Tú no eres parte del guion Capítulo 1
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Tú no eres parte del guion

Tú no eres parte del guion

Por Hugo Sanz

© inepub.com

Capítulo 1

Olivia

Nunca había sabido explicar qué tenía Nueva York.

Un día te hacía sentir especial y al siguiente te demostraba que eras una más entre millones.

Quizá por eso me gustaba tanto. O quizá porque era la única ciudad donde podía sentirme normal de vez en cuando.

Bueno, lo de normal era relativo.

Cuando tu cara aparecía en marquesinas de medio planeta, había gente capaz de discutir durante horas sobre el color de tu esmalte de uñas en una entrega de premios.

Además, los fotógrafos parecían materializarse de la nada cada vez que salías a comprar un café.

La normalidad se convertía en un concepto bastante abstracto.

Aun así, mientras el coche avanzaba por Manhattan aquella luminosa mañana de junio, conseguí sentir algo parecido.

Apoyé la cabeza contra la ventanilla mientras contemplaba la ciudad.

Los edificios, los taxis, la gente apresurada, los vendedores ambulantes y las terrazas llenas componían esa escena de ruido, caos y vida que solo Nueva York sabía ofrecer.

Y, por alguna razón, todo aquello consiguió arrancarme una sonrisa.

—¿Estás sonriendo sola? —preguntó Lucas desde el asiento del conductor.

Aparté la vista de la ventana.

—¿Y tú sigues vigilándome como un padre sobreprotector?

—Alguien tiene que hacerlo.

—Tengo veintisiete años.

—Y sigues tomando decisiones cuestionables.

—¿Como cuáles?

—La última vez que te dejé sola acabaste adoptando un bulldog francés porque te dio pena su mirada.

—Walter me quería.

—Walter intentaba comerse mis zapatos cada vez que iba a tu casa.

—Porque tenía buen gusto.

Lucas resopló, y yo me reí.

Mi representante llevaba trabajando conmigo casi diez años. Oficialmente, era mi agente, extraoficialmente, era el hermano mayor que nunca había tenido.

Aunque jamás lo admitiría, su ego ya era suficientemente grande.

—Te recuerdo que estoy aquí para trabajar —dije.

—Y yo te recuerdo que acabas de rechazar una película de cuarenta millones de dólares.

—Era horrible.

—Era rentable.

—Era horrible.

—Seguía siendo rentable.

—Había una explosión cada siete minutos.

—A la gente le gustan las explosiones.

—El protagonista decía literalmente: «Vamos a salvar el mundo porque somos los buenos».

Lucas hizo una mueca.

—Vale, sí. Era una basura.

—Gracias.

—Pero una basura millonaria.

—Por eso te pago.

—Por eso conduzco un coche más caro que el tuyo.

Le lancé una botella de agua y la esquivó, lamentablemente.

—La violencia nunca es la solución —declaró.

—Depende de lo fuerte que lance la botella.

—Madre mía.

Volví a mirar por la ventanilla y la sonrisa seguía allí. Estaba en Nueva York otra vez, pero esta vez era diferente.

No había vuelto para una entrevista, una gala o una sesión de fotos.

Había regresado para rodar una película importante.

Una película escrita por Daniel Blake, uno de los guionistas más respetados de Hollywood, un hombre que había acumulado premios suficientes como para llenar una habitación entera y que, según la mayoría, era incapaz de escribir una mala historia.

La verdad era que me moría de ganas por empezar. Necesitaba aquel proyecto más de lo que estaba dispuesta a admitir. Necesitaba volver a enamorarme de mi trabajo, recordar por qué había decidido dedicar mi vida a aquello antes de que todo se convirtiera en una maquinaria imposible de detener.

Los últimos años habían sido una locura. Estrenos, premios, entrevistas, portadas, campañas publicitarias y viajes constantes. Después venían más estrenos, más premios, más cámaras y más caos en mi vida.

A veces me despertaba sin recordar en qué ciudad estaba. Otras veces miraba fotografías mías en revistas o anuncios y tenía la extraña sensación de estar observando a otra persona. Una versión cuidadosamente fabricada, perfecta, intocable e irreal.

La Olivia que aparecía en las revistas. No la de verdad, ni la que lloraba viendo películas románticas, ni la que hablaba sola cuando estaba nerviosa, ni la que seguía preguntándose cómo habría sido conocer a su padre.

Aquello apareció en mi cabeza de forma inesperada, como siempre.

Era curioso, nunca había conocido a aquel hombre, nunca había escuchado su voz, ni siquiera sabía cómo era y, aun así, pensaba en él.

Mi madre me había repetido durante años la misma historia. Había muerto antes de saber que ella estaba embarazada. Fin. Sin detalles, sin explicaciones y sin preguntas.

Cada vez que intentaba averiguar algo más, terminábamos discutiendo, y discutir con mi madre era una experiencia comparable a pelearse con una avispa.

Una avispa manipuladora y muy pesada.

—¿Qué cara es esa? —preguntó Lucas.

—¿Qué cara?

—La de estoy pensando demasiado.

—No tengo esa cara.

—Claro que la tienes.

—No.

—Olivia.

—No.

—Llevas diez años poniendo esa cara.

Suspiré.

—Estaba pensando en mi padre.

Lucas suavizó la expresión.

—Ah.

—Sí.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Me encogí de hombros, no tenía ganas de hablar de aquello. Por suerte, mi móvil vibró, y el nombre que apareció en la pantalla consiguió mejorar mi humor al instante.

Al ver que era Harper, sonreí.

—Ha llegado el huracán.

—¿Ya está aquí?

—Dice que lleva veinte minutos esperándome.

—Eso es imposible.

—También dice que si no aparezco en cinco minutos, venderá mi dirección a los paparazzis.

—Eso sí me lo creo —respondió, y solté una carcajada.

Harper Bennett era la mejor persona que había conocido jamás, y también la más peligrosa.

Nos habíamos conocido en la universidad, antes de que mi carrera explotara, antes de las alfombras rojas, antes de los premios y de toda aquella locura.

Habíamos sobrevivido juntas a exámenes imposibles, camareros insufribles, novios idiotas y resacas históricas. Y seguíamos igual.

Bueno, no exactamente igual. Ahora ella era una periodista brillante y yo aparecía en carteles gigantes.

Pero nuestra amistad nunca había cambiado. Jamás. Y aquello era más valioso de lo que la gente imaginaba. Porque cuando la fama llegaba, muchas personas desaparecían y otras aparecían por motivos equivocados.

Harper nunca había hecho ninguna de las dos cosas, ella simplemente se había quedado como siempre. Como en cada etapa de mi vida. Como si fuera familia.

Quizá porque lo era. La familia que yo había elegido. Y eso valía mucho más que compartir sangre. Muchísimo más.

Cuando el coche se detuvo frente al edificio donde ella vivía temporalmente, apenas tuve tiempo de abrir la puerta, porque una mujer de pelo negro salió disparada hacia mí como un misil.

—¡Olivia Hart!

—¡Harper Bennet!

Nos abrazamos con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.

—Madre mía, estás irreconocible.

—¿Yo? Pero si tú pareces una influencer que vende velas aromáticas.

—Eso ha sido cruel.

—Y cierto.

—Te odio.

—Mentira.

—Un poco sí.

—Mentira.

Nos echamos a reír mientras Lucas observaba la escena desde el coche.

—¿Siempre sois así?

—Sí —contestamos las dos al mismo tiempo, y volvimos a reírnos.

Porque algunas cosas nunca cambiaban. Por suerte.

Había una razón por la que no permitía que nadie me acompañara al ático cuando llegaba a Nueva York.

Bueno, dos razones.

La primera era que aquel lugar era mi refugio. La segunda era que Harper convertía cualquier espacio en un espectáculo en menos de treinta segundos.

Y no quería privarme de eso, ni a mí ni al edificio.

—No me puedo creer que sigas viviendo aquí.

Harper acababa de entrar en el salón y giraba sobre sí misma observándolo todo.

—No vivo aquí.

—Ya me entiendes.

—Paso varios meses al año aquí.

—Eso es vivir aquí.

—No.

—Sí.

—No.

—Olivia, cariño, tienes más metros cuadrados en este salón que yo en tres apartamentos juntos.

—Qué exagerada eres, por Dios.

—Tienes un piano que nadie toca.

—Lo toco.

—Tres veces al año.

—Cinco.

—¿Cinco? —preguntó con los ojos muy abiertos.

—Cuando estoy triste.

—Ah.

—Y en Navidad.

—Eso explica muchas cosas.

Me reí mientras dejaba el bolso sobre la isla de mármol de la cocina.

Las enormes cristaleras inundaban todo de luz, y Central Park se extendía delante de nosotras como una postal. Verde, vivo e inmenso. Aquel era uno de mis lugares favoritos del mundo.

Y probablemente el único lujo del que jamás me había arrepentido de comprar.

—Vale —dijo Harper acercándose a los ventanales—. Voy a decir algo muy serio.

—Tengo miedo.

—Si algún día te casas y decides abandonar este ático, me encadenaré a la puerta.

—Eso no es serio.

—Lo es.

—No.

—Es muy serio.

—Harper…

—Mira esas vistas.

—Las veo todos los días.

—Y sigues siendo una persona funcional.

—Más o menos.

—Yo pasaría el día entero pegada al cristal.

—Eso explicaría muchas cosas.

—¿Me estás llamando paloma?

—Sí.

—Qué feo.

—Pero acertado.

—Qué mala eres.

—Y tú, exagerada.

Nos quedamos observando el parque durante unos segundos.

Era extraño. Cada vez que nos reencontrábamos después de semanas o meses separadas, era como si el tiempo no hubiera pasado.

Seguíamos teniendo las mismas conversaciones, hacíamos los mismos chistes, las mismas bromas, y teníamos la misma confianza. Y eso era algo cada vez más difícil de encontrar.

Sobre todo, en mi mundo. Y es que la fama tenía una habilidad especial para complicar las relaciones.

Algunas personas desaparecían. Otras se acercaban demasiado. Y muchas acababan confundiendo quién eras con lo que representabas.

Harper nunca lo había hecho. Jamás. Ella seguía tratándome exactamente igual que cuando compartíamos piso universitario.

Probablemente incluso peor.

—Por cierto —dijo de repente.

—¿Qué?

—He visto tu cara en el aeropuerto.

—Eso suele pasar.

—No.

—¿No?

—En una revista.

—Ah.

—Te han votado como una de las diez mujeres más atractivas del planeta.

Suspiré.

—Fantástico.

—¿No te hace ilusión?

—No especialmente.

—Pues debería.

—Harper.

—¿Qué?

—Tengo una nominación al Óscar.

—Ya lo sé.

—He ganado premios.

—Ya lo sé.

—He protagonizado películas importantes.

—Ya lo sé.

—Y la noticia sigue siendo que tengo piernas.

—Tienes unas piernas impresionantes.

—Gracias.

—De nada.

—Ese no era el punto.

—Lo sé.

Nos echamos a reír otra vez. Porque era imposible mantener una conversación seria durante mucho tiempo con ella. Y, sinceramente, me encantaba.

—¿Qué tal va el trabajo? —pregunté.

Harper dejó caer el bolso sobre una silla.

—Bien.

—Eso ha sonado sospechoso.

—Porque lo es.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Harper.

—Nada grave.

—Harper —insistí.

—Solo he enfadado a un senador.

—¿Cómo que has enfadado a un senador?

—Profesionalmente.

—¿Existe una forma no profesional de enfadar a un senador?

—Seguramente.

—Dios mío.

Ella sonrió, y esa sonrisa era la misma que precedía todas las catástrofes de su vida.

—Publicaste algo.

—Quizá.

—Harper.

—Quizá descubrí ciertas irregularidades.

—Madre mía.

—No ha sido para tanto.

—¿Cuántos abogados te persiguen esta semana?

—Solo dos.

—¿Solo dos?

—Estoy mejorando.

Me llevé una mano a la frente.

—Voy a necesitar vino.

—Yo también.

—Son las once de la mañana.

—Y aquí estamos.

—No puedo discutir eso.

Harper sonrió satisfecha, después se acercó a la cocina, abrió el frigorífico y se quedó inmóvil.

—¿Qué pasa?

—Olivia.

—¿Qué?

—No tienes comida.

—Claro que tengo comida.

—Tienes agua.

—Hay yogures.

—Caducados.

—Ah.

—Y una botella de champán.

—Eso cuenta.

—No cuenta.

—Para mí sí.

—No me extraña que Lucas tenga tantas canas.

—Lucas tenía canas cuando nació.

—Eso también es verdad.

Me apoyé en la encimera observándola. Hacía meses que no nos veíamos, meses, y, sin embargo, la sensación era exactamente la misma de siempre. Que estaba en casa.

Eso era Harper. Una especie de hogar ambulante. El lugar donde podía bajar la guardia, donde no tenía que fingir, donde podía ser simplemente Olivia.

No la actriz, ni la celebridad, ni la mujer de las portadas. Solo Olivia.

—Te he echado de menos.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas. Ella levantó la cabeza y sonrió, esta vez de verdad, sin ironía.

—Yo también te he echado de menos.

Durante unos segundos el salón quedó en silencio. Uno de esos silencios cómodos que solo existían entre personas que se conocían demasiado bien.

Y entonces su móvil sonó, lo miró, abrió mucho los ojos y empezó a reírse.

—No.

—¿Qué?

—No puede ser.

—¿Qué ocurre?

—¿Te acuerdas de Melissa?

—¿La fotógrafa?

—Sí.

—¿Esa con la que tuviste tres citas?

—Cuatro.

—Perdón, cuatro. ¿Qué pasa con ella?

Harper levantó el teléfono.

—Acaba de escribirme.

—¿Después de cuánto?

—Dos años.

—¿Y qué quiere?

—Pone: «Hola, desconocida. ¿Sigues siendo tan guapa o ya se te ha pasado?».

Solté una carcajada.

—Eso es muy bueno.

—Lo sé.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Vas a responder?

—Por supuesto.

—Dios nos ayude.

—Siempre.

Mientras la observaba escribir, una sensación cálida se instaló en mi pecho. Aquello, ese momento, las risas, las bromas, la tranquilidad era exactamente lo que necesitaba.

Lo que no sabía todavía era que mi vida estaba a punto de volverse completamente del revés. Y que el verano más importante de mi vida acababa de empezar.