Capítulo 11
Ethan
La primera vez que vi la portada pensé que era una broma.
La segunda vez me di cuenta de que no lo era.
Y a la tercera ya estaba planteándome seriamente tirar el móvil por la ventana.
—Increíble —murmuré.
La fotografía ocupaba media pantalla.
Olivia y yo saliendo del restaurante. Ella mirándome. Yo inclinándome ligeramente hacia ella.
Desde cierto ángulo parecía mucho más íntimo de lo que realmente había sido. Y eso ya era decir bastante.
Leí el titular una vez. Luego otra. Y después decidí que los periodistas tenían una imaginación admirable cuando no estaban ocupados inventando tonterías.
Porque aquello no se parecía en nada a la realidad.
Bueno, quizá un poco. Y precisamente por eso era peligroso.
Lo peor era que, si alguien me hubiera enseñado aquella fotografía sin contexto, probablemente habría pensado lo mismo que el resto del mundo.
Parecíamos cómodos, cercanos. Como dos personas que compartían algo. Algo más que una cena. Algo más que una conversación.
Y el problema era que una parte de mí sabía exactamente por qué la imagen transmitía eso.
Porque durante aquella cena yo apenas había sido consciente del resto del restaurante.
Había demasiadas cosas llamando mi atención al otro lado de la mesa. Demasiadas cosas relacionadas con una mujer de ojos verdes.
Una mujer que conseguía que las conversaciones parecieran más cortas de lo que eran.
Y los silencios más interesantes.
El teléfono sonó y en la pantalla apareció el nombre de mi tía Rachel. Por supuesto. Porque el universo todavía no había terminado de divertirse conmigo.
Suspiré, cogí aire y contesté.
—Buenos días.
—¿Buenos días?
Su tono era tan teatral que cerré los ojos.
—Eso suele decirse por las mañanas.
—¡Sales en una portada!
—Hola, Ethan —dije, tratando de sonar como ella.
—¡Con Olivia Hart!
—¿Cómo estás, Ethan?
—¡Ethan!
Me reí. No pude evitarlo.
—Vale. Ya está.
—No, no está.
—Sí está.
—No está.
Me levanté de la silla y caminé hacia la cocina. Porque ya conocía esa voz. Y sabía exactamente lo que venía después.
—He visto las fotos.
—Me lo imaginaba.
—He visto todas sus películas.
—También me lo imaginaba.
—La sigo en redes sociales.
—Eso no me sorprende.
—Es muy simpática.
—Tía Rachel...
—Y además he leído que está preparando una película nueva.
Abrí la nevera y cogí una botella de agua, demasiado consciente de hacia dónde iba aquella conversación.
—¿Lo sabías?
—¿El qué?
—Que va a rodar una película basada en un guion de Daniel Blake.
Ahí sí arqueé la ceja. Porque ese nombre sí lo conocía. Incluso yo. Y el cine no era precisamente mi especialidad.
—Algo he oído.
—¿Algo has oído?
—Tía Rachel...
—Daniel Blake.
—Sí.
—Daniel Blake.
—Lo has dicho dos veces.
—Porque es Daniel Blake.
—Empiezo a sospechar que te gusta Daniel Blake.
—Es uno de los mejores guionistas de los últimos veinticinco años.
—¿Y eso lo sabes porque...?
—Porque leo.
—Claro.
Mi tía resopló.
—No puedo creerme que estés saliendo con Olivia Hart.
Me atraganté con el agua. Literalmente.
—No estamos saliendo.
—Claro.
—Rachel.
—¿Qué?
—No estamos saliendo.
—Las fotos parecen opinar otra cosa.
—Las fotos mienten.
—Tus ojos no.
Me quedé callado. Mal movimiento. Porque Rachel detectaba cualquier silencio sospechoso igual que un tiburón detectaba sangre.
—Ajá.
—No hagas eso.
—Lo estás haciendo tú solo.
—No estamos juntos.
—Todavía.
Cerré los ojos. Porque aquella palabra me recordó inmediatamente otra conversación.
Otra noche. Otra persona. Y unos ojos verdes mirándome como si acabara de perder completamente la cabeza.
—Rachel.
—¿Qué?
—De verdad.
—Vale. Pero hacéis muy buena pareja.
Suspiré. Ahí estaba la parte inevitable.
—No la conoces.
—He visto entrevistas.
—Eso no es conocer a alguien.
—Vale.
—Además...
Me callé demasiado tarde.
—Además, ¿qué?
—Nada.
—Ethan.
—Somos de mundos diferentes.
—¿Y eso qué significa?
—Significa exactamente lo que significa.
—Explícamelo.
Apoyé una mano en la encimera y me quedé mirando las vistas de Manhattan por la ventana.
—Olivia no saldría con alguien como yo.
Rachel tardó exactamente medio segundo en responder.
—¿Alguien cómo?
—Ya sabes.
—No. No lo sé.
—Rachel.
—Ethan.
—Alguien normal.
—¿Normal?
—Sí.
—¿Te refieres a ese hombre alto, atractivo, inteligente y dueño de una empresa?
—Eso no es lo que quería decir.
—Pues es lo que he oído.
—Me refiero a alguien sin fama, tía Rachel.
Silencio, y después, una carcajada.
—Dios mío.
—¿Qué?
—Eso es lo más absurdo que te he oído decir en años.
—No lo es.
—Sí lo es.
—No.
—La fama no lo es todo en la vida.
—No he dicho que lo sea.
—Lo estás insinuando.
—Estoy siendo realista.
—Estás siendo cobarde.
Aquella palabra golpeó más de lo que esperaba. Porque Rachel rara vez la utilizaba, y porque cuando lo hacía, normalmente tenía motivos.
—No soy un cobarde.
—Entonces deja de actuar como uno.
—Tengo una reunión dentro de diez minutos.
Mentira. Una descarada y evidente. Rachel lo sabía. Yo lo sabía. Los dos lo sabíamos.
—Claro que sí.
—Sí.
—Ethan.
—¿Qué?
—Quiero verte este fin de semana.
Sonreí. Porque aquello sí era real.
—Iré.
—Y trae a Olivia.
Casi me atraganto otra vez.
—Rachel.
—Quiero una foto con ella.
—No.
—Sí.
—No.
—Quiero presumir delante de mis amigas.
—Eres peor que una fan adolescente.
—No lo sabes tú bien.
Aquello me hizo reír, y a ella también.
Durante unos segundos fuimos simplemente nosotros, como siempre. Sin complicaciones. Sin titulares. Sin fotografías. Sin Olivia. O al menos sin hablar de ella.
—Te quiero, Ethan.
La sonrisa desapareció un poco. Solo un poco.
—Yo también te quiero.
—Nos vemos pronto.
—Nos vemos.
Colgué, y el apartamento quedó en silencio. Un silencio distinto al de otros días.
Porque Rachel había puesto voz a algo que yo llevaba intentando ignorar desde hacía días.
No era Olivia, no exactamente. Era lo que Olivia representaba.
La posibilidad. La diferencia. La distancia entre nuestras vidas.
Me apoyé contra la encimera mirando Manhattan a través de los enormes ventanales.
La ciudad seguía moviéndose, los taxis seguían circulando, las personas seguían corriendo de un lado a otro, el mundo seguía exactamente igual.
Y, sin embargo, yo sentía que algo se había desplazado ligeramente bajo mis pies.
Algo mínimo, pero suficiente para desequilibrarme.
Volví a abrir el artículo. Error. Grave error. Porque había comentarios. Miles de comentarios.
Y la humanidad jamás había demostrado autocontrol cuando tenía acceso a internet.
Leí tres, solo tres, y fueron suficientes.
Algunos aseguraban que estábamos juntos. Otros decían que aquello era una estrategia publicitaria. Algunos incluso habían decidido que nos casaríamos antes de final de año.
Fantástico. Internet acababa de organizar mi boda con una mujer que apenas conocía.
Bloqueé el teléfono, lo dejé sobre la encimera y lo volví a coger diez segundos después. Porque claramente también estaba perdiendo la cabeza.
Mi mirada regresó a la fotografía. Olivia, incluso captada desde lejos, parecía imposible de ignorar.
El cabello castaño miel cayendo sobre los hombros. La piel dorada bajo las luces de la calle. Aquella sonrisa que aparecía de repente y transformaba completamente su rostro. Y los ojos. Verdes, brillantes e insoportablemente expresivos.
Nunca había entendido cuando la gente hablaba de alguien capaz de iluminar una habitación.
Hasta ella.
Porque Olivia tenía exactamente ese efecto. No importaba cuántas personas hubiera alrededor. No importaba cuántas conversaciones estuvieran ocurriendo. Tarde o temprano acababas fijándote en ella. Y no solo por su belleza.
Había algo más. Algo difícil de definir. Una energía, una naturalidad, una forma de estar presente. Y cuanto más pensaba en ello, más me molestaba estar pensándolo.
Porque aquello empezaba a parecerse demasiado a una obsesión.
El móvil volvió a sonar. Esta vez era Chloe, por supuesto. Porque aparentemente hoy todo el mundo había decidido invadir mi paz mental.
—Dime.
—Has visto la portada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco tu expresión de crisis existencial.
—Es una llamada telefónica.
—La noto igual.
Suspiré.
—No tengo una crisis existencial.
—Claro.
—No la tengo.
—¿Cuántas veces has leído el artículo?
Silencio.
—Ajá.
—No respondas a tus propias preguntas.
—¿Cinco veces?
—No.
—¿Diez?
—Chloe.
—Diez.
—No importa.
—Diez.
—Probablemente.
—Dios mío.
Me dejé caer en una silla.
—Todo el mundo está exagerando.
—Porque parecíais una pareja.
—No somos una pareja.
—Lo sé.
—Bien.
—Pero parecíais una.
—Gracias por tu apoyo.
—Para eso estoy.
Escuché su risa al otro lado de la línea y, por alguna razón, eso relajó un poco la tensión que llevaba toda la mañana acumulando.
—¿Sabes qué creo? —preguntó.
—Me da miedo la respuesta.
—Creo que te preocupa más lo que piensa Olivia que lo que dice la prensa.
No respondí porque era verdad. La prensa podía publicar lo que quisiera, la gente podía inventar historias. Eso no importaba.
Lo que importaba era ella. Si estaba enfadada. Si estaba incómoda. Si aquello iba a hacer que se alejara. Si pensaría que yo tenía algo que ver. Si dejaría de responder mis mensajes. Si dejaría de sonreírme de aquella forma.
Y el simple hecho de plantearme esas preguntas ya era una señal bastante preocupante.
—Ethan.
—¿Qué?
—Te gusta.
Cerré los ojos.
—No.
—Te gusta.
—No.
—Te gusta muchísimo.
—Chloe.
—Muchísimo.
—No pienso tener esta conversación.
—La estamos teniendo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Sonrió. Podía escucharlo.
—Estás imposible.
—Has empezado tú.
—No. Empezó Olivia.
Y por primera vez en varios segundos no encontré una respuesta. Porque quizá ella tenía razón.
Quizá todo había empezado el día que Olivia apareció inesperadamente en mi vida. Quizá desde entonces algo había cambiado.
Algo que todavía no terminaba de comprender. Después de colgar con Chloe, intenté trabajar. De verdad que lo intenté.
Abrí informes, contesté correos, asistí a reuniones, firmé documentos. Pero cada cierto tiempo mi mente volvía al mismo lugar. A Olivia.
Me pregunté qué estaría haciendo. Si ya había visto la portada. Si se habría reído. Si estaría enfadada. Si alguien de su equipo la estaría volviendo loca. Si estaría recibiendo llamadas de periodistas. Si estaría pensando en mí.
Aquella última idea me hizo soltar una carcajada. Porque era ridícula. Completamente ridícula. Y aun así apareció. Como aparecían todas las demás.
Sin permiso. Sin invitación. Sin ninguna intención de marcharse.
Cuando terminé la última reunión del día, ya estaba agotado. No físicamente, mentalmente. Como si hubiera pasado horas discutiendo conmigo mismo.
Me aflojé la corbata y miré la ciudad desde la ventana del despacho.
Las luces comenzaban a encenderse, Nueva York brillaba majestuosa e impresionante. Y por primera vez en años apenas le presté atención.
Porque seguía pensando en ella.
En la forma en que arrugaba la nariz cuando algo le parecía absurdo. En la manera en que hablaba de los libros. En cómo escuchaba. En cómo parecía completamente ajena al efecto que tenía sobre la gente.
Y también en lo que Rachel había dicho. Cobarde.
La palabra seguía allí. Dando vueltas. Molestándome. Porque una parte de mí sabía exactamente a qué se refería.
No era miedo al rechazo. Era miedo a querer algo que pudiera salirse de mi control.
Miedo a esperar. Miedo a ilusionarme. Miedo a descubrir que aquello importaba más de lo que debería.
Y cuanto más intentaba convencerme de que Olivia era simplemente una mujer interesante... Más difícil resultaba ignorar lo evidente.
Porque ya no era simplemente interesante. Era la primera persona en mucho tiempo capaz de colarse en mis pensamientos cuando no quería que nadie estuviera allí.
La primera capaz de distraerme. La primera capaz de hacer que una simple notificación acelerara mi pulso. Y eso era peligroso. Muy peligroso.
Porque Rachel tenía razón en algo.
Sí, yo sabía quién era. Todo el mundo sabía quién era. Y, sin embargo, cuando estaba con ella, aquello desaparecía. No veía a una actriz. No veía una portada. No veía a una celebridad.
Veía a la mujer que discutía por libros en una librería.
A la mujer que se reía antes de darse cuenta de que estaba haciéndolo.
A la mujer que parecía más libre cuando olvidaba que la estaban mirando.
Y quizá ese era el problema. Porque cuanto más pensaba en ella.
.. Menos capaz era de convencerme de que aquello no importaba.
Y más empezaba a preguntarme qué pasaría si, por una vez, dejara de buscar razones para alejarme.
¿Qué pasaría si dejara de analizarlo todo? ¿Qué pasaría si simplemente me permitiera sentirlo? La idea era tan atractiva como aterradora.
Y por primera vez en mucho tiempo no estaba seguro de cuál de las dos cosas pesaba más.
Aunque no estaba seguro de querer conocer la respuesta.