Tú no eres parte del guion Capítulo 5
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Capítulo 5

Olivia

Siempre había pensado que la gente exageraba cuando decía que los libros cambiaban vidas.

Yo había leído cientos de ellos y seguía teniendo los mismos problemas de siempre. Así que, al menos en mi caso, los milagros parecían tener ciertos límites.

—Te estás poniendo unos pantalones para ir a comprar libros.

Levanté la vista del espejo y vi que Harper estaba apoyada en el marco de la puerta de mi vestidor, comiendo cereales directamente de la caja, como un niño travieso.

—Voy a salir a la calle.

—Vas a una librería.

—Sigue siendo la calle.

—Olivia.

—Harper.

—Es una librería.

—Gracias por repetirlo.

—Solo intento entender por qué llevas veinte minutos eligiendo ropa.

—Porque tengo dignidad.

—Porque eres actriz.

—También.

—Y porque eres incapaz de salir de casa sin parecer una portada.

—Eso es mentira.

Harper me señaló.

—Llevas unas gafas de sol que cuestan más que mi alquiler.

—Eso ha sonado muy acusador.

—Porque lo era.

Me eché a reír porque tenía razón. Más o menos.

La verdad era que llevaba años desarrollando estrategias para moverme por Nueva York sin atraer demasiada atención.

Algunas funcionaban, otras no, y algunas acababan apareciendo en revistas de cotilleo bajo titulares completamente absurdos.

Como aquella vez que un periódico había asegurado que estaba embarazada porque llevaba un jersey ancho.

No estaba embarazada, simplemente tenía frío, pero la prensa rara vez dejaba que la realidad estropeara una buena historia.

—¿Cuánto tardarás?

—Una hora.

Harper soltó una carcajada.

—Mentira.

—¿Por qué?

—Porque tú no entras en una librería.

—Claro que entro.

—No. Tú te mudas allí durante varias horas.

—Eso también es cierto.

—Lo sabía.

Cogí el bolso, las llaves y el móvil y me dirigí hacia la puerta.

—No hagas nada ilegal mientras no estoy.

—No prometo nada.

—Harper.

—¿Qué?

—Hablo en serio.

—Yo también.

—Dios mío.

—Tranquila.

—Eso nunca tranquiliza a nadie.

Ella me dedicó una sonrisa angelical, lo cual resultó aún más preocupante, y decidí marcharme antes de descubrir qué estaba planeando.

La mañana era preciosa, uno de esos días de sábado de junio en los que Nueva York parecía más amable de lo habitual.

La temperatura era perfecta, el cielo estaba despejado y el aire olía a verano.

Caminé varias calles disfrutando de algo que cada vez valoraba más, el anonimato, o algo parecido al anonimato.

Las gafas de sol ayudaban, la gorra también, y el hecho de que la mayoría de la gente estuviera demasiado ocupada con sus propias vidas. Aquello era algo que siempre me había gustado de Nueva York.

La ciudad podía reconocer a una estrella de cine y seguir caminando sin detenerse, sin impresionarse, sin convertirlo en un acontecimiento nacional. Era perfecto.

La librería apareció al final de la calle, una de mis favoritas. Grande, acogedora y llena de rincones donde esconderse durante horas.

Entré, y automáticamente sonreí.

El olor, ese olor a papel, tinta y madera. Eso era lo que más me gustaba de aquel lugar.

Por no haber de los cientos de libros nuevos mezclados con libros antiguos. Era imposible no sentirse bien allí dentro.

Me quité las gafas y comencé a caminar entre las estanterías, sin prisa, sin rumbo concreto, como hacía siempre.

Aquello era casi una tradición. Perderme, buscar historias, descubrir autores nuevos, olvidarme durante un rato de quién era y convertirme simplemente en una lectora más.

Llevaba unos veinte minutos explorando cuando encontré una edición antigua de una novela que llevaba años buscando.

— No me lo puedo creer —murmuré.

Sonreí al verla, era preciosa. La portada, la encuadernación. Todo.

Justo cuando iba a cogerla, otra mano apareció al mismo tiempo sujetando exactamente el mismo libro.

Parpadeé, levanté la vista y me encontré con un hombre alto, muy alto, de cabello oscuro, ojos grises y una expresión de sorpresa idéntica a la mía.

Durante un segundo nos quedamos inmóviles, los dos sujetando el mismo ejemplar, como dos niños peleando por el último trozo de tarta.

—Bueno.

Su voz fue grave, cálida y divertida.

—Esto es incómodo.

No pude evitar reírme.

—Un poco.

—Creo que lo vi primero.

—Eso es imposible.

—¿Por qué?

—Porque estaba a punto de cogerlo yo.

—Ese es un argumento sorprendentemente sólido.

—Lo sé.

Una sonrisa apareció en sus labios y, de forma completamente absurda, sentí una especie de cosquilleo inesperado.

Algo leve e insignificante, pero extraño. Porque no me ocurría a menudo. Al menos no últimamente.

—¿Qué hacemos entonces?

—¿Con qué?

—Con esto.

Miró el libro, yo también, y seguíamos sujetándolo los dos.

—Podemos pelear.

—No pareces muy violenta.

—No me conoces.

—Buen punto.

—Además, tengo ventaja.

—¿Sí?

—Llevo zapatos más peligrosos.

El hombre bajó la vista hacia mis botas y soltó una carcajada. Una carcajada sincera, natural y bonita.

—Vale.

Eso no era exactamente lo que esperaba. Y precisamente por eso me hizo sonreír.

—¿Sabes qué? —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Quédatelo.

Fruncí el ceño.

—¿Así de fácil?

—Sí.

—¿No vas a luchar por él?

—Es un libro.

—Precisamente por eso.

—Además, parece importante para ti.

Aquella respuesta me sorprendió. Porque no era la típica respuesta y porque la dijo como si fuera la cosa más normal del mundo.

—Gracias.

—De nada.

—Aunque sigo pensando que yo lo vi primero.

—Eso jamás lo sabremos.

—Yo sí.

—Claro.

Volví a reírme y entonces ocurrió algo curioso. Ninguno de los dos se marchó. Seguíamos allí, uno frente al otro, como si la conversación aún no hubiera terminado. Como si ninguno tuviera demasiada prisa por irse.

Y por primera vez en mucho tiempo me descubrí preguntándome quién era aquel desconocido.

Sin saber que aquella simple pregunta estaba a punto de complicarme la vida muchísimo más de lo que imaginaba.

Seguíamos mirando el libro como si fuera un objeto altamente peligroso. O como si en cualquier momento pudiera explotar.

Lo cual, siendo sinceros, habría sido menos incómodo que seguir allí de pie sin saber muy bien qué hacer.

—Vale —dijo él finalmente—. Esto es oficialmente lo más raro que me ha pasado hoy.

—¿En serio?

—En serio —respondió.

—Entonces debo decir que tu día ha sido peor que el mío.

—No lo des por hecho.

—He venido a una librería y he entrado en una discusión casi legal por un libro.

—Eso suena bastante serio.

—Lo es.

Asintió como si lo estuviera evaluando.

—Entonces sí, probablemente gano yo.

Sonreí sin querer, otra vez. Era extraño, eso no me pasaba a menudo con desconocidos. Ni con conocidos, ni con prácticamente nadie.

—¿Eres de aquí? —preguntó él.

—¿De la librería?

—De Nueva York.

—Sí.

—Eso explica lo tranquila que estás.

—No estoy tranquila.

—Pareces tranquila.

—Soy buena fingiendo.

—Eso también lo pareces.

Lo miré, él me miró, y durante medio segundo hubo algo raro. Como si habláramos un idioma común sin haberlo decidido.

—Vale —dijo—. Tengo una propuesta.

—¿Qué propuesta?

—Te quedas con el libro.

—Ya lo has dicho.

—Pero me invitas a un café.

Parpadeé.

—¿Eso es un intercambio comercial?

—Lo estoy intentando hacer parecer lo menos sospechoso.

—No está funcionando.

—Lo sé.

Me reí de verdad, sin controlarlo, y eso fue lo más extraño de todo. Porque no solía reírme así con desconocidos. No de una manera tan fácil y natural.

—¿Siempre haces tratos con extraños en librerías?

—Solo los martes.

—Hoy es jueves.

—Entonces estoy rompiendo mi propia norma.

—Qué rebelde.

—A veces sorprendo incluso a mi tía.

—¿Tu tía sabe que haces esto?

—No.

—Deberías preocuparla menos.

—Demasiado tarde.

—Eso suena preocupante.

—Es una larga historia.

—Tengo tiempo.

—No creo que tengas tanto tiempo.

—¿Me estás subestimando?

—Te estoy siendo honesto.

Aquello me gustó más de lo que debería.

—¿Y si no quiero café?

—Entonces te dejo el libro y me voy.

—¿Así de fácil?

—Así de fácil.

—No suena muy convincente.

—No intento convencerte.

—Eso es nuevo.

—No suelo insistir.

—¿Nunca?

—Casi nunca.

—Eso es raro.

—¿Por qué?

—La gente siempre insiste.

—Yo no.

Me observó con calma, sin prisa, como si realmente no tuviera intención de irse, pero tampoco de presionarme. Y eso era… raro. Demasiado raro.

—Vale —dije finalmente.

—¿Vale qué?

—El café.

Su sonrisa apareció antes de que respondiera, y fue una sonrisa peligrosa. De esas que te hacían sospechar que acababas de cometer un error sin saberlo todavía.

—Bien.

—Pero uno.

—Solo uno.

—Uno.

—Perfecto.

—Y después cada uno por su lado.

—Eso suele decir la gente antes de volver a verse.

—No vas a volver a verme.

—Eso suena desafiante.

—Es realista.

—Ya lo veremos.

Puse los ojos en blanco y me di cuenta de que seguía sosteniendo el libro, como si ninguno quisiera soltarlo del todo. Finalmente lo hice y él también.

El intercambio fue casi ceremonioso, como si estuviéramos cerrando un pacto invisible.

—No sé tu nombre —dijo.

Me quedé quieta un segundo. Podía decir cualquier cosa, cualquier nombre, cualquier mentira y desaparecer. Pero por alguna razón no lo hice.

—Olivia —dije.

—Ethan.

Asentí. Como si aquello significara algo. Aunque no lo significaba. O eso creí.

—Bien, Ethan —dije—. ¿Un café?

—Un café.

Salimos de la librería juntos y el aire de Nueva York nos golpeó de lleno.

Era cálido, demasiado cálido para junio. Las calles estaban llenas de gente, turistas y locales, y música lejana, el ruido habitual de la ciudad. Pero, de algún modo, mientras caminábamos, todo parecía un poco más lento.

Un poco más… enfocado.

—¿Vives por aquí? —preguntó.

—Más o menos.

—Eso es sospechoso.

—¿Por qué?

—Porque nadie dice «más o menos» sin esconder algo.

—Tal vez soy una mujer misteriosa.

—O puede que solo seas evasiva.

—Y puede que tú seas demasiado analítico.

—Puede.

Nos miramos otra vez y sentí otra vez ese cosquilleo. Sutil e inexplicable, molesto, incluso, porque no tenía sentido. No lo tenía en absoluto.

—Hay una cafetería aquí cerca —dijo.

—No me digas.

—La frecuento.

—Eso tampoco me sorprende.

—¿Por qué?

—Pareces de los que tienen sitios «habituales».

—¿Eso es un insulto?

—No.

—¿Seguro?

—Casi.

Se rio otra vez, y me descubrí pensando que tenía una risa bastante agradable. Demasiado agradable para ser un desconocido.