Capítulo 9
Ethan
No contestó. Eso era lo único real.
Una frase enviada. Cero respuestas.
El problema era lo que mi cabeza estaba haciendo con ese hecho. Que era exactamente lo contrario de simple, porque una parte de mí sabía que no significaba nada.
La gente trabajaba. La gente tenía vida. La gente no estaba pendiente del teléfono cada segundo del día.
Yo mismo había ignorado mensajes durante horas. Incluso días.
Entonces, ¿por qué demonios seguía mirando la pantalla como si una respuesta fuera a cambiar algo importante?
No debería hacerlo. No debería importarme. Y, sin embargo, ahí estaba. Mirando el móvil otra vez.
—Estás mirando el móvil otra vez.
Levanté la vista y vi que Chloe estaba en la puerta de mi despacho con una carpeta bajo el brazo y esa expresión de alguien que ya había llegado a una conclusión sin necesidad de pruebas.
—No estoy mirando el móvil —mentí.
—Lo estás mirando con la intensidad de alguien esperando una señal divina.
—Estoy esperando un correo.
—No.
—Sí.
—Ethan.
—Chloe.
Entró sin pedir permiso, otra vez. Y es que nunca pedía permiso.
Después de tantos años trabajando juntos, estaba bastante seguro de que consideraba mi despacho una extensión de su oficina.
Dejó la carpeta sobre la mesa y se sentó frente a mí.
—¿Es ella?
No respondí. Lo cual, en mi caso, era una respuesta bastante clara.
Chloe suspiró.
—Vale.
Y durante unos segundos mi despacho se quedó en silencio, hasta que volvió a hablar.
—No te ha contestado —dijo.
—No.
—Eso no es raro.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás así?
Me recosté en la silla y miré el techo. Como si allí hubiera una explicación lógica.
—No lo sé.
—Mentira.
La miré.
—No es mentira.
—Lo es.
—No sé por qué importa tanto.
Eso sí era verdad. Y eso era lo que más me molestaba, porque no tenía sentido.
No después de tan poco tiempo. No después de tan pocos encuentros. No después de apenas unas conversaciones.
Pero la realidad era que Olivia seguía apareciendo en mi cabeza cuando menos lo esperaba.
Durante reuniones, mientras conducía, cuando intentaba trabajar, incluso cuando me despertaba por la mañana.
Y eso era nuevo. Pero también muy peligroso.
Chloe me observó durante un segundo más de lo normal.
—Te estás enganchando.
—No me estoy enganchando.
—Ethan.
—Solo la he visto dos veces.
—Tres.
—Dos.
—Tres, si cuentas el pasillo.
—Eso no cuenta.
—Cuenta emocionalmente.
Suspiré. Porque discutir con Chloe sobre lógica emocional era como intentar apagar un incendio con gasolina.
—No es eso —dije.
—Entonces dime qué es.
No supe responder, porque no tenía nombre. Solo sensaciones.
Mi mirada volvió involuntariamente al móvil. Vacío. Nada. Seguía igual. Y odié que me afectara.
—No es importante —dije al final.
Chloe se inclinó hacia delante.
—Eso es lo que dices cuando algo te importa demasiado.
No respondí, porque otra vez tenía razón. Y empezaba a ser irritante.
—¿Sabes qué creo? —preguntó ella.
—No.
—Creo que te asusta.
Solté una risa seca.
—¿El qué?
—Que alguien haya conseguido llamar tu atención.
—Mucha gente llama mi atención.
—No de esta forma.
Y ahí estaba el problema. Porque sabía exactamente a qué se refería.
Olivia no era simplemente atractiva. Si fuera solo eso, no estaría teniendo esta conversación.
Nueva York estaba llena de mujeres atractivas. Modelos, actrices, empresarias, influencers , mujeres espectaculares. Y nunca me había importado. Nunca.
Pero Olivia era diferente. No porque fuera una de las mujeres más hermosas que había visto en mi vida.
Aunque lo era. Dios, lo era.
Cabello castaño miel. Ojos verdes imposibles. Una sonrisa capaz de cambiar completamente una habitación. Esa clase de belleza que hacía que la gente girara la cabeza sin darse cuenta.
Pero no era eso. O al menos no solo eso.
Era la forma en que me miraba. La forma en que hablaba. La facilidad con la que parecía ignorar el efecto que provocaba. Como si no tuviera idea del terremoto que causaba a su alrededor.
O quizá sí lo sabía y simplemente no le daba importancia. Lo cual era aún peor.
—Te has quedado pensando en ella otra vez —dijo Chloe, y parpadeé.
—¿Qué?
—Llevas veinte segundos mirando la nada.
—No estaba pensando en ella.
—Claro.
—No estaba pensando en ella —insistí.
—Y yo soy astronauta.
—No seas dramática.
—Tú eres el dramático.
—Yo nunca soy el dramático.
Chloe soltó una carcajada.
—Estás desesperado porque una mujer lleva a saber cuántas horas sin responder y habiéndote dejado en visto.
—No estoy obsesionado con ella.
—Estás discutiendo conmigo sobre la definición de obsesión.
—Porque estás exagerando.
—Porque tengo razón.
Volví a mirar la ventana.
Nueva York seguía extendiéndose al otro lado del cristal, inmensa, ruidosa e imparable. Miles de personas caminando de un lado a otro. Miles de historias ocurriendo al mismo tiempo. Y, aun así, mi cerebro había decidido centrarse en una sola persona.
Era absurdo. Completamente absurdo.
—¿Qué le escribiste exactamente? —preguntó Chloe.
—Nada raro.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Le pregunté cómo estaba.
—¿Solo eso?
—Sí.
—¿Y?
—Y nada.
—¿Literalmente nada?
—Literalmente nada.
Chloe se cruzó de brazos.
—Entonces estás perdiendo la cabeza por un mensaje completamente normal.
—Gracias por el análisis.
—De nada.
Silencio. Luego ella sonrió. Esa sonrisa, la que significaba problemas.
—¿Quieres saber lo que yo creo?
—No especialmente.
—Voy a decírtelo igual.
—Qué sorpresa.
—Creo que no te molesta que no haya respondido.
—Claro que me molesta.
—No. Lo que te molesta es que no puedes predecirla.
Eso me hizo fruncir el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que estás acostumbrado a entender las reglas.
—Las entiendo.
—No. Entiendes de negocios, de personas no.
—Las personas no son tan complicadas.
—Eso demuestra exactamente mi punto.
Suspiré, porque aquello empezaba a parecer una intervención.
—Olivia no encaja en las categorías que usas normalmente —continuó Chloe—. No sabes qué esperar de ella y eso te vuelve loco.
Odiaba admitirlo, porque había algo de verdad ahí. Demasiada.
Con el trabajo todo tenía una lógica, una estructura o una estrategia. Incluso los problemas podían analizarse, resolverse y controlarse.
Pero Olivia... Olivia era impredecible. Y yo no estaba acostumbrado a sentirme así.
No estaba acostumbrado a preguntarme qué estaba pensando otra persona. No estaba acostumbrado a esperar una respuesta. No estaba acostumbrado a revisar el móvil. No estaba acostumbrado a perder la concentración.
Y definitivamente no estaba acostumbrado a que una sonrisa apareciera en mi cabeza durante una reunión financiera.
Eso era ridículo, completamente ridículo.
El móvil vibró y mi corazón reaccionó antes que mi cerebro.
Lo agarré inmediatamente y Chloe soltó una carcajada.
—Increíble.
Miré la pantalla. Un correo, nada más. Ni siquiera relacionado con ella. Solo trabajo.
La decepción fue instantánea y visible, porque Chloe volvió a reír.
—Madre mía.
—Cállate.
—Estás acabado.
—No lo estoy.
—Estás a dos días de escribir poesía.
—Si eso ocurre, te autorizo a dispararme.
—Lo tendré en cuenta.
Volví a dejar el teléfono sobre la mesa, intentando ignorar la sensación absurda de vacío. Porque era exactamente eso, absurda.
No tenía derecho a sentir. No después de tan poco. No después de nada. Pero ahí estaba. Persistente, molesta y real.
—Te voy a dar un consejo —dijo Chloe levantándose.
—No necesito consejos.
—Sí los necesitas.
—No.
—Sí.
Cogió la carpeta, se acercó a la puerta y, antes de salir, se giró una última vez.
—Si te importa, deja de fingir que no.
—Eso no ayuda.
—Claro que ayuda.
—¿Cómo?
—Porque llevas años escondiéndote detrás del trabajo.
La miré, ella me sostuvo la mirada, y por primera vez ya no estaba sonriendo.
—No todo puede controlarse, Ethan.
No respondí, porque no quería escuchar eso. Porque precisamente ese era el problema.
Olivia no podía controlarse. Ni analizarse. Ni predecirse. Y quizá por eso ocupaba tanto espacio en mi cabeza.
Chloe salió, la puerta se cerró y el despacho volvió a quedarse en silencio. Un silencio demasiado grande.
Me levanté y caminé hasta la ventana. Las luces de Manhattan comenzaban a encenderse poco a poco. Miles de pequeños destellos sobre la ciudad. La clase de vista por la que la mayoría de la gente mataría.
Normalmente me ayudaba a pensar, pero hoy no. Porque cada vez que intentaba concentrarme, aparecía ella. Olivia.
Su sonrisa, sus ojos verdes, la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza cuando escuchaba.
La forma en que parecía decir exactamente lo que pensaba, sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Y la forma en que me hacía sentir, algo que llevaba años evitando. Expectativa.
Volví a mirar el teléfono. Nada. Seguía vacío y en silencio. Y lo peor era que sabía perfectamente que estaba siendo irracional.
Sabía que probablemente estaba ocupada. Sabía que no significaba nada. Sabía que estaba exagerando. Pero saber algo no siempre impedía sentirlo.
Apoyé una mano contra el cristal observando la ciudad. Por primera vez en mucho tiempo, el trabajo no era lo que más ruido hacía dentro de mí.
Era una persona. Una conversación. Una sonrisa. Un silencio. Y eso no me gustó nada.
Porque no tenía control sobre ello. Y yo siempre había tenido control sobre algo. Siempre.
Hasta ahora.