Tú no eres parte del guion Capítulo 7
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Capítulo 7

Olivia

No era mi intención cenar con nadie. De hecho, esa noche mi plan era exactamente el contrario.

Cero personas. Cero conversaciones. Cero imprevistos.

Solo yo, mi sofá y una película mala que ver mientras me comía un sándwich y una tarrina de helado.

Pero el destino tenía otros planes.

—Te estás escondiendo otra vez —dijo Harper desde la cocina.

—No me estoy escondiendo.

—Estás en chándal a las ocho de la tarde.

—Eso no es esconderse.

—Eso es rendirse.

—Es comodidad.

—Es derrota emocional.

Le lancé una mirada desde el sofá. Ella estaba apoyada en la encimera, comiendo algo directamente de un táper.

—He tenido un día largo —dije.

—Todos los días tienes días largos.

—Porque trabajo.

—Porque evitas cosas.

—No evito cosas.

—Evitas hombres.

No contesté, y el silencio que siguió a sus palabras fue demasiado largo.

Harper sonrió.

—Ajá.

—No empieces.

—No he empezado.

—Sí lo has hecho.

—Solo estoy observando patrones.

—Qué peligroso.

—Es mi trabajo.

Suspiré y me acomodé en el sofá.

Central Park se veía desde las ventanas como una mancha verde perfecta, demasiado tranquila para ser real.

—No quiero salir —dije.

—No tienes que salir.

—Gracias.

—Pero vas a salir.

—No.

—Sí.

—Harper…

—Tienes una cena.

Me quedé quieta.

—¿Qué cena?

Ella levantó su móvil.

—Lucas.

Genial. Lucas. El único ser humano capaz de convertir cualquier plan sencillo en una agenda militar.

—Dijo que no podía cancelar —añadió Harper—. Algo de una reunión con el equipo de producción.

—Eso suena a mentira.

—Probablemente lo sea.

—Fantástico.

Me incorporé lentamente.

—¿Y qué quiere?

—Que cenes con el equipo.

—No.

—Olivia.

—Harper.

—¿Te suena la palabra, contrato? —preguntó arqueando la ceja.

Suspiré. Porque ahí estaba el problema. Siempre el mismo.

Obligaciones, compromisos, eventos, fingir sonrisas y responder preguntas. Ser «Olivia Hart», en definitiva. La versión pública. La versión que nunca podía quedarse en casa.

—¿Dónde? —pregunté.

—Un restaurante en Tribeca.

—¿Algo más concreto?

—Eso es lo que sé.

—Dios —suspiré.

Harper sonrió.

—Yo te llevo.

—No necesito niñera.

—Necesitas control de daños.

—No.

—Sí.

Me levanté del sofá resignada.

—Esto es culpa de Lucas.

—Siempre es culpa de Lucas.

—Voy a matarlo.

—Hazlo después de cenar.

Me reí sin ganas y empecé a cambiarme, sin saber todavía que aquella cena iba a ser todo menos profesional.

Ni predecible, ni aburrida, ni normal. Nada de eso.

Porque esa noche el destino, la vida, Dios o a saber quién, tenía preparado algo mucho más complicado de lo que yo podía imaginar.

El restaurante en Tribeca era exactamente el tipo de sitio que Lucas adoraba.

Cristales enormes, iluminación cálida, madera cara y gente que sonreía demasiado, como si eso formara parte del contrato.

—Estás tardando demasiado en bajar del coche —dijo Harper.

—Estoy respirando —respondí.

—Eso lo haces todos los días.

—Hoy lo hago con más esfuerzo.

Harper se inclinó hacia delante.

—¿Quieres que entre contigo?

—No.

—¿Quieres que cause una distracción?

—Definitivamente, no.

—¿Seguro?

—Harper —protesté.

—Vale, vale.

Suspiré, abrí la puerta, y en cuanto mis pies tocaron la acera, el mundo cambió de ritmo.

No había cámaras, al menos todavía no veía ningún periodista o fotógrafo por la zona, pero sí había miradas, como siempre. Aunque intentaran disimular.

Entré en el restaurante y Lucas me vio inmediatamente.

—¡Olivia!

Ese entusiasmo suyo siempre parecía exagerado. Incluso cuando era sincero.

—No me habías dicho nada sobre que hoy tuviéramos una cena de trabajo —dije al llegar a la mesa.

—Creí que te lo había dicho, o que lo había agendado y compartido todo —respondió.

—Pues no, y pensaba quedarme en casa, en chándal, viendo alguna película deprimente mientras comía helado.

—Nena, tendrían que hacer una nueva versión de Bridget Jones solo para que tú hicieras esa escena comiendo helado.

—Por Dios —volteé los ojos.

Me senté, respiré y miré alrededor.

Había varias personas del equipo de producción, un par de ejecutivos y conversaciones cruzadas sobre contratos, guiones y fechas de rodaje.

Perfecto. El tipo de noche que te hacía desear estar en cualquier otro sitio del universo.

—Estás preciosa —dijo Lucas.

—Estoy cansada.

—No se te nota.

—Porque siempre he sabido camuflar muy bien cómo estoy.

Harper me había prometido que vendría después. Lo cual significaba que probablemente no lo haría.

Tomé agua, intenté desconectar y entonces lo vi.

Al otro lado del restaurante. Primero fue como una sensación. Luego una presencia. Y después la confirmación.

Ethan. El de la librería. El del café. El de la conversación. Ese hombre que no debería haber recordado tanto como lo hacía.

Estaba sentado con otra persona, una mujer pelirroja muy habladora por su expresión. Ambos estaban riendo despreocupados, sin el asedio de las cámaras, como era a veces en mi caso.

Y para mi sorpresa, como si también hubiera sentido mi mirada, Ethan levantó la vista y me vio.

El mundo no se detuvo a mi alrededor, pero casi. Su expresión cambió solo un segundo. Había sorpresa, reconocimiento, confusión y curiosidad.

Me quedé quieta. No estaba segura de qué hacer. No era el tipo de situación que tuviera protocolo.

Lucas seguía hablando con alguien. Nadie más parecía haberlo notado, pero Ethan sí. Y eso era suficiente para que el momento se volviera extraño.

Él se inclinó hacia su acompañante y dijo algo. Ella miró hacia donde estaba yo y sonrió como si aquello fuera divertido.

Genial. La vida entera parecía estar riéndose de mí últimamente.

Aparté la mirada demasiado tarde porque ya había ocurrido. Ya me había visto. Ya lo había visto. Y ahora fingir que no existía iba a ser imposible.

—Olivia —dijo Lucas de repente—. ¿Me estás escuchando?

—Sí —mentí.

—No lo parece. ¿Estás bien?

—Estoy bien.

Pero no lo estaba del todo, porque la coincidencia era demasiado precisa, y demasiado incómoda.

Como si alguien estuviera escribiendo esto.

—Te presento al equipo —siguió Lucas.

Asentí, sonreí e hice lo que se suponía que debía hacer. Pero mi cabeza estaba en otra cosa. En otra mesa y en otra persona.

En otro par de ojos grises que no dejaban de aparecer donde no deberían. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que la noche no iba a ser tan controlable como había esperado.

Intenté convencerme de que no iba a pensar más en ello, pero no funcionó. Intenté centrarme en la conversación de la mesa, y tampoco funcionó.

Intenté incluso sonreír en los momentos adecuados. Eso sí funcionó, superficialmente. Por dentro, no.

Por dentro seguía viéndolo a él. A Ethan. Como si su presencia hubiera dejado una marca invisible en el restaurante.

—Voy un momento al baño —dije finalmente.

Lucas asintió sin prestarme demasiada atención. Perfecto, un breve momento de libertad temporal para mí.

Me levanté y caminé entre las mesas, intentando no sentir que estaba siendo observada por absolutamente todo el mundo. No lo estaba, pero lo parecía.

El pasillo hacia los baños era más tranquilo. Había menos luz, menos ruido y más aire.

Me apoyé un segundo en la pared y respiré. No tenía sentido. Era solo una coincidencia.

Pero las condiciones y las casualidades pocas veces eran tal cosa.

Le había conocido en una librería y nos habíamos tomado un café. Nada más.

Demasiado poco para que mi cabeza estuviera haciendo esto. Y aun así…

—¿Siempre te escapas así cuando te aburren las cenas?

La voz me pilló antes de que pudiera girarme del todo.

Ethan estaba allí, apoyado en la pared del final del pasillo, como si hubiera estado esperándome.

Lo miré. Él me miró. Y durante un segundo ninguno dijo nada.

Ese silencio no era incómodo, pero sí que se sentía como si el aire entre los dos pesara más de lo normal.

—No estaba aburrida —respondí finalmente.

—Eso ha sonado a mentira.

—A veces no miento bien.

—Eso es nuevo.

—No te conozco lo suficiente como para mentirte mejor.

Una sonrisa apareció en su cara, esa sonrisa otra vez. La misma que en la librería. La misma que en el café.

La misma que no encajaba con lo fácil que debería ser ignorarlo.

—Entonces supongo que estamos empatados —dijo.

—¿En qué?

—En no conocernos lo suficiente.

Me crucé de brazos.

—Esto es raro.

—Sí.

—Muy raro.

—Estoy de acuerdo.

Y otra vez ese silencio, pero esta vez era diferente, como si ambos hubiéramos pensado al mismo tiempo en quedarnos callados, solo observándonos.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Trabajo —respondió.

—¿Una reunión de negocios que quizás acabe en algo más?

No sabía por qué había hecho la pregunta, pero era la que me rondaba por la cabeza desde que había visto a Ethan acompañado de aquella preciosa pelirroja.

—¿Celosa? —arqueó la ceja y después se le dibujó una leve sonrisa en los labios.

—No, ni por asomo. Solo tenía curiosidad.

—Ya sabes lo que dicen, la curiosidad mató al gato.

—De ser así, hace años que debería haber muerto, te lo aseguro. —Volteé los ojos y Ethan se rio.

Y yo, como una boba, me quedé mirándole a esos ojos grises más tiempo del que debería.

—No esperaba verte —dije.

—Yo tampoco.

—Eso es lo único normal de todo esto.

—No estoy seguro de que «normal» sea la palabra correcta.

Asentí, porque tenía razón.

—Así que eres actriz —dijo él, y me tensé un segundo.

—¿Eso te lo han dicho?

—Sí.

—¿Y qué más te han dicho?

—No mucho.

—Mejor.

—No me interesa lo que dicen.

Eso me hizo mirarlo más directamente.

—Eso es poco común.

—¿Por qué?

—La mayoría de la gente sí está interesada.

—La mayoría de la gente no estaba en una librería discutiendo por un libro contigo.

Vale. Eso me descolocó un poco.

—Eso no es una respuesta válida —dije.

—Es la única que tengo.

Nos quedamos en silencio y entonces ocurrió.

Escuché ruido en la sala principal. Un flash. Luego otro. Varios más sonaban demasiado rápido y, lo que era peor, demasiado cerca.

Me tensé de inmediato, y Ethan lo notó.

—¿Esto es habitual? —preguntó.

—No es nada —mentí.

Pero ya no era solo la sensación. Había movimiento, cámaras, periodistas, y todos buscaban su oportunidad de conseguir la mejor imagen.

—Olivia —dijo Ethan más serio ahora—, no parece «nada».

—No es tu problema.

—No he dicho que lo sea.

—Entonces…

—Pero estás incómoda —me cortó, y me quedé callada.

Porque no sabía cómo responder a eso sin mentir otra vez. Y no quería mentirle a él. Lo cual era un pensamiento peligroso en sí mismo.

Se acercó un poco, solo un paso, pero suficiente.

—Si quieres irte —dijo—, puedes. Es más, yo te llevo.

Lo miré.

—No puedo.

—Siempre puedes.

Esa frase me golpeó más de lo que debería. Porque no era algo que la gente me dijera. No así.

No sin condiciones, o sin un interés oculto.

—Esto es complicado —dije.

—Lo parece.

—No debería estar aquí contigo.

—Probablemente no.

—Pero estás.

—Sí.

Silencio otra vez. Pero esta vez era diferente, porque ya no era casual. Ya no era accidente. Ya no era una coincidencia divertida en una librería.

Era otra cosa. Algo que todavía no sabía nombrar.

—Tengo que volver —dije finalmente.

—Yo también.

Asentí, pero ninguno se movió inmediatamente. Como si ambos supiéramos que al hacerlo algo se rompía. O cambiaba. O empezaba.

—Olivia —dijo Ethan antes de que me diera la vuelta, y me detuve.

—¿Sí?

—La próxima vez intenta no desaparecer tan rápido.

Lo miré, y por primera vez no supe si aquello era una broma o una petición.

—No prometo nada —respondí.

Y esta vez sí me fui.

Pero mientras volvía a la mesa, algo dentro de mí ya no estaba igual que antes de entrar en aquel pasillo.

Y eso era exactamente lo que más me preocupaba.