Capítulo 11
No es que pudiera dormir mucho, porque se acostó casi a las cinco y a las ocho su hija ya se estaba levantando.
A pesar de que su niñera estaba allí para hacerle el desayuno, la despertaron.
Casi arrastrándose llegó hasta la cocina y se quedó de piedra al ver a Carl sentado frente a su hija desayunando cereales de dinosaurios. —Buenos días, nena.
—¿Qué haces tú aquí?
—Papi ha dormido aquí. En el sofá.
Asombrada le miró porque ni se había dado cuenta de que estaba allí al entrar en casa. —¿Y quién te ha abierto?
—Pues la niñera —dijo como si nada con la boca llena—. Preciosa, vete a dormir que ya me encargo yo de nuestra hija.
Ella volvió la cara hacia Gretel que se hacía la loca metiendo fruta en un táper. —Bonita, ¿no se te ocurrió llamarme?
—Pobrecito, me dio pena, le habían robado el coche.
Gruñó volviéndose, estaba tan agotada que ni podía cabrearse.
Se metió en su habitación casi arrastrándose hasta la cama.
Se abrazó a la almohada y suspiró, pero las risas en la cocina le hacían imposible dormir.
La puerta se abrió de golpe y Carl metió la cabeza.
—Nena, me llevo a la niña al parque un rato hasta que te levantes.
—Vale, pero ten cuidado.
—¿Ves cómo te lo pierdes todo con esa vida nocturna que tienes?
Se sentó de golpe fulminándole con la mirada. —¡Largo!
Él suspiró. —Con la vida tan tranquila que podríamos tener…
—Carl…
—Ya me voy, que descanses. Por cierto, ¿esta noche trabajas?
—¡Sí!
Él gruñó cerrando la puerta.
Uy, este, iba a ser como un martillo pilón y le iba a taladrar la cabeza hasta que cediera.
Los Driscoll eran cabezones en extremo y era evidente que la conversación de la noche anterior le había entrado por un oído y salido por el otro.
Gruñó poniéndose de espaldas y mirando el techo.
Dios, sentía que le dolía todo después de lo que había trabajado en el bar, era evidente que se estaba haciendo mayor.
Tendría que contratar a más gente porque ya no podía llevar ese ritmo.
Además, Carl tenía razón, se estaba perdiendo parte de la vida de su hija y el dinero no lo era todo.
Antes quería que su hija tuviera un futuro, que si a ella le pasaba algo tuviera dinero que la respaldara y pudiera estudiar lo que quisiera.
Ahora eso no era necesario, los Driscoll tenían mucho dinero y si ella muriera la cuidarían, porque si algo le había quedado claro es que eran una piña.
Sí, para ellos su hija ya era una Driscoll.
Driscoll, recordó cuando soñaba con llevar ese apellido y sus sueños estúpidos de tener al fin una familia al lado del hombre que amaba.
Sueños que ahora podrían cumplirse, pero muchas cosas se lo impedían, sobre todo su orgullo.
El orgullo que había hecho que saliera adelante.
Le sonó el teléfono móvil y frunció el ceño porque todas las personas que la conocían sabían que no se levantaba tan temprano. Miró la pantalla, pero no conocía ese número. —¿Diga?
—Ay, menos mal que me lo cojes.
—¿Quién es?
—Soy tu suegra, cielo. ¿Carl está por ahí?
—¡Pues no, y no eres mi suegra!
—Vamos, vamos, ¿todavía estás enfadada?
Parpadeó. —¡Pues sí, que casi me matas!
—Pelillos a la mar. Bueno, lo que te estaba diciendo, acaban de traer la camioneta de Carl y no veas como se la han dejado.
—¿Como tú me dejaste mi coche? —preguntó con ironía.
—Oye, niña, que yo no tengo la culpa de que aceleraras a tope.
—¡Me disparaste!
—Ya, ya… Qué pesada. Bueno, como iba diciendo, que no dejas de interrumpirme, la camioneta esta toda rayada y le falta el parachoques. La policía dice que ha debido usarse en un robo.
Se sentó de golpe. —¿Cómo en un robo?
—Sí, al parecer roban coches para luego empotrarlos contra escaparates y cosas así. Me han preguntado que dónde estaba mi hijo, he intentado llamarle, pero ha debido quedarse sin batería y… Estoy muy preocupada, a ver si le van a meter en un lío encima que le han escacharrado el coche.
—¿Te han dicho algo más?
—Que le tomarán declaración. Christian dice que no me preocupe, pero ya está en Ohio y no va a venir hasta aquí. Estoy sola, niña, y es por tu culpa.
—¿No me digas? Pues dile a tu hijo que vuelva, que no se larga de aquí ni con agua caliente. ¿Me prestas tu escopeta?
—Muy graciosa. Pues para que lo sepas mi chico me la ha quitado.
—¡Faltaría más!
—¿Vais a venir o no?
—Ahora está en el parque con la niña.
—Oh… ¿Y cuándo me traeréis a la niña para que me conozca? —preguntó con voz de ángel, la muy cabrita.
Entrecerró los ojos. —Ven tú a la ciudad.
—Niña, tengo un dolor de ciática que no me puedo mover. ¡Y mi hijo me ha dejado sola por ir a verte a ti!
—Venía a ver a la niña —dijo entre dientes.
—Ya, ya. Eres una nuera pésima.
—Es que no soy tu nuera.
—Al menos podrías haberme llamado para darme las gracias por el video que te envié.
—Bueno, bueno… ¿Pero tú estás bien de la cabeza? —preguntó alterándose.
—Uy, cómo se pone. Pues que sepas que lo hice de corazón.
—Lo que tú quieres es que te lleve a la niña, por eso hiciste el video, bruja, que nunca has podido ni verme. —Sonrió apoyando la espalda en el cabecero de piel blanca, le estaba empezando a gustar ese rifirrafe. —Ven tú a ver a Molly.
—¿No te he dicho que me duele la ciática? Sino ya estaría ahí, que ningún papelito me va a impedir ver a mi nieta.
—¿Hablas de la orden de alejamiento? ¿Ese papelito por el que te puedo meter en chirona?
—¿Tenías que recordármelo? Menudo disgusto tengo desde que me dijo el juez que no podía ver a la niña. Vamos, ten piedad de esta pobre vieja y tráemela.
—Eres vieja para lo que quieres, que para empuñar un arma te vi muy suelta.
—Ya te pedí perdón.
Sonrió aun más. —Así que quieres ver a la niña…
—¿Me la traes? —preguntó esperanzada—. ¿Por favor?
—Las palabras mágicas. —Suspiró levantándose de la cama. —Pero será más tarde.
Meredith chilló de la alegría. —Os espero para comer —dijo antes de colgar.
Estaba claro que los Driscoll hacían con ella lo que les daba la gana. Mejor no pensar en eso del orgullo que empezaba a cabrearse.
Abrió la puerta a su hija y dejó caer la mandíbula del asombro al verla empapada de arriba abajo. —¿Pero qué ha pasado?
—Mami —dijo su hija muy seria—, tengo que aprender a nadar.
Atónita miró a su padre que carraspeó. —Nena, se ha caído al estanque.
—Te voy a… —dijo entre dientes.
—Mejor la cambiamos que se resfría.
—¡A la ducha!
Su niña salió corriendo dejando sus pisadas húmedas sobre el suelo de parquet que acababa de limpiar. Entonces se dio cuenta de que Carl tenía el vaquero mojado hasta la altura de las rodillas. —Te metiste a sacarla.
—Nuestra niña se ahogaba, joder, menudo susto. —Entró cerrando la puerta y le dio un beso en los morros.
—Mami, ¿me quito la ropa?
—Sí, cielo. —Se volvió hacia él. —Ha llamado tu madre. —Carl la miró fijamente. —Al parecer han encontrado tu camioneta.
—Joder, menos mal, estaba sin pagar.
Ella hizo una mueca y Carl se tensó. —¿Qué?
—Está un poco perjudicada, como tu madre que al parecer tiene ciática y quiere que le llevemos a la niña. Nos espera para comer —dijo irónica.
Carl chasqueó la lengua. —No va a dejar de insistir.
—Sois igualitos.
Él sonrió de oreja a oreja revolucionándole todas las hormonas. —No preciosa, no pienso dejarlo, así que si en algún momento se te pasó por la cabeza que iba a rendirme, estás muy equivocada.
Mejor cambiar de tema. —Me ha dicho algo de que necesitas una coartada porque han usado tu camioneta para robar algo.
—No jodas.
Ella hizo una mueca.
—¡Mami, ya estoy en pelotas!
—Ve a duchar a tu hija.
—¿Qué? —preguntó espantado—. No puedo ir a…
—¿Por qué?
—¡Es una niña!
—Es tu hija y tienes que ducharla, así que arreando.
—Quiere que vayas tú.
—También quiere un unicornio y va a ser difícil que lo consiga. Date prisa, que tengo que prepararle la ropa y la mochila. ¿No te he dicho que tu madre nos espera para comer?
Él gruñó yendo hacia la habitación de su hija. —Nenita, ¿te ayudo yo? —preguntó bien alto.
—¡No!
Carl suspiró del alivio. —Nena, toda tuya.
Gruñó entrando en el baño y dejando la puerta abierta. —Mami cierra.
—Es tu padre, no pasa nada porque tu padre te vea desnuda. —La cogió por debajo de las axilas y la metió en la bañera para abrir el grifo del agua.
—Ya soy mayor. Papi no mires.
—No, no eres mayor. Yo te diré cuando eres mayor. Cielo, coge una toalla del armario del pasillo que aquí no hay.
Él se alejó sonriendo.
—Mami, es un chico.
—Ya, por eso naciste tú porque él es un chico.
—En el vestuario del cole, los niños no se mezclan con las niñas.
—Porque no son tu padre. —Comprobó que el agua salía templada y empezó a mojarla. Carl entró en el baño y se la puso a su lado. —Gracias.
—Eso es, no debes dejar que te vea así otro chico al menos hasta que cumplas los treinta.
La niña asintió con los ojos como platos y Erica reprimió la risa empezando a enjabonarle la cabeza con su champú. —Ahora cuéntame lo del estanque.
—Seguía a una mariposa, mami.
—Y no miraste.
—No, pero papi me vio enseguida y vino a por mí. ¿Y sabes qué? Todas las mamás le miraban con esa cara.
—¿Qué cara?
—Con cara de querer un helado cuando pasas ante la heladería. Tú siempre sabes cuando quiero un helado. Pues esa.
—Ah…
Levantó una ceja mirando a Carl que carraspeó. —Cómo están los parques…
—¿Llenos de madres?
—Sí, nena, son un peligro.
Reprimió la risa porque debieron alucinar con su vaquero. Enjabonó el cuerpo de la niña y se levantó. —Aclárala, voy a por su ropa.
—Papi…
—¿Qué?
—Me gusta que me lleves al parque.
Erica que estaba cogiendo su ropa de la cómoda se detuvo para escuchar.
—Así que te gusta.
—¿Me llevarás otra vez?
—Claro que sí, cielo. Todas las veces que quieras.
—¿Podemos ir al búrguer a comer una hamburguesa?
—Ahora no, ahora vamos a ver a la abuela al rancho.
—¿Vamos al rancho?
—Sí, y verás mi caballo.
—¡Sí! —dijo con emoción.
Erica entró en el baño con su ropa. —Mami, pantalones largos no.
—¿No vas a montar a caballo?
—Sí.
—Pues los necesitas.