Tú no eres parte del guion Capítulo 4
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Capítulo 4

Ethan

Cuando regresamos a la oficina, Manhattan parecía haberse vuelto todavía más caótica.

O quizá simplemente era Manhattan siendo Manhattan. Nunca estaba seguro.

—Me niego a trabajar.

Miré a Chloe mientras cruzábamos la puerta.

—Qué sorpresa.

—Estoy agotada.

—Has desayunado.

—Ha sido un desayuno emocional.

—No sé qué significa eso.

—Yo tampoco.

—Perfecto.

Ella sonrió, como si aquello tuviera algún sentido. Lo cual era bastante habitual.

Nuestra oficina ocupaba la planta baja de un antiguo edificio industrial restaurado años atrás.

Uno de nuestros primeros proyectos importantes. Y probablemente el único edificio de Nueva York que conocía mejor que mi propio piso.

Las paredes de ladrillo visto. Las vigas originales. Los enormes ventanales. Todo aquello me seguía gustando tanto como el primer día.

Quizá porque representaba algo más. La prueba de que todo el esfuerzo había valido la pena. Porque hubo una época en la que la empresa no era más que dos personas, un ordenador viejo y una cantidad alarmante de optimismo.

Y ahora teníamos empleados, clientes importantes, proyectos relevantes y un futuro sólido.

No estaba mal para aquellos dos veinteañeros que apenas sabían lo que estaban haciendo cuando empezaron.

—Voy a revisar los presupuestos.

—Qué aburrido.

—Es mi trabajo.

—Precisamente. ¿Y tú?

—Voy a fingir que trabajo.

—Al menos eres sincera.

—Siempre.

Chloe desapareció por el pasillo y yo regresé a mi despacho.

Durante unos segundos observé el espacio. Las estanterías llenas de libros, los planos, las fotografías de edificios restaurados, y una imagen enmarcada sobre una de las baldas. Rachel y yo.

Yo tendría unos trece años, ella apenas veintitrés. Los dos estábamos sonriendo, fingiendo que sabíamos cómo seguir adelante.

A veces me preguntaba cómo lo había conseguido, porque yo había sido un adolescente complicado. Muy complicado.

Enfadado con el mundo, con la vida, con todo, y ella apenas era una cría intentando criar a otro.

Pero lo había hecho, y lo había hecho bien. Mucho mejor de lo que cualquiera podría haber esperado.

Sonó mi teléfono, miré la pantalla y sonreí automáticamente. Porque, como si supiera que estaba pensando en ella, ahí estaba su llamada.

—Hola.

—¿Por qué tardas tanto en responder?

—Han pasado dos segundos.

—Una eternidad.

—Hola a ti también.

—¿Has comido?

Cerré los ojos. Por supuesto que esa sería su primera pregunta.

—Son las once y media.

—Eso no responde a mi pregunta.

—He desayunado.

—¿Algo saludable?

—Café.

—Ethan.

—Y tostadas.

—Eso está mejor.

—Gracias por tu aprobación.

—Alguien tiene que vigilarte.

Sonreí, porque aquello era exactamente lo que esperaba escuchar. Como siempre.

—¿Qué tal estás?

—Bien.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y la licitación?

Maldita sea. Chloe hablaba demasiado.

—La hemos perdido.

Hubo un breve silencio.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—Claro que pasa.

—No es el fin del mundo.

—Lo sé.

Y lo sabía de verdad. Porque Rachel siempre había tenido una habilidad especial para distinguir los problemas reales de los problemas temporales.

Y aquello era temporal. Molesto y frustrante, sí, pero temporal.

—Vendrás este fin de semana.

No era una pregunta, nunca era una pregunta.

—Sí.

—Bien.

—¿Me estás ordenando que visite a mi propia familia?

—Sí. Porque soy tu única familia. Además de Chloe.

—Qué autoritaria.

—Lo aprendí criando a un adolescente imposible.

—Yo era encantador.

Rachel soltó una carcajada.

—Claro, claro.

—Lo era.

—Ethan.

—Vale, quizá no.

—Mucho mejor.

Sonreí, porque aquellas conversaciones siempre conseguían mejorarme el día.

No importaba lo complicado que fuera todo, ni siquiera importaba lo cansado que estuviera. Rachel tenía la capacidad de recordarme quién era. Y de dónde venía.

Y eso importaba mucho.

Después de colgar, conseguí trabajar durante aproximadamente cuarenta minutos. Lo cual era un récord considerando el estado de mi concentración.

Entonces decidí rendirme. Porque había días en los que forzar las cosas simplemente no servía de nada. Aquella tarde era uno de ellos.

A las seis salí de la oficina, por primera vez en semanas, y Chloe estuvo tan sorprendida que sospeché que iba a llamar a la policía.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente.

—¿No tienes fiebre?

—No.

—¿No te ha sustituido un extraterrestre?

—Que yo sepa, no.

—Entonces esto es rarísimo.

—Solo quiero llegar pronto a casa.

—Voy a apuntar la fecha.

—Haz lo que quieras.

—Lo haré, porque esto es histórico.

Me despedí de ella y caminé hacia mi loft .

Una de las ventajas de vivir en Tribeca era precisamente esa, podía ir andando a casi cualquier sitio.

Siempre me había gustado caminar, me ayudaba a pensar, a ordenar ideas, a desconectar.

El sol comenzaba a descender entre los edificios, las calles seguían llenas, los restaurantes empezaban a recibir clientes, la ciudad cambiaba de ritmo y yo disfrutaba observándolo.

Cuando llegué a mi edificio, saludé al portero, subí en el ascensor y unos minutos después entré en casa.

El silencio me recibió inmediatamente, como siempre. No era un silencio triste ni incómodo, simplemente era habitual.

Dejé las llaves sobre el recibidor, me aflojé la corbata y observé el loft .

Los techos altos, las vigas metálicas, la cocina abierta, las enormes ventanas. Todo exactamente como me gustaba. Sencillo, cómodo y sin artificios.

Sin embargo, mientras avanzaba hacia la cocina, una idea cruzó fugazmente mi cabeza.

Una idea absurda. La sensación de que aquel espacio llevaba demasiado tiempo siendo únicamente mío.

Sacudí la cabeza inmediatamente, porque sonaba peligrosamente parecido a las tonterías que Chloe intentaba meterme en la cabeza. Y no pensaba darle esa satisfacción.

Abrí el frigorífico y encontré una cerveza. Y justo entonces sonó mi teléfono.

Era un mensaje de Chloe, por supuesto.

Chloe: Acabo de ver un cartel gigante de una modelo en Times Square.

Fruncí el ceño.

Ethan: ¿Y?

La respuesta llegó inmediatamente.

Chloe: Solo quería decir que es injusto que algunas personas tengan esa genética.

Solté una carcajada. Aquella mujer necesitaba ayuda profesional.

Chloe: Y he descubierto algo increíble.

Yo: Eso da miedo, Chloe.

Chloe: Hay una actriz famosísima viviendo temporalmente cerca de tu edificio.

Yo: Y eso me afecta porque...

Chloe: Porque toda la calle va a estar llena de fotógrafos.

Yo: Fantástico.

Chloe: Podrías llevar un cartel en la espalda haciendo publicidad de nuestra empresa.

Ethan: Lo que me faltaba, ser Publicidadman.

Chloe: Una estrategia de marketing perfecta, no lo niegues.

Ethan: Que Dios me dé paciencia contigo.

Chloe: La modelo es guapísima.

Yo: Qué información tan relevante.

Chloe: Estoy siendo una buena amiga.

Yo: No.

Chloe: Sí.

Yo: Buenas noches, Chloe.

Chloe: Buenas noches, abuelo.

Suspiré sonriendo, porque era imposible no hacerlo.

Guardé el teléfono y me levanté para cerrar una de las cortinas. Entonces vi algo.

Al otro lado de la calle había un pequeño grupo de fotógrafos esperando, observando la entrada de uno de los edificios cercanos.

Fruncí el ceño. Aquello explicaba el mensaje de Chloe. Probablemente alguna celebridad. Otra más, puesto que Nueva York estaba llena de ellas.

No le di demasiada importancia. Volví al sofá, encendí la televisión y continué con mi noche.

Sin saber que, a apenas unos cientos de metros de distancia, una mujer estaba observando las mismas luces de Manhattan.

Sin saber que nuestros caminos estaban acercándose poco a poco.

Sin saber que una simple casualidad estaba a punto de poner mi mundo patas arriba.

Y, desde luego, sin imaginar que aquella actriz desconocida para mí terminaría convirtiéndose en alguien importante en mi vida.