Capítulo 10
Dio un par de cervezas al tipo que tenía delante y se acercó al siguiente. —¿Qué te pongo?
—Me pones a mil.
—No tienes ni idea de cuantas veces he oído eso —dijo con aburrimiento—. Venga, que tengo mucha gente esperando. ¿Qué quieres?
—Dos whiskies con cola, preciosa.
Miró de reojo a Lisa que servía dos chupitos y vio cómo se metía el dinero en el bolsillo trasero de su provocativo pantalón corto. Lo que le faltaba. Sirvió lo que le habían pedido. —Veinte pavos.
—Joder, qué precios para lo poco que has echado.
—Este es un sitio con clase. —Cogió el dinero que tiró sobre la barra y levantó una ceja porque se lo había dado justo. —Gracias generoso.
Se volvió para meter el dinero en la caja y vio que Carl estaba al final de la barra mirándola fijamente. Puso los ojos en blanco y se acercó a él pasando de todos los que le gritaban pidiéndole algo —¿Qué haces aquí?
—Acabo de salir de la comisaría. Malas noticias, no saben dónde está.
—Pues es una pena, ahora largo.
—Sírveme una copa, nena. Te aseguro que la necesito.
—Yo ya no emborracho a ninguno de los Driscoll, fuera.
Para su sorpresa él sonrió y apoyó los codos en la barra acercando su cuerpo. —Es preciosa, nena. Lista, cabezota y preciosa.
Sonrió sin poder evitarlo. —Sí que lo es, es todo eso y mucho más.
—Mucho más que estoy deseando conocer.
—Eh, tú, ¿me sirves o no?
Ella tomó aire antes de girar la cabeza hacia aquel tipo. —¿No ves que estoy hablando?
—Me importa una mierda, yo solo quiero mi cerveza.
—¡Pues tómatela en otro sitio! ¡En este local se tienen modales! ¡Largo!
—¿Pero tú de qué coño vas? ¡Qué salga el dueño!
—¡La dueña soy yo! —Le hizo un gesto a Ramón, que se acercó de inmediato. Cuando se puso al lado de aquel enano, el tipo forzó una sonrisa. —Sácalo de aquí.
—Enseguida jefa. —Lo cogió como si fuera un muñeco y se lo llevó hacia la salida.
Carl sonrió. —Veo que no has cambiado nada.
—Te aseguro que sí. —Abrió la nevera y le puso una cerveza delante. —Después te largas.
Se volvió y escuchó. —¿Me das las llaves?
Parpadeó volviéndose. —¿Pero tú estás sordo?
—Nena, tenía la cartera dentro del coche.
Separó los labios de la impresión. —Me estás metiendo una trola.
—Te aseguro que no, he llegado hasta aquí con los veinte pavos que tenía en el bolsillo.
Gruñó y metió la mano en el bolsillo del pantalón sacando cien dólares. —¡A un hotel!
—Puede abrirme Gretel.
—Y te puede sacar la policía, ¿o te tengo que recordar la orden de alejamiento? ¿Qué decides?
—Un hotel, un hotel.
—Eso pensaba.
Él sonrió con esa sonrisa de medio lado que la volvía loca y bebió de su cerveza mientras Erica intentaba recuperarse de la impresión. Mejor seguir trabajando.
Veinte minutos después la barra estaba más tranquila, así que decidió darse un descanso porque le mataban los pies. Se acercó a la camarera y le dijo —Vuelvo en diez minutos.
—¡Vale!
Sonrió para sí saliendo de la barra por lo encantada que parecía, esa se iba a enterar. Entró en el almacén y pasó detrás de unas cajas hasta la puerta de su despacho. Encendió la luz y se sentó en la silla de su escritorio para quitarse las botas.
—¿Te duelen los pies?
Miró sorprendida hacia la puerta. —¿Te he invitado a entrar?
—Antes no necesitaba invitación.
—Eso era antes. —Tiró la bota al suelo. —Hace siglos. ¿Me dejas unos minutos?
—¿Sabes que la camarera pelirroja te roba?
—Claro que sí, pero no podía echarla con toda la gente que hay ahí. Cuando cerremos, haré que se despelote para sacarle la pasta. —Juró por lo bajo dejando caer la otra bota. —Ilsa no se fija en esas cosas, seguro que en este mes me ha robado una fortuna.
—¿Y la dejas sola?
—Para que se confíe. Cuando se confían son más descuidados, seguro que no sacará el dinero del bolsillo hasta después del cierre porque cree que no me entero de nada. —Apoyó los codos sobre la mesa y se pasó las manos por la cara.
—Estás agotada.
—Han sido días sin trabajar y se nota. Pero volveré a coger el ritmo.
—¿Durante cuánto tiempo, nena?
Apartó las manos para mirarle a los ojos. —No te entiendo, espero que para siempre.
Él apretó los labios y dio un paso hacia ella sentándose en la silla de enfrente. —Te deseo.
Se quedó de piedra y no solo por el cambio de tema. —¿Qué has dicho?
—Joder, me sigues volviendo loco y me muero por acostarme contigo.
Se puso como un tomate. —Pues…
—Y tú me deseas a mí, joder. Si nos casamos…
—Eh, eh… que me parece que esa cerveza te ha sentado fatal.
—¿Recuerdas cómo era, nena? —dijo comiéndosela con la mirada—. ¿Recuerdas lo que sentías cuando estábamos juntos?
—Es hora de que te vayas.
—Sueño contigo, joder, ¡desde hace años!
A Erica se le cortó el aliento. —Lo que hiciste…
—¡Fui un cabrón de la peor clase, pero eso no impide que te siga deseando como la primera vez que te toqué!
—¡Mira, me estás poniendo muy nerviosa! Si te llamé fue por la niña y tú estabas de acuerdo en que esto no iba a prosperar.
—¿Cuándo he dicho yo eso?
—Pues en el video. Dijiste algo así como que lo que había pasado, ahora daba igual, que lo importante era la niña. —Al ver su cara de incredulidad exclamó —¡Bueno, he hecho un resumen, pero dijiste algo así!
Él rio por lo bajo. —Nena, hubiera dicho cualquier cosa por acercarme a vosotras. Pero ya que hablas del video, ¿recuerdas cuando te dije que sentí que eras mi otra mitad?
No salía de su asombro. —Uy, uy, que voy a tener que llamar a la policía.
—Quiero hacerte el amor, ¿les vas a decir eso?
Le estaban entrando unos calores que no eran normales.
—¿Cuánto llevas sin un hombre, preciosa?
—¿Cuánto llevas tú sin una mujer?
—Te aseguro que las pocas que tuve después no me hicieron vibrar como tú. —Se levantó y rodeó el escritorio mientras ella le miraba con los ojos como platos.
—Carl, que lo vas a estropear todo —consiguió decir mientras su corazón iba a mil.
Se agachó apoyando las manos en los reposabrazos y tiró de su silla hacia él.
—Yo creo que lo voy a arreglar. —Acercó sus labios lentamente.
—Haré lo que sea por arreglarlo, nena, te juro que sí.
—Acarició su labio superior con una suavidad que le hirvió la sangre.
—Como si me va la vida en ello. —Atrapó su boca con tal pasión que Erica solo pudo separar sus labios para que entrara y saborearle con las mismas ganas que él.
Le había echado tanto de menos, que rodeó su cuello con los brazos y Carl tiró de ella cogiéndola por la cintura para volverla y sentarla sobre el escritorio.
Todo en su ser se encendió de manera abrasadora y la invadió la impaciencia llevando las manos a su pantalón.
Carl apartó sus labios y la ayudó a abrirse los pantalones. —Preciosa, date la vuelta.
Con agilidad se bajó del escritorio tirando parte de lo que había en él y se abrió los pantalones volviéndose desesperada por tenerle en su interior. Apoyó las manos sobre la superficie del escritorio y gimió de anticipación.
Él acarició sus glúteos con pasión haciéndola gemir de gusto. —Joder, esto va a ser rápido, pero te juro que te compensaré.
—¡Hazlo de una vez!
Sentir su miembro entre sus piernas la hizo gemir de placer inclinando su cabeza hacia atrás y cuando entró lo hizo con una contundencia que casi la hizo llegar al éxtasis.
Se deslizó en ella y fue maravilloso, pero Erica necesitaba llegar y llevó su mano hacia atrás para agarrar su cuello.
Miró hacia él y Carl la besó con ansias justo antes de llenarla de nuevo.
Gritó en su boca y sintiendo que ya no podía más se apoyó de nuevo en el escritorio inclinándose hacia adelante para que la llenara del todo.
Cuando entró en su ser de nuevo rozó el paraíso.
—¿Te vas a correr, preciosa? Córrete conmigo.
—Su embestida fue tal que todo su ser estalló en un orgasmo increíble que la dejó sin aliento, sin fuerzas y casi sin sentido.
Medio tumbada sobre el escritorio él acarició su espalda y cuando Carl sintió que se recuperaba dijo —Te he echado de menos, mi amor.
Esas palabras la espabilaron de una manera que se tensó con fuerza y sintió rabia por no haber tenido la fuerza de voluntad necesaria para rechazarle.
Que ahora la llamara mi amor cuando nunca lo había sido, la enfureció como nunca antes en su vida.
Se apartó a toda prisa y se subió los pantalones mientras él apretaba los labios. —Nena…
—¡Cállate!
Carl se subió los pantalones. —Sé que no me crees, pero…
—¡No, no te creo! Me has follado a ver si la imbécil de Erica es lo bastante estúpida como para olvidar la orden de alejamiento y así quedarte con la niña. —Se puso una de las botas. —Pero no me la vas a quitar.
—No haría eso jamás.
—¿No? De ti me lo espero todo. —Le señaló con la otra bota. —Aléjate de mí, verás a la niña si te portas bien y sino esto se acabó, ¿me has entendido? —gritó muy alterada.
Carl asintió porque jamás la había visto así. —Entendido.
Se puso la bota y fue hasta la puerta. —¡Ahora lárgate de mi bar, joder!
Cuando cerró de un portazo Carl suspiró sentándose en su sillón.
Miró al suelo durante unos minutos y negó con la cabeza porque no solo estaba enfadada, la había asustado y por haberse precipitado ella se había alejado más.
Escuchó gritos en el bar y frunció el ceño.
Cuando los gritos aumentaron se levantó de golpe y salió corriendo.
Al llegar al bar aquello era una batalla campal, pero él solo buscaba a Erica que estaba tras la barra pegándose con la camarera.
Carl sonrió. —Esa es mi chica. —Se acercó apartando a empujones a unos cuantos y cuando llegó a la barra le gritó —Nena, ¿te estás desahogando?