Tu amor no es suficiente Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Al otro lado de la puerta Ilsa miró el pen-drive que tenía en la mano. —No lo mires —susurró.

—Por supuesto que no. —Se lo metió en el bolsillo del pantalón y sonrió a su hija. —Princesa, vamos a cenar.

—¿Ese es un hombre malo?

—No, claro que no —dijo cogiéndola por la cintura para cargársela en brazos—. Christian es un buen hombre.

—¿Estás enfadada con él?

—Un poquito.

—Pues yo también me enfadaré con él, mamá —dijo abrazándola por el cuello—. Y con papá, si no quieres que les quiera, no querré a ninguno, solo a ti.

Se le puso un nudo en la garganta. —¿Solo a mí?

Su niña sonrió. —Claro. —Hizo un gesto para que la soltara y Erica la sentó en su silla. —Pizza mami, tengo hambre.

—Sí, cielo, ahora mismo te la pongo.

Pensativa miró el pen-drive en su mano, Ilsa había querido que lo destruyera, pero no se sintió capaz.

Christian se lo había pedido. Ilsa se acababa de ir al trabajo y la niña ya estaba dormida, así que sentada en el salón ante el ordenador lo puso en el USB.

La imagen que apareció fue el perfil de Christian y supo inmediatamente que era una grabación de aquella noche que cambió sus vidas para siempre.

Tomó aire por la nariz y con el ratón pinchó en reproducir.

Su corazón se encogió escuchando como gritaba que saliera del coche.

Mientras las luces se acercaban ella sintió el terror que la recorrió en ese momento y hasta sintió el impacto de la puerta sobre ella.

Se vio tendida en el suelo y frunció el ceño cuando no se levantó de inmediato, en ese momento salió la cara de Christian sonriendo a la cámara.

—Sé que en este momento no entiendes nada, que crees que tú te habías levantado al instante, pero no fue así, Erica.

Tardaste veinte minutos en volver en ti.

Este video os lo enseñé en el fin de semana que estuviste aquí y mi familia se enteró de todo lo que luchaste por salvarme la vida, incluso poniendo en riesgo la tuya.

Lo que vas a ver ahora es tu desesperación por salvarme y te pido que veas el video hasta el final, por favor.

Es importante que lo hagas. Puede que no nos perdones igualmente, puede que quieras odiarnos el resto de nuestras vidas, pero al menos merecemos darte una explicación a todo lo que pasó, ¿no crees?

Inmediatamente ella volvió a aparecer en la imagen y no se levantaba.

Y estuvo sin hacerlo esos veinte minutos que dijo Christian.

Vio cómo se caía de un lado a otro intentando llegar a él, lo que indicaba que no estaba bien en ese momento.

Confundida vio el video hasta que la imagen cambió y vio una mesa de despacho antigua y un sillón de cuero.

Escuchó unos pasos y alguien apareció en la imagen rodeando el escritorio.

Se le cortó el aliento cuando Meredith Driscoll se sentó en ese sillón y miró a la pantalla. Alguien dijo —Ya puedes hablar.

Apretó los labios antes de decir —Te odié desde el mismo momento en que me dijeron que mi hijo Christian estaba contigo esa noche.

No estoy orgullosa de cómo me comporté, pero en aquel momento yo no sabía que tenías una relación con Carl, creí que tenías relaciones con mi hijo menor y que casi había perdido la vida porque estaba enamorado de ti.

Separó los labios de la impresión atenta a la pantalla.

—Nunca me gustaste, debo reconocerlo. Cuando tu madre murió no fui de esas del pueblo que pensó pobrecita.

Nunca nos llevamos bien. Una vez estaba en la tienda y drogada se burló de mí ante mis hijos cuando yo nunca había provocado su desprecio.

Tardé en darme cuenta de que lo había hecho por envidia.

Hubo más episodios que me sentaron mal como una vez que fui a desayunar con mi marido a la cafetería de Greg, ahí insinuó que mi marido le había pedido al suyo que debía acostarse con él para seguir conservando el empleo.

Me sentí humillada cuando era mentira. Mi esposo sufrió su primer infarto esa misma noche —dijo con los ojos llenos de lágrimas—.

Lo siento niña, pero era mala persona como lo era tu padre y creía…

—Tomó aire por la nariz. —Que tú eras igual, que tenías mala sangre.

Si hubiera estado de mi mano mis hijos jamás se hubieran acercado a ti, siempre tuve un mal presentimiento al respecto y así se lo hice saber a mis hijos.

Les dije que se alejaran de ti todo lo posible, que darías problemas.

Se llevó la mano al pecho de la impresión.

—Por eso cuando a mi hijo le pasó lo que le pasó, la tomé contigo convencida de que eras la responsable.

—Meredith se miró las manos. —Qué equivocada estaba, a mi hijo le hirieron porque estaba tan borracho que no se podía tener en pie prácticamente y tú intentaste ayudarle.

He sido muy injusta. —Una lágrima recorrió su mejilla y se la limpió a toda prisa.

Miró a la pantalla. —Pero ya no podemos cambiar el pasado, ¿no?

Debemos vivir con lo que hemos hecho. Entiendo perfectamente que no insistieras en decirle a mi hijo que iba a ser padre después de cómo te tratamos.

Lo entiendo, de verdad que sí y no te lo reprocho.

Te echamos del pueblo sin nada y embarazada, además.

Yo fui tan responsable como los demás, porque me encargué de decirle a todo el que quisiera escucharme, que si algún conocido mío iba a tu bar, dejaría de tener la amistad de los Driscoll.

Lo hice y en ese momento no me arrepentí, te quería fuera del pueblo.

Por eso cuando llegaste a mi casa me sentí atacada.

—Madre, ella no se acuerda de eso —dijo la voz de Carl.

—Es cierto, lo siento. Te ataqué, intenté que te fueras de nuevo.

Y debo reconocer que tuviste mucho valor al venir solo para hacer feliz a Christian y a Jessica.

Yo no hubiera sido capaz de hacerlo. —Se mordió el labio inferior.

—Llevo viuda doce años, los más terribles de mi vida porque amaba a mi marido por encima de todo.

—Erica se emocionó. —Y cuando dijiste que tenía una nieta, algo en mi pecho brincó haciéndome sentir de nuevo una dicha que hacía mucho que no sentía, te lo aseguro.

Mi único deseo en ese momento era conocer a mi nieta, así que intenté evitar que te fueras del rancho, pero nunca quise hacerte daño.

Sentí la necesidad de verla crecer y necesitaba tiempo para convencerte de que somos buena gente.

Cuando la vi en el hospital… —La mujer sollozó.

—Lo siento, no es justo para ti, pero es que debo decírtelo, necesito conocerla.

Probablemente no querrás que eso suceda mientras viva y lo entiendo, pero necesito que lo sepas.

Te juro por mi sangre que nunca sufriría ningún daño si me permitieras verla, aunque sea unos minutos a la semana.

—Madre no insistas más —dijo Carl desde detrás de la cámara.

—Lo siento, lo siento… —Se levantó de su sillón y salió de la imagen.

Escuchó los pasos de unas botas y se le cortó el aliento cuando vio el brazo de Carl rodeando el escritorio.

Se volvió mostrando su camiseta gris y ella se lo comió con los ojos.

Hacía casi seis años que no le veía y fue impactante que su corazón saltara en su pecho como cuando estaban juntos.

—Hola, nena. —Él se sentó y miró a la cámara sonriendo con tristeza. —La que hemos liado, ¿eh?

Sollozó cerrando la tapa del ordenador sintiendo que no tenía fuerzas para eso.

Cerró los ojos con fuerza y escuchó como en su mente Christian le decía que lo viera hasta el final.

Temiendo lo que le fuera a decir, miró el portátil durante tanto tiempo que se hizo de noche.

La luz de la farola de enfrente que se filtraba por la ventana, le permitía ver el contorno del ordenador mientras su mente no dejaba de recordar todos aquellos momentos que habían pasado juntos en el año más feliz de su vida porque estaba al lado del hombre que amaba, aunque sabía de sobra que él nunca la querría.

Se moría por saber lo que tenía que decirle y eso la hizo sentirse terriblemente mal porque significaba que nunca dejaría de amarle.

Y no era justo. Él la había echado de su vida, es más nunca le había dado una sola oportunidad, ¿y aun así quería saber lo que tenía que decirle?

El teléfono sonó sobresaltándola y lo cogió sin mirar. —¿Diga?

Hubo un silencio al otro lado de la línea. —Diga —dijo exasperada.

—Soy yo.

Se le cortó el aliento al darse cuenta de que era Carl. —No puedes llamarme.

—¿Lo has visto?

—No, ni lo voy a hacer, así que deja de presionarme —dijo molesta.

Él no le contestó, pero tampoco colgó. —¿Carl?

—¿Recuerdas aquella noche que te esperé en el bar hasta que cerraste y después fingí que me iba para regresar después?

—Eso lo hacías siempre —dijo con desprecio.

—Me refiero a la noche que celebraste la fiesta después de la Navidad. Aquella noche tenía un regalo para ti por tu cumpleaños. No pude dártelo el día antes por…

Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Mientes.

—Lo tenía, nena, te juro que sí, estaba en mi camioneta, pero no fui capaz de dártelo.

—Fingiste que no sabías que había sido mi cumpleaños, ni siquiera me llamaste ese día.

—Lo sé.

—Me hiciste daño a propósito.

—Joder, ya no sabía qué hacer.

El sonido de que había colgado la sorprendió y miró el teléfono para cerciorarse de que era cierto. A toda prisa levantó la pantalla del ordenador y le dio al play de nuevo.