Capítulo 11 #2
La vistió en un tiempo récord y se la puso en brazos a su padre. —Péinala mientras limpio todo esto.
—No sé muy bien…
—Pues aprende. ¿No querías niña? Pues toma niña.
—Papi es muy fácil, yo te enseño.
Mientras recogía en el baño escuchaba como la niña le indicaba lo que tenía que hacer. —Y ahora pones la goma. —Molly soltó una risita. —Así.
—Joder, qué difícil es esto.
—Shusss, eso es un pecado.
—Tienes razón, hija. ¡Ya! —dijo triunfante.
Erica con curiosidad salió del baño con la ropa para lavar y al ver que su hija tenía la coleta cerca de la frente no lo pudo evitar y se echó a reír,
—¿Qué pasa? ¿No está bien? —preguntó él sorprendido.
—A mí me gusta —dijo su hija encantada moviendo sus rizos de un lado a otro provocando que el cabello le tapara los ojitos. —Nadie la lleva así en mi cole. —Corrió hacia la puerta. —Vamos mami, que quiero montar a Leo. —Entró de nuevo en la habitación y cogió su muñeca nueva. —Se me olvidaba.
Él hizo una mueca viendo como tenía el cabello por la cara y se lo apartaba para ver. —La próxima vez lo haré mejor.
—Seguro que sí, prueba con las trenzas, estás acostumbrado a hacerlas con las cuerdas.
—Eso puedo hacerlo.
Salió de la habitación para ir al cuarto de la lavadora y él miró la mesilla de su hija donde había una foto de Erica riendo a la cámara. Entonces se dio cuenta que en el año que estuvieron juntos nunca se sacaron una foto. Ni una maldita foto le había dado. Joder…
Salió de la habitación y la niña gritó desde la puerta —¿Nos vamos?
—Espera que tu madre no está lista. ¿Nena? —Empujó la puerta de su habitación y no la encontró allí, fue hasta el baño, pero estaba vacío. —Nena, ¿dónde estás?
—¡En la cocina! —Él iba a salir, pero entonces se detuvo en la puerta porque en la pared a su lado había una foto del bar donde habían pasado tantos momentos juntos.
En la foto estaban Ilsa y ella ante el local el día de su apertura.
Apretó los labios recordando ese día porque decidió no ir a la inauguración con la excusa del trabajo.
Salió a toda prisa y Erica llegó hasta ellos con el bolso y la mochila de su hija en la mano. —Tengo que estar aquí a las cinco.
—No hay problema.
—Jo, mami.
Apretó los labios porque su hija perdió parte de su sonrisa. —No puedo llamar a la tía Ilsa, no se encuentra muy bien estos días, además ha trabajado mucho mientras se me curaba la nariz.
—¿Ilsa no se encuentra bien?
—Está embarazada y tiene muchos mareos y náuseas.
—¿Tú tuviste? —Le miró sin entender mientras entraba en el ascensor. —¿Tuviste mareos? Ya me entiendes, ¿fue un buen embarazo?
—Mamá vomitaba mucho, siempre se lo dice a todas las que van a tener un bebé —dijo su hija cogiendo su mano mientras ella se sonrojaba hasta la raíz del pelo—. Pero todo mereció la pena por tenerme a mí.
—Claro que sí. —Miró a Erica. —Lo siento, nena.
Apartó la mirada. —Eso ya pasó —dijo pulsando el botón del bajo.
—¿Las llaves?
Le miró sin entender.
—Las llaves del coche.
—Ja, ja, ni hablar.
—¿No pensarás conducir tú?
—Es mi coche, claro que sí.
—Nena, sabes muy bien que no soporto que conduzca otra persona.
—Porque odias perder el control.
—Pues será eso, pero no lo soporto.
Bufó dándole las llaves del coche. —Hazle un arañazo y la vamos a tener.
—¿Este tiene los airbags encendidos?
—¿Qué crees que fue lo primero que pregunté? Y no tiene gracia —dijo viendo su sonrisa.
—No, no la tiene.
—Papi, ¿yo puedo conducir?
—En nada de tiempo ya podrás llevar el coche por la finca.
—¡Bien!
—Carl…
—Nena, mi hermano y yo conducíamos la vieja camioneta de mi padre dentro de la finca y no pasaba nada. En el rancho se tiene más libertad, no como aquí que vivís en cajas de zapatos y ni hay ni aire limpio.
—Vale ya.
—Mami, quiero aire limpio.
—Y yo, así que tira para el coche.
La niña corrió hacia su cuatro por cuatro nuevo y Carl sonrió. —Es una maravilla, nena.
—Sí, pero no le pises mucho, ¿de acuerdo?
—¿Con la niña en el coche? —Lo rodeó para sentarse tras el volante mientras ella se aseguraba de que Molly estuviera bien sentada. Le cerró los enganches de su asiento infantil.
—Esto tiene un montón de botones.
Volvió la cabeza hacia él como la niña del exorcista. —No toques nada.
Él rio por lo bajo. —Tranquila, que yo con encender el motor…
Cerró la puerta y abrió la del pasajero sentándose a su lado. Se puso el cinturón viendo como arrancaba y no le quitó ojo cuando giró para salir a la carretera. —Cuidado, que viene uno. —Se incorporaron a la circulación. —Cuidado que está en rojo.
—Ya lo he visto.
—¿Seguro? Como ibas tan rápido.
—Si acabo de salir del aparcamiento, ¿quieres relajarte?
Bufó mirando el reloj del coche. —Ya son las once, vamos a llegar tarde.
—Estamos a una hora.
—No me gusta hacer esperar a la gente.
—Eso ya lo sé.
—¿De veras lo sabes? —preguntó con ironía—. Pues a mí me hacías esperar un montón y eso también me sacaba de quicio.
—Ya ha salido de nuevo —dijo él por lo bajo mirando por el espejo retrovisor.
Erica apretó los labios mirando al frente y suspiró. —No podré evitarlo, así que tendrás que aguantarte.
—Y me aguanto, preciosa.
—Mami…
Miró hacia atrás.
—¿Podemos comer un helado?
—Después de comer.
—Jo.
—Nada de jo, después de comer. —Miró a Carl que estaba a punto de decir algo. —Ni se te ocurra.
—Iba a apoyarte.
Suspiró mirando al frente.
—Nena, estás agotada, ¿por qué no duermes hasta llegar a casa?
Levantó una ceja.
—Al menos inténtalo.
—Por favor, ten cuidado.
Él apretó los labios porque era evidente que no se fiaba de él para nada y teniendo en cuenta que en dos salidas con su hija la había despellejado y que casi se ahoga era como para desconfiar. —Tranquila.
Reclinó el asiento un poco hacia atrás, lo mínimo para no molestar a su hija que jugaba distraída con su muñeca.
Era increíble lo rápido que había aceptado a Carl en su vida, todavía estaba asombrada, nada de rencor ni curiosidad por saber lo que había pasado, su padre estaba allí y era lo único que importaba.
Lo único que importaba. Se puso de lado porque sino no se dormiría y le observó mientras conducía.
Puede que fuera eso, que todavía no se podía creer que estuviera a su lado.
Que había sufrido tanto por los sueños rotos que no terminaba de aceptar que puede que las cosas fueran distintas.
Igual debía ser más como su hija y aceptar lo que viniera sin pensar en el mañana.
Cerró los ojos suspirando, igual debía aflojar un poco.
Dios, estaba agotada, física y emocionalmente.
Intentó controlar las lágrimas que pugnaban por salir, pero una recorrió su mejilla sin darse cuenta. Le necesitaba tanto…
Se quedó dormida recordando como la había ayudado en el parking de la feria. La cogió en brazos y se sintió una princesa. Cuando se miraron a los ojos se sintió completa por primera vez en su vida y le dijo —Puedo caminar.
—Y yo puedo llevarte, no pesas nada.
Se sonrojó de gusto. —¿Y a dónde me llevas?
La miró como si quisiera llevársela con él al fin del mundo. —Te llevaría a donde tú quisieras.
—¿Al paraíso?
Él acercó sus labios. —Si me das un momento te enseñaré cómo es.
Fue el beso más maravilloso de su vida y supo en ese instante que su corazón sería suyo para siempre.
Durante las dos primeras semanas fue increíble, se veían cuando podían y pasaban muchas noches juntos en su camioneta o en el motel de la carretera.
Entonces surgió la oportunidad, podía alquilar el bar donde trabajaba por las noches porque su jefe se jubilaba.
—Solo necesito tres mil para empezar. Jerry ni me pide dinero de traspaso, solo el alquiler de tres meses.
Él puso mala cara. —¿Me estás pidiendo dinero?
Avergonzada apretó los labios. —Es que no conozco a nadie que tenga dinero para prestarme y el banco no me lo daría. —Le rogó con la mirada. —Vamos cielo, así llevaría yo el bar, ganaría más dinero y…
—¿Y para qué quieres tú más dinero?
—¿Pues para qué va a ser? —preguntó alterándose—. ¡Para vivir mejor y no en una habitación alquilada en casa de la señora Holmes! Cielo, encima del bar hay una vivienda, podría arreglarla y vivir allí, nos veríamos más.
—Y también trabajarías más.
—¿No quieres que prospere?
—A mi costa.
Apartó la mirada. —Déjalo.
Él la miró fijamente. —Me lo devolverás.
No era una pregunta era un hecho y ella gritó de la alegría porque al fin tendrían un sitio solo suyo para verse. —Gracias, gracias.
Carl sonrió girándola sobre la cama. —No me pidas más dinero, preciosa.
—Te juro que nunca más. Seré tan rica que me pedirás tú a mí.
—Lo dudo mucho.
Pues lo había conseguido, ganaba dinero a espuertas y él al fin lo había visto.