedo.
—Sí lo tienes.
—No.
—Sí.
Volvimos a comportarnos como dos niños durante unos segundos. Hasta que terminé riéndome. Y ella también. Porque aquello era inevitable. Siempre lo había sido.
—No tengo miedo.
—Entonces explícame por qué sigues convencido de que una mujer como Olivia no podría interesarse por alguien como tú.
La sonrisa desapareció automáticamente. Porque esa sí era una pregunta real.
Y porque Rachel sabía exactamente dónde atacar.
—Porque es verdad.
—No.
—Sí.
—No.
—Rachel...
—Ethan...
—Vivimos en mundos distintos.
—Eso no significa nada.
—Significa mucho.
—No.
—Sí.
Ella suspiró. Y durante unos segundos no dijo nada. Cuando volvió a hablar, su voz sonó mucho más suave. Más seria. Más parecida a la mujer que me había criado.
—¿Sabes qué veo cuando te escucho?
No respondí, porque sospechaba que no iba a gustarme.
—Veo a un niño de doce años convencido de que no merece ciertas cosas.
Aquello dolió más de lo que esperaba. Mucho más.
—Rachel...
—No.
Esta vez fue ella quien me interrumpió.
—Llevas años construyendo una vida.
Una buena vida. Una empresa. Amigos. Una familia. Todo lo que has conseguido. Y aun así sigues creyendo que algunas puertas no son para ti.
Me quedé mirando las ventanas del despacho. La ciudad, los edificios, la distancia, sin responder. Porque no sabía cómo hacerlo. O quizá porque sí lo sabía. Y no quería admitirlo.
—No estoy diciendo que Olivia esté enamorada de ti.
—Gracias por la confianza.
—Estoy diciendo que deberías dejar que sea ella quien decida lo que quiere.
Aquella frase quedó suspendida entre nosotros. Y por algún motivo fue la que más me afectó. Porque era sencilla. Ridículamente sencilla.
Y aun así llevaba semanas haciendo exactamente lo contrario. Decidiendo por ella. Asumiendo cosas. Levantando barreras que ni siquiera sabía si existían.
—No sé de qué hablas.
—Mentiroso.
Sonreí, a pesar de todo.
—Eres imposible.