Tu amor no es suficiente Capítulo 12
75%

Capítulo 12

Cerraron una puerta y se despertó de golpe. Adormilada miró a su alrededor para ver que estaban en el rancho y que Carl había abierto su puerta. —Nena, hemos llegado.

—Buff… —dijo llevándose la mano al tabique nasal intentando despejarse.

—¿Te duele la nariz?

—No, es que estaba profundamente dormida. —Levantó la vista y de pronto se volvió para ver a su hija igual de dormida.

—Sí, sois tal para cual.

No pudo evitar sonreír. Entonces vio un camión tras el coche. —¿Qué es eso? —Unos hombres llevaban unas sillas a la parte de atrás. —Cielo, ¿tenéis una fiesta o algo así? —Vio pasar un tablero redondo.

—Mierda, ¿era este fin de semana? —dijo él mirando hacia atrás—. Es algo que celebran mi madre y sus amigas. Mira, ahí está mi madre.

Meredith bajaba los escalones corriendo loca de contenta. —Al menos no va armada.

—Muy graciosa, nena.

—Oh, mi niña —dijo la abuela acercándose al coche.

—Está dormida, madre.

Carl abrió su puerta y su abuela la observó con los ojos brillantes de la emoción. —Es preciosa.

—Te aconsejo que no la despiertes, porque si no se despierta ella sola habrá berrinche. Carl, sácala de su silla, aquí empieza a hacer calor.

Su padre le desabrochó el cinturón y la cogió en brazos recostando su cabeza sobre su hombro.

—Que coleta más horrible, casi no se le ve la cara.

—Tu hijo se ha estrenado como peluquero.

Meredith soltó una risita. —Pues para ser la primera vez no está tan mal.

—¿Alguna vez tu hijo hace algo mal? —preguntó cogiendo su bolso del coche.

—Claro que sí, no estoy ciega, niña. —Se la quedó mirando mientras Carl metía a la niña en casa. —Veo que tu nariz está igual.

—Henry tiene buenos amigos. —Miró hacia los hombres que estaban descargando el camión. —¿Y eso? ¿No será tu cumpleaños o algo así?

—No, no es el mío. La asociación de mujeres del pueblo que cumple cincuenta años, lo vamos a celebrar. Mañana tenemos una comida todas las integrantes.

—Ah… ¿Os vais a desmelenar? —preguntó divertida.

—Algo así. Vamos entra, hace un calor infernal. He hecho espaguetis con albóndigas para la niña y una buena chuleta para nosotros.

—Le encantan los espaguetis. Buff, ya se acerca el verano y va a ser duro.

—Carl teme la sequía y ha hecho cuatro pozos en la finca. Si hay suerte no nos quedaremos sin agua para el ganado.

Su hijo salió del salón. —La he acostado en el sofá, tampoco queremos que duerma demasiado, ¿no?

—No, así está bien. Oirá hablar y se despertará. Cuando quiero que se despierte pongo la radio.

—Encenderé la televisión —dijo Meredith entrando en el salón a toda prisa.

Sonrió sin poder evitarlo. —Está impaciente por despertarla.

—Lleva años esperando este momento.

—¿Años?

—Siempre ha querido nietos. ¿Tomamos una cerveza en el porche trasero? Tiene aire acondicionado.

Una mujer pasó con unas bandejas plateadas. —Tu madre está preparando un buen sarao.

—Ya la conoces, siempre está lista para una buena fiesta.

Forzó una sonrisa. —Sí, claro.

—Nena, dame eso. —Le cogió el bolso y la mochila posándolos sobre el aparador.

Mary Anne bajó los escalones sonriendo. —Pero ya estáis aquí.

Meredith salió del salón. —Ven, mírala, es preciosa.

La mujer corrió hacia el salón y sonrió mirando a la niña. —Es igualita a ti, Meredith. No hay diferencia con las fotos que he visto de ti.

—¿Verdad que sí?

—Sois como dos gotas de agua.

—¿De verdad se parecen tanto?

—Cosas de abuelas, se parece a mí.

Rio por lo bajo. —Eso seguro.

Se sentaron en el porche. Qué agradable era aquello con la vista de la piscina. Su hija se iba a volver loca cuando la viera. Mary Anne salió tras ellos y Carl dijo —¿Nos traes unas cervezas?

—Claro que sí —dijo encantada mirándola —. Me alegro muchísimo de que estéis aquí.

—Gracias.

Miró a través de la cristalera y vio que la fiesta de Meredith iba a ser enorme por el número de mesas que estaban poniendo bajo la gran carpa. —¿Tantas amas de casa hay en esa asociación?

—Vienen con sus maridos y familias.

—Ah. Nunca se había hecho algo así, ¿no?

—Es la celebración de los cincuenta años de la asociación. Se han gastado todo el dinero que tenían para celebrarlo. —Sonrió divertido. —Ya verás el cheque que me van a pedir para tener dinero en navidades. —La miró malicioso. —Podrías aportar algo.

—Sí, claro… —dijo haciéndole reír—. No has ido a ver la camioneta.

—Estará en el garaje. Seguro que Ron ya se ha hecho cargo de ella y la habrá llevado allí.

Meredith entró en el porche. —Mira Erica —dijo con un álbum de fotos en las manos—. Para que no me creas. —Se lo puso delante y asombrada vio a su hija con una muñeca en las manos. Reía mostrando que se había roto un diente. Sin salir de su asombro miró a Meredith que rio. —Sí, soy yo.

—Es increíble…

Carl se acercó para mirar y asintió. —Madre, es tu viva imagen.

—Esperemos que no salga tan chiflada como ella —dijo pasando la hoja.

—Ja, ja… —Se sentó a su lado. —Mira, esa soy yo en mi comunión.

—Qué vestido más bonito.

—Me lo hizo mi madre, tenía unas manos…

La foto siguiente era su foto de graduación. —¿Solo tienes estas fotos?

—Tengo mil, pero decidí hacer un álbum con las que más me gustaban o eran más importantes. —Al volver la hoja la vio abrazada a su marido en el día de su boda. Meredith sonrió con tristeza. —Fue el mejor día de mi vida. —La miró. —Espero que el tuyo sea igual.

Se sonrojó. —No, si yo no…

—Bueno, bueno… Aquí están los aperitivos —dijo Mary Anne entrando con una bandeja que puso ante ellos. Había de todo, canapés de salmón, de queso, de atún… —No abuséis que luego no me coméis nada.

—Te aseguro que me lo comeré todo, estoy hambrienta —dijo cogiendo un canapé.

—¡Mami! —gritó su hija como una descosida.

—¡Estoy aquí! —Se levantó y se puso en la puerta para que la viera. Su niña corrió hacia ella con su muñeca en la mano y se abrazó a sus piernas.

—Eh, ¿te has asustado? —La cogió en brazos. —Mamá nunca te dejaría, cielo. —La besó en la mejilla y vio que miraba tímidamente a su abuela que se había levantado expectante. —¿No saludas a tu abuela?

Agachó la mirada vergonzosa cuando no solía serlo en absoluto. —Se llama Meredith.

—Hola.

—Hola, cielo —dijo su abuela emocionada—. ¿Quieres un zumo de naranja? Tendrás sed.

Carl frunció el ceño cuando no contestó. —Nenita, ¿qué pasa?

Le dijo algo al oído a su madre que reprimió la risa. —Ah, claro. Hay que ir al baño.

—Oh, lo tienes…

—Madre sabe dónde está.

Meredith la miró sorprendida. —¿Te acuerdas?

—Oh, sí, me acuerdo de todo.

—Rayos.

—Mami…

—Sí, cielo, tú aguanta. —Entró en la casa y vio a los Clark saliendo del coche. Se detuvo en seco. No se esperaba verlos allí, ¿no estaban en Ohio? Vaya, era evidente que le habían tomado el gusto a Texas.

—Mami…

—Oh, sí. —Corrió hacia el baño y dejó la puerta entornada. Dejó a la niña en el suelo y le abrió el pantalón en tiempo récord. Molly se sentó y Erica se agachó ante ella. —¿Qué te ha parecido la abuela?

—Me mira mucho.

Rio por lo bajo. —Sí, para ella eres toda una novedad.

—¿Una qué?

—Déjalo, te va a querer mucho, mucho.

—¿De veras?

—Por supuesto, estaba deseando tener una nieta.

Sus ojitos brillaron. —Y ahora me tiene a mí.

—Pórtate bien, ¿vale?

—Mami, mi helado.

—Después de comer, que la abuela te ha hecho espaguetis con albóndigas.

Se bajó del wáter y ella misma tiró de la palanca para que saliera el agua. Aunque se había olvidado de limpiarse. Erica lo hizo a toda prisa y le subió el pantalón.

—Mami tengo calor…

Suspiró porque era cierto que allí hacía más calor que en la ciudad y además iban a comer, era evidente que no montarían ahora. —Espera que vaya a por un pantalón corto.

Salió del baño y se encontró con los Clark que subían los escalones cargados de maletas. —¿Acabáis de llegar?

Se detuvieron en seco y volvieron la cabeza para mirarla con los ojos como platos. Erica sonrió. —Hola.

—¿Nos conoces? —preguntó Alicia de lo más sorprendida.

—Claro.

Carl llegó en ese momento. —Oh, nena, los padres de Jessica van a pasar aquí unos días. Benjamin tiene que hacerse unas pruebas en el médico.

—Espero que no sea nada.

Ambos forzaron una sonrisa. —Cosas de la edad, ya sabes, que el corazón no va como antes.

—Vaya. Cielo, la mochila, que le voy a cambiar los pantalones a la niña. —Sonrió a los Clark. —Entonces nos vemos en la comida.

Su hija salió en braguitas del baño. —¡Mami!

—Eh… —dijo Carl—. Vuelve al baño y espera a tu madre. Y baja esos humos, señorita.

—¿Qué humos? —preguntó sin entender.

—Molly, ¿quieres montar por la tarde?

Volvió al baño corriendo y los Clark sonrieron. —¿Esa es Molly? Amigo, parece que te dará guerra.

Carl sonrió cogiendo la mochila de la cómoda. —Como su madre.

—Muy gracioso. —Cogió la mochila y fue hasta el baño. —Tengo un carácter buenísimo, el suyo lo ha heredado de ti.

—Seguramente.

Se acercó a su hija y se agachó ante ella. —Como vuelvas a gritar no vas a ver un helado en toda la semana.

—Jo, mami, tengo hambre…

—Lo sé, pero ya no eres un bebé, tendrás que esperar.

Puso morritos y le dio pena. De eso se aprovechaba su hija. —¿Sabes qué?

—No, ¿qué?

—Tengo una sorpresa para ti. —Se levantó cogiendo la mochila y le tendió la mano que su hija cogió de inmediato. —Ven que te lo enseñe.

Salieron del baño y allí estaba Carl. —Nenita, ¿tienes bañador en esa mochila tan grande que lleva tu madre?

La niña le miró con los ojos como platos. —No sé.

Él rio por lo bajo mientras su madre tiraba de ella y cuando Molly salió al porche trasero gritó señalando la piscina. Los mayores rieron por su ilusión. —Mami, ¿puedo? Porfi, porfi…

—Claro que sí —dijo Meredith—. Un bañito rápido para refrescar antes de la comida.

—¡Sí!

—Nena, ¿quieres cambiarte?

—Mejor ve tú con ella, no tengo bañador.

—Tienes bañador en tu habitación —dijo Meredith—. Venga, que un baño te vendrá muy bien, así te relajarás que debes estar agotada después de tanto trabajar.

La verdad es que apetecía.

—¡Vamos, mami! —La niña se quitó la camiseta.

—¿Te encargas de ella mientras me cambio? —le preguntó a su suegra.

—No dejaré que salga de la zona de las escaleras, tranquila.

—Molly, hazle caso a la abuela —le dijo Carl—. Bajamos enseguida.

Ella subió delante de él y al mirar sobre su hombro vio que le miraba el trasero con un descaro que la hizo sonreír. —Ni de broma.

—Nena, ¿en qué estás pensando? Tienes una mancha en el vaquero.

Al llegar arriba intentó mirarse. —¿De veras?

Él la cogió por la cintura y la pegó a la pared. —Pero no se nota nada.

—Lo que hablamos ayer…

—Era una conversación necesaria, pero no pienso rendirme. —Sus manos bajaron hasta sus glúteos y los apretó con ganas pegándola a su pelvis donde era evidente su dureza. —Además te deseo, ¿no te lo había dicho?

—Creo que es evidente —dijo sin aliento.

—Pues…

Alguien carraspeó y Carl gruñó volviendo la cabeza. Allí estaban los Clark intentando retener la risa. —Me alegra mucho que ahora os llevéis tan bien —dijo Alicia sin cortarse. Empujó a su marido—. Pasa, pasa, que los chicos tienen que intimar.

Como un tomate dijo —Suelta.

—Se van enseguida —dijo indignado.

Le dio un manotazo en la mano y él gruñó apartándose. A toda pastilla entró en su antigua habitación y para su sorpresa encima de la cama tenía varios bañadores, chanclas y una cesta con varias cosas de aseo. Carl apoyó el hombro en el marco de la puerta. —He pensado que los necesitarías.

—¿Tan convencido estabas de que vendría?

—No pienso rendirme.

—¿Por la niña?

—Nena, te aseguro que cuando sentí lo que sentí al verte de nuevo y la liberación que experimenté al ver el video…

En ese momento no había niña y a pesar de lo furiosa que estabas conmigo, me moría por estar a tu lado.

No te lo dije porque… Joder, creía que después de cómo te había tratado lo nuestro ya no tenía arreglo, pero eso no impidió que te deseara más que nunca.

Y en aquel momento todavía no sabía lo de Molly.

Cuando tuviste el accidente y vi la sangre en tu rostro, durante un momento pensé que estabas muerta, te aseguro que jamás sentí un dolor igual y me dije en el hospital que si Dios nos daba otra oportunidad, haría cualquier cosa por hacerte feliz.

Emocionada susurró —¿De veras?

Él se acercó y cogió su mano. —Te lo aseguro, nena. Lo que más deseo es que vuelvas a quererme como antes y esta vez te juro que lo daré todo por ti.

—Pues ven conmigo a San Antonio —dijo cortándole el aliento. Él dio un paso atrás y no pudo evitarlo, se sintió decepcionada—. Entiendo.

—Nena, este es mi rancho, el legado que me dejó mi padre y el que yo le dejaré a Molly, no puedes pedirme eso. La niña será muy feliz aquí, y este es tu pueblo, el que te vio… —Al ver la cara que ponía apretó los labios. —Sé lo que piensas, pero…

La rabia salió de nuevo. —¿Sabes cuántos de ellos me ayudaron en el pasado?

Ni uno solo. ¡Todos me dieron la espalda cuando les necesité y ya no hablo de cuando conseguiste que no fuera ninguno por mi bar, sino cuando necesité ayuda porque mis padres eran unos borrachos o cuando llegaba con algún golpe al instituto!

¡Todos me dieron siempre la espalda! ¿Crees de veras que después de la vida que he creado, lo voy a dejar todo por ti?

Por un hombre que me trató como una mierda.

¿Para qué? ¿Para vivir aquí en medio de la nada?

—Dio un paso hacia él. —¿Sabes cómo es mi vida ahora?

—No, pero seguro que me lo vas a contar —dijo tenso.

—Cuando me levanto me voy a la piscina con Ilsa.

Después a comer al mejor restaurante de la ciudad o donde nos apetezca.

A veces vamos de compras y después recojo a Molly, a veces tiene piano, otras ballet…

¿Aquí a dónde iría, cielo? Yo le estoy dando una vida más plena a nuestra hija de lo que tú puedes ofrecerle.

Y me pides, nos pides que renunciemos a todo cuando tú no has movido un solo dedo por nosotras.

¡Todo se te ha dado hecho! —Se volvió y cogió un bañador sorbiendo por la nariz. —Me voy a cambiar, ¿me disculpas?

Él apretó los labios y salió de la habitación en silencio. Se encontró con Mary Anne en el pasillo que sonrió. —¿Qué? ¿Cómo va?

—Creo que no hay nada que hacer —dijo antes de meterse en su habitación.

Mary Anne preocupada miró hacia la habitación de Erica y se acercó para escuchar su llanto. Esas lágrimas significaban algo, no podía darse por vencido.