Tu amor no es suficiente Capítulo 9
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Capítulo 9

El viernes por la mañana Erica estaba más nerviosa que la niña. Le puso unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta de Dora la exploradora. Estaba calzándole unas zapatillas de deporte cuando sonó el timbre de la puerta.

—¡Es papá! —La niña corrió descalza fuera de su habitación y abrió la puerta principal, aunque le había dicho mil veces que nunca lo hiciera.

Carl estaba allí con varias bolsas y se agachó sonriendo. —Hola, princesa.

—Hola, papi. —Con naturalidad le abrazó del cuello y le besó en la mejilla. A Erica se le encogió el corazón cuando vio como él cerraba los ojos como si fuera el mejor regalo del mundo. —¿Me has traído caramelos?

Él sonrió incorporándose. —Te he traído otra cosa aún mejor.

—¿Mejor? —Dio palmas encantada mientras él entraba en la casa. —¿Qué es mejor?

—Antes deja que salude a tu madre. —La miró a los ojos. —Hola, nena.

—Molly tienes que calzarte —dijo molesta porque la llamara así.

—Jo, mami, que me ha traído un regalo.

—De hecho, os he traído regalos a las dos. —Dejó las bolsas sobre el sofá como si nada y sacó una caja envuelta en papel de regalo para la niña. Tensa vio como sacaba otro paquete y se lo tendía a ella. —Espero que te guste.

—A mí no tienes que traerme nada, no soy tu hija, devuélvelo.

—Es tu regalo de cumpleaños. Te lo debía.

Se le cortó el aliento porque lo hubiera conservado todo ese tiempo. Sin poder creérselo cogió el paquete y la niña chilló porque ya había rasgado el papel y vio que era la muñeca que quería. —Me han dicho que es la muñeca que quieren todas las niñas, no sé si ya la tienes.

—No, bueno ahora sí. —Rio intentando abrir el paquete. —Mami…

—Espera, que romperás toda la caja. —Se acercó y se agachó a su lado para abrirla. En cuanto la sacó su hija la abrazó con fuerza. —¿Qué se dice?

—Gracias, papi.

Carl sonrió. —De nada, cielo. Ahora hay que calzarse, nos espera un duro día de zoológico.

—¡Bien!

La niña corrió hacia la habitación y ellos se miraron a los ojos. —¿No abres el tuyo?

—Lo abriré después —dijo incómoda yendo hacia la habitación de la niña. Molly estaba intentando calzarse sola y no lo estaba haciendo nada mal, aunque los cordones se le resistían—. Espera, que te ayudo.

—Mami, tengo que aprender yo.

—Cierto. —Esperó a que cogiera las dos orejitas del conejo y las cruzó. —Muy bien, cielo. —Se agachó para asegurárselas.

—¿Has visto, papi? Ya me visto sola.

—Muy bien, y en nada de tiempo serás una gran ranchera.

—Claro. —Se puso de pie con muñeca y todo. —Vamos, vamos…

Se volvió hacia Carl. —Aquí a las cinco.

Molly se detuvo en seco. —Mami, ¿no vienes? —Era evidente que eso no le gustaba nada. —Tienes que venir.

—Tengo que trabajar, cielo.

—Jo, hoy no.

—Es viernes, ya sabes lo que ocurre los viernes.

—¿Qué ocurre los viernes? —preguntó Carl intrigado.

—Trabajo, trabajo… —dijo la niña como si él no hubiera preguntado nada—. ¡Quiero ir al zoo!

—E irás con tu padre —dijo con firmeza—. Así que pásatelo bien. ¿O prefieres quedarte castigada por caprichosa?

La niña entrecerró los ojos como si lo estuviera pensando. —¿Si me quedo me quitas la muñeca?

—Por supuesto, señorita.

—Jo, mamá, tú siempre ganas. ¡Y no es justo!

Carl sonrió y Erica le advirtió con la mirada haciendo que perdiera la sonrisa de golpe, entonces carraspeó antes de decir —¿No puedes venir al zoo?

—No, no puedo porque Ilsa ya me ha cubierto mucho, es hora de que descanse. Iré a comprobar que todo esté en orden en el bar para la apertura a las seis, así que aquí a las cinco porque solo tendré esa hora libre.

—¿Y a qué hora cierras?

—A las tres —respondió con desconfianza.

—¿Y quién cuida a la niña?

—Su niñera de toda la vida. Alguien que la conoce mucho mejor que tú ¿algún problema?

—No, claro que no, solo era una pregunta.

—Mamá está enfadada.

—Sí, hija, pero se le pasará.

Padre e hija se cogieron de la mano y fueron hasta la puerta. —¿Algo que deba saber?

—Que no le dé de comer a ningún animal, hablo en serio. Como mi hija vuelva sin un dedo porque no me hayas hecho caso, arderá Troya.

—No hay problema.

—Y que no se moje, se resfría enseguida. —Cogió su cazadora vaquera.

—Nena, ahí fuera estamos a treinta grados.

—Por la tarde refresca —dijo entre dientes.

Él gruñó cogiendo la cazadora. —¿Come de todo?

—¡No! —dijo su hija con cara de asco—. No me gustan las salchichas.

Fueron hacia la puerta. —Eso es porque no has probado las de la abuela.

—¿Son especiales?

—Y tanto que son especiales. Están hechas con la carne de nuestros cerdos.

La niña se detuvo en seco. —¿Qué?

Erica gimió por dentro y él la miró sin comprender, pero la niña dijo —¿Las salchichas salen de los cerditos?

—Sí —dijo él—. Y son las mejores de todo Texas.

—¿Pero les salen como los bebés?

—Claro que sí —dijo Erica a toda prisa.

—¿Nos comemos los bebés de los cerditos?

—No, no son bebés —dijo Carl—. Matamos al cerdo para sacarle la carne.

Molly le miró con los ojos como platos antes de mirar a su madre y de repente se puso a llorar como una descosida. La cogió en brazos. —Mami, nos comemos a los cerditos.

—Ya, ya…

—¿Pero qué pasa? —preguntó Carl sin entender nada.

—Hay muchas cosas que aún no entiende y hay que explicárselo todo con delicadeza. ¿No querrás que la niña tenga un trauma o algo así y nos salga vegetariana? —Acarició la espalda de su hija. —No pasa nada, cielo. ¿De qué crees que vive tu padre?

—¿De matar cerditos?

—Y reses, cielo —dijo él—. Las mejores del condado. Y si quieres ser ranchera harás lo mismo porque esa carne alimenta a muchos niños. La carne es importante para crecer, ¿sabes?

—Mira papá lo grande que es.

La niña le miró y sorbió por la nariz. —¿Es importante?

—Claro que sí. Además, mi rancho da trabajo a veinte familias.

Molly entrecerró los ojos. —Pero los cerditos…

Carl la cogió de sus brazos y la sentó en el sofá sentándose él al lado. —Escúchame bien, esos cerditos no nacerían si no fuera para la cría, ¿entiendes? Tienen un propósito.

—Carl, no sé si vas por buen camino.

—Es mejor decirle la verdad desde el principio.

—¿Haces que nazcan para matarlos?

—Ese es el trabajo de cualquier ganadero, dar de comer a cientos de personas.

La niña separó los labios intentando comprender. —Si no fueran para vender…

—No los tendría. Nadie los tendría y no habría que comer. Los supermercados estarían vacíos.

—Mamá no podría comprar.

—No, nadie podría y nadie comería carne. Y lo mismo pasaría con los agricultores, nadie trabaja para nada, hija. Todo el mundo espera ganar dinero con su trabajo.

—Ah… ¿Y por qué no te dedicas a otra cosa?

La cara que puso fue tan cómica que Erica no pudo evitarlo, se echó a reír a carcajadas. Carl la miró. —¿No lo ha entendido?

—Sí que lo ha entendido —dijo entre risas—. Pero no quiere entenderlo, que es distinto.

—Hija, no me vengas con tonterías de no comer carne, que a tu abuela le da algo. Hace el mejor pavo en Navidad de todo el contorno.

—Y hay que hacerle caso a la abuela —dijo Erica con ironía.

—Me gusta el pavo —dijo la niña queriendo contentarle.

—Perfecto, pues ahora vamos al zoo. —Pasaron ante Erica y susurró —Pues no, no hay que hacerle caso en todo.

—Ja, ja.

—Papi, ¿me compras una cebra?

—Conténtate con un pony.

—La cebra es más chula —dijo ella saliendo por la puerta.

Él la miró. —Espero que te guste.

Erica no respondió y él asintiendo cerró la puerta.

A toda prisa cogió el regalo y rasgó el papel, pero la caja era de cartón normal y no indicaba nada.

La abrió rompiéndose una uña en las prisas y al ver el interior le dio un vuelco al corazón.

Sacó la delicada bola de Navidad de cristal que en su interior tenía una escena de una pareja esquiando.

El cristal era tan fino que había sido un milagro que no se hubiera roto.

Cogió el cordoncito que había en la parte superior sintiendo que sus ojos se llenaban de lágrimas recordando aquella conversación una noche años antes.

—¿Cómo no vas a celebrar la Navidad? —preguntó él tumbado a su lado después de hacer el amor.

Ella se encogió de hombros. —No sé, nunca la he celebrado.

—¿Nunca poneis árbol ni os dais regalos?

—¿Mi padre darme un regalo? —preguntó divertida levantándose de la cama—. No debe ni saber lo que es eso.  —Cuando salió del baño vio que él tenía el ceño fruncido. —¿Qué?

—Todos los niños deberían tener un regalo en esas fiestas.

Se arrodilló a su lado. —¿Incluso los budistas?

—Muy graciosa. —Cogió su mano enrojecida de trabajar en el bar y apretó los labios. —Quedan dos semanas para Navidad.

Y para su cumpleaños, pero eso no pensaba decirlo. —Espero que lo pases muy bien con tu familia —dijo deseando que él dijera algo, porque si no lo hacía pasaría de nuevo las navidades sola, ya que Ilsa como siempre se iría a Houston para pasarlas con la hermana de su madre.

Él la miró a los ojos y no dijo palabra simplemente tiró de su mano para que se tumbara sobre su pecho.

Recordó su risa, pero en su interior lloraba porque él no la había invitado a pasar las fiestas a su lado.

Ahí se dio cuenta de que nunca estarían juntos de veras.

Mirando aquella bola de Navidad una lágrima cayó por su mejilla y con rabia la tiró contra la pared haciéndola añicos.

Viendo los cristales en el suelo se arrepintió, pero como muchas de las cosas que habían pasado desde que había puesto sus ojos en Carl, ya era tarde para arrepentirse.

Estuvo todo el día inquieta pendiente del móvil y aunque tenía mil cosas que hacer que pudieran entretenerla, no dejaba de pensar en cómo estaría Molly.

A las cuatro y media ya estaba en casa esperándoles impaciente.

Nerviosa caminó de un lado a otro. —¿Dónde estarán?

—Su teléfono sonó y al ver que era Ilsa descolgó de inmediato. —No, no han llegado.

—A ver si te la han secuestrado, que estos están muy locos.

—Eso, tú anímame. —Se acercó a la ventana y apartó la cortina. Al ver que bajaban de la camioneta de Carl suspiró del alivio, pero entonces se dio cuenta de que había una mujer dentro del coche. Parpadeó. —Ya han llegado.

Su amiga suspiró del alivio. —Menos mal.

—No, menos mal no, que ese se ha llevado a mi hija con una tiparraca que no tengo ni idea de quién es.

—¿Cómo has dicho?

—¡Una tía está dentro del coche! —Se volvió rabiosa. —No me lo puedo creer.

—¿Tiene novia?

—¿Y yo que sé? ¿Te recuerdo que tengo amnesia?

—Qué inoportuna eres.

—Vaya, muchas gracias.

—¿Llamo a alguien del pueblo y le pregunto?

—Ni de coña. —Escuchó algo y se detuvo. —Espera, que ya están aquí.

—Si averiguas algo me lo dices.

—Sí, para que me pongas verde por retrasada mental.

—Ya que lo dices tú…

—Sí, papi. —escuchó que decía su hija al otro lado de la puerta.

Pulsaron el timbre y Erica siseó —Te llamo luego.

—Eso, eso, que me tienes en ascuas.

Fue hasta la puerta y abrió de golpe sonriendo de oreja a oreja, pero perdió la sonrisa al ver que su hija tenía las piernas raspadas desde la rodilla hasta el empeine.

Al ver la sangre que había manchado las zapatillas chilló llevándose la mano al pecho.

Le entraron los siete males y levantó la vista lentamente para mirar a ese hijo de su madre que carraspeó incómodo. —En el zoo había ponis.

—¿No me digas? —dijo con ganas de pegarle cuatro gritos.

—Ella corrió hacia uno y la zona estaba húmeda, se resbaló e hizo aquaplaning.

—¿Y frenó con las rodillas?

—Algo así.

—¿Y qué estabas haciendo tú mientras mi hija se despellejaba viva?

—Nena, se te está poniendo una cara que asusta un poco. Cielo, dile a mamá que estás bien.

—Lloré mucho, mami.

—No me extraña —dijo entre dientes cogiendo a su hija en brazos—. Ven que te cure.

—No, si ya la han curado, para evitar infecciones y eso, con tanto animal.

Le miró como si quisiera sacarle los ojos. —Sí, hay mucho animal suelto.

Carl carraspeó. —Hasta el fin de semana que viene, cielo. Que me parece que no voy a poder verte antes porque a tu madre no se le va a pasar el cabreo.

—Un momento —dijo ella suavemente—. Espera aquí mientras dejo a la niña viendo unos dibujos, que tú y yo tenemos que hablar.

Él gruñó por lo bajo y Erica le fulminó con la mirada. —¿Algo que decir?

—No, no, aquí te espero.

—Adiós, papi —dijo la niña agotada.

—Adiós, nenita.

La sentó en el sofá en menos que cantaba un gallo, le puso la televisión y fue hacia él como si fuera a la batalla. —Sal conmigo que tengo alguna preguntita que hacerte.

—Mierda —dijo él por lo bajo saliendo al hall. Erica salió tras Carl y entornaron la puerta—. Nena, sé que estás cabreada, pero fue un despiste, es muy rápida.

—¿Quién es esa que está en el coche? ¿La que te distrae mientras tienes que atender a tu hija?

—Ah, que ahora es mi hija, menos mal que hemos avanzado algo.

Le señaló con el dedo. —Oye, conmigo no te hagas el gracioso que estoy a esto de impedirte ver a la niña de nuevo.

Él apretó los labios. —Ha sido un despiste.

—Pues con ella no puedes despistarte, ¿me oyes?

—Ya me he dado cuenta, me ha pegado un susto de la hostia, joder.

—¡Pues la próxima vez deja a tu novia en casa y encárgate de tu hija exclusivamente!

—¡No es mi novia!

Intentó ignorar la alegría que la recorrió, pero se dijo no te creas ni una palabra. —¿Entonces quién es?

—Pues…

—Tengo derecho a saber con quién está mi hija, ¿quién es? No te lo pregunto más.

—Es una mujer que conocimos en el zoo.

Parpadeó. —¿Cómo has dicho? ¿Ligas estando con mi hija?

—No es un ligue, joder, estábamos en el aparcamiento y se le había estropeado el coche. Me ofrecí a llevarla.

—¿Pero tú eres tonto? —Entró corriendo en casa y miró por la ventana. Adiós ranchera. —¿Cómo puedes ser tan pardillo?

Asombrado miraba por la ventana. —No me jodas.

—¡Controla esa boca delante de la niña!

—¡Me han robado la camioneta!

—Merecido lo tienes por meter a una desconocida en el coche con mi hija —dijo sintiendo una satisfacción enorme.

Él entrecerró los ojos. —Nena, ¿estás celosa?

—¿Yo? ¿Has bebido? —preguntó aparentando estar muy indignada.

—No, pero te aseguro que ahora mismo alguna copa va a caer. —Miró de nuevo por la ventana y juró por lo bajo. —Tengo que ir a poner una denuncia.

—Pues buena suerte un viernes por la noche, vas a estar horas para que te atiendan.

—¿Se puede? —dijo la niñera que acababa de llegar.

—Hola Gretel, ¿puedes llevarla a la cama?

Al ver a Molly dormida en el sofá sonrió. —Creo que no voy a tener mucho trabajo.

—Nena, tendré que quedarme a dormir.

—Hay muchos hoteles.

—¿En serio me vas a hacer eso?

—¿Pero tú de qué vas? Arreando para un hotel, leche. —Le empujó por el hombro para que caminara hasta la puerta. —Venga, que tengo que ir a trabajar.

—Yo lo haría por ti.

—Pues será ahora, porque antes no me dabas ni la hora. —Le cerró la puerta en las narices y miró a Gretel sonriendo. —Le acaban de robar la camioneta.

—¿Y eso es bueno?

—Yo me siento genial.