Tú no eres parte del guion Capítulo 2
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Capítulo 2

Olivia

Dos horas después seguíamos hablando o, más concretamente, Harper seguía hablando. Yo simplemente iba sobreviviendo a la avalancha de información.

Porque Harper no contaba las cosas, las interpretaba, las dramatizaba, las convertía en espectáculos y era imposible aburrirse.

—Entonces le dije que si quería una entrevista exclusiva, tenía que dejar de comportarse como un imbécil.

—Harper…

—¿Qué?

—No puedes decirle eso a un actor famoso.

—Claro que puedo.

—No.

—Sí.

—No.

—¿Y quién va a impedírmelo?

—Su departamento de prensa.

—Que lo intenten —contestó, y me eché a reír.

Estábamos sentadas en el enorme sofá del salón, con los zapatos tirados por cualquier parte, una pizza recién entregada sobre la mesa y varias latas de refresco abiertas.

Exactamente igual que cuando teníamos veinte años. Solo que ahora la pizza costaba más. Y el sofá también. Muchísimo más.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó Harper.

—Tengo miedo de preguntar.

—Que luego todos creen que soy intimidante.

—Porque lo eres.

—No lo soy.

—Harper, eres intimidante.

—No lo soy.

—Hace quince minutos me contaste que un productor se escondió en el baño para evitar una conversación contigo.

—Era culpable.

—Eso no mejora tu defensa.

Ella soltó una carcajada. Después cogió una aceituna de mi pizza.

—Oye.

—¿Qué?

—Eso era mío.

—Todo esto es tuyo.

—Exacto.

—Entonces también es mío.

—No funciona así.

—Claro que funciona así.

Volvió a robar otra aceituna.

—¿Y tú qué? —preguntó de repente—. ¿Alguna novedad amorosa?

Ah, la pregunta. La maldita pregunta.

Suspiré.

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Ni siquiera un camarero atractivo?

—No.

—¿Un actor?

—No.

—¿Un director?

—No.

—¿Un guardaespaldas?

—Harper, por Dios.

—Estoy explorando posibilidades.

—No hay posibilidades.

—Eso es deprimente.

—Lo sé.

Ella me observó durante unos segundos con esa mirada suya, la mirada que siempre veía más de lo que yo quería mostrar.

—Sigues asustada.

—No estoy asustada.

—Olivia.

—No estoy asustada.

—Vale.

—Eso está mejor.

—Estás aterrorizada.

—Por Dios —resoplé y puse los ojos en blanco, porque era verdad y las dos lo sabíamos.

No era fácil confiar. No cuando la mitad de los hombres que se acercaban a ti sabían perfectamente quién eras, antes incluso de presentarse.

No cuando una simple cita podía acabar fotografiada y comentada por millones de personas.

No, cuando siempre existía la duda. ¿Le gustaba yo o le gustaba la idea de mí? Aquella pregunta llevaba años acompañándome.

Y todavía no había encontrado una respuesta.

—Algún día aparecerá alguien.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Y yo.

—¿Y entonces por qué has puesto esa cara?

—Porque suenas igual que las señoras que me paran por la calle.

—Las señoras suelen tener razón.

—Eso es exactamente lo que diría una señora.

Harper cogió un cojín y me lo lanzó. Lo esquivé, por desgracia, porque fue directamente contra una lámpara.

La lámpara se tambaleó, las dos nos quedamos congeladas y la lámpara siguió tambaleándose.

Más… Más… Más… Hasta que finalmente recuperó el equilibrio.

—Eso ha estado cerca —dije.

—Mucho.

—Lucas te mataría.

—Primero te mataría a ti.

—¿A mí?

—Es tu casa.

—Tú has lanzado el cojín.

—Detalles.

—No son detalles.

—Lo son.

Sonó mi teléfono y automáticamente sonreí. Hasta que vi el nombre, entonces dejé de sonreír.

Harper también lo vio y la expresión divertida desapareció de su rostro.

—¿Otra vez?

Asentí. Era Vanessa, mi madre.

La llamada siguió sonando. Una vez. Dos veces. Tres. Pero no contesté, y la pantalla terminó apagándose.

—No tienes que cogerlo.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo hagas.

Miré el móvil. Sabía perfectamente qué quería. Dinero. Siempre era dinero. Siempre.

No importaba cuánto tiempo hubiera pasado, ni cuántos meses lleváramos sin hablar. No importaba nada. Tarde o temprano aparecía.

Y la conversación era exactamente la misma. Problemas, lágrimas, excusas y dinero. Otra vez. Y otra. Y otra.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Hace tres meses.

Harper suspiró.

—Olivia…

—Lo sé.

—No puedes seguir haciéndolo.

—Lo sé.

—Hablo en serio.

—Yo también.

Pero la realidad era más complicada. Porque por mucho que nuestra relación fuera un desastre… Seguía siendo mi madre.

Y una parte de mí nunca terminaba de renunciar a la esperanza de que algún día cambiara. Quizá era estúpido pensarlo, probablemente lo era, pero era la verdad.

El móvil volvió a sonar y otra vez era Vanessa.

Miré la pantalla durante varios segundos y finalmente rechacé la llamada. Harper no dijo nada, simplemente estiró el brazo y apretó mi mano.

Aquello bastó. Como casi siempre.

—Cambiemos de tema.

—Me parece bien.

—Háblame de la película —me pidió, y por primera vez desde que había llegado a Nueva York aquella mañana, sonreí de verdad.

Porque eso sí me apetecía.

—Empiezo las reuniones mañana.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco.

—¿Por qué?

—Porque Daniel Blake es Daniel Blake.

—Buen argumento.

—Gracias.

—¿Ya has hablado con él?

—Por teléfono.

—¿Y?

Me acomodé en el sofá recordando aquella conversación.

La voz grave, la facilidad para hacerme reír, la sensación extraña de comodidad, como si llevara años conociéndolo. Era absurdo, y aun así...

—Me cayó bien.

—Eso es raro.

—¿Por qué?

—Porque normalmente odias a casi todo el mundo.

—No odio a casi todo el mundo.

—Olivia.

—No.

—La semana pasada describiste a un actor como una tostadora con dientes.

—Porque era una tostadora con dientes.

Harper se echó a reír.

—Vale, eso fue increíble.

—Lo sé.

—Entonces te cayó bien.

—Sí.

—Interesante.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Y, por primera vez en toda la conversación, algo extraño atravesó mi pecho.

Una sensación difícil de explicar, como una intuición, como una certeza imposible, como si aquel hombre fuera a cambiar algo importante en mi vida.

No tenía ningún sentido, ni el más mínimo, y, sin embargo, la sensación permaneció allí. En silencio y esperando, sin que yo pudiera imaginar que, por una vez, mi intuición estaba completamente en lo cierto.

Media hora después seguíamos acomodadas en el sofá. La pizza había desaparecido, las latas vacías se acumulaban sobre la mesa y Harper estaba utilizando una manta como si fuera una capa real.

—Te prohíbo terminantemente juzgarme.

—Eso nunca me ha detenido antes.

—Soy una reina.

—Eres una periodista.

—Una periodista reina.

—Eso no existe.

—Claro que existe.

—No.

—Sí.

—Harper...

—Vale, quizá no existe.

—Gracias.

—Pero debería.

Me eché a reír, y en ese momento sonó el timbre. Harper y yo nos miramos.

—¿Esperas a alguien?

—No.

—¿Un admirador secreto?

—No.

—¿Un asesino?

—Menos probable.

—Nunca se sabe.

—Eso es inquietante.

—Trabajo en periodismo.

—Buen punto.

Me levanté, crucé el salón y cuando abrí la puerta, Lucas apareció al otro lado con una expresión de absoluta resignación.

—¿Por qué siento que habéis provocado algún tipo de desastre?

—Hola a ti también.

—Hola. Y ahora dime, ¿algo que tenga que saber? —arqueó la ceja.

—La lámpara casi muere.

Harper gritó desde el salón.

—¡Fue un accidente!

Lucas cerró los ojos.

—Lo sabía.

—No se rompió.

—Todavía.

—Qué poca fe tienes.

—Os conozco demasiado bien —suspiró, y tenía razón, porque nos conocía pero que muy bien.

Entró en el ático, miró el salón y vio las cajas y latas vacías, los restos de comida, los cojines tirados, y negó lentamente con la cabeza.

—Sois dos mujeres adultas —dijo.

—Técnicamente, sí —contesté.

—No lo parece.

—Qué ofensivo.

—Qué cierto.

Harper apareció envuelta todavía en la manta, Lucas la observó y ella le observó a él.

—Pareces un divorciado atractivo.

—Y tú pareces alguien que acaba de escapar de un psiquiátrico.

—Empate.

Yo suspiré. Los dos eran imposibles, y cuando estaban juntos, era incluso peor.

—Traigo la agenda de mañana.

—Por favor, qué aburrido.

—Es necesario.

—Sigue siendo aburrido.

Lucas sacó una carpeta, y yo ya estaba cansada solo de verla.

—A las nueve tienes prueba de vestuario.

—Bien.

—A las once, reunión con producción.

—Bien.

—A las dos, comida con Daniel Blake.

Levanté la cabeza.

—¿Comida?

—Sí.

—Pensaba que sería una reunión.

—Ha sido idea suya.

Harper arqueó una ceja.

—Interesante.

—¿Por qué todo el mundo dice eso?

—Porque eres tú.

—Eso no explica nada.

—Y él es Daniel Blake.

—Sigo sin entenderlo.

—Porque eres muy inocente.

—No soy inocente.

Harper y Lucas soltaron una carcajada simultánea.

—Eso ha sonado fatal —dijo Lucas.

—Muchísimo —añadió Harper.

—Terrible.

—De verdad, sois insoportables —protesté.

—Lo sabemos.

Lucas me entregó la carpeta.

—Por cierto.

—¿Qué?

—Todo el mundo habla maravillas de él.

—Eso he oído.

—Dicen que es una de las mejores personas de esta industria.

—Eso es aún más raro que ganar un Óscar.

—También es verdad.

Me acomodé nuevamente en el sofá, intentando imaginar cómo sería aquel encuentro.

Habíamos hablado varias veces por teléfono y siempre terminábamos riéndonos. Siempre resultaba fácil charlar con él, y eso era extraño.

Normalmente necesitaba bastante tiempo para confiar en la gente, pero con Daniel había sentido algo diferente desde el principio.

Una familiaridad difícil de explicar, como si ya lo conociera. Una tontería, seguramente.

—¿En qué piensas?

La voz de Harper me sacó de mis pensamientos.

—En nada.

—Mentira.

—No.

—Sí.

—No.

—Olivia.

—Vale.

—Gracias.

—Solo estaba pensando en la reunión.

—Ajá.

—¿Qué significa ese ajá?

—Que estás nerviosa.

—Puede que un poco.

—Eso es bueno.

—¿Por qué?

—Porque significa que te importa.

No respondí, porque tenía razón. Me importaba mucho. Quizá más de lo que quería admitir.

Después de varios proyectos que había aceptado casi por inercia, aquella película volvía a ilusionarme, volvía a hacerme sentir algo. Y eso era importante. Muchísimo.

La conversación continuó durante otra hora. Bromas, anécdotas e historias absurdas, hasta que Lucas se marchó y Harper decidió quedarse a dormir. Como en los viejos tiempos.

Cuando finalmente me quedé sola en mi habitación, ya era de noche.

Nueva York brillaba al otro lado de las cristaleras. Miles de luces, miles de historias, miles de personas.

Me acerqué a la ventana y sonreí mientras observaba Central Park. Siempre me había gustado aquella vista, me hacía sentir pequeña y extrañamente libre.

Entonces sonó el teléfono y, otra vez, era Vanessa. Cerré los ojos, conté hasta tres y respondí.

—Hola.

Silencio.

—¿Hola?

—Olivia.

Su voz sonó extraña, más cansada de lo habitual, más tensa.

—¿Qué quieres?

—Qué bonito recibimiento.

—¿Qué quieres? —repetí.

—Necesito hablar contigo.

—¿Es por dinero?

—Necesito ayuda —contestó después unos segundos callada.

—Eso significa dinero.

—No seas cruel.

Una risa amarga escapó de mis labios, porque aquella conversación la habíamos tenido demasiadas veces. Demasiadas.

—¿Cuánto?

—Olivia...

—¿Cuánto?

Ella tardó unos segundos en responder y, cuando lo hizo, parecía molesta. Como si la víctima fuera ella.

—No todo gira alrededor del dinero.

—En tu caso suele ser así.

Y volvió a quedarse callada, hasta que finalmente habló, y algo en su tono hizo que se me erizara la piel.

—Hay cosas que no sabes.

Fruncí el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—Mamá.

—Nada.

—Entonces no lo digas.

Otro silencio. Uno largo y de lo más incómodo. Y después llegó la frase. Una frase aparentemente sencilla, pero que consiguió que algo se removiera dentro de mí.

—Tu padre no era exactamente quien crees que era.

Me quedé inmóvil y el corazón dio un ligero vuelco.

—¿Qué?

—Olvídalo.

—No.

—No importa.

—Mamá.

—Buenas noches, Olivia.

—¡Mamá!

La llamada se cortó.

Me aparté el móvil de la oreja y me quedé mirando la pantalla sin comprender qué había pasado, sin entender nada. Porque durante toda mi vida la historia había sido siempre la misma.

Mi padre había muerto. Punto. Fin. Sin preguntas ni respuestas. Y sin embargo... Aquella frase seguía resonando en mi cabeza.

«Tu padre no era exactamente quien crees que era».

Permanecí junto a la ventana durante varios minutos, observando las luces de la ciudad, intentando convencerme de que no significaba nada.

Que era otra manipulación, otra de las suyas, otra forma de llamar mi atención. Pero una sensación incómoda ya había echado raíces dentro de mí, y no desapareció.

Ni siquiera cuando me acosté, ni cuando cerré los ojos, ni cuando finalmente me quedé dormida.

Porque por primera vez en muchos años había empezado a preguntarme si toda mi vida me habían contado una mentira.

Y todavía no sabía que la verdad estaba mucho más cerca de lo que jamás habría imaginado.