Tú no eres parte del guion Capítulo 12
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Capítulo 12

Olivia

La portada estaba por todas partes. No importaba cuánto intentara ignorarla.

Estaba en internet. En las redes. En los programas de televisión. En las revistas digitales.

Incluso Harper me había enviado una captura aquella mañana acompañada de un mensaje que decía:

Harper: Felicidades por tu boda secreta.

Había respondido con un insulto. Ella había respondido con tres emojis llorando de risa. Y ahí había terminado la conversación. O eso pensaba.

Porque media hora después sonó mi teléfono. Y el nombre que apareció en la pantalla hizo que se me revolviera el estómago. Mamá.

Me quedé mirando el móvil. Una vez. Dos veces. Tres. Como si ignorarlo pudiera hacer desaparecer el problema.

No desapareció. Seguía sonando. Y algo dentro de mí ya estaba cansado de huir.

Deslicé el dedo.

—¿Qué quieres?

Ni siquiera saludé. Al otro lado hubo un silencio breve.

Después, una voz que conocía demasiado bien.

—Qué bonito recibimiento.

Cerré los ojos. Ya empezábamos.

—¿Qué quieres, mamá?

—¿No puedo llamar a mi hija?

—No después de tres meses sin dar señales de vida.

Silencio, y luego escuché un suspiro dramático. También conocido como una de sus especialidades.

—Siempre estás a la defensiva.

—Porque siempre llamas por algo.

—Eso no es cierto.

Me reí. Una carcajada breve. Sin humor.

—Las dos sabemos que sí.

Otra pausa. Y entonces llegó la verdadera razón de la llamada.

—Estoy pasando un momento complicado.

Claro. Por supuesto. Nunca fallaba.

—No.

—Olivia...

—No he dicho nada todavía.

—Ya sé lo que vas a decir.

—Entonces ahorrémonos tiempo.

—Necesito ayuda.

Ahí estaba. Respiré despacio contando hasta tres. Luego hasta cinco. No sirvió de nada.

—No puedes seguir apareciendo únicamente cuando necesitas dinero.

—No es eso.

—Sí es eso.

—Eres injusta.

—No.

Mi voz salió más fría de lo que esperaba. Más cansada y rota.

—Encuentra un trabajo.

Silencio.

—¿Perdona?

—Un trabajo.

—Tengo problemas de salud.

—Tienes cincuenta años.

—Y problemas.

—Y una capacidad extraordinaria para evitar cualquier responsabilidad.

—Olivia...

—No.

Me levanté del sofá y empecé a caminar por el salón. Necesitaba moverme porque si me quedaba quieta, acabaría gritando.

—Haz algo con tu vida.

—¿Cómo puedes hablarme así?

—Porque estoy cansada.

—Soy tu madre.

—Y yo soy tu hija. No tu cuenta bancaria.

El silencio al otro lado se volvió más pesado. Ya conocía esa fase. Era la transición hacia el victimismo.

Tres. Dos. Uno.

—Después de todo lo que hice por ti.

Ahí estaba, como siempre.

—No empieces.

—Te saqué adelante sola.

—No empieces.

—Sin ayuda de nadie.

—Mamá...

—Sin un padre.

Apreté los dientes. Fuerte. Muy fuerte.

—Deja de hacerte la víctima.

—¿Víctima?

—Sí.

—¿Ahora soy la mala?

—Estoy diciendo que dejes de recordarme constantemente que me criaste hasta los diecisiete años.

Silencio. La escuché respirar y, por primera vez en mucho tiempo, no sentí culpa. Solo agotamiento.

—Porque desde los dieciocho me he valido por mí misma.

—Eso no es verdad.

—Ah, ¿no?

—Te ayudé.

—No.

Mi voz sonó más dura. Más afilada.

—Me utilizaste.

Silencio.

—Necesito ese dinero.

—No.

—No puedes negármelo.

—Sí puedo.

—Me lo debes.

Aquellas palabras me atravesaron como una cuchilla. Porque las había escuchado demasiadas veces. Desde demasiado joven.

—¿Perdón?

—Me debes ese dinero.

—No te debo nada.

—Te traje al mundo.

Cerré los ojos, y algo dentro de mí terminó de romperse.

—No.

—Sí.

—No.

—Soy tu madre.

—Y yo era una niña.

La respiración me tembló. Solo un segundo, pero fue suficiente.

—Te tuve.

—No te pedí que lo hicieras.

Silencio. Después, otro suspiro. Y esa voz. La misma de siempre. La que utilizaba cuando quería hacerme sentir pequeña. Culpable y mala persona.

—Tu padre estaría avergonzado de ti.

Aquello fue el golpe definitivo. Abrí los ojos y algo se volvió completamente frío dentro de mí.

—No hables de él.

—Pues alguien tiene que hacerlo.

—No hables de él.

—Te parecerás mucho a él, pero…

—¡No sabes nada de él!

El silencio que siguió fue brutal. Incluso ella pareció sorprendida. Y yo también. Porque la rabia me estaba ahogando.

Y ya no podía contenerla.

—A veces pienso que ojalá hubiera muerto yo en vez de mi padre.

Las palabras salieron antes de poder detenerlas. Antes siquiera de comprenderlas.

Y entonces colgué. Sin esperar respuesta. Sin escuchar nada más. Solo colgué y me quedé allí.

En medio del salón, temblando, mirando las ventanas. Mirando Central Park sin verlo realmente.

Porque lo único que podía escuchar era el eco de mis propias palabras. Y el vacío que habían dejado detrás.

No sabía cuánto tiempo pasó. Cinco minutos. Diez. Quizá más. Hasta que el móvil vibró otra vez.

Lo miré esperando verla a ella, pero no era ella. Era Daniel Blake.

El mensaje era breve pero directo.

Daniel: ¿Te apetece cenar esta noche? Quería hablar contigo sobre algunos cambios en el guion.

Parpadeé una vez. Dos. Era exactamente lo que necesitaba. Una distracción. Algo diferente. Algo que me sacara de mi propia cabeza.

Tecleé una respuesta.

Olivia: Claro.

La contestación llegó apenas unos segundos después.

Daniel: Perfecto. Paso a recogerte dentro de una hora.

Me quedé mirando la pantalla y, por primera vez desde la llamada con mi madre, conseguí respirar con normalidad.

Aunque no tenía ni idea de que aquella cena iba a cambiar mucho más que un simple guion.

La hora pasó demasiado deprisa. O quizá fui yo la que necesitaba desesperadamente dejar de pensar.

Después de la llamada con mi madre, había intentado distraerme. Una ducha, música, un café. Incluso responder algunos correos pendientes.

Nada funcionó. Porque cada vez que conseguía apartar el tema de mi cabeza, una frase regresaba.

Una mirada. Un recuerdo. Una herida. Y vuelta a empezar. Por eso, cuando sonó el timbre, sentí un alivio ridículo.

Como si alguien acabara de abrir una ventana en una habitación sin aire.

Cogí el bolso, me comprobé en el espejo de la entrada y bajé.

Daniel estaba esperándome junto a un coche negro. Sin chófer, sin asistentes, sin nadie más. Aquello me sorprendió.

La mayoría de las personas con su prestigio llevaban alrededor una pequeña corte de colaboradores. Daniel, no.

Daniel parecía cómodo estando solo. Cuando me vio acercarme, sonrió.

—Puntual.

—Empiezo a sospechar que es una obsesión vuestra.

—¿Nuestra?

—Los hombres que me rodean últimamente.

Una chispa divertida apareció en sus ojos.

—No estoy seguro de querer preguntar.

—Es una decisión inteligente.

La sonrisa se amplió y por algún motivo aquello me relajó. Había algo extrañamente sencillo en él.

Algo que resultaba difícil de explicar.

Subimos al coche y durante los primeros minutos hablamos de cosas sin importancia.

El tráfico, la ciudad. El calor de junio. Nada importante. Nada peligroso. Hasta que Daniel me miró un instante.

—Has tenido un mal día.

No era una pregunta. Suspiré.

—¿Tan evidente es?

—Un poco.

—Genial.

—No tienes por qué contármelo.

—Lo sé.

Y eso era precisamente lo extraño. Que no insistiera. Que no presionara. Que simplemente dejara la puerta abierta.

Como si entendiera que algunas personas necesitaban acercarse a las cosas a su propio ritmo.

—Mi madre ha llamado.

Daniel asintió despacio. Como si aquello explicara muchas cosas.

—¿Mala relación?

Solté una pequeña carcajada amarga.

—Eso sería una forma elegante de describirlo.

Durante unos segundos permaneció en silencio, atento.

—Las relaciones entre padres e hijos son complicadas.

Algo en su voz hizo que girara la cabeza. Había tristeza allí. Muy escondida pero real.

—¿Experiencia propia?

Una sombra cruzó sus ojos, tan rápida que casi pensé que la había imaginado.

—Digamos que sí.

No profundicé. Porque todos tenemos lugares donde no queremos que entren desconocidos.

Y, aunque Daniel me cayera bien, seguía siendo prácticamente un desconocido.

Llegamos al restaurante poco después. Era elegante y discreto. Uno de esos lugares donde nadie levantaba la voz.

Donde las conversaciones parecen importantes incluso cuando no lo son.

Nos acomodaron en una mesa apartada. Y por primera vez desde que había empezado la noche, sentí que podía respirar sin esfuerzo.

—Mucho mejor —murmuré.

—¿El restaurante?

—La ausencia de periodistas.

Eso le hizo reír.

—Eso tiene solución.

—¿Cuál?

—Convertirte en guionista.

—No creo que Lucas sobreviva a esa noticia.

—Ni yo.

Sonreí. Y durante los siguientes minutos hablamos realmente del proyecto.

Del personaje, del guion, de escenas, de emociones. Y me sorprendió descubrir lo fácil que era trabajar con él.

Porque escuchaba. No esperaba simplemente su turno para hablar. Ethan escuchaba, y eso era más raro de lo que debería.

—Tienes muy buen instinto —dijo en un momento.

—Eso es porque llevo años interpretando historias.

—No es lo mismo.

—¿No?

Negó con la cabeza.

—Hay actores excelentes que no entienden cómo funciona una historia.

—Y yo sí.

—Mucho más de lo que crees.

Aquello me hizo sonreír porque sonaba sincero. No como un cumplido vacío. Y durante un instante tuve una sensación extraña. Familiar.

Como si aquella conversación me resultara conocida. Como si ya hubiera vivido algo parecido. No con él. Con otra persona. En otro momento.

Pero la sensación desapareció tan rápido como llegó.

—¿Qué pasa? —preguntó Daniel.

Parpadeé.

—Nada.

—Has puesto esa cara.

—¿Qué cara?

—La de alguien que se ha ido muy lejos durante unos segundos.

Me reí.

—Eres muy observador.

—Es parte de mi trabajo.

—Eso empieza a dar miedo.

—Lo sé.

Y volvió a sonreír. Aquella sonrisa tranquila, cálida, y extrañamente protectora.

Y sin saber por qué, me descubrí pensando que estar allí era fácil. Mucho más fácil de lo que debería haber sido.

Como si hubiese algo en Daniel Blake que me resultara familiar. Algo que mi cabeza no entendía.

Pero que mi corazón parecía reconocer.