Capítulo 5 #2
Entramos en la cafetería y durante unos segundos olvidé quién era yo. O lo intenté. Porque algo en aquel encuentro no encajaba con lo habitual.
Y, sin embargo, se sentía peligrosamente fácil. Como si el universo hubiera decidido improvisar sin avisarme.
La cafetería estaba más llena de lo que parecía desde fuera, o quizás era solo que, de repente, yo era más consciente de todo.
De las mesas, del ruido, del café recién hecho, de Ethan sentado frente a mí como si aquello fuera perfectamente normal.
Que no lo era. Para nada.
—Sigues mirando el libro —dijo.
Bajé la vista. Lo había dejado sobre la mesa entre los dos, como si fuera un tercero en discordia.
—Es bonito —respondí.
—No has abierto ni una página.
—Aún no.
—Eso es raro.
—¿Por qué?
—La gente que ama los libros no puede esperar.
—Solo estoy… saboreando el momento.
—Eso suena a excusa.
Le lancé una mirada de las que Lucas describía como letal, y él levantó las manos en señal de paz.
—Vale. No es asunto mío.
—Gracias.
—Pero sigue siendo raro.
Suspiré.
—Eres muy insistente para alguien que «casi nunca insiste».
—No estoy insistiendo.
—Estás analizando.
—Eso es distinto.
—No mucho.
Sonrió. Y otra vez esa sonrisa. De esas que no deberían tener tanto efecto. Pero lo tenían. Y eso era un problema completamente nuevo.
—¿Siempre eres así? —pregunté.
—¿Así cómo?
—Demasiado… directo.
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Lo es la mayoría de las veces.
—Ethan…
—Olivia.
Nos quedamos en silencio. Un segundo. Dos. El tipo de silencio que no incomodaba, simplemente estaba ahí.
—Trabajo con edificios —dijo de repente.
—Interesante.
—No sabes cómo suena eso cuando lo digo en voz alta.
—¿Cómo suena?
—Aburrido.
Me reí.
—No suena aburrido.
—Sí suena aburrido.
—Suena… estable.
—Eso es una forma educada de decir aburrido.
—No necesariamente.
—¿Qué haces tú? —preguntó, y me quedé quieta.
Un segundo. Demasiado rápido para mentir. Demasiado extraño para decir la verdad completa.
—Trabajo en cine.
—¿Producción?
—Algo así.
—Eso explica lo de las gafas de sol.
—No las llevo por eso.
—Claro.
—Las llevo porque me gusta.
—Claro.
Lo dijo con una sonrisa que no era burlona. Era divertida. Y eso era peor. Porque hacía que no me importara.
El camarero dejó nuestros cafés sobre la mesa.
—¿Azúcar? —preguntó Ethan.
—No.
—Perfecto.
—¿Por qué perfecto?
—Porque si dices que sí, te juzgo un poco.
—Qué amable.
—Intento ser coherente.
—¿Y si me gusta el azúcar?
—Entonces eres menos interesante de lo que pareces.
Le lancé una servilleta y él la esquivó demasiado rápido.
—Tienes buenos reflejos —dije.
—Restaurar edificios exige coordinación.
—Eso es una excusa fantástica.
—Gracias.
Bebió un sorbo de café y por primera vez lo vi más relajado. Menos analítico y contenido. Y no supe por qué, pero me gustó verlo así.
—No sueles hacer esto, ¿verdad? —pregunté.
—¿Tomar café?
—Tomar café con desconocidas que has encontrado en una librería.
—No.
—¿Entonces por qué conmigo?
Esa pregunta se quedó suspendida en el aire. Un segundo. Dos.
Él apoyó la taza y pensó.
—No lo sé —dijo al final.
Honesto, directo y sin adornos. Eso también me descolocó.
—Eso es preocupante —dije.
—¿Por qué?
—Porque normalmente la gente tiene una razón.
—Yo no.
—Eso es mentira.
—No siempre.
—Siempre hay una razón.
Me observó más serio ahora. Solo un poco.
—Vale —dijo—. Entonces, quizá porque no parecías tener prisa.
—Eso no es una razón.
—Es la única que tengo.
Y nos quedamos en silencio otra vez, pero fue un silencio diferente. Como si algo invisible se hubiera instalado entre los dos.
—Tú tampoco pareces tener prisa —dije.
—No, hoy al menos no.
—¿Por qué hoy?
—Porque ayer perdí algo importante.
Fruncí el ceño.
—¿Trabajo?
—Sí.
—Lo siento.
—No lo hagas.
—Eso suena a que te has resignado.
—Sí.
Me miró de nuevo y por un segundo sentí algo raro en el pecho. Como si aquel hombre estuviera acostumbrado a perder cosas, pero no a hablar de ello.
—Entonces —dije—. Somos dos personas sin prisa.
—Eso parece.
—En Nueva York eso es casi ilegal.
—Probablemente.
Sonreí, él también, y entonces ocurrió.
Un par de personas en la cafetería miraron hacia la puerta. Cámaras. Flash. Ruido leve. Demasiado reconocible para mí.
Me tensé instintivamente y Ethan lo notó.
—¿Estás bien?
—Sí —mentí rápido.
—No lo parece.
—Estoy bien.
Los fotógrafos no habían entrado, solo estaban fuera buscando algo. A alguien, más bien. Lo habitual. Pero el pulso me cambió ligeramente.
No lo suficiente para que él lo notara, o eso creí.
—Tienes que irte —dije de repente.
—¿Perdón?
—Yo… tengo que irme —corregí.
—¿Ahora?
—Sí.
Me levanté demasiado rápido, cogí el libro, el bolso, todo demasiado deprisa.
—Olivia —dijo Ethan.
Me detuve un segundo y su voz sonó diferente ahora. Más baja.
—Ha sido… agradable —añadió.
Me quedé quieta solo un segundo.
—Sí —respondí—. Lo ha sido.
Y sin saber por qué, me dolió un poco decirlo.
—Nos vemos —dijo, y le miré.
Quise decir que no, que no iba a pasar. Que aquello era casual, que era absurdo, que no significaba nada. Pero no lo dije.
—Nos vemos —repetí, y salí de la cafetería.
El aire de Nueva York me golpeó de nuevo.
Los fotógrafos seguían fuera, pero no era por mí. Al menos no todavía.
Pero mientras caminaba calle abajo, con el libro en la mano, una sensación extraña me acompañó.
No era miedo ni nervios, era algo peor. Curiosidad.
Porque no entendía por qué aquel desconocido había conseguido que, durante unos minutos, el mundo dejara de sonar tan fuerte.
Y eso era peligroso. Mucho más peligroso de lo que parecía.