Tú no eres parte del guion Capítulo 6
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Capítulo 6

Ethan

No era el tipo de persona que se obsesionaba con desconocidas en cafeterías. De verdad que no. Tenía cosas más importantes que hacer.

Trabajo, proyectos, una empresa que, contra todo pronóstico, seguía funcionando. Y aun así… llevaba toda la mañana pensando en ella. En Olivia.

Solo el nombre, nada más. Ni apellido, ni una historia. Nada, solo Olivia.

Lo cual era ridículo, porque habíamos hablado menos de una hora. Menos de una hora en una cafetería. Y ya estaba ocupando demasiado espacio en mi cabeza.

—Estás raro.

Levanté la vista y vi que Chloe estaba de pie frente a mi mesa con dos cafés en la mano y esa expresión suya de «sé exactamente lo que pasa, aunque no tengas intención de contármelo».

—No estoy raro.

—Sí lo estás.

—No.

—Sí.

—No.

—Ethan.

—Chloe.

—Has revisado el mismo plano tres veces sin mover una sola línea.

Miré el plano. Tenía razón. Otra vez.

Lo cual empezaba a ser una tendencia preocupante.

—Estoy concentrado —dije.

—Estás ausente.

—Es lo mismo.

—No lo es.

—En mi caso sí.

Chloe dejó los cafés sobre la mesa y se sentó sin pedir permiso, como siempre.

—Vale —dijo—. ¿Qué pasa?

—Nada.

—Mientes fatal.

—No miento.

—Mientes peor.

Suspiré, y me pasé una mano por la cara.

No sabía por qué me molestaba tanto admitirlo. No era importante. O al menos no debía serlo. Pero lo era.

—Conocí a alguien ayer —dije finalmente.

Chloe elevó ambas cejas.

—Eso sí que no me lo esperaba.

—No empieces.

—¿Dónde?

—En una librería.

—Eso es muy de película romántica.

—No digas eso.

—¿Es guapa?

Me quedé en silencio durante demasiado tiempo.

—Ajá —dijo Chloe inmediatamente.

—No empieces.

—Has tardado medio segundo de más en responder.

—Eso no significa nada.

—Significa mucho.

—No.

—Sí.

—Chloe.

—Ethan.

—No la conoces.

—Pero tú sí.

Eso me hizo callar porque era verdad. Y eso era lo que me incomodaba.

No entendía por qué seguía dándole vueltas. No entendía por qué recordaba su risa. Ni su forma de mirar los libros como si fueran algo más que papel. Ni esa manera extraña que tenía de observar antes de hablar. Como si el mundo le importara más de lo que debería.

—No es nada —dije al final.

Chloe bebió un sorbo de café y me observó más de lo normal.

—No has salido con nadie en meses —dijo—. Así que tienes un severo caso de abstinencia, querido.

—Eso no es cierto.

—Ethan, que nos conocemos.

—Vale.

—¿Vas a volver a verla? —preguntó tras unos segundos de silencio.

—No.

—Eso ha sonado a mentira.

—No la voy a volver a ver.

—Eso también ha sonado a mentira.

Me levanté. Necesitaba moverme, respirar, hacer algo. Cualquier cosa menos seguir hablando de esto.

—Tengo trabajo —dije.

—Siempre tienes trabajo.

—Es cierto.

—Y, aun así, estás aquí pensando en una desconocida.

—No estoy pensando en ella.

Chloe sonrió. Esa sonrisa peligrosa, la que significaba que ya había ganado la conversación.

—Claro —dijo—. Por supuesto.

No respondí, porque cualquier cosa que dijera solo lo empeoraría. Y porque, en el fondo, una parte de mí sabía que no era capaz de sacarla de mi cabeza. Todavía no.

Y eso era lo más absurdo de todo.

—¿Puedo preguntar cómo es? ¿O en qué librería la conociste?

—No, no puedes, pero lo vas a hacer igualmente —contesté, y tras un suspiro, comencé a contarle lo que recordaba de aquella mujer.

—Para no pensar en ella, la has descrito con todo lujo de detalles. Y por mucho que me digas, eso significa algo.

Y con una sonrisa de «di lo que quieras, que no te voy a creer», Chloe salió de mi despacho con el café en la mano, dejándome a solas de nuevo.

Suspiré, volví a mi mesa y durante las dos siguientes horas me concentré en el trabajo.

El problema de Nueva York es que nunca te daba espacio para pensar en paz. Siempre había demasiado ruido, gente, algo pasando en un callejón o una tienda.

Y, aun así, yo seguía pensando en ella. Lo cual era absurdo, porque no sabía prácticamente nada.

Solo una conversación en una librería, un café, una sonrisa y una forma de hablar como si el mundo no la estuviera persiguiendo constantemente.

—Estás callado —dijo Chloe mientras caminábamos por Tribeca.

—Estoy trabajando.

—Estás caminando.

—También puedo trabajar mentalmente.

—Eso suena a excusa peligrosa.

—Es una habilidad.

—Es ansiedad disfrazada.

La ignoré, pero tenía razón, otra vez.

Habíamos salido a revisar una obra cerca del río, un edificio antiguo que necesitaba restauración parcial.

Estaba en mi zona de confort, en mi mundo, con todo bajo control. Hierro, madera e historia, cosido a base de paciencia.

Eso sí lo entendía. Eso no cambiaba. Eso no me confundía. O al menos no solía hacerlo.

—¿Quieres dejar de mirar el móvil cada dos minutos? —preguntó Chloe.

—No lo estoy mirando cada dos minutos.

—Lo has mirado tres veces en el último.

—Por costumbre.

—Por obsesión.

—Por trabajo.

—Ya, claro.

—Chloe.

—Ethan.

Suspiré y guardé el móvil en el bolsillo.

No tenía cómo llamarla o escribirla, y no iba a buscarla en internet porque estaba seguro de que existirían miles de Olivias en el mundo. No iba a hacer nada. Porque no había nada que hacer.

Era una desconocida, una coincidencia, una conversación en una librería. Eso era todo. O eso intentaba convencerme.

El edificio que íbamos a inspeccionar estaba acordonado. Era viejo, pero bonito, y lo más importante, tenía carácter.

Era uno de esos lugares que tenían historia incluso antes de que nadie se molestara en documentarla.

Entré con el casco y Chloe lo hizo detrás.

El arquitecto del proyecto nos explicó los daños, mientras yo asentía, tomaba notas, y observaba estructuras.

Pero una parte de mi cabeza seguía en otro sitio. Y eso empezaba a molestarme.

—Ethan —dijo Chloe en voz baja mientras el arquitecto hablaba.

—¿Qué?

—Estás a punto de firmar sin escuchar.

—Sí, estoy escuchando.

—Has asentido cuando ha dicho «problemas estructurales graves».

—Eso es porque lo he entendido.

—¿Has entendido también cuando ha dicho «probablemente no es seguro entrar»?

—Eso también lo he entendido.

Chloe me miró con la ceja arqueada.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

—Estoy cansado.

—Mentira.

No respondí, porque no podía. Porque no era cansancio, era otra cosa. Y no quería ponerle nombre.

Al salir del edificio, el aire era más fresco, ya que el sol empezaba a bajar. En ese momento la ciudad cambiaba de tono.

Más dorada, más lenta y más peligrosa en su belleza.

Caminamos hacia la calle principal y entonces la vi. O casi.

Una mujer cruzando la acera con gafas de sol y el cabello recogido, a un paso rápido que me resultó demasiado familiar.

Me detuve y Chloe chocó conmigo.

—¿Qué haces?

—Nada.

Miré mejor, pero ya no estaba. Se había perdido entre la gente.

—Ethan —dijo Chloe—, ¿qué pasa?

No respondí inmediatamente porque no estaba seguro. Podía haber sido cualquiera.

Cualquier mujer con gafas de sol o con prisa. Cualquiera de las miles de mujeres que vivían en Nueva York.

Pero la sensación, esa sensación extraña, seguía ahí.

—Nada —dije finalmente y Chloe me observó, pero no estaba convencida, lo sabía.

—Vale —dijo—. Pero estás más raro que esta mañana.

—Estoy normal.

—No, no lo estás.

Volvimos a caminar, pero yo ya no estaba escuchando del todo, porque algo en aquella silueta fugaz había encendido una alarma que no sabía explicar.

Y lo peor era que no sabía si quería ignorarla, o seguirla.

El resto del día lo pasé concentrado en el trabajo, al menos tanto como me fue posible, mientras no dejaba de preguntarme por qué pensaba tanto en Olivia.

Llegué al loft cuando ya había anochecido.

Nueva York tenía esa costumbre de cambiar de personalidad según la hora. De día todo era ruido. De noche era un poco más calmada.

Dejé las llaves sobre la encimera junto con el casco de trabajo, y por primera vez en todo el día el silencio del apartamento me resultó incómodo.

No por falta de costumbre, sino porque mi cabeza no estaba en silencio. Estaba ocupada, demasiado ocupada, a decir verdad.

Me serví un vaso de agua. Ni café ni alcohol, aunque podría, solo agua.

Acababa de dar el primer sorbo cuando el móvil vibró. Cuando vi el nombre de mi tía Rachel, sonreí antes de contestar.

—Hola.

—No estás trabajando, ¿verdad?

Suspiré.

—Hola a ti también.

—Ethan.

—Estoy en casa.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Sí, estoy trabajando.

Silencio al otro lado. Ese silencio peligroso de Rachel cuando sabía que estaba diciendo tonterías.

—¿Has comido? —preguntó.

—Sí.

—¿Qué?

—Algo.

—Ethan.

—En serio.

—No te creo.

Me senté en el sofá mirando la ciudad a través del ventanal.

—He comido —repetí.

—Vale.

No le gustó mi respuesta, lo sabía, pero no insistió. Eso era lo que hacía Rachel.

No empujaba, solo dejaba caer las cosas como quien dejaba una piedra en el agua. Y luego esperaba a ver las ondas.

—Voy a ir este fin de semana —dije.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Lo intuyo.

Sonreí.

—Eres imposible.

—Y tú eres un terco.

—Eso es hereditario.

—No me hagas reír.

Hablamos unos minutos más de cosas sin importancia. Del jardín, del vecino, de una tubería rota que llevaba meses sin arreglarse.

De la vida real, la vida sencilla, la vida que yo a veces olvidaba que existía.

Cuando colgué, el silencio volvió, pero esta vez era diferente. Menos pesado, más manejable.

Me levanté, fui hacia la ventana y entonces me entró una llamada de Chloe al móvil.

—¿Qué pasa?

—Tengo una pregunta.

—Eso nunca es bueno.

—La chica de la librería.

Me quedé quieto.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada.

—Chloe, que nos conocemos.

—He estado investigando.

—No deberías investigar.

—Sí debería.

—No.

—Sí.

—No.

—Ethan.

—Chloe.

Ella suspiró, y la imaginé en su apartamento, con ese gesto suyo de «esto es importante, aunque tú no lo sepas todavía».

—No es una desconocida cualquiera —dijo.

—Sí lo es.

—No.

—Sí.

—Ethan.

—¿Qué?

—Es famosa.

Me quedé callado, porque eso sí que no me lo esperaba.

—¿Qué?

—Que es famosa. Muy famosa.

—¿Cómo de famosa?

—Del tipo que no entra en una librería sin que nadie la reconozca.

Fruncí el ceño.

—No había nadie alrededor.

—Porque lleva gafas, gorra y probablemente seguridad discreta.

No respondí, porque mi mente intentó encajar eso con la imagen que tenía de ella.

La risa fácil, la forma de hablar, la naturalidad. No encajaba. No podía encajar.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Sí.

—¿Quién es?

Chloe tardó un segundo en contestar, solo uno, pero fue suficiente.

—Por cómo me la describiste, y como buena periodista que soy, he hecho un trabajo de investigación de lo más exhaustivo. En redes hay una coincidencia, un post subido con una foto de ese libro del que me has hablado.

—Ajá, vale. ¿Y quién es ella?

—Olivia Hart.

El nombre cayó en la habitación como si cambiara la temperatura.

No lo procesé de inmediato, pero mi cerebro lo intentó. Y luego lo consiguió.

Olivia Hart. Sí, la había visto, la había visto en algún sitio. Revistas, televisión, estrenos, entrega de premios de alguna cadena de televisión. Pero no había prestado atención. Nunca prestaba atención a eso.

Hasta ahora.

—Eso es imposible —dije.

—No lo es.

—No parecía…

Me detuve, porque no sabía cómo terminar esa frase.

No parecía una estrella de cine. No parecía inalcanzable. No parecía nada de lo que esperaba. Solo parecía Olivia, sin más.

Y eso era lo más inquietante de todo.

—Ethan —dijo Chloe—, no te obsesiones.

—No me estoy obsesionando.

—Claro.

—Solo la conocí.

—Y estás pensando demasiado en ella para alguien que «solo la conoció».

No respondí, porque no tenía una respuesta buena o, mejor dicho, porque no quería tenerla.

—Solo te aviso —añadió Chloe—. Ese tipo de personas no desaparece, así como así.

—No estoy buscando que desaparezca.

—Eso es peor.

—No.

—Sí.

—Chloe.

—Ethan.

Suspiré y miré por la ventana.

Las luces de Nueva York seguían encendidas, miles de historias, miles de vidas.

Y una de ellas, sin que yo lo supiera del todo todavía, ya estaba empezando a mezclarse con la mía.

—Vale —dije finalmente.

—Vale, ¿qué?

—No es nada.

Silencio.

—Ethan…

—No es nada —repetí.

Pero incluso mientras lo decía, no estaba del todo seguro de creerme.