Tú no eres parte del guion Capítulo 13
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Capítulo 13

Olivia

La cena avanzó lentamente. Sin prisas, sin interrupciones. Y eso, en mi vida, era casi un milagro.

La conversación había dejado atrás el guion hacía ya varios minutos. Ahora hablábamos de personas. De decisiones. De errores.

De esas cosas que siempre terminan apareciendo cuando dos desconocidos dejan de ser completamente desconocidos.

—¿Siempre quisiste ser actriz? —preguntó Daniel.

Jugué con la copa entre las manos.

—No.

Aquello pareció sorprenderle.

—¿No?

Negué con la cabeza.

—Cuando era pequeña quería ser veterinaria.

Daniel sonrió.

—Eso es bastante específico.

—Me gustaban los animales.

—¿Y qué pasó?

—Que descubrí que la sangre me daba impresión.

Aquello le hizo reír, y por algún motivo me gustó escucharlo. Era una risa cálida. No la clase de risa educada que solía abundar en Hollywood.

—Problema importante para una veterinaria.

—Bastante.

—Así que acabaste actuando.

—Acabé sobreviviendo.

Las palabras escaparon antes de que pudiera suavizarlas. Daniel no comentó nada inmediatamente. Solo me observó. Y comprendí que había entendido más de lo que pretendía explicar.

—Tuviste que crecer rápido.

No era una pregunta. Y aquello me hizo bajar la mirada.

—Sí.

—Lo siento.

Aquella respuesta me sorprendió. Porque normalmente la gente decía otra cosa. Qué valiente. Qué admirable. Qué inspirador. Nunca lo siento. Y, sin embargo, era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Porque crecer demasiado rápido no era una medalla. Era una herida.

—Gracias.

Daniel asintió despacio, como si comprendiera perfectamente lo que acababa de decir. Y quizá lo hacía.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—¿Siempre quisiste escribir?

Sonrió ligeramente.

—Desde que tenía uso de razón.

—Eso suena mucho más sencillo.

—No lo fue.

—¿No?

Negó con la cabeza. Y por primera vez desde que nos conocíamos, pareció cansado. No físicamente. Algo más profundo.

—La mayoría de las cosas importantes nunca son sencillas.

Asentí. Porque entendía exactamente a qué se refería. Aunque nuestras historias fueran distintas.

—¿Tienes hijos?

La pregunta salió sin pensar, y en cuanto la pronuncié, me arrepentí. Porque vi algo cambiar en sus ojos. Muy rápido, pero lo vi. Un dolor antiguo.

—No.

—Lo siento.

—No pasa nada.

Pero sí pasaba. Lo supe inmediatamente.

No hacía falta ser actriz para reconocer una emoción escondida. Durante unos segundos ninguno habló y, extrañamente, el silencio no resultó incómodo.

Solo triste. Como si los dos estuviéramos pensando en algo parecido sin saberlo.

—A veces pienso que habría sido un buen padre.

La frase me pilló completamente desprevenida. Levanté la vista.

Daniel estaba mirando la ciudad a través del ventanal. No parecía estar hablándome a mí. Parecía estar hablándose a sí mismo.

—¿Por qué no lo fuiste?

La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla. Daniel permaneció en silencio unos segundos.

—Porque algunas decisiones no dependen únicamente de nosotros.

Aquello me dejó inmóvil. Porque había algo en su voz. Algo extraño. Una especie de arrepentimiento. Como si estuviera recordando algo que nunca consiguió reparar. Y por un instante sentí una punzada en el pecho.

Inesperada e incomprensible.

—Mi padre murió antes de que yo naciera.

Las palabras salieron casi en un susurro. Daniel giró lentamente la cabeza y la expresión de su rostro cambió por completo.

No fue sorpresa. Fue algo más profundo. Algo que desapareció tan rápido que casi pensé que lo había imaginado.

—Lo sé.

Parpadeé.

—¿Lo sabes?

—Lo leí hace años en una entrevista.

Claro, eso tenía sentido. Por supuesto que tenía sentido. Y aun así... Aquella respuesta no terminó de convencerme.

—Nunca he sabido mucho sobre él.

Daniel no dijo nada. Esperó. Como si quisiera que continuara.

—Mi madre apenas habla del tema.

—¿Y tú?

Me encogí ligeramente de hombros.

—Supongo que dejé de preguntar.

Mentira. Había preguntado durante años. Pero llega un momento en el que uno se cansa de obtener siempre el mismo silencio.

—Eso debió de ser difícil.

—Lo fue.

Por primera vez desde que había comenzado la cena, sentí un nudo en la garganta. Uno real, no provocado por mi madre. Ni tampoco por Ethan.

—Siempre tuve la sensación de que me faltaba una parte de la historia.

Daniel bajó la mirada. Y durante un segundo pareció incapaz de responder.

—A veces las historias incompletas son las que más duelen.

Aquella frase quedó suspendida entre nosotros llena de significado. Y no entendí por qué me afectó tanto. Solo sabía que lo hizo.

Porque por un instante tuve la sensación más extraña de mi vida. La sensación de estar sentada frente a alguien que comprendía exactamente aquello que llevaba años intentando explicar.

Y que quizá sentía la misma pérdida. Aunque ninguno de los dos supiera realmente por qué.

Después de la cena, ninguno de los dos pareció tener demasiada prisa por marcharse.

La conversación había encontrado un ritmo cómodo. Como si lleváramos años hablando en lugar de apenas unos días.

Fue Daniel quien propuso tomar una copa.

—Conozco un sitio cerca de aquí.

—¿Tranquilo?

—Mucho.

—Entonces me interesa.

Aquello le hizo sonreír.

Y veinte minutos después estábamos sentados en una terraza discreta sobre uno de los edificios más bonitos de Manhattan.

La noche era agradable y cálida. Las luces de Nueva York se extendían a nuestro alrededor como una alfombra infinita.

Y, por primera vez en todo el día, sentí que el peso que había estado arrastrando desde la llamada con mi madre se hacía un poco más ligero.

Pedimos algo sencillo, nada especialmente fuerte. Ninguno parecía tener ganas de una noche excesiva.

Lo que ambos queríamos era seguir hablando, y eso fue exactamente lo que hicimos.

Durante más de una hora. Sobre el guion, sobre el personaje principal, sobre las escenas que todavía necesitaban trabajarse. Sobre cine, sobre libros, sobre historias.

Sobre las personas que escribían historias porque no sabían cómo explicar su propia vida.

—Eso ha sonado sospechosamente autobiográfico —comenté.

Daniel soltó una carcajada.

—Los guionistas somos ladrones emocionales.

—¿Eso es una confesión?

—Es una advertencia.

—Demasiado tarde.

—Probablemente.

Me reí, y me sorprendió darme cuenta de que era una risa real. No educada ni profesional, ni la sonrisa pública que llevaba años perfeccionando. Una de verdad.

Daniel también pareció darse cuenta. Porque me observó durante un instante antes de decir:

—Así estás mejor.

—¿Cómo?

—Riéndote.

Aquello me pilló desprevenida.

—Eso ha sonado muy paternal.

La expresión de Daniel cambió apenas una fracción de segundo. Lo suficiente para que lo notara. Pero no para entender por qué.

—Perdona.

—No tienes que disculparte.

—A veces se me olvida que eres adulta.

Parpadeé.

—Tengo veintisiete años.

—Lo sé.

—Entonces deja de tratarme como si tuviera quince.

—Lo intentaré.

Aquello me hizo sonreír otra vez, y él también sonrió.

Pero por alguna razón aquella conversación se quedó dando vueltas en mi cabeza. No porque fuera importante. Sino porque había algo en ella.

Algo extraño. Algo que no terminaba de comprender.

Seguimos hablando y el tiempo pasó sin que ninguno se diera cuenta. Hasta que terminé mirando la hora.

—Vaya.

—Eso suele ser mala señal.

—Es muchísimo más tarde de lo que pensaba.

Daniel consultó su reloj.

—Tienes razón.

—Mañana tengo que madrugar.

—Entonces debería devolverte a casa antes de que tu representante decida que soy una mala influencia.

—Lucas ya piensa eso de todo el mundo.

—Eso me tranquiliza.

Nos levantamos entre risas y poco después estábamos de nuevo en el coche.

La ciudad parecía diferente de noche. Quizá porque las luces ocultaban las imperfecciones. O quizá porque yo estaba demasiado cansada para buscarlas.

El trayecto transcurrió entre comentarios sobre el rodaje. Sobre el calendario, sobre algunas ideas que queríamos desarrollar. Y antes de darme cuenta, estábamos frente a mi edificio.

Daniel detuvo el coche. Miré hacia la entrada. Después volví a mirarlo a él. Y durante unos segundos me quedé pensando.

Porque no recordaba la última vez que alguien había conseguido exactamente aquello.

Distraerme. Sacarme de mi propia cabeza. Hacerme olvidar, aunque fuera unas horas, todo lo demás.

—Gracias.

Daniel giró ligeramente la cabeza.

—¿Por qué?

—Por esta noche.

Sonrió.

—No hay por qué darlas.

—Sí lo hay.

Negué suavemente con la cabeza.

—Ha sido un día complicado.

—Lo sé.

—Y durante unas horas conseguí olvidarlo.

La expresión de Daniel se suavizó. Más todavía.

—Me alegro de haber ayudado.

—Lo has hecho.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Y, una vez más, el silencio resultó cómodo.

—Estoy deseando que trabajemos juntos —dijo finalmente.

—Yo también.

Y era verdad.

Más de lo que habría imaginado al conocerlo. Porque ya no se trataba solo del proyecto. Ni siquiera del guion. Se trataba de él. De la facilidad con la que hablábamos. De lo sencillo que resultaba estar a su lado. De la confianza que inspiraba.

Algo poco habitual en mi vida.

—Buenas noches, Olivia.

—Buenas noches, Daniel.

Salí del coche, cerré la puerta y me quedé observando cómo se alejaba por la avenida.

Solo unos segundos. Después me dirigí hacia el edificio. La noche era tranquila. Las luces de Central Park brillaban al otro lado de la calle.

Y mientras caminaba hacia el portal, me descubrí pensando en algo que no esperaba.

Daniel Blake era mucho más que uno de los mejores guionistas de Hollywood. Muchísimo más.

Era un hombre inteligente. Amable. Divertido. Y extrañamente fácil de querer.

Alguien con quien se podía hablar de cualquier cosa. De trabajo, de miedos, de sueños, de heridas.

Y lo más sorprendente de todo era que, sin darme cuenta, había empezado a sentirme realmente cómoda a su lado.

Como si lo conociera desde mucho antes de haberlo conocido. Como si alguna parte de mí confiara en él de forma natural.

Instintiva. Sin explicaciones. Sin lógica. Sin saber que quizá había una razón para ello. Una razón que todavía estaba escondida. Esperando el momento adecuado para salir a la luz.