Tú no eres parte del guion Capítulo 10
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Capítulo 10

Olivia

Dos días. Eso era lo que había tardado en responderle.

Dos días enteros mirando un mensaje como si pudiera cambiar de significado solo por observarlo el tiempo suficiente.

No lo cambió. Ethan había sido claro. Demasiado claro.

«Era una afirmación». Y eso, contra todo pronóstico, me había hecho gracia.

Lo suficiente como para responder. Lo suficiente como para decir que sí. Lo suficiente como para que ahora estuviera de camino a cenar con él en un restaurante tranquilo de Nueva York donde, oficialmente, nadie debería molestar.

Y aun así…

—Estás respirando muy fuerte —dijo Harper desde el asiento del copiloto.

—Estoy respirando normal.

—Estás ensayando conversaciones.

—No estoy ensayando nada.

—Estás ensayando.

—Harper.

—Olivia.

Suspiré y miré por la ventanilla. La ciudad estaba en su versión nocturna. Luces suaves, tráfico lento y esa sensación de que todo el mundo tiene una vida paralela ocurriendo detrás de los cristales.

—No sé por qué he dicho que sí —murmuré.

—Sí lo sabes.

—No.

—Sí.

—No.

—Porque te gusta.

—No me gusta.

—Te intriga.

—¿Eso no es lo mismo?

—Es exactamente lo mismo en fase uno.

La miré.

—¿Fase uno?

—Sí.

—¿De qué?

—De «esto va a complicarte la vida».

—Qué optimista.

Harper sonrió.

—Soy periodista, no optimista.

El coche se detuvo. Habíamos llegado.

El restaurante era pequeño, con una iluminación cálida y una entrada discreta. Nada llamativo. Demasiado perfecto para ser casualidad.

—Te recojo luego —dijo Harper.

—No hace falta.

—Sí hace.

—Harper…

—Olivia.

Bajé del coche y, en cuanto cerré la puerta, sentí ese cambio. El tipo de cambio que no tiene que ver con el lugar. Sino con la expectativa.

Entré y lo vi.

Ethan estaba sentado cerca de la ventana, solo, sin teléfono sobre la mesa, sin prisa aparente. Solo él.

Cuando me vio, no se levantó de inmediato, solo sonrió. Y esa sonrisa me golpeó con una familiaridad que no tenía sentido.

—Llegas puntual —dijo cuando me acerqué.

—Eso es raro en mí.

—Me gusta la versión puntual.

—No te acostumbres.

Se rio. Y eso fue suficiente para cambiar el ambiente entero.

Nos sentamos y durante unos minutos, que me parecieron horas, los dos nos quedamos en silencio.

—¿Dos días para contestar? —preguntó Ethan.

—No estaba segura de si debía.

—¿Y ahora?

—Tampoco.

—Pero has venido.

—Eso es un hecho, no una conclusión.

—Me gustan los hechos.

—Eso suena peligroso.

—Solo cuando se interpretan mal.

Sonreí sin querer otra vez, algo que con él me pasaba más a menudo de lo que pensaba.

—¿Has elegido tú el sitio? —pregunté.

—Sí.

—Eso explica lo tranquilo que es.

—No me gustan los sitios ruidosos.

—Nueva York no es precisamente silenciosa.

—Por eso elegí este.

Asentí, pedimos, y durante unos minutos, todo fue sorprendentemente normal.

Conversación ligera, pequeñas bromas y risas que salían sin esfuerzo.

—No te imaginaba así —dije en un momento.

—¿Así cómo?

—Tan… fácil de hablar.

—Eso es un cumplido extraño.

—Es un hecho.

—Tú tampoco eres como esperaba.

—Eso suena peor.

—No es malo.

—Suena a que esperabas algo horrible.

—Esperaba algo diferente.

—Eso es peor.

—No necesariamente.

Nos miramos, y otra vez esa sensación. Esa incomodidad agradable. Esa especie de equilibrio inestable. Como si cualquier movimiento pudiera romper algo… o encajar algo.

El vino llegó, brindamos sin motivo concreto y entonces pasó.

El ruido de fuera. Un flash. Después, otro. Y otro más.

Ethan giró la cabeza primero. Yo después.

—No puede ser —murmuré.

—Sí puede —dijo él, demasiado tranquilo.

Las puertas del restaurante se abrieron y se desató un pequeño caos.

Cámaras, periodistas y preguntas. Todo demasiado rápido.

—¡Olivia! ¿Estás saliendo con él?

—¿Es una cita?

—¿Quién es él?

Me tensé de inmediato por instinto. Ethan se levantó antes que yo pudiera procesarlo.

Se colocó ligeramente delante, no de forma teatral, sino automática.

—No vais a entrar aquí —dijo él.

Uno de los fotógrafos se rio.

—¿Y tú eres…?

—Nadie relevante para vosotros.

Eso me hizo girarme hacia él. Porque la forma en la que lo dijo no era defensiva. Era real.

—Olivia —insistió otro—, ¿puedes confirmar algo?

Abrí la boca, pero no respondí. Porque Ethan habló primero.

—Está cenando —dijo.

—Eso ya lo vemos —respondió alguien.

—Entonces, dejadla en paz.

Su tono no subió, no cambió, pero cortó el aire. Literalmente. Y entonces el fotógrafo insistió.

—¿Es tu pareja?

Silencio. Miré a Ethan. Y él respondió sin mirarme.

—No.

Una palabra. Simple, directa y demasiado definitiva. Pero lo que añadió después hizo que todo se detuviera un segundo.

—Todavía no.

Me quedé mirándole de verdad. Con los ojos abiertos y confundida. Porque eso no era una respuesta normal. No era prudente. No era estratégica. Era… algo más.

Y él ni siquiera parecía darse cuenta del efecto que había causado. Solo siguió mirando a los fotógrafos. Como si aquello no fuera importante.

Pero para mí, de repente, lo era.

Los fotógrafos no tardaron en retirarse. No porque quisieran, sino porque el personal del restaurante apareció con una rapidez casi militar.

Puertas cerrándose. Voces firmes. Cortesía profesional convertida en barrera.

Nueva York sabía proteger sus secretos cuando quería. O cuando le convenía.

El silencio que quedó dentro del restaurante fue extraño. No completo, pero sí distinto. Más denso.

Ethan volvió a sentarse primero, como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera dicho exactamente lo que había dicho. Yo tardé un segundo más. Demasiado, quizá.

—Eso ha sido… —Empecé.

No terminé la frase, porque no sabía cómo terminarla. Él me miró con calma.

—¿Incómodo? —sugirió.

—No era la palabra que tenía en mente.

—¿Cuál, entonces?

—No lo sé.

El camarero volvió con una sonrisa demasiado entrenada.

—Todo está bajo control —dijo.

Nadie le creyó del todo.

Cuando se fue, el aire volvió a cambiar. Ethan bebió un sorbo de vino. Estaba tranquilo, demasiado tranquilo.

—No ha sido gran cosa —dijo.

Lo miré.

—Han dicho delante de medio restaurante: es «tu pareja».

—Eso pasa todos los días en esta ciudad.

—No a mí.

—A ti sí.

Eso me hizo fruncir el ceño.

—No tienes forma de saber eso.

—Sí la tengo.

—¿Cuál?

—Estás acostumbrada.

No respondí. Porque no era del todo falso. Pero tampoco era del todo cierto.

—Podrías haberlo gestionado de otra forma —dije.

—¿Cómo?

—No lo sé. Más diplomático.

—No quería ser diplomático.

—¿Por qué?

Me miró un segundo. Solo uno, pero suficiente.

—Porque estaban siendo molestos.

Eso me descolocó un poco. No por la respuesta, sino por la naturalidad.

—No tenías que intervenir —dije.

—Lo sé.

—Lo de «todavía no» —dije al final—… no hacía falta.

Él apoyó la copa.

—Sí hacía.

—¿Por qué?

—Porque no es su asunto.

—Pero tampoco es cierto.

Eso lo dije demasiado rápido, y me arrepentí casi al instante. Pero ya estaba fuera.

Ethan no apartó la mirada.

—No he dicho cuándo —respondió.

Esa frase me dejó quieta otra vez. Porque tenía razón.

—Eres muy seguro de ti mismo —dije.

—No siempre.

—Ahora sí.

—Ahora no tenía otra opción.

—Siempre hay otra opción.

—No siempre una buena.

Lo miré intentando entenderlo. Intentando encajarlo. Pero no encajaba en nada conocido.

—Esto no es normal —dije finalmente.

—Nada en Nueva York lo es.

—Sabes a qué me refiero.

Él sonrió ligeramente.

—Sí.

Y eso fue lo peor. Porque no parecía preocupado. Ni incómodo.

Solo… presente. Como si el momento no lo superara. Sino que simplemente estuviera ocurriendo.

El camarero volvió con la comida y para mí fue la interrupción perfecta.

Hablamos de otras cosas durante unos minutos. Trabajo, la ciudad, lugares que nos gustaban. Pequeñas cosas seguras. Pero el aire ya no era el mismo. Algo había cambiado. Algo irreversible.

En un momento, él apoyó el codo sobre la mesa.

—¿Te ha molestado? —preguntó.

—¿Qué?

—Lo de antes.

La pregunta era simple, pero no lo suficiente.

—No lo sé —respondí, honesta.

Él asintió. Como si eso fuera una respuesta válida. Y lo era. Desgraciadamente.

—No era mi intención complicarte la noche —añadió.

—Ya estaba complicada.

—No por mí.

Lo miré.

—No lo sabes.

—Lo intuyo.

—No suelo tener cenas así —dije.

—Yo tampoco.

—Eso no ayuda.

—Lo sé.

Sonrió. Y volvió esa versión suya.

La que hacía que todo pareciera más ligero de lo que era.

—Pero me estás cayendo bien —añadió.

Me reí sin querer.

—Eso suena a problema.

—Probablemente lo sea.

Y por primera vez esa noche, pensé que quizá sí. Pero no supe si era un problema que quería evitar.

O uno que ya era demasiado tarde para evitar.

Salimos por una puerta lateral. No fue idea nuestra, fue del restaurante.

Nueva York resolviendo problemas sin pedir opinión a nadie. El aire de la calle era más frío de lo que esperaba. O quizá era yo la que había cambiado de temperatura.

Las luces de los coches pasaban demasiado rápido. Y durante un segundo, todo volvió a ser ruido.

—No están aquí —dijo Ethan.

Lo dijo como si lo hubiera comprobado antes de salir.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si lo estuvieran, ya lo sabrías.

Tenía razón. Otra vez. Empezaba a ser una costumbre molesta.

Caminamos unos metros sin dirección concreta. Solo alejándonos, sin hablar.

—No tenías que sacarme de ahí —dije al final.

—No te he sacado.

—Me has protegido.

Él me miró de reojo.

—No es lo mismo.

—Se parece bastante.

—No para mí.

Eso me hizo callarme un segundo. Porque la diferencia en su tono no era ligera. Era clara y real.

—No soy frágil —dije finalmente.

—No he dicho eso.

—Lo has insinuado.

—No.

—Entonces, ¿qué es? —pregunté.

Él se encogió ligeramente de hombros.

—Instinto.

Eso me desarmó un poco. No era una respuesta que esperara. No en ese contexto.

—Eso suena peligroso —dije.

—Solo si lo ignoras.

—¿Y tú lo ignoras?

Me miró fijamente.

—Hoy no.

Eso fue suficiente para que el aire entre nosotros cambiara otra vez.

Seguimos caminando y la noche se sentía más íntima. Como si la ciudad nos hubiera dado un pequeño margen de privacidad por error.

En un momento, mi teléfono vibró. No lo miré. No hacía falta. Sabía quién era.

Ethan también lo notó.

—¿Trabajo? —preguntó.

—Algo así.

—¿No lo coges?

—No.

Asintió, como si entendiera perfectamente lo que no estaba diciendo. Y eso me incomodó un poco.

Porque era demasiado bueno leyendo silencios.

—¿Siempre eres así? —pregunté.

—¿Así cómo?

—Directo.

—Depende.

—¿De qué?

—De si vale la pena perder tiempo con rodeos.

Me detuve un segundo. Él también. Nos miramos, y por primera vez desde que lo había conocido, no tuve una respuesta automática.

—¿Y yo? —pregunté al final.

Una pregunta simple, pero no lo suficiente. Él no respondió de inmediato. Y eso fue lo más peligroso.

—Todavía lo estoy decidiendo —dijo.

Eso debería haberme molestado. O incomodado. O activado cualquier tipo de mecanismo de defensa normal. Pero no lo hizo.

Solo me hizo mirarlo más. Más de lo habitual. Más de lo prudente.

El silencio volvió, pero no vacío.

Él levantó la mano ligeramente, apartando un mechón de cabello que el viento me había movido sin permiso.

No fue un gesto romántico en el sentido evidente. Fue… práctico. Casi distraído. Pero lo suficientemente cercano como para que mi cuerpo lo registrara antes que mi mente.

Me quedé quieta, demasiado quieta.

—Eso ha sido un error —murmuré.

Él sonrió un poco.

—Probablemente.

—¿Y aun así?

—Y, aun así.

No añadimos nada más durante unos segundos. Porque no hacía falta. Porque ya había demasiadas cosas ocurriendo sin palabras.

El teléfono volvió a vibrar. Esta vez lo saqué. Mensaje de Harper.

Harper: Dime que no estás en portada mañana.

Miré la pantalla. Luego miré a Ethan. Y supe, sin necesidad de más confirmación, que esa noche no había sido una cena cualquiera. Ni siquiera cerca.

Y que lo peor, o lo mejor, todavía no había empezado.