Capítulo 14
Olivia
Lo primero que escuché fue el móvil. Lo segundo también. Y lo tercero.
Porque parecía decidido a despertarme, aunque tuviera que hacerlo por agotamiento psicológico.
Abrí un ojo. Luego el otro. Y durante unos segundos me quedé mirando el techo sin entender qué estaba pasando.
El teléfono volvió a sonar. Otra vez. Y otra. Y otra.
—¿Qué demonios...?
Alargué el brazo por la mesilla. Cogí el móvil y me incorporé de golpe.
Diecisiete llamadas perdidas. Diecisiete. Parpadeé. Volví a mirar la pantalla. Seguían siendo diecisiete. La mayoría eran de Lucas. Otras de Harper. Y había además una cantidad absurda de mensajes. Demasiados.
Cuando tu representante y tu mejor amiga intentaban localizarte con semejante insistencia, normalmente significaba una de tres cosas.
Que te habían dado un premio. Que te habían cancelado. O que la prensa había decidido inventarse una vida nueva para ti.
Y por experiencia sabía cuál era la opción más probable.
Miré la hora y vi que apenas eran las ocho y media de la mañana. Demasiado pronto para cualquier crisis. Aunque las crisis nunca parecían pedir permiso.
Ignoré los mensajes. Todos. Y llamé a Harper.
Contestó antes del segundo tono.
—¡Por fin!
Separé el teléfono de la oreja.
—Buenos días para ti también.
—¿Estabas dormida?
—Sí.
—Qué envidia.
—Harper.
—¿Has visto internet?
—No.
—¿La televisión?
—No.
—¿Las revistas?
—Acabo de abrir los ojos.
Silencio. Después, un suspiro.
—Estás en todas partes.
Cerré los ojos.
—Fantástico.
—No, nada fantástico.
—¿Qué ha pasado?
Hubo una pausa. Y eso nunca era buena señal.
—Han salido las fotos.
Tardé un segundo en entender.
—¿Qué fotos?
—Las de anoche.
Fruncí el ceño.
—¿Las de Daniel?
—Las de Daniel.
Me dejé caer contra el cabecero.
—No.
—Sí.
—Olivia.
—Dime que no.
—Ojalá pudiera.
Me tapé la cara con una mano. Porque ya sabía lo que venía después. Y efectivamente.
—Todo el mundo habla de una posible relación.
Quise desaparecer. Literalmente. Evaporarme. Convertirme en una nube. Mudarme a otro continente. Cualquier opción parecía razonable.
—Me quiero morir.
—No te mueras todavía.
—Me quiero morir mucho.
—Lo sé.
—Es mi guionista.
—Lo sé.
—Vamos a trabajar juntos.
—También lo sé.
—Tiene veinte años más que yo.
—Internet considera eso un detalle sin importancia.
Gemí. Directamente. Sin dignidad alguna.
—Voy a asesinar a alguien.
—Haz cola.
—Harper...
—Lucas está igual.
—Perfecto.
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque está gritando desde hace una hora.
—Eso sí me lo creo.
Harper soltó una carcajada.
—Pensé que ibas a llamarme antes.
—Estaba durmiendo.
—Qué irresponsabilidad.
—Lo siento mucho.
—No lo suficiente.
Suspiré.
—Voy a hablar con Daniel.
—Buena idea.
—Luego llamaré a Lucas.
—Mejor tú que yo.
—¿Tan mal está?
—Digamos que ha pronunciado la palabra «crisis» unas cincuenta veces.
—Eso es un martes normal para Lucas.
—También es verdad.
Sonreí por primera vez. Solo un poco.
—Gracias.
—Llámame después.
—Lo haré.
—Y no leas los comentarios.
—Nunca leo los comentarios.
—Mentira.
—Vale.
—Adiós, Olivia.
—Adiós.
Colgué, y durante exactamente tres segundos me permití contemplar la posibilidad de volver a dormirme.
Después recordé que mi vida no funcionaba así.
Busqué el contacto de Daniel y llamé. Contestó casi inmediatamente.
—Buenos días.
Su voz sonaba tranquila. Demasiado tranquila para alguien que también estaba protagonizando un escándalo inventado.
—¿Has visto las noticias?
—Sí.
—Me quiero morir.
Eso le hizo reír. Y sorprendentemente no me molestó.
—No es para tanto.
—Daniel.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Créeme. Lo sé.
Me levanté de la cama y comencé a caminar por el dormitorio.
—Esto es una locura.
—Sí.
—Cené con mi guionista.
—Sí.
—Y tomamos una copa.
—Correcto.
—Y ahora parece que estamos planeando una boda.
Daniel volvió a reír.
—Internet es creativo.
—Eso no tiene gracia.
—Un poco sí.
—Daniel.
—Perdón.
Suspiró, y cuando volvió a hablar, su tono fue mucho más suave.
—No te preocupes.
—Es difícil no hacerlo.
—Yo me encargo.
Me detuve.
—¿Cómo?
—Voy a desmentirlo.
—¿Tan sencillo?
—Más o menos.
—No quiero que esto te perjudique.
Hubo un silencio breve. Después, una respuesta tranquila.
—No me preocupa.
—A mí sí.
—Olivia.
Esperó hasta asegurarse de que estaba escuchando.
—No has hecho nada malo.
Aquello me hizo cerrar los ojos, porque precisamente ahí estaba el problema. No había hecho nada. Nada en absoluto.
Y, aun así, media ciudad parecía convencida de lo contrario.
—Gracias.
—No tienes que darlas.
—Aun así.
—Te llamaré más tarde.
—De acuerdo.
—Y deja de preocuparte.
—Eso va a ser complicado.
—Lo sé.
Sonreí sin querer y colgué.
Durante unos segundos permanecí inmóvil. Solo respirando. Intentando convencerme de que aquello no era tan grave. Pero entonces cometí el error de abrir internet.
Y todo empeoró.
Las fotografías estaban por todas partes. Daniel y yo entrando al restaurante. Daniel y yo saliendo. Daniel y yo tomando una copa. Daniel y yo hablando. Daniel y yo caminando. Daniel y yo respirando.
Probablemente, si existía una fotografía nuestra pestañeando, también la habrían publicado.
Los titulares eran incluso peores.
«¿Nuevo romance en Hollywood? Olivia Hart y Daniel Blake, mucho más que compañeros de trabajo». «Las imágenes que confirman la química entre actriz y guionista».
Cerré la aplicación, porque estaba empezando a desarrollar una migraña.
Y entonces volvió a sonar el teléfono. Miré la pantalla y sentí que toda la paciencia que me quedaba desaparecía.
Mamá.
Me quedé mirando la pantalla. Durante un segundo. Dos. Tres. Como si el nombre pudiera cambiar.
No cambió, seguía siendo ella. Mi madre.
Respiré hondo y contesté.
—¿Qué quieres?
Ni siquiera intenté sonar amable. No me quedaba energía para eso.
—Buenos días para ti también.
Su voz sonó ofendida. Como siempre. Como si fuera ella la que tuviera motivos para sentirse atacada.
—¿Qué quieres?
Repetí. Esta vez más despacio. Más fría.
Hubo una pausa, y entonces comprendí que no había llamado para disculparse. Ni para arreglar nada. Ni siquiera para intentar arreglarlo.
Había llamado porque había visto las noticias.
—He visto las fotos.
Cerré los ojos. Por supuesto que las había visto.
—Qué sorpresa.
—No sabía que tenías dos relaciones al mismo tiempo.
La sangre me hirvió instantáneamente.
—¿Perdona?
—Bueno, una actriz tan ocupada como tú...
—Mamá.
—Supongo que uno puede ser el tonto que paga y el otro el guapo con el que te acuestas.
Durante un segundo me quedé completamente inmóvil. No por la sorpresa, porque de ella ya me esperaba cualquier cosa. Sino porque, incluso para ella, aquello era bajo.
Muy bajo.
—No vuelvas a hablarme así.
Mi voz salió tan fría que apenas la reconocí.
—Solo digo lo que piensa la gente.
Abrí los ojos mirando las enormes ventanas del dormitorio. La ciudad seguía moviéndose ahí fuera. Indiferente. Ajena. Y yo estaba agotada.
Absolutamente agotada.
—Escúchame bien.
Ella permaneció en silencio. Quizá porque notó algo distinto en mi tono. Quizá porque por primera vez en mucho tiempo no estaba dispuesta a ceder ni un centímetro.
—No voy a darte dinero.
—Olivia...
—No.
—Lo necesito.
—No.
—Solo una vez más.
Solté una carcajada breve, incrédula.
—Llevo escuchando esa frase casi diez años.
Silencio.
—Tu madre necesita ayuda.
—Mi madre necesita responsabilidades.
—Eres una egoísta.
—Y tú una manipuladora.
Aquello la hizo callar. Solo un segundo. Pero bastó.
—¿Cómo te atreves?
—Muy fácilmente.
—Después de todo lo que hice por ti...
—Ahí está otra vez.
—Porque es verdad.
—No.
Mi voz tembló ligeramente. No de miedo. De rabia.
—Lo que hiciste fue criar a tu hija. Lo mínimo que se espera de un padre o una madre.
—Eres una desagradecida.
—Y tú llevas años intentando hacerme sentir culpable por existir.
El silencio al otro lado fue absoluto por primera vez. Y comprendí que había dicho algo que ella no esperaba escuchar.
—Déjame en paz.
—Olivia...
—No.
—Necesito dinero.
—No.
—Por favor.
—No.
Respiré despacio. Porque ya no quería discutir. Ya no quería pelear. Ya no quería justificarme.
Solo quería que terminara.
—O me dejas en paz.
Mi voz salió tranquila. Demasiado tranquila.
—O tomaré medidas.
Ella tardó unos segundos en responder.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy poniendo límites.
—Soy tu madre.
—Y precisamente por eso llevas demasiados años cruzándolos.
Silencio.
Después, un resoplido indignado. Y finalmente la llamada se cortó. No supe si colgó ella o colgué yo. Y sinceramente me dio igual. Dejé el móvil sobre la cama. Y me quedé quieta. Muy quieta.
Escuchando únicamente mi respiración durante mucho tiempo. Porque cuando la rabia desapareció, llegó otra cosa.
Cansancio. Un cansancio enorme y profundo. De esos que no tienen nada que ver con dormir poco.
Me acerqué a las ventanas. Observando Central Park. Los edificios, la ciudad.
Toda aquella vida moviéndose sin detenerse. Y pensé en lo absurdo que era todo.
Me gustaba mi trabajo, de verdad. Me gustaba actuar. Contar historias. Convertirme en personas diferentes durante unas horas. Me gustaban los rodajes. Los personajes. La magia que existía entre una página escrita y una escena terminada. Todo eso me encantaba. Nunca había sido el problema.
El problema era lo demás. Los titulares, las mentiras, las especulaciones, la sensación constante de que desconocidos opinaban sobre una vida que ni siquiera conocían.
Anoche había cenado con mi futuro guionista. Nada más. Una cena. Una conversación. Una copa. Y ahora parecía que medio país había decidido escribir una novela romántica que no existía.
A veces la fama se parecía mucho a vivir dentro de una historia escrita por otras personas. Una historia donde tú eras el personaje principal. Pero nunca el autor.
Apoyé la frente contra el cristal. Y por primera vez en mucho tiempo, deseé algo que nunca me permitía desear.
Anonimato. Solo un poco. No para siempre. No porque quisiera abandonar mi carrera. Ni porque me arrepintiera de nada. Simplemente porque había días como aquel.