Tú no eres parte del guion Capítulo 3
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Capítulo 3

Ethan

Había tres cosas que odiaba profundamente en esta vida.

La primera era la gente que caminaba despacio por mitad de la acera. La segunda era el café malo. Y la tercera era perder.

Aquella mañana había conseguido las tres. Y todavía no eran ni las diez.

—No me lo puedo creer.

Volví a mirar el correo electrónico por cuarta vez. Quizá quinta, o puede que la décima.

Había perdido la licitación, otra vez.

Bueno, no exactamente otra vez. La empresa no solía perder muchos proyectos. Precisamente por eso aquello me estaba molestando tanto.

Llevábamos casi tres meses trabajando en aquella propuesta. Tres meses de reuniones, planos, presupuestos, presentaciones y horas sin dormir.

Y al final, el proyecto había terminado en manos de una empresa mucho más grande.

Una de esas compañías gigantes que parecían tener dinero infinito y un ejército de abogados escondido en algún sótano secreto.

Fantástico. Simplemente fantástico.

Me dejé caer en la silla de mi despacho mirando el techo, intentando convencerme de que era un adulto racional.

Pero no estaba funcionando.

—¿Vas a llorar?

Levanté la cabeza y encontré a Chloe apoyada en la puerta, sonriendo.

Por supuesto, porque mi sufrimiento siempre le parecía divertido.

—Fuera.

—Eso es un sí.

—Fuera.

—¿Quieres que te traiga un pañuelo?

—Chloe.

—¿Dos pañuelos?

—Te despido.

—No puedes despedirme.

—Puedo intentarlo.

—Soy copropietaria.

—Maldita sea.

—Exactamente.

Entró en el despacho sin pedir permiso, como llevaba haciendo desde hacía más de diez años, y se dejó caer en la silla frente a mi mesa.

—¿Tan malo es?

Le lancé una mirada y le pasé el portátil. Ella abrió el correo, lo leyó y suspiró.

—Vale.

—¿Ves?

—Sí.

—¿Ves? —insistí.

—Sí.

—Era nuestro.

—Lo sé.

—Lo teníamos.

—Lo sé.

—Y esos idiotas han ofrecido un precio imposible.

—También lo sé.

Apoyé los codos sobre la mesa. Aquello dolía más de lo que quería admitir.

No por el dinero, porque la empresa iba bien, muy bien, de hecho.

No nos faltaba trabajo, no corríamos ningún peligro, pero aquel proyecto era especial. Era exactamente el tipo de trabajo por el que había creado la empresa años atrás.

Restaurar edificios históricos, devolverles la vida, conservar su esencia, crear algo hermoso, y había desaparecido.

Así de simple.

—Estás poniendo esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de héroe trágico.

—No tengo una cara de héroe trágico.

—Claro que sí.

—No.

—Sí.

—Chloe.

—Pareces un protagonista de drama histórico.

—Voy a tirarte por la ventana.

—Estamos en una planta baja.

—Encontraré la forma.

Ella soltó una carcajada y, muy a mi pesar, yo también terminé sonriendo. Porque aquello era lo que hacía Chloe.

Llevaba años haciéndolo, desde la universidad, desde que dos estudiantes sin dinero habían decidido que crear una empresa parecía una idea razonable.

La realidad había sido bastante menos romántica.

Mucho trabajo, muchos errores y muchos sustos, pero habíamos salido adelante juntos. Siempre juntos. Y eso nos había convertido en algo parecido a una familia.

La familia que eliges. La mejor clase de familia.

—¿Sabes qué pienso?

—Miedo me da.

—Que necesitas una cerveza.

—Son las nueve y media de la mañana.

—Y sigues necesitando una cerveza.

—Buen argumento.

—Lo sé.

—¿Tienes alguno mejor?

—No.

—Al menos eres sincera.

Chloe sonrió satisfecha. Era imposible no quererla, y también era imposible convivir con ella durante más de tres días seguidos sin plantearte cometer un delito.

Pelirroja, pecosa, escandalosamente extrovertida, capaz de hacer amigos en una cola de supermercado y probablemente la persona más optimista que había conocido jamás.

A veces sospechaba que tenía algún problema neurológico.

—¿En qué piensas?

—En que das miedo.

—Qué romántico.

—No pretendía serlo.

—Lo sé.

—Bien.

—Aunque sigo siendo tu mejor amiga.

—Desgraciadamente.

—Y tú la mía.

Aquello me hizo sonreír, porque era verdad, siempre lo había sido.

Durante años, todo el mundo había dado por hecho que acabaríamos juntos, casados, con hijos, un perro y una casa en algún barrio tranquilo.

El problema era que jamás había existido ni el más mínimo interés romántico entre nosotros. Ni una sola vez. Era como intentar enamorarte de tu hermana.

Una hermana muy molesta y extremadamente habladora, pero una hermana, al fin y al cabo.

—¿Sabes cuántas veces han preguntado si salimos juntos esta semana?

—¿Cuántas?

—Siete.

—Pocas.

—¿Pocas?

—La semana pasada fueron once.

—Dios mío.

—La gente tiene mucha imaginación.

—La gente está loca.

—También.

Me levanté. Necesitaba moverme, pensar, respirar, dejar de mirar aquel maldito correo.

Las enormes ventanas de la oficina daban a una calle tranquila de Tribeca, una de mis zonas favoritas de Manhattan. Siempre había querido trabajar allí.

Mucho antes de poder permitírmelo, mucho antes de que la empresa funcionara y mucho antes de que las cosas fueran fáciles. Si es que alguna vez habían sido fáciles.

Porque la verdad era que nada me había resultado sencillo.

Mis padres murieron cuando yo tenía doce años en un accidente de coche. Un día estaban, y al siguiente ya no. Así de rápido, así de brutal, así de injusto.

Y después apareció Rachel, mi tía.

Tenía veintidós años, una carrera a medias, un futuro completamente distinto por delante y, aun así, renunció a todo para criarme.

Nunca se lo agradecería lo suficiente. Jamás.

—Estás pensando demasiado otra vez.

La voz de Chloe me devolvió al presente.

—¿Tan evidente es?

—Muchísimo.

—Genial.

—Para eso me tienes.

—Qué suerte la mía.

—Exactamente.

Cogió su bolso, se puso en pie y sonrió. Esa sonrisa peligrosa, la que siempre anunciaba problemas.

—Vamos.

—¿Dónde?

—A desayunar.

—No.

—Sí.

—Tengo trabajo.

—Estás deprimido.

—No estoy deprimido.

—Has mirado ese correo veinte veces.

—Doce.

—Peor aún.

—Sigo teniendo trabajo.

—Y yo sigo teniendo hambre.

—Eso sí me lo creo.

—Entonces mueve el culo.

—Qué elegancia.

—Es un don.

Suspiré, porque sabía perfectamente que iba a ganar. Siempre ganaba. Y, sinceramente, una parte de mí estaba agradecida.

Porque quizá tenía razón. Quizá necesitaba salir de allí. Quizá necesitaba recordar que perder una batalla no significaba perder la guerra.

Y quizá, solo quizá, aquel día estaba a punto de cambiar mucho más de lo que imaginaba.

Aunque todavía no tenía ni idea de ello.

Quince minutos después seguía preguntándome por qué había aceptado salir de la oficina.

Bueno, la respuesta era sencilla. Porque Chloe era incapaz de aceptar un no por respuesta.

Y porque llevaba diez años perfeccionando el arte del chantaje emocional.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de hombre secuestrado.

—Me has secuestrado.

—Te he invitado a desayunar.

—Contra mi voluntad.

—Detalles.

—No son detalles.

—Lo son.

Suspiré otra vez, mientras caminábamos por una de las calles de Tribeca.

El barrio ya estaba completamente despierto. Las terrazas comenzaban a llenarse, los repartidores iban de un lado para otro, y los taxis tocaban el claxon por motivos que probablemente ni ellos mismos entendían. Nueva York en estado puro.

Caótica, ruidosa y perfecta.

Siempre me había gustado aquella ciudad. No era fácil ni amable, pero tampoco fingía serlo. Y eso era algo que respetaba.

—¿Sabes qué necesitas?

—Miedo me da.

—Vacaciones.

—No.

—Sí.

—No.

—Ethan.

—Chloe.

—Pareces un hombre de cincuenta años atrapado en un cuerpo de treinta y cinco.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ya me había dado cuenta.

Ella sonrió, y yo tuve que contener una sonrisa. Porque era imposible discutir con alguien que disfrutaba tanto haciéndote perder los nervios.

Entramos en una cafetería que frecuentábamos desde hacía años. Nada especialmente elegante, ni moderno, ni diseñado para influencers . Simplemente buen café y comida decente.

Lo cual, en Manhattan, era prácticamente un milagro.

—¡Ethan!

Levanté la cabeza y Maya, una de las camareras habituales, sonrió desde detrás de la barra.

—Hola.

—¿Lo de siempre?

—Por favor.

—¿Y para tu novia?

Chloe soltó una carcajada y yo cerré los ojos. No. Otra vez no.

—No soy su novia.

—Lo sé.

—Pero es que parecéis una de esas parejas de lo más compenetradas. Hasta cuando discutís se os ve monísimos.

—Eso tampoco ayuda.

Maya sonrió todavía más.

—Algún día os casaréis.

—No.

—Sí.

—Maya —dije.

—Vale, vale.

Se alejó riéndose y vi que Chloe estaba disfrutando demasiado de aquello.

—Voy a matarte.

—¿Qué he hecho yo?

—Existir.

—Qué dramático.

—Te odio.

—Mentira.

—Un poco sí.

—Mentira.

Y ambos nos echamos a reír. Porque aquella conversación se repetía aproximadamente dos veces por semana desde hacía años. Y ya se había convertido en una especie de tradición.

Nos sentamos junto a una de las ventanas observando la calle y durante unos segundos ninguno habló. Algo poco habitual. Hasta que Chloe apoyó los codos sobre la mesa y me observó.

Mala señal. Muy mala señal.

—¿Qué?

—Nada.

—Te conozco.

—Yo también.

—Precisamente por eso.

—Qué desconfiado eres.

—¿Qué quieres?

—Solo estoy pensando.

—Eso me preocupa aún más.

Ella ignoró el comentario.

—¿Hace cuánto que no tienes una cita?

Suspiré. Ahí estaba la pregunta. Sabía que llegaría, como siempre.

—No lo sé.

—Mientes.

—Quizá.

—¿Tres meses?

—Más.

—¿Seis?

—Más.

Abrió mucho los ojos.

—¿Ocho?

—Probablemente.

—Madre de Dios.

—¿Qué?

—Eso no es normal.

—Claro que lo es.

—No.

—Sí.

—Ethan.

—Chloe.

—Estás convirtiéndote en un ermitaño.

—No es cierto.

—Hablas más con edificios que con personas.

—Trabajo restaurando edificios.

—Precisamente por eso.

—Eso no demuestra nada.

Ella negó con la cabeza como si estuviera observando un caso perdido. Lo cual, sinceramente, resultaba ofensivo.

—Estoy bien.

—No he dicho que estés mal.

—Lo estás pensando.

—Puede que un poco, sí.

—Gracias por darme la razón.

—De nada.

Maya apareció con los cafés, lo cual probablemente evitó que aquella conversación se volviera todavía más incómoda.

—Aquí tenéis.

—Gracias.

—Y Ethan.

—¿Sí?

—Deberías hacer caso a Chloe.

—Traidora.

—Tiene razón.

—¿Por qué todo el mundo está obsesionado con mi vida sentimental?

—Porque no existe.

—Fantástico.

Maya se alejó riéndose y yo bebí café. Porque era preferible a responder.

La verdad era que no tenía ninguna explicación interesante, simplemente no había ocurrido.

Había salido con mujeres, sí, había tenido relaciones y había estado enamorado. Pero en los últimos años el trabajo había ocupado demasiado espacio.

Y quizá... Solo quizá... No había conocido a nadie que realmente me hiciera querer cambiar eso.

No era algo que me preocupara demasiado, al menos normalmente. Aquella mañana, sin embargo, la pregunta permaneció unos segundos más en mi cabeza.

Lo suficiente para resultarme incómoda.

—Mira eso.

La voz de Chloe me sacó de mis pensamientos.

—¿Qué?

Ella señaló discretamente hacia una mesa cercana donde dos mujeres discutían sobre algo.

Bueno, una discutía y la otra parecía querer desaparecer.

—¿Y?

—Estoy intentando averiguar si son pareja o si van a matarse.

Observé la escena.

—Las dos cosas son posibles.

—Eso mismo he pensado yo.

—Qué observación tan profesional.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Sonreí, y por primera vez desde que había llegado el correo de la licitación perdida, sentí que la frustración comenzaba a desaparecer.

Aquello era lo que Chloe siempre conseguía, sacarme de mi cabeza, recordarme que existía algo más aparte del trabajo. Y, sinceramente, necesitaba que alguien lo hiciera.

Porque cuando me obsesionaba con algo, podía pasar días enteros atrapado en ello.

Rachel solía decir que había heredado la terquedad de mi padre. Y probablemente tenía razón. Pensar en ella me hizo sonreír.

—¿Qué?

—Nada.

—Estás sonriendo sin venir a cuento.

—Estaba pensando en Rachel.

La expresión de Chloe se suavizó inmediatamente.

—¿Has hablado con ella?

—Ayer.

—¿Cómo está?

—Bien.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿No te ocultó nada?

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Porque eres su niño.

—Tengo treinta y cinco años.

—Y ella sigue viéndote como si tuvieras doce.

No pude evitar reírme porque aquello era absolutamente cierto.

Rachel seguía llamándome para recordarme que comiera verduras. Y seguía convencida de que necesitaba una chaqueta incluso en verano.

Era ridículo. Y también una de las cosas que más quería de ella. Porque después de todo lo que había sacrificado por mí, tenía derecho a preocuparse cuanto quisiera.

—Voy a verla este fin de semana.

—Bien.

—Hace tiempo que no paso por allí.

—Te hará llevarte comida para tres meses.

—Probablemente.

—Y te preguntará cuándo piensas encontrar una novia.

—Definitivamente.

—Pobre hombre.

—Gracias por la compasión.

—Siempre estoy para ayudarte.

La miré, ella me miró, y los dos terminamos riéndonos otra vez.

Porque, aunque aquella mañana hubiera empezado fatal, algunas cosas seguían funcionando exactamente como siempre.

Y eso, a veces, era suficiente.