Capítulo 10 #2
Le pegó un puñetazo a Lisa que la tiró al suelo.
Furiosa se agachó para sacarle el dinero de los bolsillos mientras gritaba —¡A mí no me roba nadie!
—Le arreó otro puñetazo que la dejó inconsciente y gruñendo se incorporó para ver el desastre que le estaban haciendo en el bar.
Bueno, tampoco era para tanto. Cogió el bate y se subió a la barra con agilidad antes de tocar la campana.
Todos se detuvieron para mirarla. —¡El que quiera bronca que venga aquí! —gritó amenazante.
—Nena… —dijo Carl poniéndose en guardia—. Aquí hay gente que te saca medio metro.
Un gorila empujó a uno hasta tirarle al suelo. —¿Quieres bronca tú?
—Vaya, el chulito de turno. Acércate… —El tipo caminó hacia ella mientras varios se alejaban para dejarle espacio. Erica sonrió. —Si tumbas a este, te doy mil pavos.
Carl se enderezó. —¿Qué has dicho?
Sonrió maliciosa. —Por mil pavos le va a poner ganas. Además, la gente quiere ver pelea de la buena, ¿a que sí?
Todos gritaron con ganas de sangre. Ella le miró levantando una ceja. —¿Te vas a echar atrás? ¿No has dicho que harías lo que fuera por arreglarlo?
Entrecerró los ojos y asintió.
—¿Entonces a qué esperas?
Carl suspiró volviéndose hacia aquel tipo y le dijo —¿Tienes seguro médico?
Rio. —No lo voy a necesitar.
Le dio un puñetazo a Carl que le tiró sobre la barra haciéndola gritar porque no se lo esperaba. —¿Pero qué haces, idiota? ¡Has dejado que te pegue!
—Nena, estoy desentrenado.
—¡Pues ponte las pilas, que te machaca!
Carl dio un paso hacia ese tipo mostrando sus puños. —¿Vas al gimnasio?
—Cuatro horas al día. ¿Duele?
—Más te va a doler lo que te haga yo, te lo aseguro.
—Le dio una patada entre las piernas que le dobló haciéndole caer de rodillas y entonces Carl le pegó dos puñetazos que le tiraron hacia atrás.
La gente se puso como loca al ver que le había noqueado.
—Sacadle de aquí —dijo con desprecio antes de volverse.
Ella estaba sentada en la barra como si estuviera dispuesta a bajar a ayudarle, lo que le hizo sonreír.
Erica sonrió sin poder evitarlo. —Muy bien, vaquero.
—¿Mis mil pavos?
—Para ti no hay nada.
Él se acercó y la abrazó por la cintura. —¿Pero he pasado la prueba?
—Con nota.
La besó en los labios y apoyó su frente en la suya. —Nena, te juro que esto va en serio.
Erica cerró los ojos abrazándole. —No puedo más.
Carl la pegó a él sintiendo su dolor. —Lo sé —susurró a su oído—.
Y te juro que no te defraudaré. —Se apartó para mirar sus ojos llenos de lágrimas.
—Nunca más, preciosa. Esto va en serio. Tan en serio…
—Se apartó y arrodilló una pierna ante ella mostrando en su mano ensangrentada una caja de terciopelo negro.
Sin aliento Erica no podía dejar de mirarla.
—Nena, ya va siendo hora de que seamos felices, ¿no crees?
Ya hemos sufrido bastante, después de todo lo ocurrido me he dado cuenta de que ganarme tu amor es lo único que me importa en la vida, así que te pido, te ruego que te cases conmigo y formemos la familia que debimos formar hace casi seis años.
Erica Mary Holder, ¿me harías el honor de ser mi esposa?
Las lágrimas corrieron por sus mejillas mirando aquel maravilloso anillo sin decir palabra. Él nervioso carraspeó. —¿Nena? Aquí hay más de cien personas esperando tu respuesta.
Erica le miró a los ojos. —Antes del accidente de Christian hubiera dado cualquier cosa por ese anillo, ¿sabes?
Carl apretó los labios. —Lo sé.
—Ahora necesito tiempo.
Se escucharon murmullos de la decepción y una dijo —¡Me lo quedo yo, menudo pedrolo!
Erica negó con la cabeza. —No, no me casaré contigo.
Carl asintió. —Volveré a pedírtelo, ¿sabes?
—Quizás entonces haya más suerte. —Saltó de la barra y gritó —Bueno, ¿estáis aquí para beber o qué? ¡Tengo que hacerme rica antes de los cuarenta!
La música empezó a sonar de nuevo y varios se acercaron a la barra mientras Erica se ponía tras ella.
Al primero que sirvió fue a Carl y le puso un chupito de whisky.
Él le guiñó un ojo antes de bebérselo de un trago.
Erica miró a Lisa que aún estaba sentada en el suelo limpiándose la sangre del labio. —Oye, ¿a qué esperas para largarte?
—Te voy a denunciar.
—Claro que sí, monina. —Se agachó a su lado. —Entonces yo enseñaré las imágenes que tengo de la cámara de encima de la caja y te enchironarán por robo. ¿Cuántos delitos tienes encima? ¿Quieres que llame a la policía?
La miró con odio y se levantó antes de largarse de allí furiosa. Ella le hizo un gesto al de seguridad que asintió antes de seguirla.
Erica fue hasta un cliente y después a otro, durante la siguiente media hora no tuvo tiempo ni a respirar.
Estaba sirviendo un vodka cuando vio que una rubia muy mona se acercaba a Carl.
Él sonrió, pero cuando esa descarada pasó su dedo por su pecho su chico apartó su mano de inmediato haciendo que esa estúpida pusiera los morros como si hiciera pucheros.
—¡Eh, tú! —Todos miraron hacia la rubia.
—Es mío, ¿te enteras? ¡Así que vete con la música a otra parte si no quieres que tengamos dos palabritas en el callejón!
La gente rio mientras la rubia levantaba una ceja con descaro mirando a Carl. —Lo siento chica, pero como ha dicho soy todo suyo.
Erica se sonrojó de gusto y siguió trabajando mientras la tía se alejaba. Atendió a uno cerca de Carl que gritó para que la oyera —Nena, ahora no piensas cortarte, ¿no?
—Pues no.
—Todavía recuerdo la cara que pusiste cuando Stephanie intentó ligarme en el bar. Pero no dijiste ni pío.
Le fulminó con la mirada porque aquella noche él no la había rechazado tajante, sino que había estado hablando con ella una hora de reloj, lo que la cabreó muchísimo y cuando se quedó en su casa esa noche, dijo que le dolía la cabeza y que no le apetecía hacerlo.
Él para su sorpresa sonrió y se quedó a dormir, fue la única vez que lo hizo.
—¿En serio quieres sacar eso? ¿Lo discutimos? ¿Estás buscando que me cabree?
—No, nena, ni se me ocurriría. —Cogió la cerveza que tenía en su mano y le dio un sorbo.
—Es la última, Driscoll.
—Nena, no seas rígida, estoy celebrando tu rechazo.
Se sonrojó. —Muy gracioso.
Siguió trabajando, pero ese tema no dejaba de darle vueltas. —Sabías que estaba celosa, ¿no?
Él distraído la miró sin entender.
—Lo sabías. Lo de Stephanie, sabías que me molestaba y lo hiciste para cabrearme. —Separó los labios de la impresión. —Querías comprobar que estaba celosa. ¡Por eso te quedaste a dormir, para disfrutar de mi cabreo!
Él carraspeó. —Bueno, nena, no puedo negar que tus celos me sentaron muy bien.
—¡Si pasabas de mí!
—No tanto. Joder, ya te he explicado…
—¡Sí, lo de tu madre! —Se alejó con mala leche. Es que era alucinante, nunca hubiera tenido nada con ella por lo que pensara su familia y estaba encantado de que estuviera enamorada de él. Era un egoísta de primera.
Carl que sabía perfectamente lo que estaba pensando, juró por lo bajo y esperó a que se acercara a su parte de la barra, pero dolida intentaba evitarlo todo lo posible y si tenía que hacerlo no le daba la oportunidad de decir palabra.
Frustrado esperó a que la gente se fuera, tres horas larguísimas en las que se dio cuenta de lo próspero que era ese negocio.
Cuando cerró la puerta con llave después de despedir al personal, se volvió hacia él y su mirada decía que no estaba para bromas.
—Nena…
—¡No quiero hablar de esto, en realidad no quiero hablar de nada!
—Fue hacia el almacén y Carl se quedó sin saber muy bien qué hacer.
¿La seguía? Valor, Carl, si puedes enfrentarte a un toro de setecientos kilos, puedes con esto.
Fue hasta su despacho decidido y allí la tenía sentada tras su mesa contando un montón de dinero. —Hostia, ¿eso es de esta noche?
—Ajá… —dijo sin dejar de contar. Y lo hacía como una auténtica profesional, pasaba billetes a una velocidad vertiginosa—. Cuatro mil —dijo por lo bajo antes de dejar el fajo a un lado y coger otro.
—¡Ganas más que yo! —exclamó asombrado.
Le miró a la cara. —¿Y?
Él carraspeó incómodo. —No, nada.
Gruñó por lo bajo y dejó el fajo de billetes mirándole fijamente. —Ya sé por dónde vas, ¿sabes?
—¿De veras?
—Pretendes que Molly y yo nos mudemos a tu rancho y tengamos una vida allí. Pero nuestra vida está aquí.
—Nena…
—Estás a una hora de camino, puedes venir a dormir a casa todos los días.
—Sabes muy bien que hay que estar allí, el ganado puede necesitarte en cualquier momento. Ayer mismo parió una vaca y tuve que llamar al veterinario.
—Molly tiene aquí a sus amigos.
—Puede hacer amigos allí, es muy sociable no tendrá ningún problema. Lo que pasa es que tienes miedo a dejarlo todo y que yo te dé la patada de nuevo.
—No podría haberlo expresado mejor. No pienso renunciar a todo por lo que he luchado tanto. Me he pasado horas embarazada sirviendo copas para levantar esto, para hacerme un nombre en la ciudad, ni de coña voy a renunciar a ello porque tú ahora hayas decidido tener una familia.
Carl se sentó ante ella y asintió. —¿Qué me estás diciendo, nena? ¿Que nunca te casarás conmigo?
—No. Y seguramente nunca podré perdonarte.
Y no hablo solo del comportamiento que tuviste después de que mi padre intentara matarme, sino por todo lo que pasó en el año anterior.
—Incrédula preguntó —¿Querías que te amara y no pensabas darme ni una oportunidad? Eso solo demuestra lo egoísta que eres.
—Nena…
—¡Ahora pienso hablar yo! ¡Mi cumpleaños en Navidad, sabías que estaba sola! ¡Sabías que no buscaría compañía porque te amaba más que a mí misma, mientras tú dabas cenas con gente que no te importaba nada! ¡No te importaba hacerme daño!
—¡Eso no es cierto!
—Ni siquiera me diste mi regalo de cumpleaños, ¿por qué? ¿Por qué lo hiciste, Carl? Quiero la verdad.