Capítulo 8
Le dolía la cara horrores y movió los párpados inquieta, antes de elevarlos apenas para ver una rendija de luz.
—Vamos, vamos… —dijo alguien encima de ella.
Abrió más los ojos para ver a una joven que no conocía—.
Aquí estás, Erica. Perfecto. No te preocupes porque no puedas abrir bien los ojos, es que los tienes hinchados del impacto.
¿Impacto?
—Soy la doctora Patterson. Han revisado tu coche y al parecer el airbag no saltó como debería, ¿sabes? Estaba desconectado. Henry me ha dicho que al ser un coche nuevo debiste tocar un botón que lo desconectó, no sé. Pero esa es la causa por la que hemos tenido que operarte la nariz.
Asustada susurró —¿Y Molly?
—¿Molly?
—Mi hija…
—Oh, estabas sola en el coche.
Suspiró del alivio.
—Estabas en Farm Falls, ¿no lo recuerdas?
—¿En Farm Falls? —preguntó molesta por el esparadrapo que tenía pegado al labio.
Miró hacia abajo para encontrarse un gran apósito que le impedía ver más allá y quiso llevar la mano allí para tocarse la cara, pero la doctora lo impidió.
—Sí, los servicios de emergencia te trajeron en helicóptero porque pensaron que las lesiones eran mucho más graves, pero ahora todo está bien.
En un mes estarás como nueva. —Hizo una mueca.
—Al menos nueva será tu nariz porque hemos tenido que realizarte una septoplastia, pero tranquila que no tendrás cicatrices visibles porque el doctor Emerson es un experto en incisiones internas desde donde ajusta el cartílago y el hueso, que por cierto estaba bastante dañado.
Si todo va bien, en un par de días estarás en casa.
Ahora a descansar. —Se alejó y Erica escuchó que decía —¿Quién es el siguiente?
Salieron de la habitación y Erica confundida miró hacia ella que se iba con otra chica de su edad. Cuando cerraron la puerta pensó en lo que había dicho. —¿En Farm Falls? Esta me ha confundido con otra.
La puerta se abrió de nuevo y apareció su mejor amiga. Ilsa le sonrió. —Buenos días, dormilona.
Sonrió aunque le dolió bastante. —Hola.
Ilsa cogió su mano mirándola emocionada. —Al parecer has tenido un fin de semana movidito.
—¿Qué ha pasado? ¿Se calentó la cosa en el bar y alguien me ha arreado?
Ilsa la miró asombrada. —¿No lo recuerdas?
—Me he quedado en blanco.
—¿Qué es lo último que recuerdas?
Entrecerró los ojos. —No sé. Iba a recoger a Molly al cole. ¿Mi niña está bien?
—Sí, muy bien, no te preocupes. Cielo, ¿no te acuerdas de la boda?
—¿Qué boda? —Apretó su mano. —¿Te casas? —preguntó ilusionada.
—Hablo de la boda de Christian.
Perdió la sonrisa poco a poco. —Así que se casa, me alegro mucho por él.
—Dios mío, voy a avisar al médico.
—¿Dónde está Molly? —preguntó asustada porque era evidente que Ilsa estaba de los nervios.
—Está bien, está con Henry.
Suspiró del alivio.
—No te preocupes por la niña, yo me encargo de todo hasta que te recuperes.
—Tiene el cumpleaños de un amigo este fin de semana. —Confusa se llevó la otra mano a la frente. —No sé si he comprado el regalo.
—Cielo, el cumpleaños es hoy y la ha llevado Henry vestida de india como quería.
Separó los labios de la impresión. —Pero eso no puede ser, era martes, tocaba peli y pizza antes de ir al trabajo…
—Tú no te preocupes, ¿vale? Voy a llamar al médico.
Su amiga salió de la habitación a toda prisa y empezó a angustiarse porque si la habían encontrado en Farm Falls, a saber lo que había hecho.
—El fiscal no quiere presentar cargos contra todos y más con los daños que te causaron —dijo Henry muy serio a los pies de su cama—.
Dice que por una fractura de nariz no va a enchironar a toda la familia.
Ha llegado a un trato con el abogado de Meredith Driscoll y esta cumplirá dos años de libertad condicional.
Además, deberá indemnizarte con doscientos mil dólares por los daños.
—A ese le han untado— dijo Ilsa molesta—. Al menos mantienen la orden de alejamiento.
—Sí, eso sí, nadie de los Driscoll se puede acercar a ti a trescientos metros.
Impresionada susurró —Saben lo de Molly.
—Sí, al parecer se lo dijiste tú en una conversación.
Según lo que me han contado, esa conversación desencadenó en una discusión que provocó que acabaras aquí.
—Henry rodeó la cama. —Pero no tienes que preocuparte, he llamado a un amigo abogado y no tienen ningún derecho sobre Molly y con la orden de alejamiento aún menos.
Si se acercan a la niña o a ti habrán metido la pata hasta el sobaco, porque entonces sí que irán a prisión.
Así que olvídate de los Driscoll para siempre, porque no volverán a molestarte.
Suspiró del alivio e Ilsa cogió su mano. —Es lo mejor.
—Sí… Después de lo ocurrido no quiero que se acerquen a mi hija jamás.
Se bajó del coche y sonrió a una de las mamás que esperaban. Blair se acercó. —Te veo bien…
—Qué va, todavía está muy hinchada. —Sin darse cuenta se llevó la mano allí. —Pero al menos quedará igual, eso me ha dicho el médico.
—Sí, seguro que no se notará nada. —Miró hacia su coche nuevo. —¿Rojo?
—Lo eligió Molly —dijo divertida—. Era rojo o rosa.
Blair se echó a reír. —Buena elección. Vas a venir al baile, supongo.
—¿Desde cuándo los niños de cinco años van a bailes?
—Desde que tu hija ha insistido tanto. Desde hace un mes ha reivindicado su derecho a baile como los mayores —dijo divertida sonrojándola—.
La profesora se dio por vencida cuando le sacó el tema por enésima vez y dijo algo de discriminación.
La mujer ni sabía cómo había dicho esa palabra. Es tenaz.
—No lo sabes bien. —Miró hacia la puerta y allí salía su niña loca de contenta con un dibujo en la mano.
Johnny llegó hasta ellas primero. —Mira mamá, Molly ha dibujado a su papá.
A Erica se le cortó el aliento agachándose al lado de su hija.
—Mira mami. —Volvió la cartulina y se vio a sí misma tras una barra, a Ilsa a su lado secando un vaso y a Henry sentado en una mesa hablando con un hombre de pelo negro. —¿Te gusta?
—Es muy bonito —dijo mirando los ojos del hombre pintados exactamente de su color, pero lo que le llamó la atención fue que había puesto en sus botas de cowboy unas espuelas. —¿Quién es?
—¿Quién va a ser, mami? Papá... Se ha dejado el caballo fuera porque no lo podía meter en el bar.
—Así que el caballo —dijo Blair levantando una ceja—. Qué interesante, ¿no?
Ella iba a decir algo, pero su hija la interrumpió. —Es ranchero y es muy rico, ¿sabes? Me regala caramelos.
Se quedó de piedra. —¿Cómo que te regala caramelos?
—Sí.
Cogió a su hija del brazo. —¿Quién te regala caramelos? ¿Dónde le has visto?
—En el recreo, mami. Papi vino en el recreo.
Preocupadísima miró a Blair, que apretó los labios. —Habla con la directora, ya.
Cogió a su hija en brazos y entró en el colegio esquivando a los niños que salían corriendo. —Mami quiero ir a casa, hoy hay peli y pizza.
—Enseguida vamos, cielo. Hablaré con la señora Montgomery cinco minutos y nos vamos.
Pero la directora estaba en una reunión con otros padres y no podía atenderla. Así que agendó una cita con ella cuanto antes, que era al día siguiente a las nueve de la mañana. Viendo como su hija dibujaba ante la televisión donde veía la sirenita se apretó las manos.
—Debes llamar a la policía —dijo Ilsa desde la puerta de la cocina.
Se volvió y fue hacia ella sin decir palabra. Entró en la cocina a ver como estaba la pizza. Encima de la mesa estaba la bolsa de caramelos que le habían dado a Molly. —No sé si es él.
—Vamos, por supuesto que es él. Quieren a la niña, Erica. Harán lo que sea por conseguirla. —Se acercó. —Por Dios, si casi te matan.
—Meredith lo ha pasado muy mal y…
—¡No les excuses! Estamos hablando de la seguridad de tu hija, ¿en serio quieres…?
En ese momento sonó el timbre de la puerta y Erica fue a abrir. Se quedó de piedra al ver ante ella a Christian, que sonrió de una manera que le recordó al Christian de hacía casi seis años. —Hola —dijo él—. ¿Puedo pasar?
Ilsa tras ella jadeó. —¡Pero menuda cara tenéis, largo de esta casa!
Christian levantó las manos en son de paz. —Solo he venido a hablar y a disculparme por todo lo que ocurrió, aunque tengo entendido por nuestro abogado que tú no te acuerdas de nada.
—¡No se acuerda porque casi la matáis!
—Ilsa por Dios, habla más bajo —dijo entre dientes mirando sobre su hombro.
Su niña se había puesto de pie en el sofá agarrada al respaldo mirando hacia ellos y parecía asustada. —¿Mami?
—No pasa nada, cielito. —Se volvió hacia Christian. —Mira, me alegra mucho verte tan bien, pero tienes que irte.
—Pero no me he disculpado —dijo mientras ella cerraba la puerta—. ¡Te he traído un video que deberías ver si no te acuerdas de nada! ¡Toda mi familia lo siente mucho!
Abrió la puerta y siseó —No grites, leche. —Vio en su mano un pendrive y se lo arrebató. —Ahora largo.
—Pero tengo que explicarte muchas cosas que pasaron antes de la boda.
—¿Te casaste? —preguntó Ilsa asombrada.
—Anda esta, pues claro. Mi novia llevaba preparando la boda casi un año y teníamos allí a todos los invitados.
—Pues debiste pasarlo genial —dijo ella con ironía.
—Pues si te digo la verdad sí, porque sabía que todo se arreglaría.
—Mientras Erica estaba en el hospital, tenéis una sensibilidad que es como para daros de comer aparte.
—Oye, maja, que mi novia y su familia no tienen la culpa de nada. —Miró a Erica a los ojos. —Y mi familia se arrepiente muchísimo de lo que pasó, te lo aseguro.
Dio un paso hacia él. —Dile a Carl que como se vuelva a acercar a mi hija le voy a denunciar.
Él miró su mano. —Cuando vio ese video sintió muchísimo cómo te había tratado, ¿sabes? Está arrepentido. Todo cambió a raíz de esa noche y…
—¿Qué video? No sé de qué hablas, pero estoy segura de que no cambió nada. ¡Para él nunca fui nada! ¡Después de que mi padre muriera, solo demostró lo poco que le importaba, así que dejadme en paz! —gritó antes de cerrar de un portazo.
Christian apretó los labios disgustado. —¡Mira el video hasta el final, por favor! ¡Solo te pido eso, es importante!