Capítulo 14 #2
Días en los que me habría gustado caminar por una calle sin que nadie me reconociera. Tomar un café sin que alguien sacara una foto. Cenar con un compañero de trabajo sin convertirme en noticia nacional. Ser simplemente Olivia. No Olivia Hart. Solo Olivia.
Y mientras observaba la ciudad, comprendí algo. Quizá aquello era precisamente lo que más me gustaba de Ethan. Que cuando estaba con él nunca parecía estar viendo a Olivia Hart.
Solo me veía a mí. Y por algún motivo, ese pensamiento consiguió que sonriera por primera vez en toda la mañana.
Estaba todavía junto a la ventana cuando volvió a sonar el teléfono. Esta vez no necesité mirar la pantalla para saber quién era. Lucas. Sin ninguna duda.
Porque Harper llamaba varias veces. Lucas llamaba hasta provocar un incidente diplomático. Cogí el móvil. Y efectivamente era Lucas.
Respiré hondo y contesté.
—Hola.
—¡Por fin!
Separé el teléfono de la oreja.
—¿Por qué todo el mundo me grita hoy?
—Porque llevo tres horas intentando localizarte.
—Eran las ocho y media de la mañana.
—Exactamente.
—Eso no ayuda a tu argumento.
—Olivia.
—Lucas.
—Tenemos un problema.
—Ya me he dado cuenta.
—No, tú no entiendes el nivel del problema.
—Estoy en todas las revistas.
—Sí.
—Y en internet.
—Sí.
—Y en televisión.
—Sí.
—Creo que lo entiendo.
—No.
Escuché papeles moviéndose al otro lado de la línea. Y probablemente también varios niveles de estrés clínicamente preocupantes.
—Tenemos cuarenta y siete solicitudes de entrevistas.
—No.
—Tres programas quieren declaraciones.
—No.
—Dos revistas ofrecen una exclusiva.
—No.
—Un podcast…
—Lucas.
—¿Qué?
—La respuesta es no.
Silencio.
—Sabía que ibas a decir eso.
—Porque me conoces.
—Demasiado bien.
Sonreí.
—¿Daniel está bien?
Aquello hizo que Lucas suspirara.
—Sorprendentemente, sí.
—Eso es buena señal.
—Ha sido mucho más razonable que tú.
—Eso me ofende.
—Debería.
Me reí, y escuché cómo él también terminaba riéndose.
Aquel era uno de los motivos por los que llevábamos tantos años trabajando juntos.
Porque incluso en mitad de una crisis seguíamos siendo capaces de bromear.
Aunque fuera durante treinta segundos.
—Ya ha hablado con su equipo —dijo finalmente.
—¿Y?
—Van a emitir un comunicado.
—Bien.
—Muy bien.
Me apoyé contra el cristal.
—Entonces se acabará.
Lucas guardó silencio. Y automáticamente supe la respuesta.
—Lucas.
—¿Sí?
—No pongas esa voz.
—¿Qué voz?
—La voz que utilizas cuando vas a decir algo que no quiero escuchar.
—No sé de qué hablas.
—Lucas.
Suspiró.
—No se acabará inmediatamente.
—Claro que no.
—Habrá titulares durante unos días.
—Lo sé.
—Comentarios.
—Lo sé.
—Especulaciones.
—Lo sé.
—Y probablemente alguna teoría conspirativa absurda.
—Eso también lo sé.
—Bien.
—Lucas.
—¿Sí?
—Llevo años haciendo esto.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de hablarme como si acabara de llegar a Hollywood.
—No puedo evitarlo.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que aparece un escándalo te enfadas exactamente igual que la primera vez.
Aquello me hizo sonreír. Porque desgraciadamente tenía razón.
—Sigo pensando que la gente debería ocuparse de sus propios asuntos.
—Eso no genera audiencia.
—Qué decepción.
—El mundo del entretenimiento entero se sostiene sobre la decepción.
Solté una carcajada. Y durante unos segundos el ambiente se relajó. Solo un poco.
—Escúchame —dijo entonces.
Su voz se volvió más seria. Más profesional.
—No hagas declaraciones.
—No pensaba hacerlo.
—No publiques nada.
—Tampoco.
—No respondas a nadie.
—Lucas.
—Ni siquiera si te enfadas.
—Lucas.
—Especialmente si te enfadas.
—Lucas.
—¿Qué?
—No tengo doce años.
—A veces no estoy seguro.
—Voy a despedirte.
—Llevas amenazando con eso desde hace siete años.
—Algún día lo haré.
—No.
—No.
Los dos sonreímos. Lo noté incluso sin verlo. Y entonces llegó el silencio cómodo que siempre aparecía cuando dejábamos de actuar como representante y actriz.
Cuando simplemente éramos Lucas y yo. Un par de amigos.
—¿Cómo estás? —preguntó de repente.
La pregunta me pilló desprevenida. Porque no era una pregunta profesional.
Era personal. Y por primera vez aquella mañana no respondí inmediatamente.
—He tenido días mejores.
Lucas suspiró suavemente.
—Harper me ha contado lo de tu madre.
Cerré los ojos. Por supuesto. Harper y Lucas eran incapaces de guardar secretos entre ellos cuando se preocupaban por mí.
—No pasa nada.
—Eso es mentira.
—Quizá un poco.
—Olivia.
Su voz se suavizó.
—No tienes que cargar con todo sola.
Aquello me hizo mirar la ciudad otra vez. Las calles, la gente, la distancia.
—Lo sé.
—¿Seguro?
—Sí.
—Bien. Porque tienes gente que te quiere.
Tragué saliva despacio.
—Lo sé.
—Y porque si necesito pegarle a alguien con una silla, estoy preparado.
Eso me hizo reír de verdad. Una risa fuerte e inesperada. La primera del día.
—Eso es tremendamente poco profesional.
—Soy representante, no santo.
—Menos mal.
—Exacto.
Sonreí. Y durante unos segundos me sentí un poco mejor. Solo un poco. Pero suficiente.
—Gracias.
—No me des las gracias.
—Te las doy igual.
—Qué pesada eres.
—Lo aprendí de ti.
—Eso es justo.
—Lo sé.
—Llámame si necesitas algo.
—Lo haré.
—Y deja de leer titulares.
—Lo intentaré.
—No lo harás.
—Probablemente no.
—Lo sabía.
Sonreí. Y colgué.
El apartamento volvió a quedarse en silencio. Pero ya no era el mismo silencio de antes. Ya no pesaba tanto.
Porque a veces los problemas seguían siendo exactamente los mismos.
Pero se volvían más soportables cuando recordabas que no estabas sola para enfrentarte a ellos.